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Capítulo VII Don Sylvio vuelve en sí. Conversación con Pedrillo. Con qué mañas piensa este embaucar a la presunta Perifollo

Con la misma intensidad con que los accesos de locura acometían en ocasiones a don Sylvio, a igual velocidad desaparecían si tenían su sustancia principal en aquella parte del alma que el excelso Platón había emplazado entre el pecho y el diafragma81.

Así, apenas llevaba unos minutos a solas cuando volvió en sí y se sorprendió no poco de verse en su alcoba y en su cama.

Finalmente descubrió en un rincón a Pedrillo, quien, al percibir el primer movimiento de su señor, se había agazapado por temor a que fuera a tener un nuevo acceso de locura.

—¿Estás aquí, Pedrillo? –le dijo don Sylvio con un tono suave en la voz mientras le alcanzaba la mano–. Ya creía que tú también me habías dejado. Pero tienes buen corazón y no te arrepentirás de mostrar tanta lealtad hacia mí.

Pedrillo lloraba de alegría al oír hablar de aquella manera tan calmada y razonable a su joven señor, al que había tomado por loco, y le demostró su alegría con las expresiones más vivas que con las prisas pudo encontrar.

—No comprendo ni lo que me dices –contestó don Sylvio– ni lo que me ha pasado. No hace ni siquiera seis minutos que me encontraba en los jardines de la reina de las salamandras. ¿Puedes decirme cómo he llegado hasta aquí y quien me ha atado de esta manera de pies y manos?

—¡Dios nos ampare! –exclamó Pedrillo asustado–. ¿Y qué decís de salamandras y de la reina, a quien vos ciertamente habéis visto tan poco como yo a mi bisabuela? ¿Es que ya no sabéis lo que os ha ocurrido? Pero claro, han tratado de tal manera a vuestra merced que no es maravilla que hayáis desfallecido. Andaba yo sacando de casa a hurtadillas mi hato cuando escuché el alboroto en el jardín. Lo lancé rápidamente tras un arbusto y corrí tanto como pude para ver de qué se trataba, pues me parecía escucharos gritar, mas llegué demasiado tarde. El condenado populacho gritaba a una sola voz que estabais, si me dais vuestro permiso para decirlo, mal de la cabeza, o incluso loco, se lanzaron encima de vos y os ataron sin que yo pudiera impedirlo. ¡Al diablo con todos ellos! Veo ahora que era todo mentira y que podéis hacer tanto uso de vuestros cuatro sentidos como cualquier otro buen cristiano.

—Escucha, Pedrillo –replicó don Sylvio–, aunque libérame primero de esta atadura, ya no la soporto más… Si esta tarde tenía la corazonada de que bajo la llegada de esta vieja que dice ser mi tía se escondía un enigma, ahora estoy seguro de lo que he de pensar de todo este asunto. Me han sucedido cosas asombrosas desde que nos despedimos en el jardín, pero ahora mismo ni siquiera puedo susurrártelas. Aquí no estamos seguros y sabe Dios lo que todavía nos llegará si no intentamos salvarnos mediante una pronta huida.

—Pero ¿cómo podremos hacerlo? –contestó Pedrillo–. Todavía están todos levantados y la señora, la vieja bruja quería decir, llegará en cualquier momento para daros, tal como dijo, unos polvos caramelizantes*.

—¿Acaso quieres decir unos polvos calmantes? –lo corrigió don Sylvio.

—Lo mismo da cómo se llamen –dijo Pedrillo–. Si vuestra merced acepta mi consejo, no seréis tan bisoño como para tragároslos. De los malvados nunca se puede esperar mucho bueno. Podría ser que os diera también veneno para ratones o uñas machacadas como si fueran ojo de cangrejo en polvo82.

—Eso es lo que menos me preocupa –respondió don Sylvio–. Podría imaginarme más bien que se propone suministrarme una pócima de amor para avivar mi pasión por esa fea enana, quien, ni yo mismo lo sé, es su hija o su sobrina. Pero te lo ruego, Pedrillo, amigo mío, piensa un medio para que pueda yo escapar esta noche sin toparme con la vieja ni con la joven, pues te aseguro que esta jugarreta me ha afectado hasta tal punto que no me resultaría posible mantener la calma si las viera.

p. 63—¿Sabéis qué? –dijo Pedrillo tras haber reflexionado un buen rato–. La señora hada Rademante sería la que mejor podría sacarnos de este atolladero. Si tan buena amiga vuestra es como dice ser, ¿por qué no viene y nos libera de las garras de esta vieja alcahueta? Al menos podría enviarnos un carro volador o el sombrero del príncipe duende, o algo así, para que así podamos escapar más pronto83. Pero así es como lo hacen estos grandes señores y damas. Mientras no necesitáis nada, os prometen montañas de oro, ¡pero ay de quien confíe en ello! Cuando más se les necesita, no se les encuentra por ninguna parte. Estoy dispuesto a apostar lo que sea a que cuando estemos transformados en escorpiones o dragones, se presentará al instante y nos mostrará su compasión, y le echará la culpa al destino o a la constipación* de las estrellas.

