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Capítulo XI Una conversación entre Pedrillo y su señor. Preparativos para el viaje convenido

Pedrillo había estado escuchando con gran deleite a su señor mientras le contaba la historia del hada, de la princesa y del Enano Verde, pues era un gran amante de los cuentos y de las historias maravillosas. Sin embargo, cuando escuchó que don Sylvio las tomaba por ciertas y que lo que había que hacer ahora era ir a recorrer mundo para buscar una mariposa azul, la cosa no acababa de convencerle. Se rascó detrás de las orejas, se encogió de hombros y finalmente, tras algunos titubeos, dijo:

—Por mi vida, señor don Sylvio, que no sé qué decir, pero me da la impresión de que todo esto bien lo habríais podido soñar más que otra cosa. Y si no supiera yo que sois el alma más honrada que hay en este mundo, casi, que Dios me perdone, podría pensarse que…

—¿Cómo? –le interrumpió don Sylvio–. ¿Es que acaso dudas de la veracidad de mi relato?

—Claro que no –respondió Pedrillo–, no dudo ni lo más mínimo, pero la bola de fuego y la rana que es un hada, y el Enano Verde que se enamoró de una princesa, y la mariposa con la que os habéis de casar y a la que habéis de convertir en una hermosa princesa, y el mondadientes… Si os tengo que decir la verdad, señor, pero no me lo podéis tomar a mal, mirad, yo creo que todo ello solo os ha sucedido en sueños. Uno sueña a menudo cosas maravillosas. Por ejemplo, hace poco soñé…

—De verdad –exclamó don Sylvio, al que se le iba agotando la paciencia–, no tengo nada mejor que hacer que escucharte mientras me cuentas tus sueños. Dime, insensata alimaña, si ha sido un sueño el que haya visto al hada Radiante y que me haya dicho lo que debo hacer para encontrar a mi incomparable princesa, ¿es también un sueño que lleve yo colgado del cuello su retrato?

Dichas estas palabras, tomó la alhaja, pulsó el resorte y le mostró a Pedrillo el pequeño retrato que yacía oculto bajo el gran diamante.

A Pedrillo se le pusieron los ojos como platos al ver la imagen de la señora, que, así le parecía, era mil veces más hermosa que la misma señora Beatriz.

—Por todos los demonios –exclamó–, no voy a decir ni una palabra más. ¿Así que esta es la princesa que el hada Radicante os ha prometido y que está transformada en una mariposa azul? Supongo que ahora sí debo creer que es verdad todo lo que me habéis contado. En verdad, si no la estuviera viendo con mis propios ojos, no lo habría creído. ¡Es una maravilla! ¿Pero quién os lo habría hecho llegar si no un hada? Me jugaría el cuello a que la más pequeña de estas piedras vale tanto como diez haciendas. Y aun así, he leído muchas veces que para las hadas estas cosas no son más que bagatelas. Entre ellas, los diamantes son tan comunes como los adoquines, y estoy seguro de que la señora Rademante tiene piedras preciosas más grandes en su bacinilla que la reina, a la que Dios nos conserve, en su collar. Por todos los diablos, cosas así no las encuentra uno mientras duerme, así que debéis de haber estado despierto y, si estabais despierto, no habéis podido estar dormido, como he dicho, y entonces debe de ser verdad que la princesa es una mariposa. Pero dejadme verlo una vez más... ¡Vaya si es hermosa de verdad! ¡Con qué amabilidad lo mira a uno! Si uno no supiera que tan solo es una pintura, podría pensarse que va a abrir la boca y a ponerse a hablar. ¡Que el diablo se lleve a los malditos malos espíritus que han podido ser tan despiadados como para tranformar una carita tan hermosa como esta en un insecto! Sí, señor Caballero del Tábano, las princesas tan hermosas no están hechas para uno como tú, ¡y que te lleve la peste! ¡Tú, canalla! ¿Crees que porque sea tan pequeña que el ala de un mosquito podría cubrir todo su rostro, está a la misma altura de un saltamontes verde, jorobado y patiabierto como tú?

p. 48—¡Mentecato! –le interrumpió don Sylvio–. ¿Me equivoco o imaginas que la princesa no es más grande de lo que se ve en el retrato? Aquí solo aparece pintada tan pequeña porque el espacio tan reducido no permite que sea de otra manera, pero ello no impide que sea al menos tan grande como Diana, o como la bella Alie, quien ciertamente no debe de haber sido la más pequeña, pues un gigante tan grande como lo fue Moulineau quiso hacerla su esposa a la fuerza, y aun si fuera algo más pequeña, se asemejaría así tanto más a las Gracias, a las que los poetas y pintores representan más pequeñas que al resto de diosas, para expresar de ese modo la apostura y el encanto gracias a los cuales merecen el honor de ser las compañeras y doncellas de la diosa del amor50.

—Eso también es razonable –replicó Pedrillo–, pues se dice que la esencia fina se vende en frasco pequeño y, aunque la princesa no fuera más grande que una muñeca de París, apostaría a que es la cosita más agraciada que uno pueda ver en un día de verano51.

—Pedrillo, amigo mío –le interrumpió don Sylvio–, estamos aquí perdiendo el tiempo entre chácharas inútiles mientras mi amada quizá esté en peligro...

—Por mi alma, señor –lo interrumpió el atolondrado Pedrillo–, eso es lo que quería decir. Nada podría ser más fastidioso para una hermosa princesa como esta que no estar segura en ningún momento si alguna maldita grajilla o corneja va y la caza como alimento para sus polluelos, ¡pardiez!, se la zamparían como si no fuera más que un insecto común y no una gran princesa, como ahora sí creo que es desde que he visto su retrato.

