Capítulo IX Consecuencias de la aventura con la mariposa. Al lector se le presenta un nuevo personaje
El fiel Tintín había calculado el tiempo con tal tino que llegó junto con su amo justo a a tiempo de sentarse a comer. En la mesa reinaba un completo silencio y no iba a ser don Sylvio, como bien se puede suponer, quien fuera a interrumpirlo. Estaba demasiado sumido en sus asuntos como para poder darse cuenta de hasta qué punto su señora tía andaba sumida en los suyos. Y tampoco notó que se había acicalado de manera inusual y que de tanto en tanto hacía muecas en el espejo que tenía enfrente, las cuales a Pedrillo, que esperaba junto a la mesa, le resultaban tan extrañas que tenía que morderse los labios para no estallar en una carcajada.
Tras la cena, doña Mencía le anunció a su sobrino que ciertos asuntos la obligaban a marchar a la ciudad y a pasar allí la noche.
Don Sylvio era demasiado cortés como para dejar entrever ninguna curiosidad acerca de la naturaleza de estos asuntos, y no le resultaba difícil que así fuera, pues en verdad no sentía curiosidad alguna. Se despidieron entonces muy ufanos y al poco nuestro joven caballero desapareció de allí sin que nadie en la casa se diera cuenta de adónde iba.
Dado que acostumbraba a echarse la siesta en su palacio verde, no se le echó de menos hasta que llegó la hora de la cena. Lo buscaron entonces por la casa, por el jardín, en los campos, en el bosque, pero en todas partes la búsqueda resultó infructuosa. Gritaban su nombre, pero a don Sylvio no se le encontraba por ninguna parte.
Pedrillo, a quien hemos nombrado antes, un muchacho joven del pueblo que se le había asignado como asistente, una cocinera, un mozo de cuadras y la bella Maritornes, de quien ya hemos hecho mención, conformaban, en ausencia de doña Mencía y de la señora Beatriz, su fiel doncella de cámara, el conjunto de los habitantes de la casa. Estas cuatro buenas personas estaban muy apesadumbradas por no saber qué había sido de su joven señor, pues lo tenían en gran estima por su carácter ameno y afable. Tras haberlo buscado sin resultado hasta altas horas de la noche bajo la luz de la luna, pensaron finalmente que quizá hubiera ido en busca de su tía, pues la ciudad se hallaba a apenas tres horas del castillo. Así pues, regresaron a casa y se echaron a dormir.
No obstante, Pedrillo, que pasaba el tiempo suficiente junto a su señor como para que su afición por la feeridad* no le resultara desconocida, después de haberlo pensado mejor comenzó a sospechar que podía ser que, quizá a causa de alguna aventura, se hubiera perdido en uno de sus acostumbrados paseos por el bosque. Así pues, a la mañana siguiente se despertó temprano y rastreó de nuevo todo el bosque con la misma fortuna que la noche anterior. A punto estaba ya de regresar a casa cuando en una roca, alrededor de la cual había varias hileras de laureles salvajes formando un cerco, divisó una gruta cubierta de madreselva.
Pedrillo, que pese a tener bastante cara de borrego, no carecía de ingenio y no estaba menos versado que su señor en libros de caballerías y en cuentos, consideró que este lugar era lo suficientemente feérico como para que quizá allí dentro se le pudiera encontrar. No se equivocaba, pues, en cuanto accedió a la entrada de la gruta, lo vio profundamente dormido, acostado sobre un lecho de musgo y flores. El pequeño Tintín dormía a sus pies, junto a él se encontraba su vihuela y de su cuello colgaba la alhaja con el retrato de la bella pastora.
Pedrillo, que no lo había visto nunca, quedó deslumbrado por el brillo de las piedras y perlas que refulgía de este collar. Y, pese a que no era un gran entendido en joyas, sí le pareció que podrían valer tanto como, por lo menos, diez pueblos como el suyo. Las estuvo observando durante largo rato sin prestar atención al retrato, y no lograba comprender de dónde había podido sacar don Sylvio una joya tan valiosa. Le apremiaba tanto la curiosidad que apenas si podía reprimir las ganas de despertarlo. No lo hizo, pues Pedrillo era un campesino tan cortés como todos los de Valencia, pero sí agarró la vihuela y la tañó tan alto como le fue posible, y acabó acompañándola con sus cantos, sin lograr cumplir su propósito.
p. 42—¡Pero bueno, por mi alma! –dijo finalmente preso de la impaciencia–. Esto no es natural. Si este sueño no es fruto de un hechizo, yo ya no entiendo nada. Quizá el hechizo esté en esta alhaja. Si este fuera el caso, será mejor entonces que se la quite del cuello, o mejor la rompo si es necesario antes de que mi joven señor se quede aquí roncando como una marmota varios milenios de un tirón.
En diciendo esto, agarró la alhaja, si bien le dio sin querer a don Sylvio un codazo que lo despertó, y, como todavía no podía abrir los ojos del todo, no reconoció en ese mismo instante a Pedrillo, sino que vio una figura humana que pretendía robarle a su amada pastora.
