Capítulo VII Don Sylvio encuentra de manera maravillosa el retrato de su amada princesa
Algunos días después de que acaeciera la aventura con la rana, con las primeras luces del alba marchó don Sylvio al bosque para buscar mariposas, de las cuales todavía necesitaba algunas para la decoración de su gabinete.
Habíase alejado de su castillo ya más de una hora cuando apareció una preciosa mariposa que fue a posarse sobre una flor a pocos pasos de él. Sus alas eran de color azul ultramarino y estaban adornadas con un reborde púrpura que, al sol, resplandecía como el oro. Don Sylvio ya creía haberla atrapado cuando la hermosa mariposa se escabulló de debajo de su sombrero de paja y fue a ocultarse en los matorrales más espesos.
—Oh –dijo don Sylvio–, has de ser mía, y aun si tuviera que perseguirte hasta el reino subterráneo del rey Carnero, donde llueven pequeños pastelillos y en los árboles crecen pollos asados33.
La mariposa, que confiaba en la ventaja que le daban sus alas, parecía querer ahorrarle un viaje tan largo. Apenas la había perdido de vista don Sylvio cuando volvió a encontrarla algunos pasos más adelante posada en una mata de romero. Intentó atraparla de nuevo, pero sucedió lo mismo que la primera vez. La hermosa mariposa parecía burlarse de él. Todo el tiempo revoloteaba formando pequeños círculos a su alrededor y volvía después a posarse, pero, cada vez que estaba a punto de caer presa, lograba escapar.
Este juego duró hasta que don Sylvio por fin se dio cuenta de que se había perdido en una zona completamente desconocida para él.
Lamentaba ahora haberse dejado llevar tan lejos por culpa de una mariposa. Sin embargo, puesto que ya había sucedido, no quería que tanto esfuerzo hubiera sido en vano y no cesó en su empeño hasta que por fin logró felizmente atrapar la mariposa, la cual le había costado más trabajo del que nunca una mojigata, desde que hay mojigatas, haya causado a su amante.
Su alegría era enorme y, de hecho, era imposible encontrar una mariposa más bella. La estuvo observando durante largo tiempo con un gozo tanto más intenso por todo el esfuerzo que le había costado y, ya estaba metiéndola en una pequeña jaula que para tal fin llevaba consigo, cuando le dio la impresión de que la mariposa cautiva lo miraba con gesto suplicante y alicaída. Llegó a imaginarse (pues imaginar no le costaba nada) que había suspirado tan fuerte como tan solo puede hacerlo una mariposa.
Eso bastó para devolverlo a sus habituales delirios y le pareció muy probable que se tratara de un hada o de una princesa transfigurada, pues, pensó él, «si la princesa Mascarón fue un saltamontes, otra bien puede ser una mariposa»34. Y así, no dudó ni un instante en devolverle la libertad que parecía haberle rogado de manera tan conmovedora.
La exhausta mariposa se marchó de allí revoloteando alegremente, y don Sylvio la andaba siguiendo con la esperanza de que aquello tuviera alguna consecuencia cuando algunos pasos más adelante vio brillar en la hierba algo que llamó su atención. Lo levantó y encontró una especie de alhaja con grandes brillantes incrustados y sujeta a un hilo en el que estaban ensartadas las más finas perlas. La observó desde todos los lados, pero cuán grande no sería su sorpresa cuando, tras ejercer por casualidad presión sobre un resorte que no había notado, vio cómo una gran turquesa que había en el centro se abría hacia un lado y quedaba al descubierto un pequeño retrato de busto, hecho de manera muy artística sobre esmalte, que mostraba a una joven pastora de una belleza extraordinaria.
p. 38Se quedó inmóvil durante algunos instantes y no sabía si creer lo que veían sus ojos. Lo observaba y lo tocaba una y otra vez para cerciorarse de que no era su imaginación, y, cuanto más lo observaba, más se convencía de que era el retrato de una diosa o, por lo menos, de la más bella de las mortales que hayan existido o que existirán jamás.
Nuestras hermosas lectoras considerarán este disparatado parecer tanto más lógico si tienen en cuenta que su tía, quien por razones conocidas tenía poco trato social, lo había educado rodeado de una soledad tan rigurosa que, aparte de su propia afable persona, de su camarera, de la viuda de un señor escudero que reconocía tener ya treinta y cinco años, de la gorda Maritornes y de las mujeres de los campesinos del lugar, nunca en su vida había visto algo que, ni aun con los sesos trastornados, hubiera podido incluirse dentro del bello sexo35. El motivo de tales precauciones era que su hermana, que en verdad había sido una chiquilla hermosa, se había perdido ya a la edad de tres años y se especulaba con que la había robado una gitana que alguien decía haber visto no muy lejos del castillo en el momento de la desaparición.
Así pues, la belleza de esta pastora por fuerza tenía que conmover de manera extraordinaria a don Sylvio, pues la apariencia de ella, en comparación con los personajes con los que se habían tenido que familiarizar sus ojos, habría sido similar a la de Leto entre los habitantes de Delos, quienes, transformados en ranas, le croaban desde la orilla36. En resumen, consideraba imposible que incluso Graciosa, Bellabella, la Bella de los Cabellos de Oro o Venus hubieran podido ser tan hermosas, y desde el primer momento quedó tan enamorado de este retrato como nunca lo había estado un caballero andante o un pastor en la Arcadia de su Dulcinea o de su Amarilis37.
