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Presentación

Christoph Martin Wieland (1773−1813) es uno de los autores mayores de las letras alemanas del siglo xviii. Por ello, ocupa en la tradición cervantina un lugar equiparable al de autores ingleses como Fielding y Lennox, Smollet y Sterne, o al de los franceses Sorel y Scarron, Marivaux y Diderot. Aun no habiendo recibido el reconocimiento debido en su propio país, como explica en su iluminadora introducción Alfredo Moro, precisamente por su carácter de crisol transnacional de influencias extranjeras, su olvido es solo relativo si lo comparamos con el sufrido por autores como el del volumen anterior de esta colección, Laurent Bordelon, cuyo carácter menor se ponía de manifiesto en el título de la introducción. Terminábamos la presentación de su Monsieur Oufle (1710) afirmando que no toda la progenie quijotesca tiene la dignidad literaria esperable –o al menos deseable– de su progenitor. Pues bien, empezamos la de este volumen afirmando que en este caso sí la tiene, y esta contigüidad del autor mayor junto al menor nos sirve para insistir en el compromiso de esta Biblioteca del Quijote Transnacional: ofrecer una representación de la tradición narrativa cervantina lo más significativa y variada posible no solo en las lenguas, también en la forma de reescribir el Quijote y en la calidad literaria de tales reescrituras. Parafraseando la máxima popularizada por Terencio, podemos decir que cervantistas somos, y nada de lo cervantino nos es ajeno.

Los vínculos entre Las aventuras de don Sylvio de Rosalva (1764) y los autores en cuya compañía hemos colocado a Wieland son evidentes. Si atendemos primero a lo que primero aparece en el título, la novela sobresale efectivamente por el diseño de las aventuras, que puede compararse al de Henry Fielding en Joseph Andrews (1742), con quien comparte la misma dualidad cervantina de narrar primero las que tienen lugar en el camino para recoger luego a don Sylvio en la casa de un noble, aunque no para ser burlado, como es lo habitual en el Quijote y sus diferentes reescrituras, sino curado y hasta casado, como ocurre en la obra inglesa con Joseph. Su compañero de aventuras es Pedrillo, que actúa como Sancho Panza, pero no tiene que ser quijotizado porque lo está desde el primer momento, sin por ello renunciar a encarnar cierto pragmatismo o sentido común. Representa así esa mezcla de doble quijotesco y correctivo panzaico observable ya en el Don Quijote alemán (1753) de Wilhelm E. Neugebauer, pero que remite en última instancia al Pharsamon (1712/1737) de Marivaux. También en línea con estos, el Quijote no solo ha sido rejuvenecido, una tendencia que inicia El pastor extravagante (1627−1728) de Charles Sorel, sino que está investido de un carácter romántico o heroico detectable no solo en el Johann de Neugebauer y en el Jean de Marivaux (curiosa la coincidencia en el nombre), también en el Joseph de Fielding y la Arabella de Charlotte Lennox (Don Quijote con faldas, 1752). Don Sylvio, en efecto, posee todos los atributos heroicos a los que el hidalgo aspiraba, es todo lo que este quería ser, y ello lo convierte en héroe en vez de antihéroe quijotesco. Siguiendo la misma lógica, ocupa el centro de una novela que, al tiempo que se burla de la concepción romántica o idealizada de la narrativa desde el realismo, se sirve de ella para romantizarlo. También esto es característico de todos los autores aquí mencionados.

Hay algo, sin embargo, en lo que Wieland deja su sello particular: su don Sylvio es un Quijote feérico, como lo califica Alfredo Moro en el estudio que sigue a la novela, pues la fuente libresca de su quijotismo son los cuentos de hadas y estos son, por tanto, el blanco paródico. Es más, se observa un novedoso esfuerzo por iluminar el trasfondo psicológico de tal quijotismo, por darle una explicación racional que lo haga verosímil, como fruto de una educación deficitaria y desregulada basada en la lectura absorbente y obsesiva, en combinación con el aislamiento y la falta de experiencia del mundo y un temperamento sensible e imaginativo. Wieland transforma así la locura quijotesca en lo que denomina Schwärmerei (aquí traducido como ‘delirio imaginativo’ o ‘ensueño exaltado’) y al Quijote en un Schwärmer, explicitando así mediante el sustantivo y desarrollando a través del análisis psicológico la nueva concepción del quijotismo como error juvenil ya apuntada por Marivaux, Lennox o Neugebauer. A diferencia de estos, sin embargo, se produce aquí una paradójica convivencia de esta psicologización con la recuperación del carácter alucinado en un par de episodios en los que el héroe no se limita a interpretar de forma distorsionada lo que sus sentidos perciben correctamente, como es habitual en este tipo quijotismo juvenil y racionalizado, sino que incurre en la alucinación sensorial que le hace percibir la realidad objetiva de manera distorsionada. En el haber de Wieland está hacer creíbles estos excesos, solo presentes en la muy literal y más burda primera imitación en prosa del Quijote en lengua inglesa, El paladín de Essex (c. 1694), primer volumen de nuestra bQt.

