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Epílogo del editor El cual se ha convertido en un prólogo por descuido del copista

He de dejar a la buena voluntad del lector el que crea o no que este libro tiene como autor a don Ramiro de Z***, quien durante algunos años fuera secretario de embajada de un ministro español en una corte alemana. Yo, por mi parte, admito que nunca he tenido en mis manos el manuscrito español. Sin embargo, mi amigo, el señor traductor, me cuenta en una carta en la que me encomienda que me ocupe de la edición de esta obra, una historia tan prolija y bien entretejida del mencionado manuscrito y de sus singulares azares, de las causas por las que nunca llegara a las prensas en España, pese a la buena opinión que manifestara sobre el mismo el arzobispo de T***, y de qué manera, algunos años ha, recayó en sus manos, que no voy a tomarme la molestia de poner en duda la veracidad de su relato. Me asegura que todas estas y muchas otras muy curiosas anécdotas concernientes a este libro están contenidas en una dedicatoria que don Ramiro dirigió a su protector, el célebre ministro don Ricardo de W***1, y de las que no habría privado al lector si por causa de numerosos trabajos que le surgieron no se hubiera visto imposibilitado de traducir la misma.

No voy a adentrarme más en este punto. Lo que sí puedo afirmar con certeza es que Don Sylvio de Rosalva me ha divertido tanto como cualquier otro libro de este tipo y que durante la lectura del manuscrito fueron tantas y tan efusivas las ocasiones en que no pude reprimir la risa que mi mujer, la cual sabía que yo me encontraba a solas en mi gabinete, terminó por entrar en él completamente sobresaltada y me preguntó qué era lo que me pasaba, pues en verdad le preocupaba que me hubiera vuelto loco, una preocupación con la que, a decir verdad, no hacía justicia a mi discreción. Mi mujer, que forma parte de la especie de las buenas amas de casa y que no se ha echado a perder la vista con la demasiada lectura, pese a no ser una mujer ilustrada, dispone de tanto juicio que sabe cuándo tiene uno que reír y cuándo tiene que llorar. Le pedí, así pues, que se sentara conmigo y le leí entonces el capítulo por el cual me había escuchado reír con tanta gana. No había llegado yo todavía a la mitad del capítulo y encontró que las ocurrencias de Pedrillo eran tan graciosas que también ella se echó a reír, y dado que acostumbra a no poder parar una vez que ha comenzado, estuvo riéndose tanto y durante tanto tiempo que también yo me uní a la risa y por causa de ello no me fue posible continuar, pues la risa, como se sabe, es tan contagiosa como los bostezos. Mi secretario pretendía recoger ciertas actas de mi cuarto en el momento que nuestras risas estaban en su punto álgido. Dado que es uno de esos muchachos caracterizados por un desabrimiento solemne, al vernos se quedó parado en la puerta con la pluma tras la oreja y nos observaba con una cara como si pensara que nos habíamos fugado de un manicomio. Yo le expliqué por qué nos resultaba inevitable comportarnos así y lo conminé a que permaneciera allí un poco y escuchara. Continué leyendo y a cada instante me interrumpían las risitas de mi esposa y mis propias risas. Al principio, mi Señor de Tinteros mantuvo la compostura tan bien que no podría haberlo hecho mejor. Lanzó algunas miradas de catón y no movió ni la más mínima de las arrugas que tiene por costumbre ponerse por las mañanas en el rostro, y todo ello a pesar de que llegaron algunos pasajes en los que mi esposa y yo a punto estuvimos de quedarnos sin aliento por las risas. Con todo, Pedrillo terminó por triunfar sobre su estoica calma y cierto pasaje al que llegué en mi lectura produjo tal efecto en su diafragma que estalló en unas sonoras carcajadas que resonaban con tanto más volumen cuanto más se esforzaba por contenerlas. La criada, que, entretanto, se había acercado hasta la puerta, se convirtió en la cuarta voz de este concierto sardónico y, puesto que el ruido que hacíamos pronto atrajo a la cocinera y a Hans, el mozo, el efecto de nuestra sinfonía carcajeante fue tal, gracias a estos nuevos refuerzos, que la gente de la calle se detenía y se echaba a reír sin saber por qué. En definitiva, a mí se debe el haber metido en danza a todos mis vecinos, y quién sabe si las risas no habrían circulado de calle en calle y si en último término no habrían conmocionado a toda la ciudad, así como los arrabales, si no hubiera sido yo tan perspicaz como para dejar de lado el manuscrito, espantar de allí a la servidumbre y leerle a mi esposa otro capítulo. Ruego al benévolo lector que disculpe que me haya tomado tanta libertad como para entretenerle con estas nimiedades. Ni siquiera yo sé cómo ha podido suceder que me haya abandonado a ello, pues por lo general bien sé la consideración que el prologuista le debe al respetable público y, de hecho, solamente quería expresar las esperanzas que tengo puestas en que la contribución de don Sylvio y de su fiel Pedrillo no será poca en la tarea de poner freno a la hipocondría y al spleen, que, como me cuentan, pasaron de Inglaterra a Francia y de los franceses (quienes parecen resueltos a endosarnos sus galanterías*) desde hace algún tiempo vienen pasando a nosotros los alemanes, y parecen haber hecho ya grandes progresos, en especial entre las damas y los jóvenes señores2.

