Capítulo I Carácter de una especie de tías
En un antiguo castillo en ruinas de la provincia española de Valencia vivía hace algunos años una noble señora que en aquella época, cuando desempeñó su papel en la historia que sigue a continuación, había pasado durante sesenta años casi completamente desapercibida por este mundo con el nombre de doña Mencía de Rosalva.
Esta señora había abandonado toda esperanza de distinguirse mediante sus encantos ya desde los tiempos de la Guerra de Sucesión11, época en la que había sido joven y no había mostrado su oposición a ser la dicha de un amante digno, pero había experimentado siempre agravios tan dolorosos por la indolencia de los hombres que en más de una ocasión había sentido la tentación de ofrecerle al cielo, en la reclusión de la celda de un convento, el sacrificio de un corazón del que el mundo se había mostrado tan indigno. Sin embargo, su discreción la llevaba cada vez a advertir que este remedio, como todos los que suele inspirar la aflicción, no lograría cumplir por completo con su propósito y, de hecho, sería ella misma quien cargara con el castigo de la ingratitud de este mundo.
Por fortuna, optó por otro remedio que no tenía un coste tan elevado para ella y que era mucho más adecuado para favorecer el único propósito que en tales circunstancias le parecía digno de sí. Se convirtió en una mojigata y se propuso vengar los agravios que había padecido en todos los infelices a los que ella veía como nubes que habían eclipsado su esplendor y la habían dejado sin vigor. Se proclamó abiertamente una enemiga declarada de la belleza y del amor, y se erigió, por el contrario, en protectora de todas aquellas venerables vestales a las que la naturaleza ha concedido el don de la castidad trascendental y cuya simple mirada bastaría para desarmar a los faunos más valerosos12.
Doña Mencía no se daba por satisfecha con la simple amistad que ocasionaba el trato cercano, la simpatía y la afinidad de los destinos de ella y algunas señoras de esta clase con las cuales había ido trabando conocimiento en Valencia, donde se había criado. Creó con ellas una especie de hermandad que en el mundo femenino era justo lo que en el político eran las órdenes monacales, un estado dentro del estado cuyo interés es causar al otro tanto perjuicio como sea posible, y que se ganaron el nombre de las Anti-Gracias al entrar en una batalla tan manifiesta e irreconciliable contra todo el imperio del amor como los caballeros de la Orden de Malta contra los musulmanes13.
Con el fin de hacer sus encuentros tan provechosos para la comunidad como placenteros les resultaban a ellas, se decantaron por hacer de la promoción de la virtud y de la moral entre las de su género el objeto de sus generosos denuedos, pues, a su juicio, la miserable depravación de aquellas era el verdadero y único origen de todos los males del mundo. Fundamentaban su teoría moral en la afirmación de que la poseedora de un rostro agraciado de ninguna manera podía ser virtuosa, y todos sus juicios acerca de las actividades y el valor moral de cada persona de su género se emitían siguiendo este principio fundamental. Una mujer que gustaba era a sus ojos una desdichada, una criatura perdida, una peste de la sociedad humana, un recipiente y herramienta de los malos espíritus, una arpía, hiena, sirena y anfisbena, y todo ello, y aun algo peor, dependiendo de si lleva consigo más o menos del veneno contagioso que en el sistema de estas moralistas tan letal es para la virtud como lisonjero para el egoísmo y seductor para los pobres hombres14.
p. 27Con este temperamento severo, hacía más de quince años que doña Mencía tenía fama de temible en el mundo femenino de Valencia cuando don Pedro de Rosalva, su hermano, tomó la decisión de abandonar Madrid, donde había dilapidado sus últimos bienes, empleados al servicio del nuevo rey con el fin de solicitar una pensión que no obtuvo, y ahora que ya era demasiado tarde lamentaba no poco no haberlos dedicado a poner en condiciones habitables un pequeño castillo a dos o tres horas de Chelva, lo único que le había quedado de sus antepasados15.
De su esposa, que había muerto hacía poco, tenía un hijo y una hija, cuyas tiernas edades, así como el gobierno de su pequeño hogar, exigían una supervisión femenina. Le cedió esta función a su hermana, a la cual le resultó fácil convencer de que cambiara las humillaciones que había sufrido en Valencia por el placer de ser la mujer más distinguida en un pueblo, un razonamiento que puede que adquiriera del gran César, quien al atravesar una miserable aldea de los Pirineos manifestó a sus amigos que prefería ser el primero en esta mísera villa que el segundo en Roma16.