—Por fin –dijo embelesado–, por fin la he encontrado, a ella, a quien busqué por todas partes con intuitivo anhelo, a quien estoy destinado a amar y, ¡oh, ojalá no me confunda ninguna esperanza demasiado osada!, la que con su amor ha determinado mi dichoso destino para equiparar mi deleite al de los dioses. ¡Oh, hada buena, tú que velas por mí, quienquiera que seas, a ti sola he de agradecerte esta inopinada dicha! ¿Quién sino tú puso en mi camino este divino retrato en este solitario paraje que puede que nunca pie humano haya hollado antes que yo? ¡Oh, lleva a término tu favor, muéstrate y permíteme oír a tus pies dónde puedo encontrarla, a ella cuya silueta basta para inflamar en mi pecho un amor inextinguible! ¡Y esto lo juro por todos los dioses benévolos con el amor y, aunque tuviera que ir a buscarlo al lago de mercurio entre los monstruos del hada Leona, en el anillo de Saturno, incluso en la gran botella de ratafía de las hadas, ningún plácido sueño ha de adueñarse de mis ojos hasta que la haya encontrado38!
Y así habló y juró, lo oían las ninfas en el soto,
Y las hadas, y...
¡Pero bueno! ¡De verdad! ¿No son esto hexámetros? ¡Qué fiebre tan contagiosa es el entusiasmo! El discurso apasionado de don Sylvio nos ha conmovido sin que nos hayamos dado cuenta de ello y, si Apolo no nos hubiera tirado de las orejas, nuestros pobres lectores podrían haberse visto atormentados con todo un chaparrón de hexámetros antes de darse cuenta de que en nuestra cabeza no todo está en orden. Así que tomémonos un momento de reposo y, antes de continuar con esta narración verídica, démosle tiempo a nuestra sangre para que fluya de nuevo en prosa.
33 Hace referencia al cuento de Madame d’Aulnoy «El carnero», donde se habla de un prado en el que de los árboles cuelgan perdices asadas.
34 Cfr. nota 24.
35 En el original de Wieland se habla de un «Sennor Scudero». El señor escudero es un personaje secundario que aparece en la Histoire de Gil Blas de Santillane [Historia de Gil Blas de Santillana] (1715) de Alain-René Lesage (1668–1747), en el capítulo 7 del segundo libro. En la obra de Lesage, pese a las reminiscencias caballerescas que evoca la palabra escudero, hace referencia a un criado que sirve a una señora, tal como lo define el Diccionario de la Real Academia en una de sus acepciones. Como se verá a lo largo de la novela, la existencia de personajes procedentes del Gil Blas en la supuesta historia cuenta con unas claras implicaciones sobre el carácter no histórico de la obra. Sobre este aspecto, puede consultarse el apartado dedicado a la metaficción en el Don Sylvio del estudio cervantino de la novela. La alusión al Quijote y a Dulcinea es obvia en este pasaje al aludir a la supuesta belleza de las mujeres producida por los desvaríos de un personaje, tal como le sucedió a don Quijote con la campesina Aldonza Lorenzo.
36 Leto, o Latona en la mitología romana, es la madre de Apolo y de Ártemis, hijos asimismo de Zeus. Se cuenta que Leto, Apolo y Ártemis llegaron a un estanque en la isla de Delos en el que la madre quiso dar de beber a sus hijos. Los campesinos del lugar quisieron impedírselo enturbiando el agua y Leto, como venganza, los transformó en ranas.
37 Graciosa es la protagonista del cuento «Gracieuse et Percinet» [Graciosa y Percinet] de Madame d’Aulnoy (Contes des fées, t. 1, 1697). Bellabella es la protagonista del cuento «Belle Belle ou le Chevalier fortuné» [Bellabella o el caballero afortunado], de la misma autora y publicado en el segundo tomo de Contes nouveaux ou les fées à la mode (1698). Por cuanto sabemos, este cuento aún no se ha traducido al español. La Bella de los Cabellos de Oro es la princesa del cuento homónimo de Madame d’Aulnoy («La Belle aux Cheveux d’Or». Contes des fées, t. 1, 1697) y Venus es la diosa del amor y de la belleza en la mitología romana. Por otro lado, Amarilis es un nombre de pastora usado por Teócrito (310 a.C–260 a.C) y Virgilio (70 a.C–19 a, y muy común entre los autores del Siglo de Oro. La referencia a Dulcinea del Toboso resulta cuanto menos irónica, pues supone incluir a don Quijote entre la nómina de los caballeros andantes cuando se encuentra muy lejos de serlo.
38 El hada Leona y el lago de mercurio aparecen en el cuento «La rana bienhechora» de d’Aulnoy. Los anillos de Saturno fueron observados por primera vez por Galileo Galilei (1564–1642), que los tomó por satélites, y en 1655 el astrónomo neerlandés Christiaan Huygens (1629–1695) confirmó que se trataba de materia en forma de anillos que rodeaban el planeta. La botella de ratafía aparece en el cuento «Menudencia» de Madame d’Aulnoy. La protagonista cae en una botella vacía de este tipo de aguardiente que el DRAE define como «Rosoli que se elabora con zumo de algunas frutas, principalmente de cerezas o de guindas» y es liberada por un príncipe. El resolí o rosolí es un licor típico de la ciudad de Cuenca.
