Capítulo VI Don Sylvio se ve transportado a los jardines del hada Radiante. Singular quid pro quo resultante de ello. Consecuencias desagradables del mismo
Nuestro pequeño grupo o, al menos, las damas, que componían el alma del mismo, encontraron tan agradable el paseo que la noche los sorprendió sin que se dieran cuenta.
En efecto, era una noche que parecía hecha a propósito para amparar el amor, una noche tan agradable y despejada que la casta Diana no habría podido escoger una mejor para dormir al hermoso Endimión, o la diosa del amor para hacer feliz a su Adonis.
La afectuosa doña Mencía y su Eneas se retiraron discretamente a un cenador de frondoso follaje, a pesar de que el interior estaba bastante oscuro77, y la no menos afectuosa Mergelina estrechaba la mano de su acompañante con una vehemencia que resultaba más adecuada para demostrar la fuerza de su pasión que la levedad de su mano, con la intención de despertarlo de una ensoñación a la que se había abandonado desde hacía ya un buen rato.
No menos conmovido que los demás por las beldades de la dormitante naturaleza que, a la luz crepuscular de la luna, como en un camisón de noche de velo transparente, parecía yacer con impasible elegancia, el ensimismado don Sylvio había olvidado dónde estaba y a quién tenía a su lado. Imaginó que lo habían trasladado a los jardines encantados del hada Radiante, creía caminar bajo senderos cubiertos por una bóveda de jazmín etéreo y de rosas que jamás se marchitaban. Las estrellas se le antojaban salamandras y salamandrinas que se divertían sobre el azul del cielo con unas contradanzas. Y las ranas, cuyos sonidos se escuchaban procedentes de un foso cercano, eran en sus oídos voces cautivadoras que cantaban la fama de su incomparable princesa y la dicha de su amor. En definitiva, estaba tan fuera de sí que, en el momento en que la bella Mergelina le hizo notar el peso de su mano, creyó ver a su lado a su amada princesa.
—¿Cómo? –exclamó fascinado–. ¿He de creer a mis ojos? ¡Dioses! ¿Es un sueño con el que mi anhelante corazón se burla de mí o estoy viéndoos de verdad, hermosa princesa? ¿Y la fuerza de mi pasión le ha ganado la partida al poder de una detestable hechicería y os ha devuelto esta divina apariencia cuyo deslumbrante fulgor suple al ausente sol y extiende un nuevo y hermoso día por encima de la embellecida naturaleza?...
En este tono de la más sublime exaltación continuó durante un buen rato declamándole a la sorprendida Mergelina cosas de las que esta no entendía lo más mínimo, sin que ello impidiera que la conmovieran. Por lo menos sí notaba por el tono y la vivacidad con la que él las decía que el discurso trataba de sentimientos fervorosos y, puesto que solo conocía el lenguaje del mundo elegante por los libros de caballerías y novelas de estilo ampuloso, y además ya había oído las opiniones más favorables sobre la educación de don Sylvio, fácilmente se persuadió de que este era el bello modo en que la gente de alcurnia y refinada solía declarar su amor. Y la idea de que quizá simplemente quisiera burlarse de ella, por muy probable que le hubiera resultado a otra persona, era de manera natural la última de todas las que podían venírsele a la mente a una muchacha de su especie. Así que lo escuchaba sin interrumpirlo con creciente deleite, pues esperaba que las bellas cosas que él le decía y que ella en verdad le habría concedido con gusto al final desembocaran en ciertas declaraciones de las que había obtenido alguna idea gracias al trato a escondidas con un joven mercader de su vecindad, un muchacho muy antiplatónico, y que en realidad cuadraban mejor con los deseos que la apremiaban que las declaraciones de amor más sublimes. Para no permanecer mientras tanto inactiva, y dado que era su intención precipitar estos anhelados momentos, se arrimó a él con gesto cariñoso, se llevó la mano de él al pecho, que de dulce anhelo se elevaba hasta la garganta, y las vidriosas pupilas daban vueltas con tal rapidez que se tornaron eléctricas y resplandecían como los ojos de un gato en la oscuridad.
