Introducción Christoph Martin Wieland: un clásico en la sombra
Alfredo Moro Martín
Para Deva y Alonso, que lograron salir de la cueva de Montesinos.
1. Condenado por transnacional: historia de una caída en desgracia
Hacia el final de la Marienstraße de Weimar, no demasiado lejos de la casa que Goethe ocupó en la ciudad, se encuentra la Wielandplatz. El visitante podrá encontrar allí una sencilla estatua dedicada a este autor alemán, en la que aparece representado hacia la mitad de su vida. El caminante probablemente pase cerca de esta plaza sin apenas prestar atención al monumento, dirigiendo sus pasos directamente al Park an der Ilm, diseñado en parte por Goethe siguiendo los modelos paisajísticos ingleses, y al pasar por la plaza –si es que lo hace–, seguramente no llegue a ser consciente de que la presencia de la estatua de este autor es un pequeño milagro, pues a punto estuvo de ser (literalmente) carne de cañón al final de la Primera Guerra Mundial, en la que la carestía de materiales adecuados para la fabricación de cañones estuvo cerca de llevar este monumento de bronce a la fundición.
Resulta muy difícil imaginar un destino similar para el monumento de Goethe y Schiller que se erige frente al Nationaltheater de la pequeña ciudad turingia, o para la estatua dedicada a Herder, situada frente a la Stadtkirche, popularmente conocida como Herderkirche. No en vano, Herder, Goethe, Schiller y, sí, también Wieland, constituyen lo que los historiadores de la literatura alemana habitualmente denominan como Weimarer Viergestirn, o los cuatro astros de Weimar, que darían incluso su nombre a un periodo concreto de la literatura alemana, el Clasicismo de Weimar o Weimarer Klassik, si bien este último se suele restringir a la producción madura de Goethe y Schiller durante su residencia en la ciudad alemana, ignorando la influencia del propio Wieland en la vida cultural de Weimar y, por ende, en la propia Alemania de finales del siglo xviii.
¿Por qué esta relativa oscuridad respecto a Goethe, Schiller y Herder? ¿Por qué cayó en el olvido el primero de los cuatro astros en llegar a Weimar, el primer autor alemán en contar en vida con una edición de sus obras completas, una celebridad literaria a la que el personaje más importante de su época, Napoleón Bonaparte, solicitó ver durante su estadía en Weimar con motivo de su campaña alemana? La respuesta puede encontrarse en dos anécdotas que ilustran la relación de Wieland con los movimientos literarios coetáneos, el Göttinger Hainbund y el incipiente Romanticismo.
El Göttinger Hainbund, o la liga del bosquecillo de Göttingen, fue un movimiento literario pre-romántico que surgió durante la década de los 70 del siglo xviii y que suele agruparse dentro del Sturm und Drang. Sus miembros, Johann Heinrich Voß, Ludwig Christoph Heinrich Hölty, Johann Martin Miller, Gottlieb Dietrich von Miller, Johann Friedrich Hahn y Johann Thomas Ludwig Wehrs tenían en común su residencia en Göttingen, su vinculación a la universidad de esta ciudad y sus publicaciones en el Göttinger Musenalmanach [El almanaque de las musas de Göttingen], en el que articularían una buena parte de su crítica literaria. Común a todos ellos era el rechazo de la estética ilustrada y el abrazo de las corrientes pre-románticas alemanas y europeas. Ya en la reunión fundacional del Göttinger Hainbund se da forma a este armazón estético, moldeado en torno a la contraposición entre autores ilustrados y los representantes de esta nueva etapa de la literatura alemana. Así lo refleja una carta de Voß a Brückner del 26 de octubre de 1772, en la que se ofrecen amplios detalles de esta reunión fundacional:
p. 4
Era esta una liga de poetas y todos empinamos el codo como Anacreonte y Flaco; Boie, nuestro Werdomar, sentado presidiendo en su butaca y, a ambos lados de la mesa, coronados con laureles, los aprendices de bardo. Se hicieron varios brindis. En primer lugar, ¡por Klopstock! Boie tomó el vaso y exclamó: ¡Klopstock! Todos le seguimos, pronunciamos el gran nombre y, tras un sacro silencio, bebió. Ahora, ¡Ramler! Esta vez no tan ceremoniosamente: Lessing, Gleim, Geßner, Gerstenberg, Uz, Weiße y otros. […] Alguno pronunció el nombre de Wieland, me parece que fue Bürger. Todos nos levantamos con los vasos en alto y… ¡Muerte a Wieland, el corruptor de la moral! ¡Muerte a Voltaire1! (Citado en Sahmland 141)
Esta condena a Voltaire y Wieland, que podría parecer el resultado del enardecimiento etílico, se repetirá, en cualquier caso, en otra de las solemnes celebraciones de la liga, en este caso para conmemorar el cumpleaños del autor de cabecera del Göttinger Hainbund, Friedrich Gottlieb Klopstock. Es de nuevo Voß quien, en su correspondencia con Brückner (4 de agosto de 1773), nos ofrece jugosos detalles sobre la ceremoniosa animadversión del Göttinger Hainbund respecto al autor objeto de este estudio:
Justo en torno al mediodía llegamos al salón de Hahn. […] Una mesa larga estaba cubierta y decorada con flores. Sobre ella había una butaca vacía, reservada a Klopstock, y cubierta con rosas y alhelíes encarnados, y al lado de estos las obras completas de Klopstock. Bajo la silla se encontraba el Idris de Wieland hecho jirones. En ese momento Carmer comenzó a leer alguno de sus cantos triunfales, mientras que Hahn leyó algunas odas de Klopstock relacionadas con Alemania. Después bebimos café y sacamos el papel para encender el tabaco con las obras de Wieland. Boie, que no fuma, tuvo que encenderse también uno y pisotear después el Idris hecho jirones. Después bebimos vino del Rin a la salud de Klopstock, en memoria de Lutero y de Arminio, a la salud de la Liga, y luego de Ebert, Goethe, […] Herder y otros. Se leyó la Oda al vino del Rin de Klopstock y algunas otras después. La conversación se tornó cálida. Hablamos de la libertad, de tener los pies en la tierra, de Alemania, del canto a las virtudes, te puedes imaginar cómo. Después comimos, tomamos ponche y al final de todo quemamos el Idris de Wieland y su retrato. (Citado en Sahmland 143–144)
Como se puede comprobar, la crítica a Wieland se articula en un contexto más amplio de exaltación de lo germánico. Frente a Wieland, el licencioso Voltaire alemán, se contrapone el modelo de Klopstock, Lutero, Arminio y, en última instancia, Goethe y Herder2. Para la Liga de Göttingen, tal y como apunta Irmtraut Sahmland, Wieland no podía ser considerado un autor alemán (143).
Un par de décadas más tarde, cerrando el siglo xviii, los hermanos Schlegel continuarán la tendencia ya iniciada por los autores del Göttinger Hainbund en su revista Athenäum. Si la Liga de Göttingen consideraba a Wieland un autor extranjero, los Schlegel cerrarán el círculo no sólo considerándolo un autor ajeno a la tradición alemana, sino un plagiador, tal y como se deduce de la famosa Citatio edictalis publicada en 1799:
Tras haber sido abiertos procedimientos de bancarrota en contra del consejero de la corte y Comes Palatinus Caesarus Wieland de Weimar, por petición de los señores Luciano, Fielding, Sterne, Bayle, Voltaire, Crébillon, Hamilton y otros muchos autores, y al haber sido encontrados en el libro demasiados elementos sospechosos, aparentemente pertenecientes a Horacio, Ariosto, Cervantes y Shakespeare, se invita en consecuencia a cualquiera que pueda hacer cualquier tipo de demanda similar a que se pronuncie dentro del límite legal del estado de Sajonia, o que de aquí en adelante calle para siempre. (Athenäum 240–241)
p. 5Pese a su dureza, este brutal ataque de los hermanos Schlegel quizás pueda ayudarnos a apreciar algunos aspectos de la producción literaria del autor de Biberach que se desprenden de la propia crítica. Si bien las acusaciones de falta de originalidad crearán una losa de la que la reputación literaria de Wieland tardará mucho en desprenderse, situándolo para siempre a la sombra de Goethe, Schiller y Herder, estas pueden también servirnos para comprobar el carácter de intermediario de Wieland entre la literatura alemana del momento y lo mejor de la historia de la tradición literaria europea, y, dentro de ella, de la tradición cervantina. Los reproches de los hermanos Schlegel, llevados a cabo desde un momento de la historia de la literatura alemana en la que esta había alcanzado un prestigio internacional desconocido para los autores de décadas anteriores, resultan bastante injustificados a la luz del estudio de la historia de la novela en Alemania, dado que, precisamente el carácter transnacional de la narrativa de Wieland tendrá una importancia decisiva en la transformación que la literatura alemana experimenta durante el último tercio del siglo xviii, pasando de ser una literatura eminentemente provinciana y desconocida a nivel europeo a una literatura leída y comentada por los principales literatos y revistas literarias de finales del siglo xviii y principios del xix. Con Wieland comienza la época dorada de la literatura en lengua alemana, lo que hace que la situación de relativo olvido actual, derivada del establecimiento de un canon literario basado en una percepción muy concreta y nacionalista de lo alemán, y en la estética de la originalidad que tiene sus orígenes en el Sturm und Drang y en el Romanticismo, resulte difícilmente justificable.
Sin embargo, para comprender el carácter profundamente transnacional y cosmopolita de la obra de Wieland, así como su inmenso papel en la configuración de la vida cultural y literaria de Alemania en el siglo xviii, conviene repasar la biografía del autor suabo, una biografía que, como se verá a continuación, resulta clave para entender el establecimiento de una literatura y cultura nacionales en Alemania en las décadas a caballo entre el xviii y el xix, en las que Weimar se convertirá en la capital cultural de una nación fragmentada en cientos de reinos y principados, y en la que no existía un foco de irradiación cultural comparable a Londres o a París3.
2. De una pequeña ciudad-estado a la corte palatina de Weimar
2.1. Primeros años: infancia y adolescencia
Los primeros años de la vida de Christoph Martin Wieland comienzan precisamente en un lugar que resulta un ejemplo perfecto de la fragmentación política y cultural de la Alemania dieciochesca: la ciudad imperial de Biberach an der Riß, en el sur del país4. Nacido el 5 de septiembre de 1733 en la cercana aldea de Oberholzheim, el joven Wieland se trasladaría a Biberach a la edad de tres años, donde su padre, pastor protestante, asume la dirección de la parroquia de la iglesia de María Magdalena5. La formación temprana del joven Wieland fue privada, a través de su padre y de diversos tutores, y el joven mostró desde un primer momento un extraordinario talento para las lenguas clásicas –particularmente el latín– y una destacable precocidad literaria, pues con nueve años Wieland ya escribe versos latinos y alemanes. El autor de Biberach también recibe durante estos años formación musical y muestra un extraordinario dominio del piano.
p. 6A los catorce años Wieland es enviado a un internado pietista en Klosterberg, cerca de Magdeburgo, donde su padre contaba con importantes conexiones, con vistas a comenzar los estudios de Teología una vez que alcanzase la mayoría de edad. Durante los dos años que pasa en Klosterberg (1747–1749), el joven Wieland lee todo lo que cae en sus manos, particularmente literatura y filosofía modernas. El autor de Biberach pronto se familiariza con lo mejor de la Ilustración francesa: con el Dictionnaire historique et critique (1697) [Diccionario histórico y crítico] de Bayle y con la obra de Voltaire; pero también con otros filósofos ilustrados alemanes como Leibniz o Wolff, y profundiza en su amor a las letras clásicas a través de Demócrito de Abdera, al que traducirá posteriormente y que será una influencia muy destacada a lo largo de toda su carrera literaria. Una vez finalizada su estancia en Klosterberg, Wieland pasará un año junto a Johann Wilhelm Baumer, profesor en la Universidad de Erfurt, casado con una de sus tías por vía materna. En su correspondencia, Wieland relata cómo Baumer se convirtió en una suerte de tutor privado y cómo lo mejor –quizás lo único bueno– de su estancia junto a él fue que el profesor de Erfurt le puso en contacto por vez primera con el Quijote, por lo que la primera lectura de la obra cervantina por parte de Wieland data del periodo 1749–17506.
