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Capítulo I Un ejemplo de que la mojigatería provoca la cólera de Venus

Al tiempo que don Sylvio ultimaba los preparativos para su aventura, doña Mencía andaba ocupada en retenerlo mediante un recurso que él nunca hubiese podido sospechar, de la misma manera que esta no hubiera sospechado del amor de aquel por una mariposa encantada.

Ya hemos mencionado que, desde hacía algún tiempo, ella emprendía con frecuencia viajes a la ciudad vecina que nada importaban a don Sylvio, pero cuyo objetivo en verdad no era otro que hacerle una jugarreta peor de cuanto habría podido esperar solamente de la maldad de todas las Perifollos y Jorobetas del mundo entero.

Puede que se recuerde todavía que, en su primera juventud, doña Mencía, pese su extraordinaria mojigatería, no había mostrado en absoluto aversión al amor. Y, si hemos de decir la verdad sin ambages, quizá nunca haya habido una señorita a quien la virtud a la que la condenara la crueldad de los hombres haya resultado tan dolorosa. Se llegó a afirmar que, desde que se había retirado del gran mundo a su soledad, que no suele resultar beneficiosa para la mojigatería forzada, sus necesidades habían llegado más de una vez a ser tan apremiantes que (si se nos permite decirlo de otra manera sin ofender al género al que pertenecía) incluso habría tratado de seducir a cierto mozo de cuadras de la casa, acicates que quizá no hubieran terminado sin consecuencias si los encantos de la joven Maritornes no hubieran dejado impasible a este torpe amante insensible a los alicientes de una osamenta de la alta nobleza. Sea como fuere esta anécdota, sí es cierto que era en este punto lo suficientemente desdichada como para verse obligada a buscar en los exiguos embelecos de una imaginación excitada un atisbo de placer, cuya magnitud su inexperiencia ponderaba según el furor de sus deseos. La repugnancia de que daba muestras ante los relatos de un Boccaccio e incluso ante las ocurrencias más inocentes de un Lope de Vega no impedía que las conversaciones que algún moderno Sótades atribuyó a la célebre Luisa Sigea fueran el libro que siempre guardaba bajo su almohada, un hábito que quizá creía poder justificar con el ejemplo de san Juan Crisóstomo, quien apreciaba las igualmente sotádicas comedias de Aristófanes59.

Por muy improcedente que pueda parecer que hayamos desbaratado, mediante la revelación de estos secretos, el provecho que el mundo habría podido extraer del edificante ejemplo de la casta doña Mencía, era necesario atenerse a la fidelidad histórica en este punto, pues una discreción exagerada habría podido volver no poco sospechosa, a propósito de lo que tenemos que relatar, la veracidad de nuestra historia.

Y así, para no importunar durante más tiempo a nuestros lectores, era más que indudable que ni su virtud ni el orgullo de su cuna ni las sesenta primaveras que ya había vivido podían proteger su tierno corazón del amor que tan dichoso estaba de inspirarle cierto procurador de Chelva.

Lo había conocido en casa de una amiga de provecta edad a la que él visitaba a menudo por asuntos de negocios y las informaciones que ella recabó acerca de la condición de él parecían ser del todo propicias a las intenciones para con su persona que ella había concebido nada más verlo.

Este respetable señor se llamaba Rodrigo Sánchez y era, si exceptuamos su talento para la charlatanería, más interesante por sus cualidades físicas que por la amenidad de su ingenio. Era un hombre rollizo de estatura mediana, de hombros anchos, cabello crespo, pequeños ojos brillantes a los que unas grandes cejas negras daban sombra como oscuros arbustos, una gran nariz de azor y un par de piernas que en caso de necesidad habrían sido lo suficientemente fuertes para prestar apoyo a Atlas60.

p. 52No podemos afirmar a ciencia cierta si este tipo de personajes son tan peligrosos para las mojigatas declaradas como se dice. Lo cierto es que el señor Rodrigo Sánchez era a ojos de doña Mencía un adonis y, al verlo por primera vez, el pundonor hubo de vencer el rechazo que ella siempre había declarado contra el matrimonio y despertarle el deseo de verse sometida junto con él al mismo yugo, a pesar de que él apenas si tenía cuarenta años y todavía estaba soltero.

Aunque los ojos de este nuevo adonis no eran lo suficientemente agradecidos como para ver en ella a una venus, sí tuvo, no bien advirtió que se planteaba un desposorio, un acicate que en las personas de su especie suele surtir un efecto tan poderoso como los encantos personales en los amantes de cualidades más refinadas.

