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Capítulo III Conversación entre la tía y el sobrino

Pasado un rato, la señora Beatriz regresó al cuarto con diferentes vinos y bebidas espirituosas y, mientras, tras un gesto de su señora, aquella entretenía a los invitados con su ingeniosa conversación, esta se retiró con su sobrino a otra habitación para explicarle el significado de la visita.

—Sí que os habéis esmerado hoy en engalanaros, don Sylvio –comenzó diciendo–. ¿Acaso sabíais que traería compañía?

—No, querida tía –respondió don Sylvio, poniéndose colorado y tartamudeando–, pero... no sé... suponía...

—No tenéis por qué disculparos –replicó doña Mencía–, no habría habido mejor ocasión que esta para que os engalanarais y estoy por atribuirlo a una especie de corazonada.

Dicho esto, tomó asiento, carraspeó varias veces y, finalmente, tras varios preámbulos, le expuso, no sin sonrojarse, su doble intención de desposarlo con la bella Mergelina y de cederle el título de propiedad sobre su propia persona al encomiable don Rodrigo. No dejó de elogiar los grandes beneficios que le supondría dicho desposorio y, según su alocución, tenía motivos suficientes para considerarse muy agradecido por tan extraordinaria demostración de cómo ella se afanaba por procurar la dicha de él.

Sin embargo, don Sylvio no estaba ni mucho menos tan sumiso ni agradecido como había supuesto su tía. El asombro que lo invadió al comienzo de su alocución se transformó al final de esta en un enojo que apenas si lograba contener.

No obstante, hizo un formidable esfuerzo por controlarse y, finalmente, tras una pausa bastante larga, dijo con un semblante en el que pretendía mostrar más asombro que enojo:

—Admito, señora tía, que no comprendo qué es lo que pretendéis con todo esto. Apenas tengo dieciocho años. Mi cuna y la educación que me habéis dado me determinan a abandonar en breve este ocioso tipo de vida rural y a buscar por la vía de las aventuras caballerescas una fortuna honorable. Vos misma me habéis imbuido este modo de pensar y ahora pretendéis casarme de repente con una pequeña burguesa cuya deformidad e imperfecciones personales lograrían espantar al harpagón más codicioso, y con la que quedaría condenado de por vida a confinarme en este mísero pueblo para ocultar al mundo entero mi desgracia y mi vergüenza71.

—Olvidáis –replicó doña Mencía– el respeto que me debéis y os confieso que había esperado más obediencia...

—¿Obediencia? –la interrumpió don Sylvio acalorado–. ¿Cuando me queréis amarrar a un engendro por el que estaría dispuesto a meterme en las fauces de un león con tal de evitar su sola visión?

—Bien es sabido –contestó doña Mencía con gesto burlón– que os jactáis de ser extremadamente hermoso, pero no vamos a discutir sobre ello. Doña Mergelina no merece en absoluto el desprecio que le mostráis, es una persona adorable y, aunque lo fuera menos, un partido de cien mil ducados no es en verdad cosa que pueda rechazar con tal obstinación un pequeño noble que no vale más de cien doblones al año72.

—No ha pasado mucho tiempo, señora –respondió don Sylvio más calmado– desde que no calculabais el valor de un noble por sus rentas. Y si cien mil ducados no son suficientes para hechizar mi mirada hasta el punto de que llegue yo a considerar adorable a esa persona a la que llamáis doña Mergelina, nadie más sino doña Mencía –aparte del Cielo, al que he de agradecer mi corazón– me enseñó a despreciar la riqueza cuando ha de adquirirse con la infamia.

p. 56—¿Y qué hay de infame –replicó ella– en que os caséis con doña Mergelina? Aun cuando sus ancestros se hayan visto obligados por aciagos sucesos a ocultar un abolengo que puede que fuera tan noble como cualquiera en la corte (sé de qué hablo, don Sylvio), la fortuna, que desde entonces les ha sido tanto más favorable, les ha dado la posibilidad de hacer resurgir de nuevo a su propia familia y devolver a la nuestra un esplendor que una deshonrosa necesidad estaba a punto de extinguir.

—Las penurias de las que no tenemos la culpa nunca son deshonrosas –contestó don Sylvio, con las mejillas encendidas–. Dejad que sea yo, señora, quien vele por el lustre de mi nombre. Siento que tengo el valor suficiente para enfrentarme a la desdicha que parece condenarlo a las tinieblas. Doña Mergelina puede que sea noble, si así lo queréis, pero os aseguro que, aun si descendiera del mismísimo gran Cid y trajera de dote todas las minas de oro del Perú, no me casaría con ella.

—¿Que no vas a casarte con ella? –exclamó doña Mencía, en un tono que habría resultado más adecuado para dirigirse a un subordinado de doce años–. Yo, en cambio, te digo que debes casarte con ella o, de lo contrario, verás si doña Mencía es capaz de confirmar la autoridad que la naturaleza y la voluntad de tu padre le dieron sobre ti. Debes casarte con ella, te digo, o...

—No amenacéis en vano –la interrumpió don Sylvio con un gesto y una resolución que la dejaron algo desconcertada–. Sé hasta qué punto me debo a vos y los límites de vuestros derechos sobre mí. Casaos vos con don Rodrigo Sánchez, nunca se me ocurrirá opinar que está mal, pero permitidme a esta edad en la que me encuentro rechazar una unión que bajo ningún concepto me resulta conveniente.

Al oír estas palabras, la anciana se inflamó.

—Te comprendo –exclamó ella y apretó unos cuantos dientes cariados que, como antiguos monumentos, sobresalían por aquí y por allá de su amplia boca–, veo toda la maldad del velado reproche que queréis hacerme, pero yo os desprecio a vos y a todo lo que podáis decir. ¿Pero cómo? ¿Qué un muchachito de vuestra edad va a saber mejor que yo lo que resulta conveniente o lo que no? Es inútil que me irrite. Si todavía eres demasiado inmaduro para apreciar el valor de mis desvelos por ti, no seré yo quien admita que tu insensatez te prive de una dicha que supera todo cuanto jamás pudieras haber esperado. Demasiado pronto intentas quitarte un yugo que puedo hacer más pesado o más ligero dependiendo de mi voluntad. Así pues, en pocas palabras, señor sobrino, estáis bajo mi tutela y yo sabré cómo conseguir que me obedezcáis*.

—Vuestra alocución –respondió don Sylvio furioso– demuestra que el pelo cano no siempre es un alcázar seguro de la sabiduría. Pero sabed que no soy ni lo suficientemente mayor ni lo suficientemente joven como para permitiros convertirme en víctima de vuestra ridícula pasión. Os libero de la obligación de velar por mi dicha. Y si desdeño a vuestra contrahecha Mergelina y los cien mil ducados con que queréis corromper mi amor, podéis creer que tengo mis razones (¡y sé de qué hablo, doña Mencía!), y que gracias a la protección de la que gozo, puedo despreciar toda amenaza con que pretendéis atemorizarme como a un pequeño pupilo.

Dicho esto, abandonó a toda prisa la habitación y salió al jardín, donde, fuera de sí por la indignación, anduvo de un lado a otro esperando impaciente a su fiel Pedrillo.

i Se ha mantenido en la traducción la incoherencia presente en el original en cuanto al uso de los pronombres personales y de la forma de tratamiento por parte de doña Mencía. En los momentos de mayor enfurecimiento utiliza en el original el Du [‘tú’], forma de tratamiento nada cortés.

71 Harpagón es el personaje principal de la obra L’Avare [El avaro] (1668) de Molière (1622–1673).

72 El texto original utiliza la denominación francesa que se daba a esta moneda española, pistole.