Capítulo III Consideraciones psicológicas
Que la imaginación de don Sylvio recibiera por fuerza un impulso singular de una educación tan excepcional causará menor sorpresa si decimos que entre sus dotes se contaban una sensibilidad extraordinaria y, unida naturalmente a esta, una fuerte disposición al sentimentalismo, de las que la naturaleza lo había dotado hasta el exceso.
Los jóvenes de este tipo aman toda idea que cause una viva impresión en sus corazones y despierte pasiones que, yacientes en un leve duermevela, están en disposición de incorporarse con el mínimo ruido.
Si a ello se añade además que se les educa ajenos al mundo, en una soledad y candor rurales, con el entretenimiento natural de la vida del campo y liberados de las labores del mismo, las ideas maravillosas y pasionales logran un dominio redoblado y aún más intenso sobre sus corazones, pues en tales circunstancias suele ser mayor la diligencia de la fantasía para llenar el vacío que deja en el alma la permanente monotonía de los objetos que se presentan a los sentidos. Sin darse cuenta, la imaginación se entreteje con la percepción, lo maravilloso con lo natural y lo falso con lo verdadero. El alma, que siguiendo un instinto ciego procesa las quimeras con tanta regularidad como las verdades, va conformándose un todo a partir de todo ello y se habitúa a considerarlo verdad, porque encuentra allí luz y congruencia, y porque su fantasía está tan familiarizada con las quimeras que conforman la mayor parte de todo ello como sus sentidos lo están con los objetos reales de los que siempre se encuentran rodeados sin especial alteración.
En esta situación se encontraba el joven que va a ser el héroe de nuestra historia. La pureza natural de su alma era incapaz de recelar de que en algún momento lo fueran a engañar. Así, su imaginación interpretaba los seres quiméricos que le presentaban los poetas y los novelistas de igual manera a como sus sentidos habían interpretado las impresiones de las cosas naturales. Cuanto más placentero le resultaba lo maravilloso y sobrenatural, más sencillo resultaba seducirlo para que realmente lo creyera, más aún cuando en ningún caso ponía en duda la verosimilitud incluso de las cosas más increíbles, pues para el ignorante todo es posible. De esta manera, el mundo poético y mágico ocupó en su cabeza el lugar del real y los astros, los espíritus elementales, los magos y las hadas eran en su sistema los que movían la naturaleza con tanta certeza como lo son en el sistema de un erudito actual la gravedad, la gravitación, la elasticidad, el fuego eléctrico y otros fenómenos naturales.
La naturaleza misma, cuya continuada observación es el medio más eficaz contra los desmadres de la exaltación, parece ser, por otra parte, el origen primero de los mismos gracias a las impresiones directas que su majestuoso espectáculo produce en nuestras almas.
p. 30El grato temor que nos acomete al entrar en el oscuro laberinto de un espeso bosque impulsó sin duda la creencia común de los tiempos pretéritos según la cual los bosques y sotos estarían poblados por dioses. El dulce escalofrío, el asombro, el ensanchamiento y elevación de nuestro ser que sentimos y experimentamos al observar el cielo estrellado en una noche clara seguramente dio alas a la creencia de que este abismo titilante iluminado con infinitos candiles que nunca se apagan ha de ser la morada de seres inmortales.
Es de suponer que esta sea la causa de que los campesinos, a quienes sus labores no les dejan tiempo para elevar a un conocimiento bien definido las impresiones confusas que la naturaleza produce en ellos, sean más supersticiosos que las demás personas. De ahí proceden los espíritus corpóreos de los que ven repleta toda la naturaleza. De ahí proceden las invisibles cacerías en los bosques, las hadas que de noche danzan en círculo en los campos, los duendes bondadosos y los malvados, el espectro que hostiga a las muchachas, los espíritus de las montañas, las ninfas del agua, los hombres de fuego y quién sabe cuántas fantasmagorías más, de las que pueden contar tantas cosas y cuya veracidad está tan dada por descontado entre ellos que uno no puede refutarla sin parecer un insensato o un impío a los ojos de la mayor parte de los de esta clase20.
Si observamos ahora en conjunto todas las condiciones que se concentraron para darle todo su vigor a la educación novelesca de nuestro joven caballero, no nos parecerá inconcebible que solo tuviera que dar unos pocos pasos para verse metido en lances tan aventureros como los que desde los tiempos de su compatriota, el caballero de La Mancha, jamás se dieran en un cerebro aturdido.
20 Reúne aquí el autor diversas leyendas, mitos y creencias del ámbito germánico. Los espíritus corpóreos son la encarnación de las fuerzas de la naturaleza en forma de seres mitológicos. Al referirse a las cacerías por los bosques introduce una de las leyendas más extendidas en la Europa septentrional y central, la Wilde Jagd o cacería salvaje, en la cual un grupo de espíritus ataviados como cazadores y guiados en la tradición alemana por el dios Odín recorren con gran estruendo los cielos y presagian algún acontecimiento desgraciado, como guerras, sequías o la muerte de quien presencie el paso del grupo. Existen numerosas variantes del mito en prácticamente todas las culturas de Europa, de hecho, algunos investigadores como Carmelo Lisón Tolosana consideran el mito de la cacería salvaje como el origen de la creencia en la Santa Compaña o en la Hueste de Ánimas (La Santa Compaña. Fantasías reales. Realidades fantásticas, Akal, 2004). La creencia de que las hadas se reunían en los claros de los bosques para danzar en círculos está relacionada con los Feenringe o anillos de hadas, con los que aún hoy se denomina a los hongos que crecen formando un círculo y que serían el rastro dejado por el baile de las hadas. El espectro (Alp o Alb en alemán) que hostiga a las muchachas es en la tradición alemana un espíritu que presiona el pecho de quien duerme y produce así pesadillas (Alpträume, literalmente ‘sueños de Alp’ en alemán actual). Entre los espíritus de las montañas se encuentran en la tradición germánica los elfos o los gnomos. Las ninfas del agua son espíritus de la naturaleza que habitan en las aguas, y los hombres de fuego son fuegos fatuos producidos por la combustión de gases procedentes de la tierra y que la creencia popular atribuía a las almas de los muertos.
