Índice

Capítulo IV Cómo don Sylvio traba conocimiento con las hadas

Para desgracia de su raciocinio, se hallaba entre los libros, de los cuales había toda una sala repleta en la casa, una buena cantidad de cuentos de hadas, de los que don Pedro había sido un gran admirador, a pesar de que no pocas veces su sabia hermana le había reprobado su gusto por tales farsas inútiles, como solía llamarlas, pues aunque los libros de caballerías gozaban para ella de gran reputación y los colocaba al mismo nivel que las crónicas, las historias y los relatos de viaje, le resultaban repugnantes todos esos pequeños pasatiempos del ingenio, que solamente se escribían para el entretenimiento de los niños o para el esparcimiento de los adultos y que no pueden recomendarse a las personas de buen gusto más que por su amena forma de la narración.

Don Pedro le concedía de buena gana que fueran divertimentos, «pero me ayudan a pasar algunos ratos de hastío», le decía. «Cuanto más ridículos son los lances que el loco del autor propone, más me río, y eso es todo lo que les pido».

La prudente doña Mencía, que, como todas las personas singulares, solo consideraba razonables sus propias excentricidades, no se daba por satisfecha con esta respuesta. Pese a todo, los cuentos árabes y persas, así como las novelas y los cuentos de hadas, siguieron ocupando tranquilamente su lugar en la biblioteca y, puesto que en la mayor parte de los casos estaban encuadernados en papel azul, se ocultaban de manera tan humilde detrás de las respetables ediciones en folio o en cuarto de doña Mencía que, tras la muerte del antiguo caballero, al poco cayeron por completo en el olvido.

No obstante, el hada que se entremetió en el destino del joven Sylvio seguramente no estaba dispuesta a consentir que fuera a desviarse de su sino. Y, una vez, en ausencia de su tía, cuya seriedad y continuas admoniciones morales comenzaban a resultarle muy molestas, mientras escudriñaba la librería en busca de algo para matar el tiempo, bien por casualidad o bien por un impulso secreto de la mencionada hada fue a dar con un voluminoso tomo de cuentos de hadas. Lleno de gozo, lo escondió y, tan rápido como le fue posible, se retiró al jardín para poder averiguar el valor de su hallazgo sin ser molestado, pues ya al ver el título intuyó que debía de tratarse de asuntos muy entretenidos.

La brevedad de estos relatos fue la razón principal de que le gustaran, pues estaba ya muy cansado de los voluminosos tomos en folio de los que tenía que leerle a su tía varias horas cada día. En cambio, en cuanto hubo leído uno o dos de aquellos, ya nada podía compararse al placer que sentía y a la avidez con que devoró el resto de los relatos.

Cierto instinto que revela incluso a los más simples de entre los jóvenes lo que pueden contar o no a sus preceptores le previno de no dejarle notar a su tía nada de lo que había descubierto. Ya la contención a la que él mismo se sometía con ello le hacía apreciar aún más a las hadas, y habría pasado la noche leyendo si fuera posible leer a la luz de los ojos de una gata, tal como deseó una vez Tasso en prisión, pues los desvelos de doña Mencía por la salud del muchacho y por el ahorro de velas hacía tiempo que le habían arrebatado a él los medios para vigilias eruditas21.

p. 32Sin embargo, en cuanto clareaba el día, él ya estaba de nuevo en pie. Tomaba el volumen de debajo de su almohada, leía un cuento tras otro recorriendo a toda prisa las líneas y, en cuanto terminaba con toda la antología, volvía a comenzar desde el principio sin hartarse nunca. Siempre que podía, salía al jardín o al bosque adyacente y se llevaba consigo los cuentos. La vivacidad con la que su imaginación se apoderaba de aquellos era extraordinaria, y él no leía, sino que veía, oía, sentía. Parecía que se desplegaba ante él una naturaleza más maravillosa que la que había conocido hasta el momento y la mezcla de lo maravilloso con el candor de la naturaleza, que conforma el carácter de la mayor parte de las producciones lúdicas de este género, se convirtió para él en un distintivo infalible de su veracidad.

Este punto no le suponía ningún tipo de conflicto, pues a causa del estilo de vida que había llevado hasta entonces estaba perfectamente predispuesto a ello. Esto se debía a que, desde el inicio de sus estudios, llevado a cabo con las metamorfosis de Ovidio, no había caído en sus manos ningún libro que hubiera podido enseñarle conceptos más adecuados22. Por el contrario, diferentes escritores de la época en que la filosofía pitagórica-cabalística gozaba de buena reputación en toda Europa, con sus ensoñaciones sistemáticas de espíritus planetarios y elementales, de conjuros, cifras misteriosas y talismanes, y de aquella supuesta sabiduría que puede convertir a quien la posee en dueño de toda la naturaleza, le habían confirmado hasta tal punto sus fantasías que ni siquiera la maravillosa avellana de Menudencia ni la pieza de tela de cuatrocientas alnas que el amante de la Gata Blanca sacó de un granito de mijo y pasó seis veces por el fino ojo de una aguja parecían tener en su opinión nada de increíble23.

Así pues, nada le impedía abandonarse por completo al placer que le proporcionaban los cuentos de hadas, de los cuales fue extrayendo aún muchos más de debajo de las maculaturas que cubrían el suelo de la biblioteca y de los cuales cada uno era más fantástico que el anterior, y en los que encontraba una distracción que no habría cambiado por todos los entretenimientos del mundo.