p. 61Sin embargo, bien porque la capacidad imaginativa de nuestro héroe estaba agotada por el profuso galimatías con que había saludado a su supuesta princesa, bien porque no había ofuscación, exaltación o encantamiento lo suficientemente intensos como para sobrellevar la visión directa de doña Mergelina, apenas hubo lanzado una mirada a su compañera mientras salían de la espesura y alcanzaban un claro, cuando retrocedió espantado con un sonoro grito y una mirada de espanto no menor por parte de ella, como aquella con la que la princesa Feuchilla encontró enredada entre sus brazos a la horrible serpiente verde en lugar de a su esposo, a quien había creído más hermoso que el dios del amor78.
—¡Por todos los cielos! ¿Qué veo aquí? –exclamó estupefacto–. ¡Qué horrible transformación! ¡Ja! Maldita Perifollo, ¿es que el hostigamiento a que me has sometido no ha logrado saciar todavía tu injusto odio? ¿Qué te he hecho yo para que en el momento en que creía abrazar a mi amada princesa pusieras en su lugar a esta repugnante enana con cuyo abrazo y sin la caritativa luz de la casta diosa quizá me hubiera convertido yo mismo en un engendro o me hubiera quedado petrificado por la visión de la Medusa79? Mas no creas que voy a dejar sin venganza una afrenta tal. Habla tú, pequeña alimaña a medio hacer, ¿dónde está mi princesa? Tu vida depende de tu respuesta. Conozco las ridículas pretensiones que tienes sobre mi corazón, pero has de saber que, a pesar de todas las Perifollos y Enanos Verdes, te aplastaré bajo mis pies como a un gusano si no la devuelves de inmediato a mis brazos...
A quien se le cayó el cielo encima con estas palabras fue a doña Mergelina. El tono furioso con que las pronunció y los gestos amenazantes de que venían acompañadas la atemorizó de tal manera que lanzó un grito pavoroso, el cual hizo que doña Mencía y el noble Rodrigo no tardaran en acudir con tanta rapidez como permitía la conversación en la que andaban.
No costará figurarse cuánto les sorprendió lo que allí vieron y oyeron. El estado en que encontraron al iracundo don Sylvio y la narración de cuanto había sucedido que les hizo la ofendida beldad entre un mar de lágrimas, los llevaron a concluir que debía de estar loco. Y las palabras con las que siguió arremetiendo contra todos ellos en el calor de su agitación no hicieron sino confirmar sus sospechas.
Entretanto, también los sirvientes de la casa acudían al escándalo que producía la escena y la conclusión de todo ello fue que llevaron a don Sylvio, pese a la valiente resistencia que opuso, atado de pies y manos a su alcoba.
Le quitaron las ropas, lo llevaron a la cama y encargaron al fiel Pedrillo que cuidara de él mientras doña Mencía estaba ocupada en su pequeña botica preparándole unos polvos calmantes y se enviaba a la presurosa Maritornes a traer al barbero, que debía realizarle una sangría80.
77 Se narra en la Eneida (siglo i a.C) de Virgilio (70 a.C–19 a.C) que Eneas, a su paso por Cartago, durante una cacería se perdió en un bosque junto con la reina Dido, que se había enamorado de él. Al iniciarse una tormenta, los dos buscan refugio en una gruta, donde se convierten en amantes.
78 Princesa del cuento «El serpentino verde» de Madame d’Aulnoy. Feuchilla y Hermosona son dos hermanas que reciben estos nombre en la colección de cuentos anteriormente mencionada.
79 Medusa, una de las tres gorgonas en la mitología griega, era un ser que convertía en piedra a todo aquel que la mirara.
80 La práctica de la sangría, basada en la teoría de los cuatro humores y usual hasta el siglo xix, era un tratamiento médico por el cual se extraía sangre del paciente para equilibrar dichos humores. La podía realizar tanto un médico como un barbero.
