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Capítulo II Un retrato a la manera de Callot

Don Sylvio, que tenía la cabeza llena de mariposas y enanos verdes, poco podía imaginar que su señora tía, mientras él pensaba en la liberación de su princesa alada, andaba en tratos para casarlo con una muchacha burguesa de Chelva y, para ser fieles a la verdad, con la cosa más fea que jamás haya pasado por el altar.

Así pues, quedó no poco desconcertado cuando, antes de que Pedrillo hubiera terminado de reunir las provisiones para el viaje, la vio regresar en compañía de una muchacha y de un hombre a los que no conocía en absoluto. Aún más estupefacto se quedó al ver de cerca a estos personajes desconocidos, y en especial la joven señorita le pareció tan excepcional que al principio la tuvo por un macaco disfrazado. Pedrillo, que les ayudó a descender del carruaje, tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para contener la risa al verla y don Sylvio, pese a su habitual cortesía, con el primer estupor dio unos pasos atrás sin percibir nada de la alegría que se extendía por el ameno rostro de ella al verlo a él.

En verdad, la sabia Mencía no habría podido escoger a una persona más adecuada que a doña Mergelina para tener una sobrina que no hiciera sombra a sus propios encantos.

Acometemos ahora el intento de comprobar si somos capaces de conseguir que la imaginativa de nuestros lectores se haga una idea de cómo era ella63.

Medía en total dos codos y cuatro pulgadas de altura, la anchura entre hombros era casi la misma y tenía una complexión tan regular que la cabeza conformaba alrededor de una cuarta parte de su estatura64; el cuello, el pecho y el abdomen, no obstante, estaban ensamblados de una manera tan imperceptible que resultaba imposible ver dónde comenzaba el uno y dónde terminaba el otro. Pese a la extraordinaria longitud de su mentón, su rostro presentaba una forma cuadrada bastante regular, pues tenía la frente tan baja como largo era el mentón. Tenía los ojos tan redondos y sobresalían tanto de la cabeza hacia delante que el epíteto que Homero solía dar a Juno parecía hecho a propósito para doña Mergelina65. La boca era de una anchura tan vasta que se habría podido meter una y otra vez la espumadera del príncipe Tanzai sin el menor peligro para sus enormes dientes y, aunque nunca poeta alguno haya convertido sus labios en diván para las gracias, debemos reconocer que eran un canapé en el que, en caso de necesidad, estas diosas habrían dispuesto de espacio suficiente para retozar incluso con varios jóvenes dioses del amor66. Su nariz era en verdad algo pequeña, pues resultaba difícil descubrir entre los colgajos de sus gruesas mejillas una prominencia que en último término hubiera que reconocer como nariz por sus orificios respingones. Con todo, era aquello lo único de toda su persona en lo que la naturaleza se había mostrado demasiado parca. Por otro lado, tenía como compensación una espalda que era tan alta como podía desear, un par de bellas y largas orejas, y las manos y los pies tan anchos como resultaban necesarios para poder vivir así en el agua como en la tierra. Con todo, lo que incluso en su propia opinión sobresalía de entre todas sus beldades era el pecho, pero era un pecho de los que apenas si se ven, incluso en España. Era, de hecho, bastante blanco, pero de unas proporciones tan desmesuradas que en una estatua de Venus Calipigia podría haber resultado idóneo para ocupar el lugar de otra parte muy diferente del cuerpo67. Parecía estar tan orgullosa de este tipo de hermosura que la exhibía con una prodigalidad que quizá ciertos severos moralistas podrían haberla tildado de desagradable si hubiera sido algo menos repugnante.

p. 54En lo que concierne a los colores de los que había hecho uso la naturaleza para ornamentar tal obra maestra, estaban mezclados de manera tan maravillosa que incluso a Vandyk le habrían puesto en un aprieto68. No tenía los cabellos rubios como Ceres, ni castaños como Venus, ni dorados como la Bella de los cabellos de oro, los suyos eran del color del fuego y por naturaleza tan lisos y cortos que habrían agotado el arte y la paciencia de una Cipasisa. Tenía los ojos de un color gris claro, la frente y las mejillas de tono oliváceo, y allá donde correspondía, maquillada de rojo cobrizo, una jeta (si se nos permite por esta vez hacer uso de esta palabra) con cierto tono verdemar, y la negrura de sus grandes dientes, de tamaño irregular, no le hacía perder un ápice de su gracia. Además, brazos y manos presentaban un color de cuero tan natural que podía ahorrarse por completo el gasto que otras muchachas debían afrontar para comprar guantes de piel canina. Todo ello, que sin duda conformaba una especie de efigie que uno no suele encontrar en otro lugar que no sea sobre las chimeneas, quedaba intensificado mediante unos aderezos que causaban una opinión tan buena del gusto de la bella Mergelina que bastaba con que uno la viera para admirar en ella la extraordinaria armonía del cuerpo y el alma, que, según los principios de Pitágoras, conforma la belleza suprema70. Vestía una falda de raso amarillo intenso con bordado de plata, un corsé de tafetán verde, cintas azul celeste, una pluma de color rojo fuego, zapatos de rojo carmesí con oro y medias de color rosa con entrepiernas plateadas.