p. 25No obstante, dado que uno debe ser franco y decir tanto lo uno como lo otro, no puedo ocultar que conozco a un cierto papafigo que tiene otra visión acerca de este libro y a quien, de hecho, no le importa que, como a un pequeño engendro, se le ahogue ya en el instante de su nacimiento3. Es una especie de seglar que por su discreción no inventará ciertamente ninguna herejía, mas, en cambio, a modo de contrapunto, es una de las mentes más obstinadas de la cristiandad. Anda por ahí sin ocupación conocida ya desde el penúltimo año jubilar y vive entretanto de la generosidad de los cristianos y de los postres de la nobleza vecina hasta que, tal como espera, un concilio general instaure el jansenismo, pues es un jansenista declarado y acérrimo, y ese es precisamente el origen de todos sus males4. Él, sin embargo, y como ya he dicho, aún no ha perdido la esperanza de que su facción se imponga y considera la caída en desgracia de los jesuitas en Francia como un feliz indicio de que estamos en puertas del ocaso del gran dragón, el cual, hasta ahora, según él, ha tenido embaucado a todo el mundo5. Este hombre honrado, que de tanto en tanto se invita a almorzar en mi casa, entró hace poco en mi cuarto en un momento en el que no podía atenderlo a causa de mis asuntos. Así pues, se puso a husmear entre mis papeles y de este modo fue a dar, por desgracia, con el manuscrito del Don Sylvio. Enseguida pensé que ello iba a dar pie a discusión, y no me equivocaba. Llevaba apenas un cuarto de hora hojeándolo cuando volvió a lanzarlo contra la mesa y se puso a clamar con tal enardecimiento sobre un libro tan profano y nocivo que tuve que emplear la fuerza para evitar que lo echara en ese mismo instante al fuego de la chimenea. No estaba dispuesto a dejarse disuadir de que las aventuras de don Sylvio eran una alegoría o una parábola, cuyo sentido o propósito encubierto, como él dijo, estaba dirigido nada menos que al aniquilamiento de la fe, del evangelio del padre Quesnel y los milagros del señor de París6. En definitiva, armó tal revuelo que a mí, cual lego que no puede encomendarse a sus propias apreciaciones en tales asuntos, terminó por hacerme dudar de si durante la lectura del manuscrito no había encontrado algún mínimo indicio que hubiera podido hacerme sospechar de las intenciones del autor. Puesto que yo, en mi calidad de editor a quien se había encargado este libro, quería seguir el camino más seguro y deseaba saber con certeza dónde me había metido, le entregué el manuscrito a un reputado clérigo que actualmente es deán en *** y al que todo el mundo considera uno de los sacerdotes más eruditos y píos de toda nuestra región, y le rogué que me revelara con sinceridad qué pensaba de ello, puesto que, como le dije, había escuchado los juicios más dispares acerca de la obra. Este honorable señor me escribió diciendo que había leído el Don Sylvio no sin deleite, si bien debía admitir que, sin acicate específico, este tipo de lectura no es especialmente admisible para un hombre de su posición, y que tenía la fundada sospecha de que el autor apenas si tuvo otra intención que no fuera la de servir de entretenimiento para sí y para sus lectores, una intención que en sí misma y en la proporción y condiciones adecuadas nada tiene de reprobable. Hacer burlas de las insensateces de las personas, de sus prejuicios y opiniones equivocadas, y de la intemperancia de su imaginación y de sus pasiones, según él no solo está permitido, sino que es incluso provechoso. Y decía que si en un libro escrito más para el regocijo que para la instrucción, y en el cual predomina el buen humor y la sátira burlesca, el tono jocoso incluso se extiende por encima de los asuntos más serios, bien puede tolerarse aquel siempre que no se traspasen los límites del decoro, pues la verdad acepta que la iluminen desde cualquier ángulo y lo ridículo nunca está adherido a la verdad, sino que más bien sirve solo para desprender los falsos aditamentos con los que se mezcla en las cabezas de las personas. Y que aun si, por lo demás, la intención del autor hubiera sido ridiculizar la ensoñación exaltada* en la persona de don Sylvio, y en Pedrillo la superstición y la ingenuidad de la plebe, y en general aquello a lo que Juvenal denominaba veteres avias, más que causarle el más mínimo perjuicio a la religión, le prestaría de esta manera más bien un gran servicio7. Decía asimismo que el interpretar negativamente tales libertades sería de lo más ilógico, pues los mismos Santos Padres no se han servido en general de otra arma que no sea la burla jocosa y la mordaz ironía contra la superstición dominante en sus épocas, etc., etc8.