—Lo que dices –respondió don Sylvio– no me inquieta, confío plenamente en la protección del hada Radiante, mas si bien esta protección es más que suficiente para garantizar su seguridad frente a grajas y cornejas, no lo es contra la persecución de la malvada Perifollo. Pues habrás escuchado que el desencantamiento de la mariposa azul me está reservado solamente a mí. ¿Qué piensas, Pedrillo? ¿No sería lo mejor que nos pusiéramos en camino enseguida, ahora que mi tía no está en casa? Estamos ya todos aquí, yo y tú y Tintín. Vayamos en busca de la princesa, dondequiera que esté. De lo demás se ocupará el hada.

—Mucha prisa tenéis, señor –respondió Pedrillo–. Sin embargo, a mí me parece que no pensáis que cuando uno viaja, necesita todo tipo de cosas de las que tiene que estar provisto en caso de emergencia...

—Y a mí me parece –le interrumpió don Sylvio– que tú no sabes lo que dices. ¿Donde has oído o leído tú que un príncipe o un caballero que viaje bajo la protección de las hadas haya necesitado nunca tales provisiones? Siempre llevan bonitas vestimentas, fina ropa blanca y dinero, tanto como necesiten. Suelen hospedarse en palacios encantados, donde se les atiende de la mejor manera, y si se da el caso de que se pierden en bosques y parajes desiertos, cuando menos lo esperan se presenta ante ellos una mesa puesta por manos invisibles y cubierta de los manjares más sabrosos, y duermen en cómodas grutas o bajo emparrados plantados por ninfas sobre un lecho de flores.

—Todo eso es muy bonito y está muy bien –dijo Pedrillo–, pero, a decir verdad, señor, no me fiaría yo mucho de ello. Entre las hadas tiene uno sus amigas y sus enemigas, y yo he leído más bien sobre príncipes y princesas que a veces, en viajes así, con buena dentadura han dado un mal bocado. Más vale prevenir que curar, solía decir mi abuela, más vale pájaro en mano que perdiz en soto*. En fin, si queréis aceptar mi consejo, iré y meteré en un hato algo de ropa blanca y fiambres y varias botellas de vino. Vos procurad un buen talego lleno de reales y cuando así sea, nos pondremos en marcha, puesto que así ha de ser, y quiera el cielo que no nos topemos con enanos azules ni verdes que nos disputen a nuestra princesa.

Don Sylvio, quien, pese a sus fantasías, era la mejor persona del mundo, se dejó convencer por Pedrillo y regresó con él al castillo, no sin antes haber escondido en su faltriquera, por temor a despertar los recelos de su gente, la alhaja con el retrato de la supuesta princesa. Pese a que confiaba en las hadas, mientras Pedrillo registraba el sótano y la despensa, no dejó de hacerse con varios anillos que había heredado de su padre y con todo el dinero contante que tenía, que, a decir verdad, no ascendía a más de diez o doce ducados, pero que en su opinión era una suma con la que se atrevía a viajar, con la protección de la Radiante, hasta los antípodos. Se puso su camisa con encajes más elegante, un jubón de raso con delicadas puntillas doradas y forrado con tafetán de color rosado, calzones y medias rosados, y el penacho de su sombrero era asimismo de este color. Con este aspecto, con el que habría podido medirse con todos los Narcisos y Jacintos de los poetas, estuvo esperando impaciente a su compañero de viaje con la firme decisión de marchar en secreto antes de que regresara su tía52.

i Pedrillo utiliza aquí un refrán ligeramente modificado. El refrán que aparece en el original (Ein Sperling in der Hand ist besser als ein Hasel-Huhn im Busche», literalmente ‘un gorrión en la mano es mejor que un grévol entre los arbustos’) es variación del refrán tradicional «Ein Sperling in der Hand ist besser als eine Taube auf dem Dach» (lit. ‘un gorrión en la mano es mejor que una paloma sobre el tejado’). El grévol es un ave similar a la perdiz y actualmente está extinguida en España.

50 La bella Alie aparece en el cuento «Le Bélier» [El carnero] de Antoine Hamilton, en el cual se narra la historia de la bella Alie, de quien se enamora el gigante Moulineau. Por otro lado, hace referencia a las tres gracias, Eufrosine, Talia y Áglae, diosas hijas de Zeus y Eurinome. Acompañaban a menudo a Afrodita, diosa del amor.

51 Pedrillo se refiere a las valiosas muñecas producidas en Francia que se exportaban a otros países. Las muñecas parisinas sirvieron durante el siglo xviii para publicitar las principales novedades de temporada en cuanto a indumentaria. Estas muñecas, que recibirían el nombre de Pandora, estaban habitualmente hechas de madera (las muñecas de porcelana surgirían en el siglo xix) y habitualmente medían unos treinta y cinco centímetros de alto (Rosillo, ABC Cultural, 02/02/2022).

52 La versión más conocida de la leyenda del hermoso Narciso la narra Ovidio en sus Metamorfosis. Allí se cuenta la historia de este joven, de quien un profeta había predicho que moriría si se contemplara a sí mismo. Tras despreciar a la ninfa Eco, Némesis, a petición de otras doncellas que clamaban venganza por el desprecio de Narciso a todas ellas, hace que en un día caluroso se acerque a beber a una fuente y se vea reflejado en el agua. En ese instante se enamora de sí mismo y acaba muriendo por no poder alcanzar ese amor. En ese mismo lugar de su muerte, brotó una flor con su nombre. Por su parte, Jacinto, o Hiacinto, era el amante de Apolo. Un día que estaban los dos lanzando el disco, este se desvió, posiblemente por intervención de Céfiro, celoso del dios, y mató a Jacinto. Apolo transformó la sangre de Jacinto en una flor con su nombre.