Capítulo II Del tipo de educación que don Sylvio recibió de su tía
Doña Mencía no defraudó las expectativas que su hermano se había formado del celo y destreza de ella. En cuanto el joven don Sylvio hubo aprendido del vicario del pueblo el latín suficiente para comprender las Metamorfosis de Ovidio, y del barbero de un villorrio cercano, el Anfión de la zona, tanta música que era capaz de acompañar a la vihuela varias docenas de baladas antiguas, se dispuso a instruirlo en el resto de aptitudes que, a su parecer, conformaban un caballero íntegro18.
Lo peor era que este parecer lo había extraído del Faramond, de la Clélie, del Gran Cyrus y de otros libros de este tipo, los cuales conformaban, junto con las aventuras de los doce pares de Francia y los caballeros de la mesa redonda, la parte más selecta de su biblioteca19. En su opinión, en estos libros yacía oculta toda la riqueza de los conocimientos más sublimes y útiles. Creía, por tanto, que no había mejor manera de instruir a su pupilo que enseñándole las ideas y el gusto que ella misma había extraído de tan cristalinas fuentes, y las excelentes aptitudes del joven don Sylvio favorecían en tal medida su empeño que él, antes de haber alcanzado la edad de quince años, tenía por lo menos tantas letras como su tía. Ya a tan temprana edad disponía de un conocimiento tan amplio de la Historia, de las Ciencias Naturales, de la Teología, de la Metafísica, de la Ética, de la Política y del Arte Militar, de la Antigüedad y de las Bellas Letras como el de cualquiera de los más eruditos héroes del Gran Cyrus, y era capaz de perorar con tal elocuencia sobre las cuestiones más sutiles de estas ciencias que los sirvientes de la casa, el vicario, el maestro de escuela, el mencionado barbero y otras personas distinguidas que tenían libre acceso a la casa no dejaban de admirar tanto las maravillosas cualidades del joven señor como la sabia instrucción de la señora.
Lo que más le gustaba de su sobrino a esta última era la extraordinaria avidez con que ansiaba imitar los sublimes modelos, cuyas grandes hazañas y heroicas virtudes lo habían arrobado hasta la enajenación y con las que su imaginación estaba tan familiarizada que terminó por convencerse de que ponerlas en práctica no le costaría más esfuerzo de cuanto le suponía imaginárselas. Doña Mencía no tenía dudas de que don Sylvio, con tan noble predisposición y una mentalidad tan heroica, algún día desempeñaría un papel considerable en el mundo y de que acabaría asemejándose en fama y fortuna a sus más admirados héroes tanto como se asemejaba ya a ellos en belleza y encantos personales.
18 Anfión es uno de los hijos de Zeus con Antíope y gemelo de Zeto. Según la mitología griega, su hermano Zeto, más preparado para las labores manuales, se habría ocupado de cargar pesados bloques de piedra para la construcción del muro de Tebas mientras que Anfión, más refinado, completaba las labores de su hermano tocando una lira regalada por Hermes y haciendo que las piedras, gracias a su música, se colocasen en el lugar adecuado. Su nombre se utiliza aquí, por antonomasia, como músico extraordinario.
19 Se refiere al Pharamond, ou le Histoire de France [Faramond, o la historia de Francia] (1662) de Gauthier de Costes (1609 o 1610–1663), señor de La Calprenède, a la Clélie, histoire romaine [Clelia, historia romana] (1654–1660), de Madeleine de Scudéry (1607–1701), y al Artamène, ou le Grand Cyrus (1649–1653), también de Madeleine de Scudéry. En todos los casos se trata de romances heroicos, género narrativo muy popular en Francia a mediados del siglo xvii y que fue duramente criticado a mediados del xviii, generando un caldo de cultivo ideal para numerosas parodias del mismo, habitualmente encarnadas en lectoras quijotescas como la Arabella del Female Quixote [El Quijote femenino] (1752) de Charlotte Lennox (1729–1804). Cuando en el texto se hace referencia a los volúmenes de libros de caballerías en la biblioteca de doña Mencía, es muy probable que se haga referencia a este tipo de obras y no a los hispánicos a los que suele aludir el término.
