Capítulo IV Conjeturas de don Sylvio. Acuerda su huida con Pedrillo
Pedrillo, quien dijera lo que quisiera era tan fisgón como chismorrero, había escuchado desde una pequeña puerta lateral de la habitación toda la conversación que su señor había mantenido con doña Mencía.
Y cuando vio que el otro salía airado al jardín, lo siguió a hurtadillas y se encontró con él en un sendero entre castaños donde, con las manos a la espalda, volvía a ir a grandes zancadas de un lado a otro y hablaba consigo mismo en voz alta. Tenía un aspecto tan indómito que Pedrillo no se atrevía a acercarse a él. Sin embargo, en cuanto don Sylvio lo descubrió, lo llamó y dijo:
—Bien veo que temes mi reprimenda, pues si no hubiera sido por tus inoportunas preocupaciones, ahora estaríamos ya muy lejos de esta maldita casa, de la cual temo que difícilmente logremos escapar sin el amparo de la poderosa Radiante. Pero no te preocupes, amigo mío. Sé que tu intención no era mala y no soy tan injusto como para cargarte a ti la culpa de unos acontecimientos que solo cabe imputar a mi adverso destino y a la maldad de mis enemigos los hechiceros.
Dicho esto, lo tomó de la mano, lo llevó hasta un emparrado y, después de ordenarle que mirara por todos lados para cerciorarse de que estaban solos, le dijo en voz baja:
—Escucha, Pedrillo, voy a revelarte mis más íntimos pensamientos. Estoy totalmente convencido de que esta vieja raquítica que viste descender del carruaje con los dos engendros no es mi tía doña Mencía, pese a que en un primer instante también yo quedé confundido y la tomé por ella. Con toda seguridad es la malvada Perifollo, la cual ha adoptado su apariencia para destruir definitivamente los proyectos que la bondadosa Radiante ha concebido para mi dicha. Tengo indicios, Pedrillo, que no me dejan ninguna duda, pues, por muy bien que haya sabido fingir esta presunta doña Mencía, durante la conversación que mantuve con ella noté varias veces algo horrendo en su mirada que mi tía nunca ha tenido. En pocas palabras, pues no puedo extenderme demasiado ahora, en este punto no tengo la menor duda.
»Perifollo habrá tenido noticia de la transformación del Enano Verde y, para evitar que yo logre desencantar a la mariposa azul con la ayuda de la poderosa Radiante, ha venido aquí con el aspecto de doña Mencía para obligarme a un casamiento que yo rechazaría aunque aquella a la que me quieren imponer como esposa fuera tan bella como repugnante es en realidad.
—¿Así lo creéis, señor? –respondió Pedrillo, que lo había estado escuchando con gran atención–. Si os he de decir la verdad, yo mismo estoy por pensar que podríais tener razón, pues enseguida me di cuenta cuando la vi bajar que había algo que no cuadraba, y ahora que me habéis contado lo que pensáis, apostaría a que esta doña Amorfilina*, o comoquiera que se llame, pudiera ser la hermana del Enano Verde, si no, y Dios nos ampare, algo incluso peor. Pues faltaría a la verdad si dijera que no he visto en toda mi vida un niño cambiado tan feo73. Ahora lamento no haberle mirado enseguida los pies74, pero lo que sí que vi fue que tenía la cara y el cuerpo muy verdes, y que tenía una joroba y un par de orejas horriblemente largas.
—Con todas estas beldades –replicó don Sylvio–, exige nada menos que me case con ella.
p. 58—¿Que os caséis con ella? –exclamó Pedrillo–. ¿Casaros? ¿Casaros con un engendro como ese? Tendríais que haber perdido el juicio. Disculpadme, señor, que lo diga así, pues bien sé que no lo haréis. ¡Por todos los demonios! ¿Pero qué se cree esa cara de mona? ¡Sería una calamidad que un joven caballero tan apuesto acabara en los brazos de un pequeño dragón marino como ese! ¡Voto a tal que no pasará, doncella Amorfilina! Vete con tu música a otra parte o, si quieres casarte, cásate con el enano Migonete, ese te va mejor, ja ja ja75. ¡Eso sí que sería una pareja bien avenida! ¡Pardiez! ¡Si en la nariz de él se posa una docena de pinzones y jilgueros, como cuenta la historia, ella podría ponerse media docena de conejillos de Indias sobre su amplio pecho! ¡Eso sí que parecería bonito! ¡A ti la peste! ¡Claro que sí! ¡Una así solo puede casarse con tales carabollos! Dicen que es riquísima, pero, aunque se hiciera bañar en oro de la cabeza a los pies, yo no la querría, y eso que no soy más que un pobre rapaz. Menos dinero, doncella Perifollito, y más hermosura, o buscaos a quien se case con vos en otra parte, si sois tan amable.
