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Capítulo X En el cual aparecen hadas, salamandras, princesas y enanos verdes

En cuanto aflojó el calor más sofocante, don Sylvio salió junto con Pedrillo al jardín, se sentó en el lugar más sombreado del mismo debajo de una pérgola cubierta de jazmín y, tras haberle prohibido con gesto serio que lo interrumpiera mientras hablara, tal como solía hacer, le contó con todo detalle lo que le había sucedido, desde la aventura con la rana hasta el momento en el que lo había encontrado durmiendo en la gruta.

Pasaremos por alto aquello que nuestros lectores ya conocen y comenzaremos su relato allí donde el nuestro se había detenido, esto es, en el momento de su marcha, que tanta inquietud había provocado en la casa.

—En cuanto mi tía se hubo marchado –prosiguió don Sylvio–, regresé al bosque para buscar el lugar en el que la mariposa azul había desaparecido y me había dejado en su lugar este retrato, del cual ahora depende la ventura o desventura de mi vida. Me llevé conmigo al pequeño Tintín porque esperaba que con su instinto encontrara el camino que habíamos recorrido juntos con mayor facilidad de lo que yo podía recordar. No me equivocaba, reconocí el lugar y, tras haberlo inspeccionado con sumo cuidado con la esperanza de encontrar quizá algo que arrojara alguna luz acerca de a quién podría pertenecer el retrato, comencé a dar vueltas por todos lados para ver si encontraba de nuevo la mariposa azul que yo, tras haberme topado con ella, había considerado una vulgar mariposa. «Si se trata», pensé, «de un hada, y tengo razones para creerlo, puede que el estado de turbación en que me verá la lleve a mostrárseme de nuevo y me dé las buenas nuevas sin las cuales no puedo seguir viviendo».

»Así las cosas, inspeccioné todo el bosque, encontré numerosas mariposas, pero por ningún lado se veía la mariposa azul. Fue cayendo la noche y Tintín estaba tan cansado que ya no era capaz de caminar. Yo no lo estaba menos y, dado que di con esa gruta en la que me has encontrado, decidí pasar allí la noche. Me eché allí y Tintín se durmió a mi lado mientras yo me sumía en los pensamientos derivados de mi situación. La luna resplandecía de manera tan agradable que sentí que me invitaba a dar un paseo bajo los árboles que había delante de la gruta.

»No llevaba mucho tiempo caminando de aquí para allá cuando de repente vi un resplandor que iluminó los árboles y arbustos a su alrededor. Me puse en pie y divisé una bola de fuego en el aire que parecía estar suspendida a mayor altura que la luna y que descendía despacio hacia el lugar en el que yo me encontraba. No puedes imaginarte, Pedrillo, la alegría que sentí al ver aquello.

—¿La alegría? –lo interrumpió Pedrillo–. En verdad, señor, que no estáis hecho de la misma pasta que los demás. Yo me habría muerto de miedo ante un prodigio como ese, ¿y vos os alegrasteis?

—¿No te he dicho que no quería interrupciones? –le replicó don Sylvio–. Si me alegré es porque tenía buenas razones para ello, pues bien sabía que era un hada, y mi corazón me decía que era aquella a la que yo andaba buscando. Mis expectativas no quedaron defraudadas. La bola de fuego, que al acercarse iba haciéndose cada vez más grande, explotó con gran estruendo encima de mí y en su lugar vi a una preciosa dama sobre su carro de carbúnculo, el cual iba tirado por dos serpientes aladas del color del fuego. A su alrededor revoloteaba, sobre una pequeña nube plateada, una gran cantidad de salamandras en forma de pequeños donceles alados de una belleza sobrenatural. Sus cabellos parecían rayos de sol encrespados, sus alas, llamaradas, sus cuerpos, más blancos que la nieve a la luz del sol, y el color de la aurora les brillaba en las frentes y en las mejillas. Pese a ello, todos quedaban ensombrecidos por el fulgor del hada, que era tan cegador que me habría abrasado el rostro si ella no hubiera tenido la consideración de tocarme antes con su varita.