En 1750 Wieland vuelve a la ciudad imperial de Biberach a la edad de 17 años, pues en octubre de ese mismo año empezaría los estudios de Derecho en la universidad de la cercana Tubinga. Durante el verano conoce a su prima segunda, Sophie Gutermann, tres años mayor que él, y que le sorprende por su extraordinaria inteligencia y erudición. La atracción entre ambos, que llegará incluso a un compromiso de matrimonio, no fructificará, ya que el acuerdo quedará en un punto muerto una vez que Wieland decide aceptar la oferta del erudito suizo Johann Jakob Bodmer para permanecer en su residencia de Zúrich como su alumno. Sophie Gutermann acabará casándose con Georg Michael von La Roche, un hijo ilegítimo del conde Johann Konrad von Stadion, que dividía su residencia entre Maguncia y el castillo de Warthausen, cercano a Biberach. Wieland, en cualquier caso, permanecerá largas temporadas junto a la pareja en Warthausen, donde conocerá de cerca los círculos aristocráticos alemanes de clara orientación francófila, y dedicará a Sophie von La Roche su primera obra, el poema didáctico Die Natur der Dinge [La naturaleza de las cosas] (1752)7. La dedicatoria a su antigua prometida no resulta sorprendente, no en vano fue la propia Sophie quien, tras una exaltada conversación en torno a la naturaleza del amor en un caluroso paseo del verano de 1750, pidió al joven autor alemán que plasmase sus reflexiones en un escrito (cit. en Heinz et al. 152)8. Pese al compromiso fallido, Wieland mostrará un apoyo inquebrantable a la que acabaría siendo también escritora a lo largo de una extraordinaria carrera literaria que la convertiría en una de las primeras novelistas alemanas. La amistad entre ambos perdurará hasta la muerte de La Roche en 18079.
2.2. Años suizos: Bodmer y la vida en Zúrich (1751–1760)
En 1751, Wieland había enviado un poema épico a Johann Jakob Bodmer, uno de los principales críticos literarios del ámbito germanoparlante de finales del siglo xviii. Este poema, Hermann [Arminio], habría de servir como carta de recomendación para el joven autor alemán, pues Klopstock había abandonado Zúrich recientemente por sus diferencias con el crítico suizo, dirigiendo sus pasos hacia la corte de Copenhague. Un año más tarde, Wieland recibe la invitación formal para residir en el domicilio de Bodmer y formarse junto a él. Este periodo de residencia en la ciudad suiza marcará la tendencia de Wieland durante sus inicios como escritor hacia los temas bíblicos y sentimentales. De este modo, en 1753 publica Der geprüfte Abraham [El Abraham tentado] un poema épico en hexámetros, de temática bíblica. En ese mismo año también aparece Abhandlung von der Schönheiten des epischen Gedichts [Tratado sobre las bellezas del poema épico], un análisis teórico sobre el poema Noah [Noé] (1750) del propio Bodmer. Tras algunas discrepancias con su mentor, Wieland abandona la residencia de Bodmer y comienza a trabajar en Zúrich como preceptor privado para los jóvenes de familias burguesas.
p. 7Probablemente influido por Bodmer, uno de los principales introductores de la literatura en lengua inglesa en el ámbito germánico gracias a sus traducciones del Paradise Lost [El paraíso perdido] (1608–1674) de John Milton y a su inmensa labor crítica, Wieland desarrolla en sus años suizos un particular interés por el drama sentimental inglés, que marcará sus primeras incursiones dramáticas10. Su tragedia Lady Johanna Gray (1753), claramente influida por la dramaturgia de Nicholas Rowe, es un claro ejemplo de esta tendencia11. Siete años más tarde publicará su Clementina von Porretta (1760) [Clementina de Porretta], una obra de clara influencia richardsoniana que será el último intento teatral de Wieland12. Pese a su escasa obra dramática, los dos dramas de Wieland ayudarán a implementar el verso blanco propio de la producción teatral inglesa en Alemania13.
En 1759 Wieland abandona Zúrich y se traslada a Berna como preceptor privado de la familia Sinner. Allí se encuentra por vez primera con otra mujer que ejercerá un importante influjo intelectual sobre su vida, Julie Bondeli, que familiarizará a Wieland con una de sus grandes pasiones literarias, Luciano de Samósata. En cualquier caso, este encuentro se verá interrumpido por la marcha de Wieland hacia Biberach, en la que había quedado vacante una plaza de funcionario para el sector protestante de la ciudad, lo que precipita su vuelta a la tierra natal para tratar de alcanzar una cierta estabilidad económica. El fin de su estancia en Suiza supone un cambio no sólo a nivel vital, sino también intelectual, pues el autor alemán abandona su periodo «seráfico», así llamado por sus tendencias más idealistas e ingenuas, y adquiere una visión más sobria y desencantada de la vida14. No en vano, con el paso del tiempo, el propio Wieland se referirá a su vida durante estos años como «las quijotadas de mi primera juventud» (cit. en Kimpel 131), utilizando así el conflicto entre quijotismo juvenil y experiencia, tan central en su obra, para describir su propia trayectoria vital.
2.3. Retorno a Biberach y marcha a Turingia: De senador y asistente en la cancillería (1760–1769) a profesor universitario en Erfurt (1769–1772)
A su vuelta a Biberach en 1760, Wieland es nombrado senador y asistente de la Cancillería de la ciudad imperial. Este puesto le permite alcanzar la independencia social y económica. Durante este año el joven Wieland se enamora de Christine Hogel, una joven de familia no demasiado acaudalada y de origen católico, algo que hacía el matrimonio inviable, pues el enlace le habría costado a Wieland su puesto en la administración, por lo que la familia de Wieland se niega rotundamente a que este se lleve a cabo. Cinco años más tarde se producirá el matrimonio con Anna Dorothea von Hillenbrand, la hija de un rico comerciante de Augsburgo. Este matrimonio proporcionará a nuestro autor una vida desahogada y centrada en la escritura, además de catorce hijos, de los que nueve llegarán a la edad adulta.
Durante sus años de vuelta a Biberach se va produciendo una progresiva influencia de la literatura grecolatina en el joven Wieland, pero también de otras literaturas europeas, convirtiéndose, en palabras de Klaus Manger, en «un autor progresivamente europeo y mundial» (Heinz et al. 4). Esto se ve reflejado en su traducción de 22 obras de Shakespeare entre 1762–1766, sin duda una de las más importantes contribuciones para la literatura alemana del momento15. Esta labor como traductor encontrará también un reflejo en la práctica, pues durante estos años Wieland ejerce como director teatral de la Sociedad de Comediantes Evangélicos de Biberach, con la que llega a representar The Tempest, traducida por el propio Wieland con el título de Der Sturm; oder die bezauberte Insel [La tempestad; o la isla encantada]. Sven-Aage Jørgensen ha definido esta representación como «historia del teatro alemán», no en vano, se trata de la primera representación de un texto de Shakespeare fiel al original llevada a cabo por una compañía estable (Jørgensen et al. 52).
p. 8Durante la década de los 60, Wieland comienza a trabajar en la que sería su gran obra, Geschichte des Agathon [Historia de Agatón] (1766–1767)16. Sin embargo, antes de publicarla, el autor alemán comienza a redactar en 1763 Die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva [Las aventuras de Don Sylvio de Rosalva], la única obra que Wieland confiesa haber escrito por una remuneración económica. La obra se publicará en 1764 y, un año después, el autor suabo publica sus Comische Erzählungen [Narraciones cómicas], una serie de narraciones cómicas en verso17. En 1767, Wieland finalmente publica las dos partes de su Geschichte des Agathon [Historia de Agatón], una historia de formación en la que se narra la paulatina toma de contacto con la dura realidad del joven Agatón, el idealista protagonista de la novela, quien, tras recibir una educación órfica en los bosques sagrados de Delfos y verse separado de su amada Psique, irá encadenando experiencias que le llevarán a cuestionar tanto su propio idealismo como su amor ideal por Psique, dando paso a la aceptación de su propia sensualidad y a una visión más desencantada de la vida y de sus fallidos intentos de implementar los ideales platónicos en la esfera política durante sus experiencias en la república ateniense y en la colonia griega de Siracusa18. Este proceso de aprendizaje, al igual que en el Don Sylvio, se ejemplifica a través del quijotismo, tal y como se subraya hacia el final de la novela, por lo que el paralelismo entre la explícitamente quijotesca Don Sylvio de Rosalva y Agatón, una novela más seria y filosófica, resulta más que evidente y demuestra cómo ambas obras responden a una preocupación filosófica y estética común.
Tras la publicación de Agatón, que en ocasiones ha sido considerada como la primera novela moderna en Alemania y también como la primera novela de formación o bildungsroman, aunque también ha sido denominada como desillusionsroman o novela de desilusión, Wieland vuelve a la poesía heroica, si bien en este caso de claro carácter cómico, con su Idris y Zenide (1768), que define, a la manera de Fielding, como poema cómico-heroico. La obra, inspirada por Les Quatre Facardins (1730) [Los cuatro facardines] del franco-irlandés Antoine Hamilton, tal y como confiesa el propio Wieland en una carta a Geßner del 21 de julio de 1766, retoma la temática de los cuentos de hadas ya explorada en el Don Sylvio, adaptando, en este caso, la ottava rima propia de Ariosto o de Torquato Tasso al verso alemán19. En ese mismo año aparecerá su Musarion, oder die Philosophie der Grazien [Musarion o la filosofía de las gracias], otro poema en tres cantos, en el que Wieland critica la Schwärmerei o delirio imaginativo, aspecto de importancia central en su Agatón y en el propio Don Sylvio de Rosalva20.
Los años de Biberach tocan a su fin cuando nuestro autor, gracias a la influencia del conde de Stadion, es nombrado consejero de gobierno y profesor en la Universidad de Erfurt, que dependía del arzobispado de Maguncia, en cuyo gobierno el conde ocupaba una destacada posición. Estos años serán decisivos en el establecimiento de la reputación intelectual de Wieland y le proporcionarán el acercamiento al círculo de la condesa Anna Amalia de Weimar durante su estancia en Erfurt.
p. 9Durante su estadía en la universidad de Erfurt, Wieland tratará de implementar planes de estudio notablemente influidos por su estancia en Suiza y de un claro sesgo internacional, diseñando, por ejemplo, un curso de historia cultural universal que impartirá él mismo. El Quijote cervantino formará también parte del programa docente, pues como señala Gruber (cit. en Reemtsma 218), junto a lo mejor de la literatura griega, latina, inglesa, francesa e italiana, Wieland dedicará algunas conferencias a la novela cervantina, aparentemente con notable éxito. Durante estos años participa en la vida cultural de la ciudad turingia, con habituales contribuciones al Erfurtischen gelehrten Zeitung [Revista erudita de Erfurt] y es nombrado miembro de la Akademie gemeinnütziger Wissenschaften zu Erfurt [Academia de las ciencias útiles de Erfurt], que hoy en día sigue activa. Mientras ejerce como docente en la universidad turingia aparecen sus Grazien [Gracias] (1770), obra en la que desarrolla su filosofía de las gracias, según la cual, siguiendo la estela de Musarion, trata de llegar a una síntesis entre sensualidad y decoro; su novela Dialogen des Diogenes von Sinope [Diálogos de Diógenes de Sinope] (1770), en la que el recurso cervantino de la traducción fingida es empleado de nuevo para introducir un supuesto manuscrito latino, encontrado en una biblioteca de un claustro, en el que se nos presenta una narración en primera persona en la que se describen algunos episodios vitales y anécdotas de Diógenes de Sinope (412 a.C.– 323 a.C.), el padre de la escuela cínica. El estilo claramente digresivo del relato muestra la clara influencia de Laurence Sterne. Un año más tarde, Wieland publicará un nuevo poema épico cómico, Der neue Amadis [El nuevo Amadís] (1771), obra en la que Wieland toma muy libremente algunos pasajes del ciclo de Amadís, mezclándolos con elementos tremendamente heterogéneos procedentes de la mitología antigua, de los cuentos orientales y del Orlando Furioso de Ludovico Ariosto. Pese a esta aparente heterogeneidad, Wieland aborda de nuevo en su poema el contraste entre delirio imaginativo y realidad, continuando de este modo la senda ya iniciada en Don Sylvio de Rosalva. En 1772 publica otra novela, Der goldne Spiegel oder die Könige von Scheschian [El espejo dorado o los reyes de Scheschian], en la que, siguiendo el ejemplo del género del espejo de príncipes, Wieland emplea el recurso de la narración oriental para satirizar más o menos enmascaradamente determinados aspectos del espectro político local. Como destaca Manger, todas estas obras experimentan en cierta medida con nuevos géneros y suponen una apertura de nuevos horizontes para la literatura alemana, convirtiendo a Wieland en un catalizador, en un importante mediador entre la literatura alemana de finales de siglo y lo mejor de la tradición literaria europea (Heinz et al. 7).