Apenas hubo entrado esta adorable persona, con la ayuda del cortés don Sylvio, en una pequeña sala en la que doña Mencía solía recibir sus visitas, se dirigió contoneándose hacia un espejo para, como dijo, corregir el desorden que el viaje había provocado en su atuendo. A continuación, tomaron asiento y, mientras esperaban a que la señora Beatriz llegara con algunos refrescos, las personas que conformaban esta pequeña reunión parecían no saber qué hacer, ni consigo mismos ni con los demás. Doña Mergelina bien jugueteaba con su abanico, bien contemplaba el espejo frente al cual se había sentado, don Rodrigo miraba ora a la lozana Mencía, ora sus propias piernas, don Sylvio tenía los ojos como platos y parecía distraído, y la buena tía tenía la boca siempre medio abierta, sin saber qué decir. A punto estaba don Rodrigo de comentar que hacía buen tiempo, cuando entró la diligente Beatriz para animar la conversación con una gran cesta llena de frutas frescas, secas y confitadas. Los presentes se sintieron entonces aliviados. Doña Mergelina tuvo así la posibilidad de dar muestra de su buena educación lamentando con muchas deferencias y reverencias las molestias que se habían tomado por su causa, deferencias y ademanes que fueron correspondidos por la cortés doña Mencía con los correspondientes ademanes y deferencias. Se mencionaron a continuación el gran tamaño de las fresas y el exquisito sabor de las cerezas, alabaron las nueces y melocotones confitados, y doña Mencía aprovechó la ocasión para pronunciar un erudito tratado acerca del arte de las confituras, durante el cual era tal el hastío del señor procurador que hizo todo lo posible por dejar de lado este asunto y poder desviar la conversación hacia un proceso que en esos momentos llevaba entre manos y con el que, tan pronto como tuvo ocasión de tomar la palabra, entretuvo a las damas de manera muy galante.

a Ponendis in mille modis perfecta capillis Comere sed solas digna, Cypassi, Deas. Ovid.69

63 Comienza aquí el retrato al que se hacía mención en el título de este capítulo. Jacques Callot (1592–1632) fue un conocido dibujante y grabador francés, cuyo realismo grotesco puede ser en gran medida comparado al del inglés William Hogarth (1697–1764).

64 En España, el codo equivale a 0,4179 metros, mientras que la pulgada castellana equivalía a 23 mm. La pulgada inglesa, que es la que se emplea en la actualidad, equivale a 25,4 mm. Según estas medidas, estaríamos ante una persona aquejada de acondroplasia, un trastorno del crecimiento de los huesos que habitualmente ocasiona el enanismo.

65 Homero (s. viii a.C) en su Iliada I. 551, emplea un epíteto poco respetuoso para Juno, a la que define como la de los ojos de buey por lo grande de estos.

66 La referencia a la espumadera del príncipe Tanzai está tomada de la obra L’écumoire: histoire japonaise [La espumadera: historia japonesa] (1735), un cuento licencioso del francés Prosper Jolyot de Crébillon.

67 La Venus Calipigia, o de las bellas nalgas, es una escultura de la época helenística que en la actualidad se encuentra en el museo arqueológico de Nápoles.

68 Anthonis van Dijk (1599–1614), discípulo de Peter Paul Rubens (1577–1640), conocido fundamentalmente por sus retratos de los personajes fundamentales de las principales cortes europeas.

69 El pasaje introducido por el autor en la nota al pie del texto se corresponde con los versos de Ovidio en sus Amores, II.8. Cipasis es la criada de una de las amantes de Ovidio y tan encantadora que este le es infiel a su amante con Cipasis. A ella se dirige en sus Amores, y en el pasaje reproducido por Wieland se elogia su capacidad para decorar los rizos de su señora en miles de maneras distintas.

70 Para el filósofo griego Pitágoras (570–496 a.C.) la armonía y, por ende, la belleza suprema, podía alcanzarse a través de los cálculos matemáticos.