Capítulo XII Opiniones intrascendentes del autor
Si hubiéramos escrito esta historia media docena de siglos antes, este capítulo habría sido innecesario. Hay épocas en las que aquello que llamamos hechos maravillosos es tan habitual que la gente no considera nada maravilloso más que como un fenómeno natural. Sin embargo, en los tiempos en los que vivimos, la forma de pensar opuesta parece haberse impuesto hasta tal punto que apenas si podemos esperar encontrar ni a uno solo de entre todos los que quizá lean esta historia al que podamos convencer de que en el capítulo anterior nada se ha contado que no pueda suceder a diario. Desde que se inventaron los cristales de aumento, las cosas invisibles llevan las de perder y basta con que aparezca un espíritu para que tenga que poner todo su empeño a fin de convencer a la gente de su existencia. En fin, podemos decir lo que queramos, que nadie creería que había un hada Radiante o que la mariposa azul era una princesa y que un mondadientes una vez fue un enano verde53.
Ante tales circunstancias, consideramos que es mejor si admitimos abiertamente que nosotros mismos, de cuanto don Sylvio le contó a su fiel Pedrillo, creemos tan poco como de las visiones de nuestra piadosa compatriota, la hermana María de Ágreda, o de las historias de Caperucita Roja o de cualquier otro cuento con el que nuestra querida aya solía llevarnos a la cama54.
Pese a todo, la verdad, en la que ponemos toda nuestra diligencia en el curso de toda esta historia, nos conmina a asegurar que don Sylvio no dijo nada en todo su relato que en cierto sentido no fuera tan verdadero como lo son la mayoría de las otras historias del mundo de los espíritus.
Para comprender esta evidente paradoja, debemos recordar que hay dos tipos de realidad que in concreto no siempre son tan fáciles de distinguir como alguna gente piensa.
Así como hay cosas, pese a todos los egoístas, que realmente están fuera de nosotros, hay otras que tan solo existen en nuestro cerebro55. Las primeras existen, aunque no reconozcamos de inmediato que existen. Las otras solo existen siempre que imaginemos que existen. Por sí mismas no son nada, pero, en aquellos que las consideran verdaderas, causan tal impresión como si fueran algo, y, sin que por ello las personas se estimen en menos, son los resortes de la mayor parte de los actos del género humano, el origen de nuestra dicha y de nuestra miseria, de nuestros vicios más abyectos y de nuestras virtudes más esplendorosas.
p. 50¿Qué hada o palacio encantado es más quimérico que aquella fama póstuma de la que los hombres más eminentes confesaron que fue el objetivo de sus más hermosas empresas? Alejandro, quien llevó a cabo la mítica expedición de Baco a la India, y que se expuso a mil peligros de forma voluntaria para que los atenienses tuvieran de qué hablar sobre él, perseguía una quimera tan insustancial como don Sylvio cuando partió con el fin de desencantar a la mariposa azul56. A ojos de un frío espectador de los actos humanos, el primero es tan insensato como el segundo, y este al menos tiene la ventaja de que su quimera no causa ningún daño, mientras que la quimera del conquistador de Asia hizo desdichado a medio mundo.
Con todo, comenzamos a notar que nos estamos desviando en reflexiones que ya nos han alejado demasiado de nuestro propósito y necesitamos encontrar una transición más idónea que la que suelen utilizar los escritores de misceláneas cuando tras media docena de digresiones pretenden volver al punto desde el que partieron.
Así pues, para volver a nuestro tema, en el relato de nuestro joven caballero tendremos que diferenciar entre aquello que realmente le sucedió y lo que su imaginativa añadió. Tras la aventura con la mariposa y el retrato, como se recordará, lo dejamos en un estado en el que su fantasía se había intensificado hasta las cotas más altas. La vivacidad de las imágenes que se le presentaban aumentó con la llegada de la noche conforme iba disminuyendo el efecto de las percepciones externas en aquellas. Muy poco faltaba para que se convirtieran en una especie de percepción en sí mismas. En tal disposición avistó una bola de fuego atravesando el aire que, al poco, no muy lejos de donde se encontraba, se desintegró. Este meteoro para nada extraño, que cualquier naturalista habría podido percibir a simple vista, consumó el encantamiento de don Sylvio. Recordó haber encontrado a menudo en sus cuentos bolas de fuego como esa, de las que siempre salía un hada sobre un carruaje de diamantes tirado por seis cisnes o veinticuatro carneros con vellocino dorado57. Y así, para él, este fenómeno natural era el comienzo de uno sobrenatural y nada más se necesitaba para transformar las fantasías que ya estaban configuradas en su cabeza desde el mismo momento de su nacimiento en una serie de supuestas sensaciones que solo podían distinguirse de un sueño porque en estos él despertaba, y mediante la relación de aquellas con sus ideas precedentes y ulteriores le llevaban de manera engañosa aún más a considerarlas verdaderas.
