Capítulo VI Aventura con la ranita. Por qué don Sylvio no advirtió que la rana no era un hada
La sola idea de tener un enemigo invisible de tal envergadura desazonaba no poco a nuestro joven héroe. No obstante, puesto que no se había topado nunca en sus cuentos con un príncipe que, perseguido por hadas o magos, no tuviera la protección de otra hada, le reconfortaba la esperanza de que no sería el primero que tuviera que padecer la excepción a esta regla.
Puesto que en el mundo de las hadas, al igual que en nuestro mundo cotidiano, es habitual que uno rara vez preste algún servicio sin esperar a cambio lo mismo o incluso uno mayor, nada deseaba don Sylvio con mayor ansiedad que tener la oportunidad de poder reclamar para sí la gratitud de un hada bondadosa.
Una vez, cuando pasaba junto a un foso de su jardín sumido en estos pensamientos, vio al otro lado un cigüeño (algunos relatos afirman, aunque sin pruebas suficientes, que se trataba de una cigüeña) a punto de atrapar a una linda ranita que, croando, iba tranquilamente dando saltos por la hierba.
Don Sylvio no habría tardado en acudir en ayuda de la rana en apuros simplemente por el puro impulso de su corazón, que era bondadoso y compasivo, mas le dio alas la idea de que pudiera ser un hada, quizá incluso aquella rana bienhechora que tan buenos servicios había prestado a la princesa Musguito y a su madre31. Salvó el foso de un salto y con un bastón que llevaba en la mano ahuyentó al patilargo enemigo de las ranas justo en el instante en que a punto estaba de engullir al pequeño e inocente batracio. El cigüeño dejó caer su presa y escapó, y la ranita saltó al foso sin reparar en la persona a quien debía agradecer su salvación.
Don Sylvio se quedó junto al foso esperando a que volviera a aparecer, transformada en una hermosa ninfa o con un tocado de rosas en la cabeza, para darle encarecidamente las gracias por tan notable auxilio. Estuvo esperando más de media hora, pero para decepción suya, y no pequeña, ni la ninfa ni la rana quisieron volver a hacer acto de presencia.
Le resultaba incomprensible una ingratitud tan inusual en un hada. «Aun si hubiera sido», pensaba, «la pequeña y fea Monigotina, la vieja Regordeta o el hada Pepina, un favor de estas características debería haber sido suficiente para llevarlas a mostrar cierto reconocimiento32. ¿Pero no podría ser», pensó instantes después, «que no le esté permitido aparecérseme en su aspecto habitual o que por otras circunstancias prefiera aplazarlo a otro momento en que pueda mostrarme su agradecimiento mediante un servicio oportuno?».
Reflexionando más al respecto, esta suposición le parecía, puesto que coincidía con sus excéntricos deseos, tan posible que regresó del todo satisfecho a su palacio verde y no dudó ni un segundo más que este lance conllevaría en breve un cambio significativo en su destino.
p. 36Suponemos que algunos lectores se preguntarán cómo es posible que don Sylvio pudiera ser tan ingenuo como para no llegar a la deducción más natural que se podía extraer del adverso desenlace de esta aventura, esto es, que la rana no había sido un hada. Sin embargo, se nos permitirá que les digamos que no toman en consideración lo suficiente el poder de los prejuicios y quizá incluso su propia experiencia. Nada es más común entre los hombres que este tipo de deducciones equivocadas. A esas mismas conducen el prejuicio y la pasión.
Un viejo simplón que piensa comprar la fidelidad de su amada con su liberalidad atribuye el brillo en los ojos y las mejillas coloradas con las que ella lo recibe a la alegría que le causa la llegada de él, y no piensa cuánto más probable sería adscribirlos a un joven galán que permanece escondido en un armario y se mofa de su crédula ineptitud.
Un indio le compra a su bonzo amuletos que supuestamente son efectivos contra todas las enfermedades. Enferma y los amuletos no sirven para nada. ¿Qué conclusión extrae de ello? ¿Quizá que sus amuletos no poseen ningún poder sanador y que el bonzo es un estafador? Ni mucho menos. Lo único que extrae de ello es que no ha venerado lo suficiente al ídolo cuya imagen lleva colgada del cuello y que no ha dado suficiente limosna al bonzo.
Nadie ve más méritos en sí mismo que aquel en quien nadie ve ninguno. ¿Quién podría además esperar de él que atribuya el desprecio, que él considera producto de la envidia, a la causa mucho más natural de que es imposible que los demás se posicionen de su lado más que él mismo?
Podríamos acumular ejemplos como estos hasta el infinito. Cierto es que ello no atenúa la necedad de don Sylvio, pero en su defensa cabe decir que al menos él no extrae conclusiones peores que otras personas honradas.
31 La princesa Musguito (Mufette en el original francés) aparece en el cuento «La Grenouille Bienfaisante» [La rana bienhechora] de d’Aulnoy (Cuentos nuevos o las hadas a la moda, t. 1, 1698), el cual está recogido en el volumen El pájaro azul. Cuentos de Hadas (Trad. José Benito Alique, Bruguera, 1982) y del cual tomamos la traducción de los nombres.
32 Monigotina (Magotine en el original) es un hada malvada que aparece en «El serpentino verde» de Madame d’Aulnoy. En la edición de algunos cuentos publicada por Siruela aparece con este nombre, que adoptamos aquí. Adoptamos asimismo el nombre del hada Regordeta (Ragotte en el original) de la traducción del cuento «El carnero» publicada en la Imprenta del Semanario Pintoresco (1851). Pepina (Concombre en el original) es el nombre de un hada que aparece en la obra de Claude-Prosper Jolyot de Crebillon (1707–1777) Tanzaï et Neadarne. Histoire japonoise [Tanzai y Neadarne. Historia japonesa] (Paris 1734). Por cuanto sabemos, no existe traducción de esta obra al español.