No logró ser tan precavido como para que su preceptora, tan severa como vigilante, no acabara por descubrir la causa de sus frecuentes paseos por el bosquete y que, por este motivo, le echara un sermón muy riguroso, muy erudito y muy aburrido. Sin embargo, y como suele ocurrir, ello solo sirvió para que don Sylvio fuera más cuidadoso y para que tomara mayores precauciones a la hora de ocultarle sus preferencias y futuros proyectos.

A decir verdad, él siempre la había temido más que querido, pero desde que su cerebro estaba repleto de Florinas, Rositas, Brillantes, Cristalinas y quién sabe cuántas bellezas sobrenaturales y de atractivo ficticio, no pocas veces estaba tentado de considerar a la buena de su anciana tía una especie de Jorobeta cuyo tiránico sometimiento cada día le resultaba más insoportable24.

Así, ella podía decir cuanto quisiera, que su imaginación estaba por completo absorbida por los encantamientos, los castillos de diamantes y rubíes, las princesas transformadas o encerradas en torres y palacios subterráneos y los tiernos amantes que, bajo la taumatúrgica protección de un hada buena, lograban escapar de las persecuciones de una malvada. No leía otra cosa, no reflexionaba ni pensaba en otra cosa, en todo el día no se ocupaba en otra cosa y por la noche no soñaba con otra cosa.

21 En su encierro en el manicomio de Ferrara, donde permaneció recluido durante siete años, Torquato Tasso (1544–1595) escribió un soneto, «Alle gatte dello spedale di Sant'Anna» [A los gatos del hospital de Santa Ana], en el que pedía a las gatas de su celda que le dieran luz con sus ojos para así poder escribir.

22 Referencia a las Metamorfosis del poeta romano Ovidio (43 a.C–17 d.C), escritas en torno al año 8 d.C, y en las que se narra en quince libros una historia fantástica del mundo desde su creación hasta la deificación de Julio César. Como se verá a lo largo de la novela, la combinación entre fantasía e historia, uno de los problemas epistemológicos fundamentales de don Sylvio, queda claramente ejemplificada en la obra de Ovidio.

23 La corriente filosófica del pitagorismo, basada en las doctrinas de Pitágoras de Samos (570–510 a.C.), fue un movimiento de creencias místicas que consideraba que los números estaban en la esencia de todas las cosas y que a través de estos sería posible explicar el universo. La cábala o filosofía cabalística es una corriente mística originaria del judaísmo mediante la cual se interpretan de manera esotérica los textos sagrados de los judíos. En el Renacimiento se establece la tradición cabalística cristiana con Pico della Mirandola (1463–1494). Por otro lado, Menudencia (Babiole en el original francés) es el nombre de la protagonista de un cuento homónimo de Madame d’Aulnoy aparecido en el cuarto tomo de los Contes des fées [Cuentos de hadas] (1697). Podría traducirse asimismo como ‘bagatela’, pero nos permitimos adoptar aquí el nombre que apareció ya en una versión de algunos de estos cuentos al español. Emma Calatayud, en una versión de estos cuentos de d’Aulnoy al español (El cuarto de las hadas. Trad. Emma Calatayud, Siruela, 1991). Siempre que nos parezcan adecuadas las traducciones de los nombres de títulos y personajes que se hayan realizado ya al español, adoptaremos dichos nombres en nuestra versión.
En el cuento de «La Chatte Blanche» [La gata blanca], publicado en Contes nouveaux ou les fées à la mode [Cuentos nuevos o las hadas a la moda] (t. 2, 1698), tres príncipes deben llevarle a su padre el rey una tela que sea tan fina como para que pueda pasar por el ojo de una aguja. Uno de ellos, que ama a la Gata Blanca, protagonista del cuento y que en realidad es una princesa encantada por unas hadas, lleva dentro de un grano de mijo que le ha dado la gata una tela tan fina que pasa seis veces por el mismo ojo de la aguja.

24 Florine es una princesa que aparece en «L’Oiseau Bleu» [El pájaro azul], cuento de Madame d’Aulnoy (Les Contes des fées, t. 1, 1697). En El cuarto de las hadas (Siruela, 1991) se traduce como Florina. Rosita es una princesa que da título a un cuento de la misma Madame d’Aulnoy («La Princesse Rosette», (Les Contes des fées, t.2, 1697) no traducido en el volumen citado, pero sí en una colección de cuentos aparecida en 1851 en la Imprenta del Semanario Pintoresco Español y de la Ilustración bajo el título de «La princesa Rosita». También está traducido ahí el cuento «El ramo de oro», en el que aparece Brillante, nombre que adopta una princesa deforme llamada originalmente Trognon (nombre traducido como ‘Mascarón’) en el original de Madame d’Aulnoy («Le Rameau d’Or», Contes des fées, t. 2, 1697). Cristalline es un hada que aparece en el cuento «Les quatre Facardins» [Los cuatro Facardines] (1730, publicación póstuma) de Anthony Hamilton (1646–1720), autor irlandés que escribía en francés. Hemos traducido el nombre del hada como Cristalina. Jorobeta aparece en el cuento «La Princesse Printanière» [La princesa de la primavera] de d’Aulnoy (Contes des fées, t. 2, 1697), no traducido aún al español. La misma hada aparece también en otro cuento de la misma autora, «Serpentin Vert» (Contes des fées, t. 4, 1697) [El serpentino verde], que sí aparece en el volumen antes mencionado editado por Siruela, donde recibe el nombre de ‘hada Jorobeta’.