p. 45»—Don Sylvio –me dijo–, soy el hada Radiante, a la que hace poco, cuando había adoptado la forma de una pequeña rana, salvaste una existencia de la que, por despreciable que pareciera, dependía esta en que me ves ahora46. Tú sabes que cada cien años debemos adoptar durante ocho días la forma de algún pájaro o animal, que durante este tiempo perdemos el uso de todas nuestras facultades y que estamos a merced de todas las contingencias a las que se expone la naturaleza animal47. Faltaban solo unas horas para que hubieran transcurrido los ocho días en los que me vi obligada a ser una rana cuando el regocijo por la pronta recuperación de mi aspecto habitual me hizo bajar lo suficiente la guardia como para abandonar mi refugio y exponerme al peligro que habría resultado fatídico de no ser por tu generoso auxilio. El sobresalto que había sufrido en el pico del cigüeño me impidió en ese instante darte las gracias por haberme salvado y, cuando a las pocas horas recobré mi propia figura, las salamandras, cuya reina soy yo, me obligaron a dedicar los primeros instantes a sus asuntos. Sin embargo, en cuanto tuve algo de tiempo para pensar en los míos, recordé cuán grande era mi deuda contigo y pensé de qué manera podría mostrarte mi agradecimiento. Mis libros, a los que acudí en busca de consejo, me mostraron que en tu destino estaba escrito el amar a cierta princesa, pero que en el camino de tu fortuna había algunos obstáculos que tú difícilmente estás en disposición de salvar sin una protección poderosa. Y así vengo ahora a ofrecerte mi protección. A tu amada la persigue el hada Perifollo, pues se declaró contraria a casarse con cierto enano que es sobrino de esta hada y al que por su color verde se le conoce como el Enano Verde, o también, puesto que suele cabalgar sobre un tábano, como el Caballero del Tábano48. Como la princesa se mostró inflexible, la cruel hada la transformó hace poco en una mariposa azul con un reborde de color púrpura, con la condición de que este encantamiento no termine hasta que haya encontrado en este estado a un amante que le arranque la cabeza y las alas49. ¡Desdichado don Sylvio! La mariposa azul que atrapaste esta mañana era tu princesa. Verte en el bosque y amarte fue todo uno. Solamente escapó volando de ti porque quería ver si la seguirías, y con gusto se dejó atrapar en cuanto estuvo segura de que no la despreciarías incluso bajo la forma de una mariposa. Cuando se vio entre tus manos, hizo un esfuerzo por comunicarte cuán agradable le resultaba ese cautiverio, pero la cruel Perifollo le había robado el habla y no logró articular más que un suspiro que, por desgracia, tú interpretaste como una señal de que lamentaba la pérdida de su libertad. Tu compasivo corazón te llevó a dejarla volar de nuevo. Con gran pena se alejó revoloteando, si bien es posible que hubiera regresado pronto si en ese mismo momento no hubiera visto al Enano Verde, que llegaba cabalgando sobre su tábano y que le mostraba los dientes de manera tan repugnante que, presa del miedo, deseó tener diez mil alas para poder así escapar más rápidamente. Por suerte para ella, yo andaba buscándote. Vi el peligro al que se enfrentaba la pobre princesa y corrí en su ayuda, no sin antes ordenarle a mi salamandra que dejara en tu camino el retrato de la princesa. Comencé a perseguir al Enano Verde, el cual, demasiado exhausto como para entablar combate conmigo, adoptó todas las formas posibles para escabullírseme. Finalmente se transformó en una pequeña nube, mas me di cuenta a tiempo y lo apreté con tal fuerza entre mis manos que se derramó en forma de gotas. La gente que trabajaba en los campos vio que llovía sangre y lo tomó por un mal augurio. El Enano Verde se encontraba en tan mal estado dentro de esta prensa que volvió a su aspecto habitual, aunque no le duró mucho. Yo lo transformé en un mondadientes de marfil con la condición de que no vuelva a recuperar su aspecto natural hasta que haya servido para extraerle la muela del juicio a una muchacha de ochenta años que aún sea una virgen inmaculada.

p. 46—¡Por todos los dioses! –lo interrumpió Pedrillo–, a los pies del hada Radamante me postro como fiel servidor, pero no piensa lo que hace. De esta manera, el pobre Enano Verde seguirá siendo eternamente un mondadientes. Pues mirad, señor don Sylvio, no me llamo yo Pedrillo si sois capaz de encontrarme en el viejo o en el nuevo mundo una virgen de ochenta años a la que todavía le queden muelas que sacar, o una muchacha de ochenta años con dientes que todavía sea virgen.