Al mismo tiempo, durante estos años de intensa actividad académica e intelectual, Wieland irá tejiendo una elaborada red de contactos políticos, entablando contacto con la corte del cercano condado de Sajonia y Weimar-Eisenach, regido en ese momento por Anna Amalia von Brunswick-Wolfenbüttel (1739–1807). Este acercamiento a los círculos palatinos se materializa en la participación del autor de Biberach en la redacción del libretto del Singspiel (un género musical alemán parecido a la operetta) Aurora (1772), compuesto por Anton Schweitzer en ocasión del cumpleaños de la condesa. La actividad musical de Wieland no acabará ahí, pues también ejercerá como libretista de la ópera Alceste, también de Schweitzer, una de las primeras óperas germanas en tratar temas clásicos y que sería estrenada en el Hoftheater de Weimar el 28 de mayo de 1773.
2.4. Primeros años en la corte palatina de Weimar (1772–1797)
En torno a 1771 comienzan a repetirse las visitas de Wieland a la corte del condado de Sajonia-Weimar y Eisenach. La minoría de edad de los hijos de Anna Amalia von Brunswick-Wolfenbüttel –el heredero al trono Carl August y su hermano Constantin, que a la sazón contaban con 14 y 13 años respectivamente– hacía necesaria su tutela y formación hasta que alcanzasen la mayoría de edad. Wieland será nombrado preceptor del heredero, por lo que en 1772 se trasladará a Weimar para llevar a cabo sus nuevas funciones21. Los cuatro años de formación del heredero permiten a Wieland obtener una pensión de 600 táleros anuales, cifra que le permitirá vivir cómodamente en Weimar dedicándose prácticamente en exclusiva a la literatura. Esta libertad posibilitó que el autor suabo se erigiese como una pieza fundamental en la creación de una de las revistas llamadas a transformar a Weimar en el principal centro cultural del ámbito germanoparlante: el Teutscher Merkur o Mercurio alemán, con el que, en opinión de Manger, «Weimar alcanzará un nuevo estatus en la república de las letras europeas» (Heinz et al. 9).
p. 10Durante sus primeros años en Weimar, Wieland tendrá que experimentar, tal y como se ha reseñado anteriormente, la enemistad de los escritores asociados a la liga del Göttinger Hain. En este periodo publica su versión definitiva de Agatón en 1773 y aparecen en el Teutscher Merkur las primeras entregas de su Geschichte der Abderiten (1774–1781) [Historia de los adberitas], que comienza a publicarse en las prensas de esta revista entre enero y julio de este mismo año. La publicación seriada se extiende hasta 1780 y, un año más tarde, Wieland decide publicar la obra en su totalidad. La novela se sitúa en la república independiente de Abdera (patria de Demócrito y de Protágoras), establecida tras la quincuagésimo-novena olimpiada, y en ella Wieland enmascara un retrato satírico de su propia ciudad, Biberach22. Dos años más tarde se publica la novela filosófica Geschichte des weisen Danischmend [Historia del sabio Danismendo] (1775), que aparece también de manera seriada en el Teutscher Merkur. En esta novela, planteada como una continuación a la anteriormente referida Der Goldne Spiegel oder die Könige von Scheschian, vuelven a emerger temáticas caras a Wieland como el contraste entre imaginación y realidad, así como entre ideales utópicos y realpolitik. En ese mismo año aparece también una obra dialogada de carácter teórico en la que Wieland ajusta cuentas con sus enemigos literarios y reivindica su propia estética realista, sus Unterredungen zwischen W*** und dem Pfarrer zu *** (1775) [Conversaciones entre W*** y el párroco de ***].
Una vez que Carl August se convierte en conde de Weimar en 1775, se asigna a Wieland una pensión de 1000 táleros con la única obligación de permanecer en Weimar, por lo que nuestro autor contará con una libertad prácticamente absoluta para trabajar como escritor independiente –convirtiéndose en uno de los primeros escritores en Alemania en poder vivir de la literatura– y como traductor de obras clásicas, pero también de Shakespeare. Tal y como ha analizado Klaus Manger en su monografía Wielands Erfindung Weimars [La invención de Weimar por parte de Wieland] (2006), esta libertad creativa permitirá a Wieland ejercer un papel fundamental en la transformación de Weimar como centro cultural de primer orden en el que residirán figuras como Friedrich Justin Bertuch, editor del Magazin der spanischen und portugiesischen Literatur (1780–1782) [Revista de la literatura española y portuguesa] y traductor del Quijote en 1775, Johann Gottfried Herder o el propio Goethe. Todos ellos residirán más o menos al mismo tiempo en la ciudad turingia, convirtiendo a Weimar en el centro de la vida cultural alemana.
En ese mismo año se produce el primer encuentro entre Goethe y Wieland, en el que el autor suabo queda entusiasmado por el joven autor de Fráncfort, al que define como «rey de los espíritus» (cit. en Reemtsma 462)23. En 1780 aparece su poema épico Oberon, también en el Teutscher Merkur, y que define como un «poema heroico romántico»24. Sin embargo, todos estos éxitos literarios se ven empañados por la muerte de su hija Dorothea en 1779, con tan solo ocho años. Wieland traducirá al alemán el Stabat Mater de Pergolesi para su funeral.
p. 11La década de los 80 será especialmente fructífera a nivel traductológico. En 1782, Wieland traduce las Epístolas de Horacio, mientras que cuatro años después aparecen sus Sátiras. No será el único autor clásico al que nuestro autor traduzca, pues las traducciones de Aristófanes, Eurípides, Jenofonte o Cicerón se irán sucediendo con los años. A finales de la década, concretamente en 1789, Wieland culmina su gran empeño como traductor, la traducción al alemán de las obras completas de Luciano de Samósata, a la que añade una extensa introducción biográfica. Los trabajos realizados por Wieland para preparar su edición de las obras completas del autor sirio en lengua griega fructificarán también en una dimensión puramente creativa. Gracias a la lectura del texto de Luciano Περὶ τῆς Περεγρίνου Τελευτῆς [Lat. De morte peregrini, La muerte de Peregrino] (s. ii. d.C.), el autor alemán traba contacto con la figura del filósofo cínico Peregrino Proteo, que decidió suicidarse públicamente prendiéndose fuego en Elis durante unos Juegos Olímpicos del año 165. Wieland opta por retratar la historia del filósofo cínico mediante una novela estructurada en torno al diálogo entre Peregrino y el propio Luciano de Samósata y en 1789 publica las primeras entregas de su Geheime Geschichte des Philosophen Peregrinus Proteus [Historia secreta del filósofo Peregrino Proteo] en el Teutscher Merkur, para publicar finalmente la novela completa en la editorial Göschen en el año 1791. La novela vuelve a una de las temáticas centrales de la obra de Wieland, el fenómeno de la Schwärmerei, convirtiendo a Peregrino Proteo en «una de las innumerables figuras exaltadas imaginativamente que pueblan los textos de Wieland desde sus primeras obras» (citado en Heinz et al. 306), si bien la obra satiriza el delirio imaginativo desde la perspectiva de las múltiples corrientes místicas que surgen al albur del cristianismo durante sus primeros años de existencia. La obra, escrita ya en una etapa de plena madurez creativa, nos presenta distintas fases en la Schwärmerei del protagonista, una platónica, otra mágica, otra religiosa y, finalmente, una puramente filosófica, estructuradas en torno al proceso de ilusión-desilusión que Wieland ya había tratado en Don Sylvio y en Agatón. Peregrino Proteo reproduce, además, casi de manera exacta, el esquema formativo que ya se evidenciaba en estas dos novelas, presentándonos a una figura que, en ausencia de figuras paternas, experimenta una educación romancesca basada en las lecturas de Homero, Pitágoras y Platón, que generarán una aproximación a la realidad un tanto alejada de esta. Sin embargo, al contrario que en las dos novelas en las que Wieland ya había abordado la temática formativa, en Peregrino Proteo no se produce una curación del delirio imaginativo a través del contacto con la realidad, pues la Schwärmerei se encuentra tan imbricada en su personalidad que hace su erradicación poco plausible, no en vano el protagonista acaba prendiéndose fuego a sí mismo siguiendo el modelo del funeral de Hércules25.
Durante estos años finales de la década de los ochenta, concretamente entre 1786 y 1789, Wieland publica la colección de cuentos orientales Dschinnistan. Se trata de una colección de cuentos de hadas orientales y franceses adaptados para la literatura alemana, en la que colaborarán también Friedrich Hildebrand von Einsiedel y el yerno del propio Wieland, August Jakob Liebeskind. En 1787 Wieland se encuentra con Schiller en Weimar mientras Goethe se hallaba inmerso en su viaje a Italia. La opinión de Schiller sobre Wieland resulta positiva, aunque en su correspondencia con Goethe, el autor de Los bandidos narra cómo durante estos años Wieland llevaba una existencia bastante solitaria en Weimar, dedicado prácticamente en exclusiva a sus escritos y a su familia (Heinz et al. 14). Pese a la participación de Schiller en el Teutscher Merkur, la relación entre Wieland y Schiller pronto parece enfriarse26.
p. 12En 1789 un evento internacional sacude Europa: la Revolución Francesa. En un principio, Wieland reacciona de manera positiva pero al mismo tiempo cauta a los eventos acontecidos en París, pues así lo atestigua un escrito del Teutscher Merkur de 1789, su Kosmopolitischen Adresse an die französische Nationalversammlung [Discurso cosmopolita a la Asamblea Nacional francesa], en el que Wieland se ve obligado a clarificar algunos aspectos de un escrito del año anterior, su Geheimniß des Kosmopolitenordens [Secretos de la orden cosmopolita], que defendía cómo el poder del pueblo ha de basarse siempre en el imperio de la ley (Heinz et al. 15). Su novela epistolar Aristipp und einige seiner Zeitgenossen (1800-1) [Aristipo y algunos de sus contemporáneos], en la que su protagonista viaja por el mundo antiguo ofreciendo su particular visión del mismo, puede ponerse en clara relación con los artículos del Merkur respecto a la Revolución; y, tal y como apunta Manger (citado en Heinz et al. 15), en su obra Gespräche unter vier Augen (1798) [Conversaciones a cuatro ojos] Wieland ya profetiza la llegada de Napoleón Bonaparte.
