Capítulo VIII Reflexiones del autor y de don Sylvio
«Muchos piensan que hay tocinos, y no hay estacas», dijo en cierta ocasión el sabio de Sancho a su amo*. Nada sucede con mayor frecuencia que uno vaya buscando algo y encuentre otra cosa. Saúl buscaba las borricas de su padre y encontró una corona39. Don Sylvio buscaba mariposas y encontró a una bella muchacha o, mejor dicho, su retrato.
Ahora estaba enamorado, tan enamorado como puede estar una persona, y tan solo pensaba en cómo iba a encontrar a quien había servido de modelo para su pequeña imagen. Y aunque ahora sabía cuál era el aspecto de su amada, no sabía ni quién era ni dónde se encontraba.
No es difícil adivinar lo que cualquier persona corriente habría pensado o hecho en su lugar, pero esa no es aquí la cuestión. Don Sylvio no pensaba ni actuaba como las personas corrientes. Los pensamientos que a nosotros se nos ocurren en primer lugar, a él le venían a la mente en último lugar, y la mayoría de las veces ni siquiera eso. Y cuando acontecía algo insólito, lo atribuía rápidamente a causas que eran las menos factibles según las leyes de la naturaleza.
¿Acaso no podía ser que esta miniatura no fuera más que la simple fantasía de un pintor? ¿O no era igualmente posible que representara a una persona que hubiera muerto hacía mucho tiempo? ¿Y no podría encontrarse así don Sylvio en el mismo caso que el príncipe Seyf el Mulouck en los cuentos persas, el cual, con varios miles de años de retraso, se enamoró de la meretriz del rey Salomón40?
Estos y otros pensamientos no pasaban por la mente de nuestro héroe. Cuanto más reflexionaba sobre los acontecimientos de aquella mañana, más le convencían todas aquellas circunstancias de que aquello podría ser el comienzo de una aventura tan extraordinaria como puede que nunca hubiera vivido un joven príncipe o caballero.
Y pese a todo, ¿por dónde debía comenzar? ¿Dónde debía buscar a la bella pastora? ¿A quién preguntar? La mariposa azul, que probablemente podría haberle dado noticia de ella, había desaparecido, y continuar a la buena de Dios por este bosque sin más indicaciones le parecía demasiado peligroso, pues una de sus enemigas invisibles, de cuya maldad creía tener pruebas suficientes, podía llevarlo por el camino equivocado tan bien como su buena ventura podía hacerlo por el camino correcto.
Tras largas meditaciones, interrumpidas con frecuencia por la observación de su hermoso retrato, consideró finalmente que lo más seguro sería esperar hasta que la mariposa azul le trajera más noticias de su amada. Para él, era obvio que aquella debía de haber sido un hada y no dudaba de que seguiría haciéndole sentir los efectos de su benevolencia por la libertad que él le había regalado, puesto que ya había comenzado a dar pruebas de ello de manera tan evidente.
Entretanto, Tintín, su perrillo, que, excepto en la lengua, en nada le iba en zaga, ni en maneras ni en buen juicio, al perrillo de la princesa Maravillosa, así como tampoco al pequeño Toutou, lo había estado buscando por todo el bosque y el gozo de ambas partes fue enorme cuando por fin hubo encontrado a su amo41.
p. 40En verdad, don Sylvio comenzó a notar que pronto sería la hora del almuerzo y le resultaba sumamente grato haber encontrado a quien le mostrara el camino para sacarlo de este bosque, en el que nunca antes se había adentrado tanto, y lo llevara de vuelta a casa. Pues por muy arrobados que estén los amantes de los nuevos tiempos, como ya hiciera notar antes que nosotros un famoso escritor, la usanza de vivir solo del amor durante años sin bebida ni comida está tan pasada de moda hoy en día que incluso el amante más sublime y platónico de todos es en este punto un epicúreo redomado42. Un cambio que nosotros, por nuestra parte, poco podemos censurar, puesto que consideramos que no hay nada en ello que el bello sexo pudiera considerar malo.
Así pues, con el tesoro que había encontrado de manera tan inesperada, don Sylvio regresó a casa caminando o, mejor dicho, a trompicones, pues, mientras caminaba, lo observaba con tal insistencia que a cada instante trastabillaba con un tronco o se golpeaba contra un árbol.
Por el camino, mientras reflexionaba acerca de su aventura, le sobrevinieron mil pensamientos maravillosos. Se le ocurrió que quizá este retrato representara al hada misma que se le había aparecido en forma de mariposa azul. «Puede que me ame», pensó (pues no sería la primera vez que un mortal haya tenido este honor), «y que haya querido comprobar qué impresión causaría en mi corazón su aspecto verdadero».