Esta es, en nuestra opinión, la explicación más plausible que puede darse a este tipo de visiones. No obstante, ni mucho menos es nuestra intención imponérsela a nadie. Don Sylvio estaba solo cuando supuestamente se le apareció el hada Radiante, y uno puede osar desafiar a todos los escépticos, materialistas, deístas y panteístas a que demuestren que el hada Radiante o su aparición sería algo imposible58. Así pues, no podemos considerar nuestra explicación más que una mera suposición, y si los amantes de lo maravilloso estuvieran más dispuestos a creer en lo que a ello respecta a don Sylvio, el cual es testigo indiscutible y está fuera de toda sospecha de engaño premeditado, no tenemos ni lo más mínimo que objetar.
53 Con «los cristales de aumento», el narrador alude seguramente a la invención del microscopio por el holandés Zacharias Janssen (1585–1632) en la década de 1590. Janssen creó junto a su padre, Hans Mertens, varios instrumentos ópticos, que vendieron en su tienda de la ciudad de Middelburg. La invención del microscopio, en cualquier caso, fue reivindicada por su hijo Johannes Zachariassen (1611–1656) unos veinte años después de su muerte, por lo que ha de ser tomada con cautela. No en vano, el alemán Hans Lipperhei (1570–1619), también activo en Middelburg, ha sido considerado asimismo como el inventor del instrumento.
54 María de Ágreda (1602–1665) fue una abadesa y escritora mística que durante años mantuvo una relación epistolar con el rey Felipe IV (1605–1665). Su obra Mística ciudad de Dios (1670) fue prohibida por la Inquisición, aunque tal prohibición acabó levantándose y el libro fue traducido a numerosas lenguas. La versión primera y la más famosa del cuento de Caperucita Roja, junto a la recogida por los hermanos Grimm, es la de Charles Perrault (1628–1703), «Le Chaperon rouge», que apareció en sus Histoires ou Contes du temps passé, avec des moralités [Historias o cuentos de tiempos pasados, con moralejas] (1697). A diferencia de la versión de los Grimm, en la de Perrault el cuento termina cuando el lobo se come a la abuela y a Caperucita Roja.
55 Los egoístas a los que se menciona aquí son los seguidores del solipsismo, corriente filosófica que defiende que solamente existe aquello de lo que es consciente la propia persona y que niega la existencia de un mundo más allá de la consciencia del hombre. El solipismo se desarrolla en la Grecia antigua gracias al filósofo pre-socrático Gorgias (c. 483–375 a.C) como una variante del relativismo propio del sofismo y resultó influyente en las Meditaciones metafísicas (1641) del filósofo francés René Descartes (1596–1650) y en la filosofía de George Berkeley (1685–1753), que deniega la existencia del mundo material pero no de las mentes, siendo dios una de estas.
56 En la mitología romana, Baco (Dioniso en la mitología griega) era el dios del vino y llegó a conquistar la India. Alejandro Magno, emulando a este dios, se lanzó también a la conquista de la India, hasta donde llegó tras haber conquistado Persia.
57 Probable referencia al vellocino de oro, que en la mitología griega era el vellón del carnero alado Chrysomallos y que Jasón y los argonautas tuvieron que recuperar.
58 El escepticismo, como corriente filosófica, niega la posibilidad de la existencia de la verdad o la incapacidad del ser humano para llegar a conocerla. En la India, la filosofía de la escuela ajñana, con Jayarasi Bhatta (c. 800 a.C) como principal representante, ya postulaba la imposibilidad del conocimiento de naturaleza metafísica, mientras que en la Grecia Antigua Jenófanes de Colofón (580/570 a.C–475-466 a.C), Demócrito de Abdera (460 a.C–370 a.C) y Gorgias (460 a.C–380 a.C) ya habían sostenido ideas escépticas. Los materialistas niegan la existencia de un mundo ininteligible, reafirmando la prevalencia de las ideas sensibles materiales por encima de las inmateriales. Ya existían doctrinas materialistas en la India y China antiguas, mientras que en el mundo clásico los principales representantes de este pensamiento son los representantes de la Escuela de Mileto: Tales de Mileto (624 a.C–547 a.C.), Anaximandro (610 a.C–546 a.C.) y Anaxímenes (585 a.C–525 a.C.). Por su parte, los deístas niegan el concepto de la revelación, pero, a diferencia de los ateos, sí que creen posible la demostración de la existencia de Dios a través de la razón. El deísmo surge con la modernidad y la Ilustración, y pueden considerarse como precursores del deísmo a autores como Spinoza (1632–1677), Hobbes (1588–1679), Rousseau (1712–1778) y Voltaire (1694–1778). El panteísmo, por el contrario, es una concepción del mundo en la que la divinidad es equivalente al universo y a la naturaleza, formando un todo unitario. El hinduísmo y el taoísmo se basan fundamentalmente en un pensamiento panteísta.