En 1794 comienzan a aparecer los primeros volúmenes de las obras completas de Wieland en la editorial Göschen de Leipzig. Como destaca Manger (citado en Heinz et al. 15), Göschen, uno de los editores de más prestigio del país, sabía perfectamente que con ello se aseguraba editar al que quizás fuese el autor más conocido de Alemania en ese momento. La editorial lanza una edición en cuatro formatos distintos para distintos bolsillos, desde los más pequeños a la Fürstenausgabe o edición principesca, que venía a costar unos doscientos táleros imperiales, la mitad del sueldo anual de un profesor universitario en Jena (Heinz et al. 15)27. Precisamente, el prólogo a las obras completas, redactado por el propio Wieland, nos sirve para contemplar cómo el autor suabo lanza una mirada retrospectiva a una carrera de más de cuarenta años. En él, el autor alemán señala cómo su carrera «[…] abarca prácticamente medio siglo. La comenzó exactamente cuando la aurora de nuestra literatura empezaba a desaparecer ante el sol naciente, y la cierra, tal y como parece, con su crepúsculo» (citado en Heinz et al. 16). Estas palabras reflejan una creciente necesidad de cierre, un cierto aire crepuscular que se confirmará con la decisión vital por parte de Wieland de comprar una finca en la cercana Oßmannstedt, en ese momento a unas dos horas de Weimar.
2.5. Retirada a la Arcadia: años de Oßmannstedt (1797–1803) y últimos años en Weimar (1803–1813)
Wieland se retira a su finca de Oßmanstedt en 1797. La hacienda, que había sido la residencia veraniega de la condesa Anna Amalia y sus hijos entre 1762 y 1775, le costó unos 22.000 táleros, una cifra considerable para la época28. En Oßmannstedt, Wieland intenta llevar una vida retirada siguiendo el ejemplo de Suetonio, Horacio y Cicerón, pero permanecerá bastante activo intelectualmente. Así, en 1796, Wieland comienza una nueva actividad editorial con su nueva revista, el Attischen Museums [El museo ático], en la que publicará los tres primeros tomos de los siete de su Agathodämon [Agathodaimon], una ficción en la que Wieland noveliza la biografía de Apolonio de Tiana, al que significativamente define como «un don Quijote filosófico», mientras que su acompañante Damis sería su Sancho Panza (citado en Heinz et al. 314). La obra, que ya estaba lista para su publicación a finales de 1795 y que aparece en el tomo 32 de las obras completas editadas por Göschen, trata una cuestión que venía preocupando a Wieland desde los años ochenta, la tendencia del ser humano hacia la superstición y los fundamentos antropológicos de esta. La novela adopta una forma epistolar por la que Hegeso de Cidonia, un botánico que se encuentra casualmente con Apolonio en las montañas, narra en cartas a su amigo Tiágenes su encuentro con él y la narración que este hace de su vida, aunque una parte de la novela se fundamenta en el relato que el acompañante de Apolonio, Damis, hace de esta. En el texto la superstición es retratada como el resultado de la tendencia natural del ser humano hacia la Schwärmerei, que le hace caer habitualmente bajo el dominio de falsos profetas religiosos. Frente al propio Apolonio, uno de esos falsos profetas que, gracias a su dominio de los cultos órficos, conoce muy bien los mecanismos de manipulación de las masas, se presenta en el libro final el modelo de Cristo y del cristianismo, los cuales, según los presupuestos de la novela, al contrario que otros cultos, mejoran al ser humano en una dimensión puramente moral. Con el cambio de siglo, el autor alemán cierra la publicación de sus obras completas con la publicación de su novela Aristipp und einige seiner Zeitgenossen (1800–1), a la que ya nos hemos referido anteriormente y que publica como una obra completa con algunas revisiones. Wieland se servirá del Attischen Museum para seguir publicando sus traducciones de Jenofonte y Horacio29.
p. 13El 8 de noviembre de 1800 fallece la esposa de Wieland. Tres años más tarde, el autor alemán vende la hacienda de Oßmannstedt y decide volver a Weimar, donde residirá hasta su muerte. Wieland vuelve a Weimar como una celebridad literaria. Durante su viaje por Alemania, que posteriormente reflejaría en su De l’Allemagne (1814) [Sobre Alemania], Madame de Stäel decide visitar la ciudad turingia, donde, entre otros, se encontrará con Wieland, a quien asocia con la «école Voltairenne» (Heinz et al. 20). También se producirán encuentros con la nueva generación de románticos, con autores como Friedrich Schlegel, Jean Paul o el propio Heinrich von Kleist.
En 1806, Weimar se ve situada en medio de una de las batallas más relevantes de las Guerras Napoleónicas, la batalla de Jena-Auerstedt, que se saldaría con una severa derrota de las tropas prusianas de Federico Guillermo III frente a los ejércitos franceses. Como consecuencia, Napoleón ocupa Prusia y durante algún tiempo establece su cuartel general en Erfurt. En el año 1808, Bonaparte cursa una invitación a Wieland para asistir a un gran baile en el que se reuniría a lo más florido de la vida cultural y social alemana. Wieland declina la invitación por motivos de salud, pero el Emperador insiste y se disponen los medios para que el ya anciano Wieland pueda acudir al baile. Al parecer, según Manger (Heinz et al. 21), tras unas dos horas de conversación, nuestro autor se excusó ante Napoleón por no poder permanecer erguido durante más tiempo, retornando a Weimar posteriormente. Dos días más tarde, el Emperador le invita a una audiencia durante el desayuno, ocasión en la que no resultó tan amistoso como en el primer encuentro entre ambos. En cualquier caso, en esa ocasión se conceden al autor suabo la Legión de Honor francesa y la Orden de Santa Ana del Zar Alejandro de Rusia. Un año más tarde llega un nuevo reconocimiento cuando es aceptado como miembro de la Pegneische Blumenorden [Orden floral pegneica] de Núremberg, una de las sociedades literarias más antiguas de Alemania, y en ese mismo año es admitido en la logia masónica Amalia de Weimar.
En 1812 Wieland cae gravemente enfermo, pierde el habla y muere finalmente el 20 de enero de 1813. Su cuerpo es velado en el domicilio de Bertuch hasta el día 25 para ser llevado posteriormente a Oßmannstedt, donde es enterrado junto a su mujer. El 18 de febrero de 1813, Goethe da un discurso de homenaje a Wieland en la logia Amalia. El autor más universal de la literatura alemana cierra de este modo las exequias de un ilustre predecesor al que el presente parece haber olvidado, pero que quizás fuera el autor que sacó a la literatura alemana de su provincialismo cultural para convertirla en una literatura verdaderamente universal. Probablemente, sin los servicios de este caballero de la orden cosmopolita, la fama a la que Herder, Schiller y Goethe deben, entre otras cosas, sus respectivos monumentos en Weimar, sería bien diferente. Sin él, la tradición cervantina habría perdido a un eslabón fundamental en su desarrollo no sólo en Alemania, sino también en Europa. No en vano, el propio Wieland, tal y como él mismo se define según su propia correspondencia, se asemeja a un camaleón, capaz de asumir el tono y color de otros, pero permaneciendo siempre él mismo, característica que le permitirá ejercer como puente fundamental entre dos estadios distintos de la tradición cervantina europea, el que surge durante el segundo tercio del siglo xviii y que tiene a los literatos cervantinos ingleses como principales representantes; y el que va tomando en forma en Alemania durante el último tercio de siglo y se propaga por el resto de Europa a principios del xix con la emergencia de un nuevo género novelesco, el bildungsroman, y un nuevo tipo de héroe cervantino, el que representan personajes como el Wilhelm Meister de Goethe o el Edward Waverley de Scott30. Es hora, por lo tanto, de analizar el papel de Wieland en la emergencia del bildungsroman europeo, aspecto en el que el papel de Don Sylvio de Rosalva resultará de una importancia capital.
p. 14
3. En busca del género perdido: Wieland, Don Sylvio de Rosalva (1764) y la novela de formación alemana
De los términos que la lengua alemana ha legado a la cultura occidental, pocos resultan tan conocidos como el de bildungsroman, habitualmente empleado por la historiografía literaria para referirse a aquellas novelas que se ocupan, a grandes rasgos, de la formación de sus protagonistas en el tránsito de la primera juventud a la madurez. Sin embargo, pese a su uso generalizado, el término ha resultado un tanto vago conceptualmente, dando pie a una multiplicidad de definiciones genéricas que se han visto en gran medida condicionadas por el corpus novelístico que la crítica ha tratado de categorizar como bildungsroman (Selbmann 7)31. La trascendencia de la obra de C.M. Wieland en el establecimiento del concepto y del género resulta fundamental, pues las primeras definiciones del mismo, desde el Versuch über den Roman (1774) [Tratado sobre la novela] de Friedrich von Blanckenburg, a las conceptualizaciones de críticos como Dilthey o Morgenstern, se orientan en torno a la obra magna del autor suabo, su Historia de Agatón, en la que críticos posteriores como Swales (1978) o Saariluoma (2004) han visto el origen del género. Si tenemos en cuenta que Wieland se encontraba inmerso en la escritura de esta novela mientras concluía su primer ejercicio novelístico, Las aventuras de don Sylvio de Rosalva (1764), comprenderemos fácilmente la relevancia de la novela que nos ocupa, pues, dadas las claras concomitancias estructurales entre ambas, esta bien podría ser definida como un ensayo en clave humorística y quijotesca para los trabajos más serios de Agatón, o al menos como una suerte de proto-bildungsroman.
¿Qué es, en cualquier caso, un bildungsroman? La primera definición con la que contamos la ofrece Johann Karl Simon Morgenstern en su tratado Über das Wesen des Bildungsromans [Sobre la naturaleza del bildungsroman] (1820). Morgenstern define el género como aquel que «refleja la formación del héroe desde su inicio y desarrollo hasta un cierto nivel de acabamiento» (cit. en Selbmann 11). Hegel, no sin ironía, también incide en sus Vorlesungen über die Ästhetik (1818-1829) [Lecciones sobre la Estética] en la idea de formación, en este caso, a través de la contraposición entre el mundo interior de los protagonistas y su paulatina asimilación a un ambiente fundamentalmente burgués (557). Este proceso de paulatina adaptación y renuncia a los ideales o de «afilarse los cuernos», como señala el filósofo alemán, se convertirá en la segunda de las características fundamentales que la crítica germana ha venido asignando al género. Por último, tal y como apuntan Selbmann (1–26) e Isabel Hernández (298), la crítica alemana ha otorgado al bildungsroman una carga ideológica indiscutible al restringir el concepto de formación a la categoría de Bildung de la época goethiana, que lo entiende como una tarea moral del individuo, cuya educación se ve en constante desarrollo y crecimiento en conjunción con el entorno (Hernández 298), lo que la diferenciaría de la novela de desarrollo, de carácter ahistórico y transnacional32.