Esta idea le gustó tanto que siguió dándole vueltas durante un buen rato, mas al final tuvo que dejar su lugar a otra, y así prosiguió hasta que llegó a casa. En definitiva, la mariposa azul y la bella pastora le habían dado un impulso tan extraordinario a su fantasía que uno no yerra si supone que ello tendrá pronto consecuencias muy singulares.
Por lo demás, podría dar la impresión de que la insensatez de nuestro joven caballero se había agravado desde hacía algún tiempo, de tal manera que el dudoso estado de su cerebro de ninguna manera habría pasado desapercibido a su perspicaz tía. En verdad, no habría sido de otro modo si esta señora hubiera tenido tiempo y sosiego para fijarse en su sobrino. Sin embargo, además de que desde que él había cumplido los diecisiete años lo había liberado de su férrea vigilancia y de la severa disciplina, que a su edad ya no resultaban adecuadas, hacía algunas semanas que andaba ocupada con cierto asunto por el cual se veía obligada a ausentarse con frecuencia y a trasladarse a la ciudad vecina.
Es de suponer que esta cuestión no fuera baladí para ella, pues, cuando regresaba, en contra de lo habitual, parecía tan pensativa y distraída, se preocupaba tan poco de los asuntos de la casa, hablaba tanto consigo misma y tan poco con los demás, y tantas veces decía lo uno por lo otro cuando tenía que hablar con el servicio que, a excepción de su sobrino, nadie salía de su asombro ante una transformación como la suya.
No cuesta creer que la causa de todo ello desatara todo tipo de rumores, mas la prudencia de doña Mencía y la discreción de la señora Beatriz se mantuvieron tan firmes que todo el asunto permaneció en secreto43. Y así queremos que siga siendo hasta que el tiempo, que al final todo lo revela, lo haya llevado hasta el punto de maduración en el que los secretos de este tipo suelen, por lo general, desvelarse por sí mismos.
i En el original, Wieland utiliza una paremia propia del alemán: Mancher denkt zu fischen und krebset (literalmente: ‘Algunos piensan que pescan, y cogen cangrejos’). Esta paremia posee el mismo sentido que la utilizada por Sancho Panza en el original cervantino, la cual hemos introducido aquí. El refrán se utiliza para advertir de que una suposición puede ser errónea, sobre todo si carece de fundamento, o que lo que uno considera que va a encontrar acaba siendo diferente a lo que buscaba.
39 En el Antiguo Testamento (Sam 9–10), se cuenta que Saúl había salido a buscar unas borricas de su padre que se habían perdido y al ir a pedir consejo al profeta Samuel, este lo ungió como rey de Israel siguiendo la orden de Dios.
40 Hace referencia a un cuento persa recopilado por el orientalista francés François Petis de la Croix (1653–1713) en su obra Les mille et un jours [Los mil y un días] (1710–1712). Wieland toma varios motivos de este cuento, titulado «Histoire du Prince Seyf el Mulouck» [Historia del príncipe Seif el Mulouck], en el cual el príncipe que da título a la obra, hijo del sultán de Egipto, se enamora de la que cree una hermosa princesa cuyo retrato en miniatura ha encontrado. En su viaje en busca de la princesa, un espíritu le revela que la mujer del retrato había sido, varios siglos antes, una de las amantes del rey Salomón.
41 Como ya se ha mencionado, el perrillo de la princesa Maravillosa se llama Tintín y aparece en el cuento «El carnero» de Madame d’Aulnoy. Toutou, apelativo cariñoso utilizado en francés para referirse a un perro dócil y fiel, es el protagonista de la obra Le petit Toutou [El pequeño Toutou] (1746), de Jean Galli de Bibiena (1709–1779), autor francés de ascendencia italiana. En la obra, el perro Toutou, un perrillo que habla y que en realidad es una sílfide convertida en animal, narra las aventuras eróticas de sus antiguos amos. En este pasaje, el perro encuentra a don Sylvio tras haberse extraviado este por el bosque cuando perseguía a la mariposa azul.
42 Se refiere a Henry Fielding (1707–1754), que en el capítulo 5 del libro noveno de su novela The History of Tom Jones, A Foundling [La historia de Tom Jones, expósito] (1749) menciona este punto.
43 Es probable que Wieland tomara este nombre de Lesage, en cuya novela Historia de Gil Blas de Santillana aparecen varios personajes femeninos con este nombre.