—Eso es problema del Enano Verde –replicó don Sylvio–, por lo menos tendrá que buscar durante mucho tiempo, de modo que no tengo que preocuparme por él. ¿Pero no te he dicho ya dos veces que no quiero que me interrumpas? Si hemos de seguir siendo buenos amigos, señor Pedrillo, no hagas que te lo repita una tercera vez.

—Bien, señor –respondió Pedrillo–, continuad y nos os irritéis. No voy a descoser la boca, ya sabéis que no soy ningún parlanchín, pero es que cuando habéis comenzado con el mondadientes y con la virgen de ochenta años…

—¡Por todos los demonios! –exclamó don Sylvio–. Maldito chismoso, ya vuelves a empezar otra vez…

—No, señor –dijo Pedrillo–, solamente quería decir que no voy a interrumpiros más, y que esta vez tampoco lo habría hecho si lo del mondadientes…

—Ojalá fueras tú el mondadientes—gritó don Sylvio–. Y ahora escucha y calla, o estas serán las últimas palabras que escuches de mí en tu vida.

Esta amenaza arredró a Pedrillo, quien apreciaba en extremo a su joven señor. Se llevó la mano a la boca en señal de que no iba a decir nada más y don Sylvio prosiguió:

—El hada se quedó en silencio tras haber terminado con su relato y yo aproveché la ocasión para lanzarme a sus pies y darle muestras de mi agradecimiento con las más vivas expresiones de afecto.

»—Poderosa hada –añadí–, ya habéis hecho mucho por mí, completad ahora la labor. Si ya le habéis dado la figura de un mondadientes al Enano Verde, ¿qué os costará devolverle la suya a mi amada princesa?

»—No está dentro de mis capacidades –respondió el hada– romper un hechizo que haya hecho una de mis compañeras. Esta aventura está guardada para ti. No pierdas tiempo, don Sylvio. Llévate contigo a tu fiel Pedrillo y al pequeño Tintín y busca la mariposa azul hasta que la hayas encontrado. Mucho me temo que la malvada Perifollo intentará vengar a su sobrino en ella y en ti mismo. Mas que ninguna dificultad te desaliente, y ten por seguro que nunca solicitarás mi auxilio en vano siempre que lo necesites.

»Dichas estas palabras, el hada, el carro y las salamandras desaparecieron. Me encontraba tan exhausto que caí en un sueño profundo y puede que todavía estuviera durmiendo si no me hubieras despertado.

»Ya has oído, Pedrillo, lo que me ordenó el hada. No tengo tiempo que perder. Debemos ponernos en camino para buscar a mi amada princesa y espero que no te niegues a acompañarme.

46 Esta hada es invención de Wieland y en el original recibe este mismo nombre.

47 Madame d’Aulnoy expone estas condiciones en su cuento «Le Prince Lutin» [El príncipe duende], publicado en Contes des fées (t.1, 1697) y recogido en la traducción de los cuentos que José Benito Alique publicó en el volumen El príncipe duende y otros cuentos de hadas (José de Olañeta editor, 1987). Este príncipe dispone de un sombrero rojo que le permite hacerse invisible cuando lo lleva puesto.

48 El Enano Verde es un personaje inventado por Wieland, pero basado en un personaje del cuento de Madame d’Aulnoy «Le Nain Jaune» [El enano amarillo] (Contes des fées, t.4, 1697).

49 Este motivo lo toma Wieland del cuento «La gata Blanca» de Madame d’Aulnoy, el cual ya se ha mencionado y en el que el protagonista debe salvar a su amada princesa, convertida en gata, arrancándole la cola y la cabeza.