Franco Moretti (2000) propone establecer una distinción clara entre el bildungsroman clásico, restringido a las letras alemanas y a la producción de Goethe y coetáneos, y el bildungsroman como categoría genérica que abarcaría otros ejemplos no específicamente alemanes del género; y concibe este último como el reflejo novelesco del advenimiento de las sociedades capitalistas. La juventud europea, antaño restringida al contexto familiar y local, vio repentinamente desaparecer las certezas de una trayectoria ya predeterminada por su estatus social y se vio abocada a una exploración del espacio social (4). Esta creciente movilidad dará pie a un claro deseo de exploración y establecerá una serie de esperanzas en los jóvenes protagonistas, anhelos que serán confrontados precisamente con el mundo que se disponen a examinar, generando una interioridad que aborda el contraste entre aquellas y el mundo circundante, y que habitualmente acarrea la experiencia del descontento y de la necesaria adaptación ante las expectativas fallidas (4). De este patrón narrativo se deducen las dos características principales del bildungsroman como género: la movilidad de sus protagonistas, que habitualmente se embarcan en un viaje de exploración exterior; y la interioridad, que hace de este trayecto un viaje hacia el interior o, como acertadamente señala Swales, acarrea una «interiorización de la acción» («Unverwirklichte Totalität» 94). La dialéctica entre movilidad e interioridad, o entre expectativas y realidad, conlleva que el equilibrio entre ambas categorías suponga, como señala Moretti, el tema central de la novela de formación, o el resultado más evidente del proceso de aprendizaje que propicia el vaivén entre ambas (9). Este ajuste de expectativas conlleva la experiencia de la renuncia, vivencia en la que los protagonistas de estas novelas encuentran su lugar en una sociedad conservadora, si bien a expensas de sus ideales juveniles o del propio sentido de aventura, lo que otorga al bildungsroman un carácter esencialmente anti-utópico.
p. 15A estas características, Todd Kontje añade otro atributo que, a mi modo de ver, resulta fundamental en el género, especialmente en sus orígenes dieciochescos: la mayor parte de los protagonistas de estas novelas son lectores con una experiencia de formación deficitaria y, por lo general, los ideales que su movilidad pone a prueba vienen derivados de sus lecturas de juventud (6). De hecho, Kontje señala un vínculo explícito entre los protagonistas de las novelas de formación y la figura quijotesca (8). Las lecturas inspiran el deseo de emulación y este se ve habitualmente abocado al fracaso o al reajuste epistemológico, lo que conlleva que los protagonistas lectores acaben siendo lectores de sus propias vidas (6), evocando de nuevo la dimensión interior, auto-reflexiva a la que Moretti dotaba de una clara centralidad dentro del género. Este vínculo con la tradición cervantina, destacado por Kontje pero también por Hernández, resulta evidente en el Don Sylvio, novela que, tal y como se ha señalado anteriormente, supone un ejercicio preparatorio para la Historia de Agatón, el primer bildungsroman de la literatura en lengua alemana.
Las aventuras de Don Sylvio de Rosalva se presentan, desde un primer momento, como una historia de formación. De hecho, si comparamos la novela con su inmediata predecesora dentro de la recepción novelística del Quijote en Alemania, El don Quijote alemán (1753) de W.E. Neugebauer, podrá apreciarse claramente el mayor énfasis que el autor de Biberach pone en la formación de su protagonista. En la novela de Neugebauer, poco o nada se nos dice de la educación recibida por el joven Johann Glück, del que conocemos su condición de ávido lector quijotesco (I.1: 58) y que fue educado para el comercio, pero poco más33. Wieland, por el contrario, dedica dos capítulos al comienzo de la novela a la formación de don Sylvio y a sus particulares condicionamientos psicológicos. Así, en el capítulo segundo, significativamente titulado «Del tipo de educación que don Sylvio recibió de su tía», se relata muy detalladamente cómo, tras una educación básica en la lengua latina que permitió al joven noble valenciano leer las Metamorfosis de Ovidio (I.2: 12), doña Mencía, la tía de don Sylvio, se afana en ofrecer a su sobrino una formación basada en los romances heroicos franceses y en las aventuras de los doce pares de Francia y de los caballeros de la Mesa Redonda (I.2: 12). Estas precisiones educativas, que pronto incitan al joven don Sylvio a «imitar los sublimes modelos» (I.2: 13), se ven reforzadas por otro capítulo dedicado explícitamente a otras consideraciones de orden psicológico (I.3: 13–15), que permiten comprender cómo el particular talante quijotesco de don Sylvio se ve propiciado no solamente por una educación romancesca (Wilson 40) y deficitaria, sino también por un claro exceso de sensibilidad y sentimentalismo.
Esta mezcolanza entre sensibilidad y fracaso educativo racionaliza lo que en el caso de Alonso Quijano resultaba evidente locura, presentándonos al joven español no como un enajenado, sino como un personaje cuya epistemología es el resultado de una manera concreta de educar y de unas particulares circunstancias psicológicas y sociales, que hacen que la fantasía y la percepción de la realidad se entretejan, pero sin la existencia de un delirio transformativo tan evidente como en el original cervantino (I.3: 13–14). Wieland, al contrario que Cervantes y Neugebauer, realiza un análisis mucho más exhaustivo de las causas del quijotismo de su protagonista, pues la locura transformativa de don Quijote se torna más bien en percepción romantizada o mediatizada por las lecturas, en distorsión interpretativa, como señala Pardo respecto al Female Quixote (1752) de Lennox («Don Quijote con faldas como paradignma» 285), convirtiendo la experiencia quijotesca no tanto en vesania sino más bien en el producto de una educación desregulada y de un particular talante mental, lo que supone un cambio de esencial trascendencia no solo para esta, sino también para la historia de la novela europea, pues nos encontramos ante una de las primeras tematizaciones de la experiencia educativa y de sus consecuencias, lo que implica una estructura novelesca en la que la confrontación itinerante entre el mundo y la experiencia de aprendizaje se convierte en una parada esencial en el trayecto hacia la madurez.
p. 16Como señalaba Moretti, la itinerancia, la movilidad, genera el conflicto entre las expectativas de los protagonistas –a menudo librescas– y el desarrollo vital al que se ven abocados gracias a sus nuevas experiencias en el mundo, y este choque se produce en la novela de Wieland por el alejamiento voluntario de don Sylvio respecto al ámbito familiar, especialmente una vez que se revelan los planes matrimoniales urdidos por doña Mencía (II.1: 49), que propician la huida de don Sylvio y Pedrillo ya en el tercer libro (III.1), en el que la novela entra en la dinámica de aventuras del camino tan propia de la novela cervantina, que será empleada por Wieland para hacer dialogar la percepción libresca del protagonista y una realidad, la del mundo circundante al castillo de Rosalva, completamente desconocida para él. Estas aventuras itinerantes, entre las que destaca la aventura de la encina (III.1: 72), gigante para Pedrillo, árbol para don Sylvio, muestran bien a las claras que el joven noble valenciano no es un demente ni un alucinado y generan un papel de alternancia en el rol quijotesco entre don Sylvio y Pedrillo en cada uno de los conflictos epistemológicos que tienen lugar durante la primera parte. Paradójicamente, estos episodios, en lugar de reafirmar la locura quijotesca, como cabría esperar, permiten entrever una cierta cordura en don Sylvio, convirtiendo el quijotismo del protagonista más bien en el resultado de la inexperiencia, la educación deficitaria y el aislamiento social. El quijotismo pasa a convertirse, muy significativamente, en un problema educativo.
Con el final de la primera parte se cierra el patrón más cervantino de aventuras en el camino y se inicia una dinámica más centrada en la socialización de don Sylvio, especialmente tras su encuentro con las dos muchachas, doña Felicia y Laura (III.9); y con Jacinta, don Eugenio y don Gabriel (IV. 3), con la consecuente llegada al palacio de Liria (V.4). Tras la escucha de la historia interpolada de Jacinta (V.12–13), se da paso a la famosa historia del príncipe Biribinker, que ofrece a don Gabriel y al resto de la compañía la oportunidad perfecta para comprobar cuán lejos llega la credulidad de don Sylvio (V.14: 239). La historia de Biribinker (VI. 1-2), una auténtica reductio ad absurdum de todos los elementos estructurales propios del cuento de hadas, es empleada por Wieland para organizar una suerte de tertulia posterior a la narración (VI.3) en la que se discuten los cuentos de hadas como producto estético y su necesaria –o no– sujeción al criterio de la verosimilitud. Don Sylvio, que no ceja en su empeño de definir la extravagante historia de Biribinker como perfectamente posible, es finalmente convencido del carácter ficticio de la historia que acaba de escuchar, pues don Gabriel confiesa que esta es fruto de su propia invención (VI.3: 307). Este reconocimiento propicia que don Sylvio se vea obligado a admitir el carácter lúdico y fundamentalmente estético de su género preferido. Al final, todo podría resumirse en que don Sylvio no cuenta «con el mundo suficiente» (VI. 3: 307), tal y como sentencia don Gabriel, señalando nuevamente cómo los problemas epistemológicos del protagonista no se derivan de la locura, sino de su falta de experiencia y su particular educación.
El razonamiento de don Gabriel, junto con otros giros y sucesos que no queremos desvelar por no contar demasiado sobre la novela y disuadir así al potencial lector de descubrirlo mediante su propia lectura, propician finalmente la reintegración social de don Sylvio. Significativamente, tras el convencional final, que sí podemos anticipar que será feliz, Wieland subraya la evolución que se produce en su protagonista, ya que don Sylvio comenzará a llenar con realidades el vacío que las hadas habían dejado en su mente mostrándose ya «libre de los efectos que la feeridad había tenido en su cerebro» (VIII.4: 333) y embarcándose junto a don Eugenio en un viaje formativo por Europa. Si la novela se iniciaba con los orígenes educativos de don Sylvio, ahora se cierra con la culminación de este proceso, cerrando de este modo el peregrinaje educativo del protagonista, que alcanza su meta con la reintegración social y la renuncia –en este caso sin ningún atisbo de melancolía– a lo romancesco. Don Sylvio, por lo tanto, reconduce gracias a la itinerancia y al contacto con el mundo sus ideales de juventud en el terreno literario, social y afectivo, alcanzando una madurez que palia la inexperiencia y credulidad de las que adolecía al principio de la novela de Wieland.
p. 17¿Estamos, por lo tanto, ante un bildungsroman? Para Isabel Hernández, Don Sylvio de Rosalva constituye un claro ensayo para el proyecto mucho más ambicioso de Agatón, en el que Wieland desarrolla con mayor amplitud aquello que en el Don Sylvio era presentado de una manera un tanto esquemática (313). Wieland toma de Cervantes el modelo quijotesco de inmersión lectora para su protagonista y la estructura itinerante propia de la novela cervantina para desplazarlos a un contexto en el que la tensión dialéctica entre movilidad y expectativas característica del bildungsroman está muy presente. El quijotismo del protagonista, más cercano a la distorsión interpretativa de la Arabella de Charlotte Lennox o del Johann Glück de Neugebauer que a la transformación de la realidad de Alonso Quijano, resulta, ante todo, epidérmico (Pardo, «Don Quijote con faldas como paradigma» 287) pues es de baja intensidad, no ha calado hondo y resulta reversible cuando es confrontado con un análisis racional del carácter de las lecturas predilectas de don Sylvio34. Esta fácil conversión, que hace del quijotismo un fenómeno transitorio que se abandona con facilidad, en una suerte de pecado de juventud, genera la base estructural sobre la que se apoya el contraste entre inexperiencia y experiencia que dota a la novela de Wieland de su carácter formativo, así como la fácil transición entre la renuncia a los ideales librescos y la posterior reintegración a la sociedad, que don Sylvio efectúa sin ningún tipo de nostalgia. Más que una historia de formación, la novela de Wieland se asemeja más a una historia de sanación o Heiligungsgeschichte, tal y como apunta Jeong Taeg-Lim (151). De este modo, como señala Hernández, la novela cervantina define las bases para el desarrollo de la novela de formación en Alemania (123), pues las significativas modificaciones que Wieland efectúa respecto a la figura quijotesca resultan de tremenda trascendencia para el establecimiento de la estructura arquetípica del género.