El entusiasmo con que Pedrillo narraba estos disparates hacía reír a don Sylvio, a pesar de que no tenía ganas de ello. Mas como ya se extendía demasiado, lo interrumpió y dijo:
—Mi querido Pedrillo, la cosa es más seria de lo que quizá imaginas. Perifollo es una de las hadas más malvadas y vengativas que jamás haya existido, y su poder no es poco. Si es ella quien ha venido hasta aquí esta tarde transformada en mi tía para imponerme a esta monstruosa Mergelina…
—¡Pardiez! –lo interrumpió Pedrillo, a quien estas palabras de repente le hicieron cambiar el tono–. Si vuestra señora tía no es vuestra tía, sino, como habéis dicho, la maldita Perifollo, ¡que el cielo nos ampare! ¿Pues cómo pretendéis que nos defendamos de hechiceros y fantasmas?
—Escucha, amigo –dijo don Sylvio–, no hay otro remedio que marcharnos de casa esta misma noche.
—¿Esta misma noche? –exclamó Pedrillo atemorizado–. ¡Oh, señor, pensad lo que decís! Ya se sabe que la noche es capa de pecadores y, en estas circunstancias, mirad, no quisiera yo poner un pie fuera de casa, y aun si me dierais tantos doblones de a cuatro como pelos tengo en la cabeza. Que me lleve la Muerte si no nos topamos a cada paso con varios miles de fantasmas, dragones y puercoespines que nos corten el paso por todas partes. Os lo ruego, don Sylvio…
—Deja ya tus insufribles bufonadas –dijo don Sylvio–, ¿acaso no llevo conmigo el retrato de la princesa cuya sola visión bastará para imponer respeto a todos los monstruos de África? Y, de todas maneras, el hada Radiante nos garantizó su protección. Por cuanto parece, va a haber una preciosa noche despejada y, aun si la luna no brillara, no dudo que en caso de necesidad nos enviaría a una o varias de sus salamandras que nos iluminen el camino y nos protejan de toda persecución de la Perifollo. En pocas palabras, amigo Pedrillo, si me aprecias, ayúdame en este mi propósito, pues si no aprovechamos esta oportunidad para huir, solo el Cielo sabe si volveremos a encontrar una nueva. No dudes que sabré mostrar mi agradecimiento. No prometo más de lo que puedo cumplir, pero, una vez que haya encontrado a mi princesa, puedes contar con que tu dicha será completa. Si, en cambio, no me acompañaras, ten por seguro que prefiero ir solo, incluso sufrir mil veces la muerte, a quedarme una noche más en este maldito castillo.
Pedrillo era, pese a sus miedos, el zote con el mejor corazón del mundo, se le saltaron las lágrimas al escuchar hablar así a su señor y, finalmente, se dispuso a acompañarlo, a pesar de todos los fantasmas, Perifollos y Amorfilinas, a la hora de la noche que él determinara.
i Pedrillo trabuca el nombre de doña Mergelina y hace un juego de palabras despectivo. En el original la llama Schmergelina, transformando el comienzo del nombre mediante el verbo schmergeln, que significa ‘apestar a grasa quemada o en mal estado’. Jugando con el adjetivo amorfo, traducimos el nombre trabucado como ‘Amorfilina’.
73 Referencia a la tradición celta de los changelings o niños cambiados, habitualmente hijos de un hada o de un troll, elfo o cualquier otra criatura del mundo feérico, y que estos dejaban en el lugar de un niño humano, que pasaba a convertirse en su sirviente. En el folclore alemán esta criatura se conoce como Wechselbalg, que es el término que emplea Wieland, y sus padres pueden ser una enana, un espíritu del agua o el propio diablo. El pintor suizo Heinrich Füssli realizó una representación de esta criatura en su cuadro Der Wechselbalg, de 1781.
74 Según la creencia popular, las brujas tenían los pies planos o garras en lugar de dedos en los pies.
75 En el cuento «La gata blanca» de Madame d’Aulnoy, aparece un enano llamado Migonete al que describe de la siguiente forma: «Jamás, desde que existen enanos, se ha podido ver otro tan bajito. Andaba con sus patas de águila y arrastrándose con las rodillas al mismo tiempo, pues no tenía huesos en las piernas, de suerte que se sostenía con dos muletas de diamante. Su manto real no tendría más de media vara de largo y arrastraba más de un tercio. Tenía la cabeza tan gorda como un cañón y su nariz era tan grande que llevaba en ella una docena de pájaros, cuyo gorjeo le divertía» (El cuarto de las hadas, Siruela, 1991, p. 32).