La aflicción resultante de unas perspectivas truncadas hizo que el bueno de don Pedro no lograra disfrutar mucho tiempo de las amenidades de la libertad y de la vida en el campo, cuyas verdaderas ventajas son, de todos modos, desconocidas para sus compatriotas. Murió y le dejó a su hijo, don Sylvio, un árbol genealógico que se perdía en los tiempos de Gárgoris y Habidis, un castillo en ruinas con tres torres, varias fincas de arriendo y la perspectiva de compartir con su hermana, tras la muerte de doña Mencía, una herencia de antiguas joyas, anteojos y rosarios, así como una considerable cantidad de libros de caballerías y novelas17.
Don Pedro murió en paz porque dejaba a su hijo, a pesar de que apenas si había cumplido su décimo aniversario, en manos de una señora tan sabia como lo era a sus ojos doña Mencía, pues sus sorprendentes saberes en lo concerniente a crónicas y libros de caballerías, y la elocuencia con la que solía exhibir sus profundos conocimientos de las ciencias políticas y de la moral durante las comidas y en otras ocasiones, le habían llevado a formarse una buena opinión de su sensatez, debido esto además a que había sido poco el tiempo que su estilo de vida marcial le había dejado para adquirir un mayor conocimiento de lo que se conoce como la selecta erudición, más allá de lo poco que le había quedado de sus años escolares en una memoria no del todo precisa.
11 La Guerra de Sucesión (1701–1713) fue un conflicto dinástico internacional provocado por la muerte sin descendencia del rey Carlos II (1661–1700) y que llevó, entre otros, a la instauración de la dinastía borbónica en España.
12 Las vestales eran en la Antigua Roma las sacerdotisas consagradas a Vesta, diosa del hogar, las encargadas de mantener encendido el fuego del templo dedicado a ella. Optaban de manera voluntaria por la virginidad. Por otro lado, los faunos eran en la mitología romana deidades del bosque cuya mitad superior era humana y la inferior de macho cabrío, además de tener orejas de cabra y cuernos. Se los consideraba la encarnación de la lujuria.
13 La orden de los Caballeros Hospitalarios, o más exactamente la Soberana y Militar Orden de San Juan de Jerusalén, Rodas y Malta, fue fundada en Jerusalén en el siglo xi por comerciantes italianos procedentes de Amalfi con el fin de ofrecer asistencia a los peregrinos a Tierra Santa y de desempeñar actividades militares contra los musulmanes. Tras múltiples desplazamientos de sede, se estableció en el archipiélago maltés en el siglo xvi gracias a una concesión de Carlos I de España (1500–1558).
14 Las arpías (o harpías) eran, en la mitología griega, seres malvados con cuerpo de ave de rapiña y rostro de mujer. Las sirenas, emparentadas con las primeras, tenían también el rostro o incluso el torso de una mujer y el cuerpo de un pájaro y con su canto eran capaces de atraer a las costas a los marineros, llevándolos a la muerte. Las anfisbenas eran seres mitológicos en forma de serpiente con dos cabezas, una a cada extremo del cuerpo.
15 Municipio valenciano situado en el interior y a unos 70 kilómetros de la ciudad de Valencia. Pese a que Wieland utiliza para el topónimo la actual grafía valenciana (Xelva), nos hemos decantado por los topónimos castellanos a lo largo del texto.
16 El episodio lo narra Plutarco (46–120 d.C) en el tomo IV de sus Vidas Paralelas (96–116 d.C). Julio César (100–46 a.C) habría hecho este comentario en la provincia romana conocida entonces como Hispania Ulterior, donde pasó varios años.
17 Gárgoris y Habidis son reyes legendarios de Tartessos, la civilización de la Edad de Hierro establecida en el sur de la Península Ibérica y que se cree que desapareció hacia el siglo v a.C. Gargoris habría sido el rey de los cunetes, uno de los pueblos que formarían Tartessos, y, según la leyenda, habría inventado la apicultura, mientras que Habidis o Habis, hijo suyo fruto de la violación por parte de Gárgoris de una de sus hijas, sería designado como su sucesor tras haber sufrido sucesivos intentos de asesinato por parte de su padre, quien años después lo reconocería, no sin arrepentimiento, por unas marcas de nacimiento y por su extraordinario parecido. La leyenda de Gárgoris y Habidis parte de las Historiae [Historias] de Pompeyo Trogo, autor latino del siglo i. d.C y que dice haber recogido la historia del griego Asclépides de Mirlea, que vivió entre el siglo ii y el siglo i a.C.