Ahora bien, aun cuando el aroma bildungsromaniano del Don Sylvio resulta fácilmente reconocible, es necesario matizar estas afirmaciones, pues no se debe olvidar que en realidad el joven don Sylvio, cuya interioridad no es desarrollada más allá de sus condicionantes educativos y psicológicos, apenas entabla contacto con el mundo más allá del círculo aristocrático de Lirias y que, como ha subrayado Elizabeth Frenzel (129), la acción transcurre en seis días, por lo que hablar de una evolución trascendente a lo largo de una vida parecería sin duda un tanto precipitado. A su vez, conviene destacar que la renuncia a los ideales librescos se lleva a cabo en el contexto de un final deliberadamente romancesco, que cierra la trama con un final feliz más propio de un cuento de hadas que de una novela realista o de un bildungsroman. Por estas razones, conviene comparar la primera novela de Wieland con el proyecto más ambicioso del Agatón, en el que el autor teutón desarrolla la temática formativa que esbozaba a modo de ensayo en su Don Sylvio en una novela mucho más compleja. La comparación entre ambas obras permitirá al lector vislumbrar el carácter más bien tentativo de la novela que tiene entre sus manos, que más que bildungsroman podría definirse como proto-bildungsroman.
Pese a la mayor complejidad narrativa en la trama de su segunda novela, Wieland traza para el protagonista de su Geschichte des Agathon [Historia de Agatón] un itinerario formativo que muestra interesantes similitudes con el de don Sylvio de Rosalva. Sin una figura paterna de referencia –en sus orígenes Agatón es presentado como un expósito, el protagonista es educado en los cultos a Apolo y en los misterios órficos por el egipcio Teogitón y por la sacerdotisa Pitia, quienes le proporcionarán una «educación romancesca» que se verá culminada por el contacto con las ideas platónicas a la llegada del joven Agatón a la república ateniense (IV.3: 120). De hecho, tal y como ocurría en el Don Sylvio, Wieland dedica dos capítulos de su novela (VII.1–2) al análisis de la juventud temprana de Agatón y de su particular formación como futuro sacerdote del templo de Delfos, educación que, como en el caso de la primera novela del autor suabo, se une a una disposición psicológica muy concreta para acabar resultando en una clara tendencia a interpretar el mundo en concordancia con una visión imaginativa e idealista un tanto alejada de la realidad, tal y como el propio Agatón narra a la hetaira Danae (VII.1: 203). Si en el caso de don Sylvio eran las narraciones caballerescas y los cuentos de hadas los responsables de su educación fallida, en el de Agatón será la narración oral de acontecimientos maravillosos (204–205) y la admiración de los retratos de los dioses del panteón helénico los que, unidos a las narraciones de Homero y Píndaro (207), acaben generando un concepto de la belleza ideal que marcará su propia imaginación y su percepción del mundo (205–206).
p. 18Precisamente, la mirada retrospectiva que Agatón lanza respecto a su educación más temprana le permite reconocer el papel fundamental que estos primeros años y la formación recibida en ellos poseen a la hora de dar pie a esa enfermedad o mal de la imaginación que se vuelve a denominar Schwärmerei, de nuevo presentada como el producto de una educación concreta y, sobre todo, de la inexperiencia. Educación fallida, impresionabilidad e inexperiencia: nos encontramos de nuevo ante las mismas coordenadas estructurales que el lector ya podía apreciar en el Don Sylvio, si bien con un énfasis completamente diferente, pues es el propio protagonista de la novela quien narra con una cierta melancolía el final de esta dulce candidez propiciada por la falta de contacto con el mundo (VII.2: 216). El final de la experiencia en Delfos da pie a un reconocible patrón heliodórico en la novela que propiciará las condiciones narrativas necesarias para la toma de contacto de Agatón con el mundo, que permitirá a Wieland articular el cuestionamiento sistemático de la cosmovisión idealista de su protagonista a un nivel filosófico, amoroso y político.
La itinerancia narrativa da paso a una serie de conflictos vitales entre el idealismo del protagonista y la realidad en la que se inscribe. La primera etapa de su periplo lleva a Agatón a la república de Atenas, en la que su buen gobierno y rectitud en el mismo propiciarán precisamente su caída y ulterior expulsión de la polis por las maquinaciones de sus rivales políticos (VII.6–7). Tras su expulsión y su rapto por unos piratas, Agatón es vendido como esclavo en Esmirna al sofista Hipias, quien acaba minando completamente su platonismo gracias a las artes de la hetaira Dánae, que logra que el protagonista acabe sumido en un materialismo concupiscente y renuncie tanto a sus ideales como al amor por Psique (V.11: 174–175). Con el comienzo de la segunda parte de la novela en el libro octavo de la misma, Wieland obliga a su protagonista reconocer el abandono de su idealismo de antaño, admitiendo muy significativamente, cómo, al igual que los acompañantes de Ulises, ha acabado transformado en un esclavo de Circe, pues de la virtud más recta pasó a la ociosidad libidinosa (VIII.3: 327). Este reconocimiento de sus errores y de su traición a sus propios ideales llevará a Agatón a tratar de retomar la senda del bien común en nuevos proyectos en los que la sapiencia cortesana se verá unida a la virtud política, ya tamizada por el filtro de la experiencia. En este sentido, la experiencia en la corte de Dionisio II, tirano de Sicilia (X. 1–3), acaba, pese a su mayor experiencia y una gestión intachable, en un nuevo fracaso de Agatón, quien, desoyendo las advertencias del filósofo Aristipo sobre la imposibilidad de reformar a un monarca esencialmente corrupto, acaba de otra vez encarcelado en una nueva traición política por parte de los antiguos consejeros del monarca.
Lo que a priori parecería la conclusión de la novela, en la que el amargo final del protagonista confirma los errores pasados derivados de la inexperiencia, se ve repentinamente subvertida en el libro decimoprimero, en el que se explica cómo Atenas revoca la condena al destierro de Agatón, restituyéndole sus bienes, y cómo Acritas –un antiguo amigo de su padre– lo invita a llevar una vida retirada en Tarento, donde podrá vivir en un sano equilibrio entre virtud y pragmatismo. El final resulta tan inverosímil que es el propio autor fingido del supuesto manuscrito griego en el que se basa la narración quien pone en cuestión su veracidad (XI.1: 512), lo que, evidentemente, revela la clara ficcionalidad de toda la obra y la convencionalidad de su conclusión, dejando bien a las claras cómo en una novela algo más verosímil el destino de Agatón sería más bien la amarga experiencia del destierro o de la cárcel. El final de las aventuras de Agatón en la esfera pública es aparentemente feliz, pero esta felicidad no deja de ser irónica, pues tanto lector como autor comprenden muy bien que es un puro convencionalismo narrativo bastante alejado del fracaso real de la trayectoria del protagonista. La cita de Horacio que Wieland elige para su novela –Quid Virtus et quid Sapientia possit / Utile proposuit nobis exemplar– se ve de este modo muy seriamente cuestionada por su contenido, pues la virtud y sabiduría de las que habla el autor latino parecen irreconciliables con el mundo novelesco de engaño, fracaso y miseria moral de Agatón, lanzando inquietantes interrogantes respecto al proceso de formación del protagonista (Baldwin 75), que acaba con un claro y anti-utópico sabor a desengaño, lejos de la fácil y poco problemática renuncia a la Schwärmerei del protagonista del Don Sylvio35.
p. 19Pese a las evidentes concomitancias en la caracterización de don Sylvio y Agatón, y la similar estructura itinerante de ambas novelas, que genera un claro contraste entre la interioridad de los protagonistas –siendo esta mucho más clara en Agatón– y la cruda realidad, existen notables divergencias que nos permiten comprender el carácter probatorio del Don Sylvio y la mayor envergadura narrativa y filosófica del Agatón. En primer lugar, si se presta atención a los capítulos dedicados a la formación de ambos protagonistas, podrá observarse cómo la educación fundamentalmente literaria de don Sylvio es sustituida en Agatón por una basada no tanto en modelos literarios, sino más bien filosóficos. Este cambio en el blanco satírico dota de una mayor envergadura al proceso formativo experimentado por Agatón, pues no se trata ya del reconocimiento del carácter ficticio, estético y, en consecuencia, no histórico de unos modelos literarios, sino de la crítica a una cosmovisión, ya que la renuncia que Agatón lleva a cabo es a una filosofía, a una manera de comprender el mundo y, en última instancia, al concepto de virtud, tanto personal como política, que acaba resultando un ideal inalcanzable en la novela. A su vez, como se ha venido señalando, la estructura itinerante de ambas novelas propiciaba el contacto, o más bien la fricción, entre idealidad y realidad, entre inexperiencia y experiencia. En este sentido, los cambios realizados por Wieland respecto a su primera novela resultan también de envergadura, pues la experiencia vital de Agatón no consiste en una serie de inofensivos encuentros con la realidad y la subsecuente reeducación estética y literaria a través de una tertulia dialógica y un futuro viaje de formación por Europa, sino que se basa en experiencias políticas de primer nivel en el mundo griego en el que Wieland sitúa su novela. El resultado de estas experiencias no es la comprobación indolora de la propia inexperiencia y credulidad, sino más bien el cuestionamiento absoluto de los propios ideales filosóficos y políticos, así como la amarga aceptación del triunfo de la mediocridad y la maldad en las relaciones humanas. La deliberada falta de verosimilitud del final de la novela y la reintegración forzada de Agatón en Tarento no hacen más que subrayar el carácter desencantado de la novela de Wieland. El joven protagonista no sólo se afila los cuernos y acaba siendo un filisteo como los otros, por emplear de nuevo las palabras de Hegel, sino que la posibilidad de ejercer un idealismo basado en la virtud política y personal acaba resultando una forma de quijotismo, un entusiasmo noble en sí mismo, pero condenado al fracaso.
Todo ello dota al Agatón de Wieland de un carácter mucho más serio y oscuro que el de Don Sylvio de Rosalva, en la que la rápida transformación del protagonista hacia la cordura estética conlleva que el calado de la experiencia formativa sea completamente distinto al de la segunda novela de Wieland que, con toda justicia, bien puede ser considerada la primera de su especie, pues abre una senda que lleva al Wilhelm Meister de Goethe y que acaba en otras novelas de formación o bildungsromane marcados por la resignación y la desilusión de los sueños de juventud como Waverley (1814) de Walter Scott o Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac (1836-43). Don Sylvio de Rosalva supone, por lo tanto, un divertido ensayo en clave quijotesca que sienta las bases estructurales del Agatón y del género del bildungsroman, pero difícilmente puede ser considerado algo más que una novela de formación in nuce. Quizás podamos mirar con una cierta melancolía hacia los años de juventud en los que contemplábamos el mundo con asombro y bajo el filtro de nuestras lecturas, pero abandonar esa ingenuidad literaria y perder la fe en la virtud humana son dos problemas de una envergadura existencial bien distinta, y esa distancia es la que, pese a las evidentes simetrías estructurales y temáticas entre ambas novelas, aleja al Don Sylvio de Rosalva de Christoph Martin Wieland de ser algo más que el esqueleto de un bildungsroman.