Este benévolo juicio de un hombre cuyas declaraciones están revestidas para mí de una autoridad determinante, me devolvió por completo la serenidad y reconozco que le estoy muy agradecido de poder reírme con el Don Sylvio sin embarazo y a placer.

Dejo ahora en manos de los lectores lo que deseen hacer, si reír, sonreír, enojarse, indignarse o llorar. A mí me importa menos que al impresor, pues este, para decir la verdad, contaba con que el Don Sylvio fuera un libro divertido y difícilmente habría accedido a hacer imprimir a su costa algunos miles de ejemplares de las ocurrencias de don Ramiro de Z*** si no se le hubiera asegurado que en un futuro los médicos, en lugar de una tisana, recetarían a sus pacientes la lectura del Don Sylvio para las enfermedades hipocondríacas y del bazo, para todos los tipos de vapores y ataques de histeria, e incluso para la podagra.

R*** del N9.
A 2 de oct. de 1763.
P. F. X. D. R. G. N.
y S. S. D10.

i Esta palabra tendría una doble lectura, pues con galantería se hacía también referencia a una enfermedad venérea, la sífilis, a la que se conocía en la época también como Franzosenkrankheit o ‘enfermedad de los franceses’.

ii Schwärmerei en el original. En 1775, Wieland ofrece su definición de la Schwärmerei en el Teutscher Merkur. Para Wieland, la Schwärmerei no es más que «un acaloramiento de la mente por medio de objetos que o bien no existen en la naturaleza, o al menos no son aquello por lo que la embriagada mente los toma» (Vermischte Schriften XXXV, 134). En nuestra traducción hemos optado, en función del contexto en el que aparece el término, por traducirlo como ‘ensoñación exaltada’, ‘delirio imaginativo’ o, simplemente, ‘delirio’. Hemos decidido no optar ni por el término locura, ni por el término entusiasmo, que para Wieland cuenta con connotaciones positivas, pues en un artículo del Teutscher Merkur de 1775 declara cómo «La ensoñación exaltada [Schwärmerei] es una enfermedad del espíritu, el entusiasmo, su verdadera vida […]. El soñador exaltado [Schwärmer] se encuentra tan hechizado como el entusiasta, con la única diferencia de que este último lo está por Dios, mientras que el primero por un fetiche» (IV, pp. 194–197).

1 Ricardo Wall y Devreux (1694–1777), militar y diplomático nacido en Francia y con raíces irlandesas. Ocupó varios cargos durante los reinados de Fernando VI y Carlos III. Llego a ser ministro, cargo que abandonó tras la Guerra de los Siete Años (1756–1763).

