Capítulo V Locura singular de don Sylvio. Su amor por una princesa ideal
En un estado de ánimo tan singular, nada podía resultar más natural que don Sylvio acabara por sucumbir a la locura de desear para sí aventuras como aquellas cuya narración tanto placer le dispensaban en los cuentos.
Al poco tiempo, fue incluso más allá. Procuraba hacer realidad las fantasías de las que tenía llena la cabeza y trasladarse, en la medida de lo posible, al mundo de las hadas.
Por ello, a todo cuanto lo rodeaba le daba nombres extraídos de sus cuentos. Un perrito dócil que tenía hubo de cambiar su nombre de Amorcillo, como se llamaba antes, a Tintín, porque así se había llamado el perrito de la princesa Maravillosa25. Y repudió a un gato pardo con patas blancas, que antes había sido su favorito, favoreciendo a uno completamente blanco, al cual colmó de todas las atenciones imaginables en honor a la princesa Gatita Blanca.
Cada mañana y cada tarde iba a contemplar unas vidrieras pintadas en una galería medio derruida del castillo con la esperanza de encontrar allí, como el príncipe Tortícolis, imágenes que le dieran alguna pista acerca de su futuro destino; y rastreó al menos veinte veces todos los rincones del palacio, desde el techado hasta el sótano, por si descubría en algún lugar un armario encantado o una escalera escondida que lo llevara a un palacio subterráneo26. Claro está que no encontró nada, y una y otra vez las vidrieras no le mostraban más que caballeros con armaduras que se acometían desde hacía varios siglos con las lanzas en ristre. Con todo, él sabía muy bien buscar el consuelo adecuado para esto. Todavía no había alcanzado los dieciocho años de edad y había observado en la mayoría de los cuentos que un príncipe o caballero debía tener al menos dieciocho años para vivir aventuras.
Entretanto, en un rincón de su jardín instaló una especie de emparrado que había de asemejarse al palacio de flores en el que el hada Joven y Bella solía ocultarle a su corte los dulces momentos de que gozaba en los brazos de su amado pastor27. Hizo que dispusieran varios tilos, que le parecieron adecuados para tal fin, de manera que sus troncos conformaran los pilares, las ramas más bajas el suelo y las copas el tejado de esta singular casa de solaz. En las paredes se entrelazaban los mirtos con los rosales y la madreselva, y detrás de estas había una escalera hecha de glebas tan bien colocadas que nadie se percataba de su presencia.
p. 34En este palacio verde, como don Sylvio gustaba de llamarlo, había dispuesto un pequeño gabinete que, para darle una apariencia aún más acorde al ambiente de las hadas, había tapizado con las más bellas mariposas que había atrapado durante sus paseos por el bosque contiguo y en las riberas del Guadalaviar, el cual fluía no muy lejos de su jardín28.
En este gabinete pasaba a menudo la mitad de la noche entre ensoñaciones sobre las maravillosas aventuras que deseaba para sí y que esperaba poder experimentar en breve. Sin darse cuenta, se quedaba dormido durante estas fantásticas reflexiones y unos placenteros sueños daban continuación a las aventuras en las que había comenzado a perderse mientras estaba despierto. Objeto de los mismos era por lo general una bella princesa a la que amaba. Lo desagradable de todo ello era que siempre encontraba a aquella en poder del hada Perifollo o de otra vieja bruja envidiosa que ponía a su amor los más engorrosos obstáculos29. Ora debía enfrentarse a dragones y lémures voladores, ora encontraba todos los accesos al palacio en el que estaba retenida cubiertos de cardos que, en el momento en que los tocaba, se transformaban en gigantes y le cerraban el paso con grandes mazas de acero. A pesar de que los acometía, como corresponde a todo intrépido caballero, y de que con cada golpe se quitaba de en medio a varias docenas, apenas había terminado con ellos y a punto estaba de adentrarse victorioso en el palacio, tenía que contemplar cómo se llevaban de allí a su amada princesa por la chimenea en un carro tirado por murciélagos. Otra vez la encontró sentada junto a una fuente sobre un banco de flores, se lanzó a sus pies, le dijo las palabras más tiernas y ella parecía escucharlo con agrado, mas en el momento en que él quiso abrazarla (pues ya se sabe que el amor en los sueños no toma en consideración todas las gradaciones prescritas a un pastor en las orillas del Lignon), vio con espanto que apretaba contra su pecho la figura de la gorda Maritornes, la porquera de la casa, y recibía de aquellos labios, que justo antes parecían emanar un aroma a néctar y ambrosía, un beso tan sazonado de ajo y queso que de asco y repugnancia habría querido entregarse a la muerte30.
Pese a la futilidad de estas adversidades imaginadas, grande era, sin embargo, el dolor que le causaban. Consideraba que estos sueños eran premoniciones funestas y no dudaba que tenía una poderosa enemiga que estaba decidida a hacer de él un desdichado en ese amor que él ya sentía en gran medida por la encantadora desconocida a la que, siguiendo los designios de su sino, estaba destinado a amar.
25 Tintin es el perro de la princesa Merveilleuse en el cuento «Le Mouton» de Madame d’Aulnoy (Contes des fées, t. 3, 1697). En la traducción aparecida en la Imprenta del Semanario Pintoresco se traduce el cuento como «El carnero», el perro se llama Tintín y la princesa, Maravillosa. Adoptamos estos nombres también en nuestra traducción.
26 En el cuento «El ramo de oro», de Madame d’Aulnoy, el príncipe Torticolis, prometido de la princesa Trognon, encuentra unas vidrieras en las que parece ver representada la historia de su vida. El armario y la escalera escondida son elementos que aparecen en dicho cuento.
27 Joven y Bella (en francés Jeune et Belle) es un hada que aparece en el cuento homónimo de Henriette-Julie de Castelnau de Murat (1670–1716) aparecido en su obra Contes de fées [Cuentos de hadas] (1697).
28 Se conoce hoy en día como Guadalaviar al río Turia en su primer tramo, el que va desde su nacimiento en los Montes Universales, en el término municipal de Guadalaviar, hasta Teruel, donde pasa a denominarse Turia en su unión con el río Alfambra. Mantenemos, no obstante, la denominación de Wieland como Guadalaviar.
29 El hada Perifollo (Fanferluche en el original) aparece en el cuento «Menudencia» de Madame d’Aulnoy. Adoptamos aquí el nombre que se le dio en la edición ya mencionada de las obras de esta autora en la editorial Siruela.
30 Con el pastor hace aquí referencia al pastor Celadón, de la obra L’Astrée [La Astrea] de Honoré d’Urfé (1568–1625).
Al mencionar a Maritornes, Wieland toma el nombre del personaje del Quijote que aparece en la primera parte como criada de la venta a la que llegan los personajes. La referencia al olor a ajos de su aliento hace pensar en la campesina a lomos de un pollino a la que Sancho convierte en Dulcinea encantada al principio de la segunda parte del Quijote.