Bibliografía citada
Obras de Christoph Martin Wieland36
1751 Hermann [Arminio]
Lobgesang auf die Liebe [Elogio del amor]
1752 Die Natur der Dinge [La naturaleza de las cosas]
Zwölf moralische Briefe in Versen [Doce cartas morales en verso]
Erzählungen [Narraciones]
Der Fryhling [La primavera]
1752 Briefe von Verstorbene an hinterlassene Freunde [Cartas de los muertos a sus amigos vivientes]
1753 Der geprüfte Abraham [El Abraham tentado]
Lady Johanna Gray. Ein Trauerspiel [Lady Johanna Gray. Tragedia]
p. 20
1754 Hymnen [Himnos]
Ode auf die Geburt des Erlösers [Oda al nacimiento del Salvador]
1755 Ankündigung einer Dunciade [Anuncio de una Dunciada37]
1759 Cyrus [Ciro]
1764 Der Sieg der Natur über die Schwärmerei, oder die Abentheuer des Don Sylvio von Rosalva [El triunfo de la naturaleza sobre la ensoñación exaltada, o las aventuras de Don Sylvio de Rosalva]
1765 Comische Erzählungen [Narraciones cómicas]
1766 Geschichte des Agathon [Historia de Agatón]. Segunda parte en 1767.
1768 Idris
1770 Die Dialogen des Diogenes von Sinope [Los diálogos de Diógenes de Sinope]
Die Grazien [Las gracias]
Beyträge zur geheimen Geschichte des menschlichen Verstandes und Herzens [Contribuciones a la historia secreta de la razón y corazón humanas]
1771 Der Neue Amadis [El nuevo Amadís]
1772 Der goldne Spiegel [El espejo dorado]
1774 Geschichte der Abderiten [Historia de los abderitas]. Continuada en 1778, 1779 y 1780.
Der verklagte Amor [Amor agraviado]
Stilpon oder die Wahl eines Oberzunftmeisters in Megara [Estilpón o la elección de un maestro mayor del gremio en Megara]
1775 Das Urtheil des Midas [El juicio de Midas]
Geschichte des weisen Danischmend [Historia del sabio Danismendo]
1776 Ein Wintermährchen [Un cuento de invierno]
Liebe um Liebe [Amor por amor]
1777 Geron der Adeliche [Gerón el noble]
Ein Sommermärchen [Un cuento de verano]
1778 Der Vogelgesang oder die drey Lehren [El canto del pájaro o las tres enseñanzas]
Schach Lolo oder das göttliche Recht der Gewalthaber [El shah Lolo o el derecho divino del que ostenta el poder]
Rosemunde. Ein Singspiel [Rosamunda. Un singspiel]
Pervonte oder die Wünsche [Pervonte o los deseos]. Última entrega en 1779.
1780 Oberon [Oberón]
1782 Briefe an einen jungen Dichter [Cartas a un joven escritor]. Última entrega en 1784.
1784 Clelia und Sinnibald [Clelia y Sinibaldo]
1786 Dschinnistan, oder auserlesene Feen- und Geister-Mährchen [Dschinnistan, o cuentos de hadas y espíritus selectos]. Última entrega en 1789.
1791 Peregrinus Proteus [Peregrino Proteo]
Göttergespräche [Conversaciones de los dioses]. Última entrega en 1793.
1798 Gespräche unter vier Augen [Conversaciones a cuatro ojos].
1799 Agathodämon [Agatodaimon]
1800 Aristipp und einige seiner Zeitgenossen [Aristipo y alguno de sus contemporáneos]. Última entrega en 1802.
1803 Menander und Glycerion [Menandro y Glicerión]
1804 Krates und Hiparchia [Crates e Hiparquia]
1805 Das Hexameron von Rosenhain [El hexámetro de Rosenhain]
Euthanasia [Eutanasia]
p. 21
Otras obras
Baldwin, Claire. The Emergence of the Modern German Novel: Christoph Martin Wieland, Sophie von La Roche and Anna Maria Sagar. Camden House, 2002.
Böhm, Hans. «Wenige haben das menschliche Herz besser gekannt und aufgedeckt als er… Zu Wielands Shakespeare-Rezeption». Impulse, vol. 8, 1985, pp. 43–68.
Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. F. Rico. Alfaguara, 2007.
Frenzel, Elizabeth. «Mißverstandene Lektüre. Musäus’ Grandison und Wielands Don Sylvio». Gelebte Literatur in der Literatur: Studien zu Erscheinungsformen und Geschichte eines literarischen Motivs, ed. T. Wolpers, Vandenhöck & Ruprecht, 1986, pp. 111–133.
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. Vorlesungen über die Ästhetik. Ed. F. Basseng. Klassisches Erbe aus Philosophie und Geschichte, 1955.
Heinz, Jutta, et al. Wieland Handbuch: Leben-Werk-Wirkung. Metzler, 2008.
Hernández, Isabel. «Don Quijote y la novela de formación alemana». Anales Cervantinos, vol. 49, 2017, pp. 295–323.
Itkonen, Kyösti. «Englischer Einfluß auf die Sprache der Weilandschen Übersetzung des „Sommenachttraums“». Neuphilologische Mitteilungen, vol. 64, 1963, pp. 1–15.
Jørgensen, Sven-Aage, et al. Chistoph Martin Wieland. Epoche-Werk-Wirkung. C.H.Beck, 1998.
Kimpel, Dieter. Der Roman der Aufklärung. Metzler, 1967.
Kontje, Todd. Private Lives in the Public Sphere: The German Bildungsroman as Metafiction. Pennsylvania University Press, 1992.
Larson, Kenneth. «Wieland’s Shakespeare: A Reappraisal». Lessing Yearbook, vol. 16, 1984, pp. 229-251.
Manger, K. «Wielands Erfindung Weimars». Oßmannstedter Blätter, vol. 1, 2006.
McCarthy, John. Christoph Martin Wieland. Twayne, 1979.
Moro Martín, Alfredo. Transformaciones de la novela cervantina en la novela inglesa y alemana del siglo xviii. Universidad de Salamanca, 2014.
Moretti, Franco. The Way of the World: The Bildungsroman in European Culture. Verso, 2000.
Neugebauer, Wilhelm Ehrenfried. El don Quijote alemán, eds. Javier García Albero y Alfredo Moro Martín. Ediciones Universidad de Salamanca, 2022.
p. 22
Pardo García, Pedro Javier. «Don Quijote con faldas como paradigma del quijotismo femenino». Don Quijote con faldas, de Charlotte Lennox. Biblioteca del Quijote Transnacional, 2022, pp. 245–342. https://www.quijotetransnacional.es/index.php/BQT/catalog/view/3/25/697. Acceso 19 de septiembre de 2024.
Reemtsma, Jan Philipp. Christoph Martin Wieland. Die Erfindung der modernen deutschen Literatur. C.H. Beck, 2023.
Saariluoma, Liisa. Erzählstruktur und Bildungsroman: Wielands ‘Geschichte des Agathon’, Goethes ‘Wilhelm Meister Lehrjahre’. Königshausen & Neumann, 2004.
Sahmland, Irmtraut. Christoph Martin Wieland und die deutsche Nation. Zwischen Patriotismus, Kosmopolitismus und Griechentum. Max Niemeyer, 1990.
Selbmann, Rolf. Der deutsche Bildungsroman. Metzler, 1994.
Sengle, Friedrich. Wieland. Reclam, 1949.
Schlegel, August Wilhelm y Schlegel, Friedrich. Athenäum. Eine Zeitschrift von August Wilhelm Schlegel und Friedrich Schlegel. Ed. G. Heinrich. Philipp Reclam, 1984.
Starnes, Thomas. Christoph Martin Wieland. Leben und Werk. Jan Thorbecke, 1987.
Swales, Martin. «Unverwirklichte Totalität. Bemerkungen zum deutschen Bildungsroman». Der deutsche Roman und seine historischen und politischen Bedingungen. Ed. Paulsen, W. Francke Verlag, 1977, pp. 90–106.
Swales, Martin. The German Bildungsroman from Wieland to Hesse. Princeton University Press, 1978.
Taeg-Lim, Jeong-Taeg. Don Sylvio und Anselmus. Untersuchung zur Gestaltung des Wunderbaren bei C. M. Wieland und E.T.A. Hoffmann. Peter Lang, 1988.
Van Abbé, Derek Maurice. Christoph Martin Wieland (1733–1813). A Literary Biography. Harrap, 1961.
Wieland, Christoph Martin. Geschichte des Agathon. Ed. Klaus Manger. Deutsche Klassiker Verlag, 2010.
Wilson, Daniel. The Narrative Strategy of Don Sylvio von Rosalva. Peter Lang, 1981.
1 En las Oden [Odas] (1750) de Klopstock se encuentra un poema dedicado al caudillo germano Arminio, en el que tres bardos, Werdomar, Kerding y Darmond, cantan las alabanzas del líder. La traducción de las citas originales, salvo que se indique lo contrario, corresponde al autor de este estudio.
2 Arminio (16-17 a.C.–21. d.C), Hermann en alemán, fue el caudillo germano –si bien contaba con ciudadanía romana– que aniquiló a las legiones romanas lideradas por Publio Quintilio Varo (47–46 a.C– 9 d.C.) en el bosque de Teutoburgo en el año 9. La batalla supuso un desastre para el Imperio Romano y marcó de facto la renuncia romana a conquistar territorios germanos al este del Rin.
3 Resulta cuanto menos curioso que un escritor de mentalidad tan cosmopolita como Wieland apenas llegase a viajar fuera de los territorios de habla alemana. Como señala Reemtsma, Wieland jamás salió de los límites de los distintos estados germanoparlantes y en su correspondencia de 1790 con Sophie von La Roche llegó a señalar que para él «un viaje a Fráncfort es […] como un viaje a Méjico» (cit. en Reemtsma 285).
4 En este repaso biográfico se sigue el excelente panorama sobre la vida de Wieland que presenta Klaus Manger en el Wielandbuch editado por Jutta Heinz (1–26). También resulta de obligada consulta el magnífico trabajo de Sven-Aage Jørgensen, Herbert Jaumann, John A. McCarthy y Horst Thomé (Christoph Martin Wieland. Epoche-Werk-Wirkung) [Christoph Martin Wieland: época, obra, impacto] o las biografías clásicas de Friedrich Sengle (1949), Derek van Abbé (1961), John McCarthy (1979) o Thomas Starnes (1987). Más recientemente (2023), Jan Philipp Reemtsma ha publicado una nueva biografía del autor suabo, Christoph Martin Wieland. Die Erfindung der modernen deutschen Literatur. Eine Biografie [Christoph Martin Wieland: la invención de la literatura alemana moderna. Una biografía].
5 La ciudad imperial de Biberach an der Riß constituía una entidad independiente dentro de la amalgama de estados y principados que formaban el Sacro Imperio Romano Germánico a mediados del siglo xviii. Como consecuencia de la Paz de Westfalia, desde 1648 se trataba de una Paritätische Reichstadt, o de una ciudad imperial paritaria, lo que implicaba que los cargos administrativos y políticos debían estar divididos en mitades iguales entre católicos y protestantes. Como veremos a continuación, la filiación protestante de Wieland será un factor fundamental a la hora de ocupar un cargo en la administración de la pequeña ciudad del sur de Alemania.
6 «Das beste was er an mir that, war ein so genanntes Privatissimum, das er mir über den Don Quichotte las» (Wielands Briefwechsel 9.1: 359).
7 Dada la ingente cantidad de obras publicadas por el autor alemán, que hacen imposible un análisis exhaustivo de todas ellas en un trabajo de corte introductorio, se ha optado por ofrecer una relación completa de las mismas en la bibliografía de este trabajo.
8 Pese a ser el resultado de una charla desenfadada, la obra aborda la cuestión mucho más profunda de la naturaleza y orígenes del mundo y del hombre desde una perspectiva dialógica que confronta las principales corrientes filosóficas que han abordado esta cuestión. La influencia de De rerum natura [De la naturaleza de las cosas] (siglo i a.C.) de Lucrecio es evidente.
9 En su correspondencia (Wielands Briefwechsel 16.1: 515), Wieland confiesa que jamás habría sido escritor de no haber conocido a Sophie. En cualquier caso, el autor suabo siempre apoyó la producción literaria de su amiga, llegando a editar su primera novela, Geschichte des Fräuleins von Sternheim (1771) [Historia de la señorita de Sternheim], que la convertiría en una de las novelistas más destacadas del siglo xviii germano.
10 Tal y como destaca Sven-Aage Jørgensen, la ciudad suiza en esos momentos era «el centro de una rica cultura burguesa influida por la vida intelectual inglesa» (Jørgensen et al. 14).
11 Wieland toma como modelo la tragedia de Nicholas Rowe Lady Jane Grey (1715) para construir una obra que presenta el conflicto interior entre idealismo, religión y política que la protestante Lady Jane Grey vive al ser designada como heredera al trono inglés por el moribundo Eduardo IV. Condenada a la ejecución por la católica María Tudor, Jane Grey, idealista y creyente, pasa sus últimos días obsesionada con emular con su muerte a los mártires cristianos. El subtítulo añadido a la obra en 1762, «oder der Triumph der Religion» [o el triunfo de la religión] muestra el carácter martiriológico de la obra.