El señor procurador tenía, de un hermano mayor que había sido comerciante de joyas, una sobrina llamada Mergelina, la cual se encontraba bajo su tutela desde la muerte de sus padres, junto con una fortuna de cien mil ducados61. Tanta indiferencia producía su sobrina en su persona como tierno cariño profesaba él por sus ducados, y hacía ya tiempo que iba estudiando sin éxito vías legales para apoderarse de ellos, o al menos de una buena parte de los mismos, cuando la pasión que tuvo la suerte de inspirar en doña Mencía pareció darle la ansiada oportunidad de alcanzar su propósito. Su sobrina, quien sin duda poseía una muy tentadora fortuna, había rechazado ya a varios pretendientes porque no eran más que burgueses. Y esto se debía a que se le había metido en la cabeza pasar a formar parte de la nobleza o morir virgen. Don Rodrigo no dudaba entonces en persuadirla de hacer todo lo que solo él quisiera con tal de poder darle por marido a un hidalgo. Sin embargo, la dificultad estribaba en encontrar uno que fuera tan idóneo como deseaba don Rodrigo. Las noticias que recibió de la amiga de doña Mencía le hicieron albergar la esperanza de que no pudiera haber nadie más adecuado para su propósito que don Sylvio, el cual le fue descrito como un joven noble que, sin ningún tipo de experiencia ni conocimiento del mundo, era extremadamente generoso y estaba habituado a dejarse gobernar por su tía en todos los asuntos. Decidió así probar suerte y extraer tanto beneficio del arrebato amoroso de doña Mencía como fuera posible. Pese a que representaba el papel de pastor que anda entre suspiros de la manera más ridícula que se pueda imaginar, ponía el suficiente fervor en ello como para convencer a una persona tan sensible como doña Mencía de que era el más enamorado entre todos los hombres.

No obstante, en cuanto esta señora tuvo por segura su conquista, recordó su compromiso con su virtud y su carácter, y puso tantas trabas que el señor procurador, que poco entendía del arte de amansar a las mojigatas, habría perdido diez veces la paciencia si no lo hubiera contenido una fuerza tan poderosa como los vetustos encantos de aquella cruel. Lo mejor para él fue que a ella le costaba tanto esfuerzo ocultar la casta llama que la abrasaba que tuvo a bien reducir el periodo de prueba, puesto que no tenía motivo para dudar de la intensidad de la pasión de aquel. Y así, acabó por condescender en consumar la dicha de don Rodrigo, se acordó el doble desposorio del tío con la tía y del sobrino con la sobrina, y el señor procurador redactó un contrato en el que no se olvidaban las ventajas para los primeros.

Doña Mencía había criado a su sobrino demasiado bien como para dudar lo más mínimo de que daría su aprobación. Sin embargo, le daba quebraderos de cabeza la idea de que este doble matrimonio fuera a desacreditar de manera considerable a ojos de todo el mundo la nobleza de su estirpe, de la cual siempre se había mostrado orgullosa. Y aunque la vehemencia de su pasión parecía quedar justificada en gran medida por los deslumbrantes méritos de don Rodrigo Sánchez, apenas habría podido decidirse, en pos de aquella, a vencer tan grandes escrúpulos si don Rodrigo, que era un avezado genealogista, no le hubiera dado esperanzas de realizar en poco tiempo un árbol familiar en el que pretendía derivar el origen de su familia por línea directa de un hijo natural del rey Sancho el Mayor de Castilla62.

59 Giovanni Bocaccio (1313–1375) es, junto a Dante Alighieri (1265–1321) y Francesco Petrarca (1304–1374), uno de los padres de la literatura italiana, además de uno de los precursores de la novela corta gracias a su Decamerone [Decamerón] (1348–1353). Por su parte, Félix Lope de Vega y Carpio (1562–1653) es sin duda uno de los dramaturgos más relevantes del Siglo de Oro español, al que aportó no sólo una ingente producción literaria, sino también el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609), en el que sienta las bases de la dramaturgia barroca española. El autor clásico Sótades (s. III a.C.) fue el fundador de la métrica sotádica, lírica caracterizada por su carácter paródico y obsceno. Finalmente, la escritora española Luisa Sigea de Velasco (1530–1569) fue una humanista y poetisa española del Renacimiento. Se le adscribió la autoría del Aloisiae Sigeae Toletanae satira sotadica de arcanis Amoris et Veneris [Sátira sotádica de Aloisia Sigea toledana sobre arcanos del Amor y de Venus], un poema que sigue el carácter obsceno de la poesía sotádica y que se convirtió en una obra de referencia para los libertinos de los siglos xvii y xviii, pero que en realidad fue obra del francés Nicholas Chorier (1612–1692). Por otro lado, san Juan Cristóstomo (345–407 d.C.) fue uno de los padres de la Iglesia y era conocido por su extraordinaria elocuencia. Finalmente, Aristófanes (385–445 a.C.) es el padre de la comedia ática clásica.

60 Atlas, uno de los titanes que se rebeló contra Júpiter, debió llevar el cielo a sus espaldas como castigo por su rebelión.

61 Wieland toma prestado el nombre de Lesage, quien introduce a un personaje así llamado en el capítulo 7 del Libro II de su Historia de Gil Blas de Santillana. Este, a su vez, toma el nombre de otro personaje aparecido en la Vida del escudero Marcos de Obregón (1618) de Vicente Espinel (1550–1624), donde aparece bajo el nombre de doña Margelina. En alemán, el nombre contiene además una alusión a «Mergel», en español ‘marga’, que, según el DRAE, es «roca más o menos dura, de color gris, compuesta principalmente de carbonato de calcio y arcilla en proporciones casi iguales, y que se emplea como abono de los terrenos en que escasea la cal o la arcilla».

62 Sancho Garcés III de Pamplona (992/996–1035), apodado “el Mayor”, fue rey de Pamplona y por matrimonio dominó el condado de Castilla, el reino de León, la taifa de Zaragoza y el condado de Gascuña.