Se apoderó entonces de él una ira extraordinaria.
—Maldita hechichera –exclamó–, ¿es que no te basta con haberle robado a esta incocente princesa su angelical belleza y haberla transformado en una mísera mariposa? ¿Quieres quitarme además lo único que todavía me permite sobrellevar mi extremada desventura? Pero has de saber que antes tendrás que arrancarme este mi corazón en el que está grabado a fuego su retrato.
—Por el amor de Dios, señor –exclamó Pedrillo al tiempo que daba un salto atrás hacia la entrada de la gruta–, ¿qué queréis decir con todas esas extrañas palabras? No soy ni un hechicero ni un nigromante, gracias a Dios. Soy Pedrillo, vuestro sirviente, cristiano viejo, tan bueno como cualquiera de nuestra parroquia, y siento mucho haberos encontrado en tal estado en esta gruta maldita, tras haber estado buscándoos por los cuatro costados. ¿Qué habláis de hechiceros y de todas esas mariposas transformadas en princesas? Voto a Dios, ya me parecía que no podía significar nada bueno el encontraros aquí durmiendo.
—¿Eres Pedrillo? –replicó don Sylvio, quien entretanto se había frotado los ojos–. Si eres Pedrillo, como parece acreditar tu figura, entonces me alegro y no van contigo los reproches que te he hecho al tomarte por otro. ¿Pero qué era lo que querías hacer con este retrato?
—¿Con qué retrato? –preguntó Pedrillo.
—Malandrín –replicó don Sylvio–, con el retrato que estabas a punto de quitarme cuando me ha despertado una mano invisible para evitar un acto tan grave.
—¡Voto a tal, señor don Sylvio! –replicó Pedrillo–, creo que estáis soñando si es que no es algo todavía peor. Ayer os anduvimos buscando toda la tarde hasta la hora, ¡que Dios nos ampare!, en que suelen salir los espíritus. Pero todo resultó en vano. A primera hora de la mañana, he recorrido todo el bosque y he buscado en cada arbusto y mata, y al final os he encontrado durmiendo en esta cueva, y entonces he visto esta alhaja, y, como estabais tan profundamente dormido, he imaginado que pudiera tratarse de un telesmán* que habría hecho que cayerais hechizado en un sueño eterno en esta cueva hasta que llegara alguien que destruyera el telesmán, tal como he leído muchas veces en los grandes y gruesos libros que hay en la biblioteca de la señora. Y puesto que os aprecio, señor, y puesto que me dabais lástima porque vos, como Demonión, a quien una vez hechizó la diosa Dina condenándolo a dormir durante cien años para poder besarlo a su antojo, ¡esa vieja bruja enamorada!, conocéis la historia, ¿verdad, señor?44. Está en un viejo libro del legado de mi abuela por el que tuve que pagar trece maravedíes*, y eso que no tenía ni cubierta ni portada, había allí un montón de personajes dibujados con los que me regocijaba cuando todavía era un niño y mi abuela me leía las historias que había junto a aquellos, me parece como si todavía la viera sentada ante mí, la buena anciana, ¡que Dios la bendiga!, pero ¿qué quería decir yo? Sí, considerad que, puesto que me dabais lástima, esto quería decir, por tener que permanecer dormido durante tanto tiempo, he querido destruir el telesmán. Y eso es todo, mirad, y creo que no hay nada por lo que tengáis que enojaros.
p. 43Don Sylvio, aunque pretendía mostrarse irritado, no logró contener la risa al oír hablar de esta forma a Pedrillo.
—Escucha, Pedrillo –le dijo–, me basta con saber que tu intención no era mala, pero te aseguro que estabas a punto de jugarme una mala pasada. Es totalmente cierto que me ha hechizado eso que tú has tomado por un talismán, pero preferiría perder la vida a permitir que se rompiera este hechizo. Esta noche he experimentado cosas de gran importancia, pero no me preguntes qué ha sido, lo sabrás a su debido tiempo, pues ahora necesito tus servicios. Por el momento no puedo decirte nada más.
Pedrillo no entendió ni una palabra de este discurso, pero precisamente esto aumentó su curiosidad.