2 El término spleen, de origen inglés (literalmente ‘bazo’) definía un estado de melancolía relacionada con la teoría de los humores de Hipócrates, pues se consideraba que era consecuencia de la expansión por todo el cuerpo de la bilis negra producida por el bazo. El término, efectivamente, pasa de Inglaterra a Francia y otros países. En España, la Real Academia recoge el préstamo naturalizado esplín, que ya en el siglo xix utilizaran autores como Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós o Fernán Caballero.
Por otro lado, ha de notarse que en la época en la que Wieland publica esta obra, se da en Alemania la corriente literaria de la Empfindsamkeit, que prima los sentimientos (Empfindungen) sobre el racionalismo de la Ilustración. Ilustres representantes de la corriente literaria fueron Klopstock, Gellert o incluso el joven Goethe, cuyo Werther cabría asociar a este movimiento. El propio Wieland muestra en sus escritos de juventud una sensibilidad cercana a la Empfindamkeit, si bien renunciaría posteriormente a ella. Sobre este aspecto, remitimos al lector a la introducción de este trabajo.

3 Un papafigo es un hereje que rechaza al Papa como cabeza de la Iglesia. La denominación aparece en el cuarto libro de Gargantua et Pantagruel [Gargantúa y Pantagruel], de François Rabelais «Le Qvart Livre des faicts et dicts heroiques» [El cuarto libro de los hechos y escritos heroicos] (1555), en cuyo capítulo 45 se describe un pueblo de herejes, los Papefiguier (traducido en ocasiones al español como ‘papahígos’), que hacían burla del pueblo de los papimanos, defensores a ultranza del Papa. Empleamos el término papafigo, utilizado por Gabriel Hormaechea en su traducción de Gargantúa y Pantagruel (Acantilado, 2011, 1200).

4 El jansenismo es una corriente dentro de la Iglesia Católica que debe su nombre al teólogo neerlandés Cornelius Jansen (1585–1638) y que promovía la idea de la salvación solo mediante la gracia divina, llevando al extremo las ideas de San Agustín.

5 Los jesuitas, enfrentados con las posiciones jansenistas, fueron expulsados de Francia en 1764. Por otro lado, la referencia al gran dragón probablemente se base en el capítulo 12 del libro del Apocalipsis, en el que aparece un gran dragón rojo que representa al Diablo.

6 Hace referencia aquí a la traducción al francés del Nuevo Testamento del teólogo jansenista Pasquier Quesnel Reflexions morales sur le Nouveau Testament [Reflexiones morales sobre el Nuevo Testamento] (1668) y al abate François de Paris (1690–1727), sacerdote cercano al jansenismo y al que se atribuían ciertos milagros.

7 Wieland atribuye erróneamente esta expresión a Juvenal (60–128 d.C.). La cita original se debe al poeta Aulo Persio Flaco (34 d.C.–62 d.C), quien con veteres avias alude a los prejuicios de las viejas.

8 Referencia más que probable a los padres de la Iglesia sucesores de los llamados padres apostólicos –esto es, aquellos cuya obra se desarrolla en la época inmediatamente posterior a la de los apóstoles– y a quienes en la patrística se conoce como padres apologistas, además de a sus directos sucesores, quienes entre los siglos ii y iv utilizaron sus escritos para combatir los embates del judaísmo y del paganismo contra la incipiente fe católica. Podría nombrarse entre estos a Tertuliano (160–220 d.C), Orígenes (184–253 d.C), san Hipólito (217–235 d.C) o san Agustín de Hipona (396–430 d.C).

9 Es posible que tras estas siglas se esconda el topónimo de Rottweil am Neckar o de Rottenburg am Neckar, dos ciudades situadas junto al río Neckar en el actual estado de Baden-Württemberg.

10 Siglas de difícil interpretación con las que firma su epílogo el supuesto editor del Don Sylvio. Los editores Manger y Reemtsma consideran que la primera P sería la abreviatura de Pater (padre, miembro de una orden religiosa), que las siguientes serían las abreviaturas del nombre, quizá Franz Xaver, en español Francisco Javier, en honor al santo navarro, y que las tres últimas significarían studiosus sacrae disciplinae (‘estudiante de Teología’) o sacrorum studiorum doctor (‘doctor en Teología’).