p. 2La misma racionalización apreciable en el tratamiento del quijotismo se observa en su proceso de sanación. La curación racional, es decir, no por repentina e inexplicada recuperación de la cordura, a veces aderezada por una vaga explicación médica –como en el Pharsamon o en la Fausse Clélie (1670) de Perdou de Subligny–, sino mediante algún tipo de razonamiento o argumentación, no es tampoco algo nuevo, pues aparece ya en Sorel o luego en Lennox, pero sí tiene un desarrollo peculiar: se produce a través del mismo remedio que fue el origen del mal, la narrativa, lo que encierra una interesante propuesta al respecto –el problema no es su naturaleza, sino el uso que se hace de ella–. El amor también juega su papel en esta cura, que no queremos desvelar aquí por no destripar la novela, pero que mencionamos por el paralelismo con los héroes de Neugebauer o de Tobias Smollet en Launcelot Greaves (1760−1761), en cuya sanación también interviene el amor y con los que comparte el desenlace habitual en todos los Quijotes juveniles vistos aquí –el matrimonio–. En ellos se visibiliza lo que vengo llamando novoquijotismo, un nuevo tipo de quijotismo concebido como fase transitoria en el desarrollo formativo de un joven que desemboca en su integración en el mundo adulto, frente al veteroquijotismo del hidalgo y algunos de sus avatares, que es una deformación permanente de una personalidad formada y añosa, en algún caso incluso sin curación, como en el Quijote recalcitrante o irredento de Bordelon.

El desarrollo psicológico del proceso de quijotización del héroe, su vinculación a la falta de educación y su reversión precisamente a través de la misma, encarnada por una figura de autoridad con la que el protagonista emprenderá un viaje formativo, sitúa a nuestra novela en la órbita del bildungsroman o, más bien, del proto-bildungsroman, como se precisa con acierto en la introducción, donde se explica que la trama está demasiado limitada en tiempo y espacio como para tener un impacto debidamente desarrollado en la formación del personaje. Es significativo, a este respecto, que el viaje como forma de confrontar expectativas subjetivas con el mundo real, característico de este género, se pospone a un futuro que queda fuera del relato. La comparación con el bildungsroman escrito poco después por Wieland, su Agathon (1766−1767), para muchos el primero de la narrativa alemana, que suple las carencias aquí reseñadas, así lo ratifica. También lo hace la que puede realizarse con sus precedentes quijotescos, el alemán de Neugebauer o el inglés de Lennox, en los que la curación del quijotismo funciona como metáfora de un proceso formativo que no se narra, solo se alegoriza en la larga sucesión de errores quijotescos, y culmina en el matrimonio que marca el ingreso en el mundo adulto, obviando así la descripción pormenorizada del proceso de aprendizaje. Don Sylvio, con su detallado análisis de las raíces psicológicas del quijotismo y su pedagógica curación, va más allá, pero sigue apegado a la trama quijotesca como alegoría del proceso formativo, lo que lo sitúa a medio camino entre Agathon y esta tradición de quijotismo formativo decisiva para la conformación del bildungsroman –otro de los inesperados legados de Cervantes a la novela moderna–.

Poco resta que decir, tras desgranar la larga nómina de autores con los que Wieland dialoga, sobre el carácter transnacional de su obra, salvo añadir que tal diálogo no se limita al rejuvenecimiento y romantización del héroe, a su novoquijotismo o su quijotismo formativo: también se manifiesta en otro aspecto que no tenemos espacio para abordar aquí, pero que está minuciosamente analizado en el estudio. Me refiero al narrador autoconsciente y al componente metaficcional de la novela, en el que, de nuevo, confluyen la tradición cervantina francesa (Scarron y Marivaux) y la inglesa (Fielding y Sterne). Todo ello parecería dar la razón al diagnóstico de los compatriotas de Wieland que, guiados por el celo nacionalista y el culto a la originalidad propios del Romanticismo, lo despreciaron por extranjerizante y derivativo. No tuvieron en cuenta, sin embargo, que su originalidad reside precisamente en la forma en que sintetiza todos esos elementos que recoge de narrativas quijotescas europeas previas, los perfecciona y los proyecta hacia el futuro, hacia el bildungsroman que emerge de esa matriz cervantina. Así lo confirma uno de sus lectores más eminentes, Walter Scott, cuya primera novela puede considerarse el paradigma del bildungsroman –ahora sí pleno– quijotesco: Waverley (1814) utiliza la Schwärmerei de don Sylvio como base del héroe quijotesco decimonónico, a la postre fallido y desilusionado de sí, tan frecuente en las novelas del siglo xix. Todo ello convierte la publicación en bQt de Don Sylvio de Rosalva en un motivo de celebración, máxime por tratarse de la primera traducción al castellano y por su altísima calidad, que debemos al esfuerzo conjunto de Javier García Albero y Alfredo Moro, quienes la acompañan de un completísimo aparato de notas. Es una traducción a la altura de la talla de Wieland, lo que nos permite escribir algo que no puede afirmarse de todos los títulos de esta colección: aquí tienes, lector, una obra no solo para paladear, sino que creemos satisfará a los paladares más exigentes.

Pedro Javier Pardo
Director de la bQt