—Tampoco yo quiero preguntároslo, señor –dijo él mientras se encaminaban hacia casa–, me lo habéis prohibido y yo bien sé de la obediencia que os debo, pues, en primer lugar, sois mi señor, ya que soy de vuestro pueblo, y además sois mi amo*, pues a vosotros y a vuestro pan me debo. Y aunque es la señora la que lleva los asuntos domésticos, bien sé que todo sale de vuestro bolsillo. Oh, sí, os lo juro, que, aunque parezco un zoquete, conozco muy bien el paño. Así que no voy a ser indiscreto y preguntar qué son esas cosas importantes que no puedo preguntar, porque no me las podéis decir, ¿aunque queréis que las sepa cuando llegue el momento oportuno? ¿Es eso lo que habéis dicho, señor? Sin embargo, hay algo extraño, creo que yo mismo estoy hechizado, pues he entendido todo lo que me habéis dicho, pero, desde que he tocado ese telesmán, no me parece sino que habláis en la lengua de Calicut45. Que me muera aquí mismo si he entendido una sola palabra de todo lo que hemos hablado aquí. He oído a menudo que escarbó el gallo y descubrió el cuchillo para matallo*, pero, si uno supiera dónde habéis pasado la noche mientras os buscábamos por todas partes, quizá podría uno figurarse... Y no digo más, pues podríais pensar que soy un fisgón y que os quiero preguntar, y la curiosidad no es mi vicio. Nadie se meta donde no le llaman. Por ejemplo, si fuera yo curioso, habría podido saber por qué la señora va con tanta frecuencia a la ciudad desde hace ocho días, pues, entre nosotros, señor, la señora Beatriz me tiene en buena estima, aunque puede que de entrada no me lo creáis. Es una pícara redomada, os lo aseguro, aunque lleve siempre un rosario colgado del cinto como los anacoretas y se mueva tan sigilosa como si caminara sobre huevos. Del agua mansa me guarde Dios, que de la brava me guardaré yo, y el hábito no hace el monje. En fin, señor, anoche pasé junto a su alcoba y, como vio que era yo, puesto que la puerta estaba entreabierta, me llamó y me pidió que le anudara el pañuelo del cuello, y ahí ya no sé cómo sucedió, pero debía anudarlo por la espalda y se lo anudé por delante, y no lograba dar remate, pero ella solo se reía de mi torpeza y, Dios me perdone, creo que todavía estaría en ello si la señora no hubiera hecho sonar su campanilla. La primera vez no oímos nada, de tan ocupado como estaba, pero volvió a hacerla sonar y esta vez con tal fuerza que la señora Beatriz dijo: «Pedrillo, tengo que irme o me regañará. Si hubiera sabido que eres tan torpe, no te habría llamado, pues, ya ves, ya llevas mucho tiempo y ahora tengo que anudarlo yo misma». Y entonces se marchó, señor, y ¿qué quería deciros yo? Sí, podría haberle preguntado por qué la señora va tantas veces a la ciudad y a casa de quién, y esto y lo otro, pero, como he dicho, con lo del pañuelo se me había olvidado todo. Veis así que no soy curioso. La señora Beatriz estaba de buen humor y creo que me lo habría contado todo.
Pedrillo continuó hablando en este tono durante todo el camino sin que don Sylvio prestara atención a lo que iba parloteando, tan sumido andaba en sus pensamientos. Sin embargo, en cuanto llegaron a casa, su estómago le recordó que llevaba en ayunas desde el mediodía del día anterior, pues, como hemos advertido, el hechizo nunca lograba alcanzar hasta el estómago. Así pues, pidió que le prepararan para desayunar una tortilla y un fricasé de pollo, y lo comió con tal apetito que Pedrillo volvió a recobrar el ánimo y tuvo entonces en mejor opinión la capacidad de juicio de su señor de lo que había pensado esa misma mañana cuando lo escuchó hablar de transformaciones, princesas y mariposas encantadas.
i Wieland acuña en alemán una nueva palabra, Feerey, que toma prestada del francés féerie y con la que hace referencia al mundo mágico de las hadas. Como hiciera el autor original, utilizamos una palabra de nuevo cuño para el español, feeridad, que utilizaremos en adelante para referirnos a ese universo feérico.
ii En el original, Pedrillo trabuca la palabra talismán.
iii Esta antigua moneda española aparece así en el original.
iv En esta oración, Pedrillo afirma que don Sylvio es, en primer lugar, su señor. En el original alemán lo llama Junker, un título dado a la baja nobleza terrateniente y con el que tradicionalmente se ha traducido el título de hidalgo del don Quijote cervantino. Ya lo hizo el primero de los traductores al alemán en 1648, Pasch Basteln von der Sohle, pseudónimo de Joachim Caesar, así como muchos de los traductores en las consideradas versiones clásicas del Quijote al alemán: Friedrich Justin Bertuch (1775), Dietrich Wilhelm Soltau (1800–1801) o Ludwig Braunfels (1883). En segundo lugar, lo llama Herr, que podría traducirse también por ‘señor’. Para diferenciar los dos conceptos, hemos optado por traducirlo como ‘amo’ en el segundo caso.
v Aparece en el original una paremia que advierte del peligro de la curiosidad desmedida («Viel wissen macht Kopfweh», esto es, ‘el saber mucho provoca dolor de cabeza’). Hemos optado por una paremia española que reproduce el mismo sentido.
44 Pedrillo confunde nombres e historias. En este caso, se trata de la leyenda de Diana y Endimión. A Endimión, joven pastor de gran hermosura, Zeus le concede un deseo a petición de Diana (o Selene, la Luna), y pide que se le permita dormir un sueño eterno para conservar así su hermosura.
45 Antiguo reino situado en el suroeste de la India, la actual Kozhikode, cuyo puerto era de gran importancia para el comercio de especias.