12 La obra dramatiza la historia de uno de los personajes de la novela The History of Sir Charles Grandison [La historia de Sir Charles Grandison] (1753) de Samuel Richardson, concretamente la de la pretendiente italiana, Clementina de Porretta, aspirante a la mano de Sir Charles, con el que no puede casarse por su religión católica. Clementina decide permanecer fiel a sus convicciones y recluirse en un convento.
13 El blank verse o verso blanco es un tipo de verso característico del periodo isabelino que carece de rima y que emplea habitualmente el pentámetro yámbico, verso de cinco pies de dos sílabas en los que se acentúa la segunda. Es el verso empleado habitualmente por Shakespeare en sus Sonetos. Wieland será el primer autor en emplear este tipo de verso en alemán, concretamente en la anteriormente mencionada Lady Johanna Grey.
14 Durante este periodo el joven Wieland, en una relación de clara cercanía con la familia pietista de los Grebel en Zúrich, con los que incluso llegó a alojarse, había empleado un tono piadoso y de marcado carácter religioso en creaciones poéticas como sus Hymnen [Himnos] de 1754 y en los Empfindungen eines Christen [Sentimientos de un cristiano] de 1755, en los que se manifestó claramente en contra de cualquier tipo de poesía erótica o amatoria. Esta actitud idealista, alejada de cualquier atisbo de materialidad, entra en clara contradicción con su producción literaria posterior, de un carácter más mundano y erótico en ocasiones, lo que le acarreó los reproches de los autores del Göttinger Hainbund, que le acusaron de corruptor de la moral y afrancesado, como se ha podido comprobar anteriormente. Precisamente el conflicto entre idealismo/inexperiencia y materialismo/experiencia será una de las coordenadas centrales de toda la producción literaria de Wieland, por lo que esta renuncia al idealismo pietista parece clave en la trayectoria vital del autor alemán.
15 Wieland traduce a Shakespeare fundamentalmente en prosa, pues únicamente su Sommernachtstraum [El sueño de una noche de verano] es traducida respetando el blank verse característico de Shakespeare. Sobre las traducciones de Shakespeare llevadas a cabo por Wieland, pueden consultarse los artículos de Böhm (1985), Itkonen (1971) y Larson (1984).
16 La novela de Wieland, publicada por vez primera en 1766–1767, contará con dos nuevas versiones publicadas en 1773 y en 1794 respectivamente. Estas dos ulteriores versiones de Wieland muestran amplias diferencias respecto a la versión de 1766–1767, pues en ellas Wieland reestructura los distintos libros y capítulos que componen la novela e introduce nuevos episodios.
17 Estas narraciones en verso, de tono desenfadado y en ciertas ocasiones abiertamente eróticas, supusieron un escándalo para determinados sectores de la crítica literaria germana, generando la fama de autor impúdico y obsceno que acompañaría a Wieland durante buena parte de su trayectoria. Para evitar la censura suiza, la obra apareció sin el nombre del autor y con unos lugares de publicación ficticios, en este caso Leipzig y Fráncfort. El ciclo se compone de tres narraciones en verso, «El juicio de Paris», «Endimión» y «Juno y Ganímedes».
18 La novela, marcada claramente por la influencia de Cervantes y de Henry Fielding, se presenta como la traducción de un supuesto manuscrito griego. El influjo cervantino no termina aquí, ya que toda la novela se articula en torno a un contraste dialógico entre el idealismo y el materialismo, la inexperiencia juvenil y la experiencia madura, la virtud y la lascivia, o el entusiasmo y la desilusión. Para un análisis más detallado de la novela y de la marcada influencia de Cervantes y de Fielding en ella puede consultarse la tesis doctoral del autor del estudio, en la que estos aspectos se analizan en mayor detalle (Moro, Transformaciones de la novela cervantina 403–507).
19 La ottava rima, cuyos ejemplos más tempranos pueden encontrarse en la lírica de Giovanni Bocaccio, es la estrofa característica de la poesía épica italiana. Se corresponde con la octava real castellana, compuesta por endecasílabos de rima consonante y esquema AB B A B A B C C. En España fue empleada por autores como Alonso de Ercilla. En Idris y Zenide Wieland imita deliberadamente la métrica del Orlando Furioso de Ariosto.
20 La obra toma su inspiración, tal y como admite el propio Wieland, de Alma, or the Progress of the Mind (1718) [Alma, o el progreso de la mente] de Matthew Prior (Heinz et al. 196). En 1775, Wieland ofrece su definición de la Schwärmerei, término de difícil traducción al castellano –en la traducción de esta obra hemos optado por ‘ensoñación exaltada’ o ‘delirio imaginativo’– en el Teutscher Merkur. Para Wieland, la Schwärmerei no es más que «un acaloramiento de la mente por medio de objetos que o bien no existen en la naturaleza, o al menos no son aquello por lo que la embriagada mente los toma» (Vermischte Schriften XXXV, 134). Las connotaciones del término, en cualquier caso, no son positivas, pues el propio Wieland destaca en ese mismo artículo cómo la Schwärmerei, en contraposición con el entusiasmo, «es una enfermedad del espíritu» (IV, pp. 194–197).
21 En opinión de Jan Philipp Reemtsma, el Clasicismo de Weimar nunca habría sido de Weimar si Wieland no hubiera llegado en 1772 a la ciudad turingia para convertirse en mentor de Carl August (271).
22 El autor suabo probablemente tomó la historia de la república de Abdera del Diccionario histórico-crítico de Pierre Bayle, una lectura de juventud (Heinz et al. 296).
23 Esta apreciación no fue tan positiva, al menos en un principio, por parte de Goethe, que había dedicado un escrito satírico Götter, Helden und Wieland [Dioses, héroes y Wieland] (escrita en 1773, publicada en 1774) al autor de Biberach. Tras publicar su Götz von Berlichingen en 1773, Goethe esperaba una reseña negativa por parte de Wieland en el Teutscher Merkur, sin embargo, Wieland elogió la obra de Goethe. Esta magnanimidad ganó al autor suabo para Goethe, con el que mantendría una amistad con altibajos hasta la muerte de Wieland en 1813. En cierto modo, la aparición de Goethe en Weimar marca un cambio de época y un paso a un segundo plano del autor de Biberach a un nivel no sólo literario, sino también social y político. En una carta de 1776 Wieland ya adivina los cambios que se avecinan y señala cómo su «alegría interior reside en que él [Goethe] ya me saca la cabeza y es todo aquello que yo nunca he podido ser» (citado en Reemtsma 305).
24 La figura del enano Oberón, el rey de las hadas celta, ya había aparecido en la literatura medieval en cantares de gesta franceses como Huon de Bordeaux (s. xiii) y en varias continuaciones en verso y en prosa, pero también por otros romances medievales ingleses (Huon de Burdexe, John Bouchier, 1540) y en la obra de autores posteriores como Geoffrey Chaucer y William Shakespeare. El poema heroico-romántico de Wieland contará con una gran popularidad fuera de Alemania, particularmente en el Reino Unido, y el propio Goethe enviará a Wieland una corona de laurel tras leerlo en marzo de 1780. Más recientemente, el británico André Norton ha publicado su novela Huon of the Horn (1951), mientras que el enano rey de las hadas también juega un papel fundamental en la novela El unicornio (1965) del escritor argentino Manuel Mújica Láinez.
25 Recuérdese que Hércules, tras enamorarse de Iole, recibe una vestimenta rociada con la sangre de Nesso, que resulta ser un poderoso veneno, por lo que acaba muriendo. De acuerdo con la leyenda, su cadáver fue cremado en el monte Oeta en una pira funeraria que consumió su cuerpo mortal, ascendiendo a los cielos ya transformado en un dios y alcanzando la reconciliación con Hera y el matrimonio con Hebe. Peregrino Proteo se crema a sí mismo con la intención de ascender, como Hércules, al Olimpo y convertirse en un dios.
26 Para Reemtsma la relación entre ambos fue fría desde un primer momento, pues Wieland se habría ocupado de Schiller en Weimar más por «motivos estratégicos» que por «una verdadera atracción personal» (318). Por su parte, Schiller parece que no encajó demasiado bien que en un viaje conjunto a Tiefurt Wieland le ofreciese una detalladísima relación de los aspectos que no le agradaban de sus obras y sobre los que tenía que seguir trabajando (Reemtsma 321). En cualquier caso, Wieland lamentó profundamente la muerte temprana de Schiller en 1805 (Reemtsma 325).
27 Las obras completas fueron editadas por Göschen en cuatro formatos distintos, adaptados a las diferentes capacidades económicas de sus potenciales lectores, por lo que contaban con distintas calidades tanto en el papel como en el formato. Así, la edición en octavo, más pequeña, fue impresa en un papel más económico, mientras que la ya mencionada Fürstenausgabe, o edición principesca, contaba con las mejores calidades, fue impresa en vitela, un material mucho más costoso (Heinz et al. 15).
28 Como curiosidad, cabe señalar que el célebre filósofo Johann Gottlieb Fichte se retiró a esta finca en 1795 para escribir su célebre Grundlagen der gesamten Wissenschaftslehre [Fundamento de toda doctrina de la ciencia].
29 Wieland llegó a invitar a Friedrich Schlegel a participar en su Attischen Museum. La invitación precede a la famosa Citatio Edictalis aparecida en la revista Athenäum a la que ya hicimos referencia en el primer apartado de esta introducción.
30 «Je resemble pour mon malheur au Cameleon; je parois vert apres les objects verts, et jaune apres des jaunes; mais je ne suis ni jaune ni vert; je suis transparent, ou blanc» (citado en Jørgensen et al. 42).
31 Para una visión más amplia sobre la evolución de este concepto crítico, remitimos al lector al propio trabajo de Selbmann (1994).
32 Para Isabel Hernández, el género del bildungsroman se caracteriza por tres fases fundamentales: «la subjetividad propia de la juventud, el conocimiento adquirido a través de la experiencia y la perfección armónica necesaria para la integración en el entorno y socialización» (296–7).
33 A pesar del mayor énfasis que Wieland pone en la temática formativa, son varias las concomitancias en la caracterización de ambas figuras. Tanto don Sylvio como Johann Glück crecen en contextos educativos desregulados, dirigidos por figuras ajenas a los progenitores, su tía y tío respectivamente. Ambos tíos cuentan con particulares intereses pecuniarios en los matrimonios que diseñan para sus sobrinos y, por otro lado, tanto Glück como don Sylvio muestran una extraordinaria credulidad, que define su actitud ante la vida y ante los textos que leen.
34 Pedro Javier Pardo ha definido este contraste entre el quijotismo de los protagonistas de la novela de formación y el de Alonso Quijano en torno a dos dicotomías, la que se da entre quijotismo formativo y quijotismo deformativo, y la que se produce entre el quijotismo de juventud o novoquijotismo y el quijotismo de la edad madura, el veteroquijotismo («El Quijote con faldas como paradigma» 287).
35 La cita completa, procedente de las Epístolas (i.2), concretamente de la epístola a Lolio Máximo, reza así: «Rursus, quid virtus et quid sapientia possit, utile proposuit nobis exemplar Ulixen» (‘Por el contrario, Homero nos da con Ulises un noble ejemplo de aquello que la virtud y la sabiduría son capaces de llevar a cabo’).
36 Para esta relación seguimos la propuesta de Reemtsma (629–630).
37 The Dunciad es una epopeya burlesca compuesta por el poeta neoclásico inglés Alexander Pope en 1728 en el que se satiriza al erudito Lewis Theobald, monarca de la estupidez en el poema de Pope.