—No hables de manera tan insensata –lo interrumpió don Sylvio–. ¿Acaso crees que las hadas no tienen nada mejor que hacer que quedarse a la espera hasta que a ti se te venga a las mientes que nos socorran? Estoy seguro de que Radiante no me negará su auxilio cuando no seamos capaces de salir solos de un apuro. Mientras tanto, debemos poner de nuestra parte y pensar en la forma de...

—Bien, bien –lo interrumpió Pedrillo–, oigo a la vieja bruja en la escalera, la situación es delicada... ¡Hum! ¡Se me ocurre algo! Echaos de lado y haced como si durmierais. ¡Así! Roncad un poco y del resto ya me ocupo yo.

Apenas hubo dicho estas palabras cuando entró a la alcoba doña Mencía con sus polvos y un vaso de agua en la mano.

—¿Cómo se encuentra don Sylvio? –le preguntó a Pedrillo, que fue a su encuentro de puntillas–. No pensaba ausentarme tanto tiempo, pero me...

—No habléis tan alto –le susurró Pedrillo–, mi joven señor hace ya un buen rato que se ha quedado dormido y ya sabéis que no conviene despertar al león que duerme. El descanso le va mejor ahora que todos los polvos y electuarios del mundo.

—¿No ha vuelto a tener ningún ataque desde que estás a solas con él? –preguntó la anciana.

—No, señora Perifollina –respondió Pedrillo mirándola ora a la frente, ora a los pies–, él...

—¿Qué has dicho? –lo interrumpió doña Mencía–. ¿Cómo me has llamado, majadero? ¿Qué quieres decir?

—Oh, ruego a vuestra merced mil disculpas –respondió Pedrillo temblando–, se me ha escapado sin pensar. A veces pasa que uno dice una cosa por otra. Solo quería decir que lo mejor sería que vuestra merced dejara dormir a mi joven señor, pues no ha pasado ni medio cuarto de hora desde que gritó: «¡Pedrillo!». «Señor», le respondí yo, «¿queréis algo?». «Escucha, Pedrillo», me dijo él, «no sé qué me pasa, pero estoy tan agotado como si me hubieran partido por la mitad todos los miembros del cuerpo. Pero creo que, si me dejaran dormir, me sentiría pronto mucho mejor», dijo. Y después se echó de lado y se durmió. ¿No oís cómo ronca?

—Duerme –dijo doña Mencía tras echar un vistazo detrás de la cortina–. Me complace que se haya tranquilizado. No lo despiertes, pero si se despierta por sí solo, dale estos polvos. Seguro que le irán bien. Mientras tanto ya viene el barbero que le hará la sangría, pues no se pueden tener nunca las suficientes precauciones. Seguramente se ha dormido solo de agotamiento y puede que la fiebre vuelva con más fuerza cuando se despierte.

—Yo creo –dijo Pedrillo– que vuestra merced puede echarse a dormir tranquilamente. Espero que lo peor haya pasado ya. Mientras tanto, permaneceré cuidando de él, pero no voy a permitir que lo despierten, y aun si viniera el barbero de Bagdad en persona84. Puede ayudarme a cuidarlo. De todas maneras, si mi joven señor volviera a perder el seso, siempre es preferible que seamos dos para vigilarlo.

p. 64Doña Mencía se dio por satisfecha con esto y salió de la alcoba de su sobrino para tranquilizar a los invitados, los cuales no habían mostrado poca preocupación por su desmayo, con la noticia de que se encontraba ya mejor.

—Qué miedo me has dado –dijo don Sylvio una vez que volvieron a estar solos–. ¿Cuándo aprenderás a ser dueño de tu maldita lengua? ¿Puede haber algo más imprudente y necio que decirle a la cara que la tienes por el hada Perifollo?

—No os enojéis, señor –respondió Pedrillo–, tendréis que admitir que he corregido mi error al instante, y eso no lo hace cualquiera. El que tiene boca, se equivoca, quiero decir que el mejor escribano echa un borrón, pero igual que he escuchado decir a menudo a la señora que el mejor general es aquel que comete más errores... ¡no!... el que mejor... aquel cuyos errores... Ya no lo recuerdo, pero era algo con errores y vendría aquí muy bien al caso...

—Creo que estás hablando en sueños –lo interrumpió don Sylvio–. ¿Pero qué cantidad de disparates endemoniados vas soltando sin tener en cuenta que tengo ahora mismo cosas más importantes que hacer que escuchar tus sandeces? Vete y, mientras yo me visto, baja a hurtadillas a ver si se acuestan. Debemos, en la medida de lo posible, intentar escapar antes de que llegue el barbero, de lo contrario nos retendrán aquí y todo estará perdido.

—Ahí está el problema –replicó Pedrillo–. Maritornes hace ya más de una hora que salió y, si lo ha encontrado en casa, puede llegar en cualquier momento.

—No perdamos la esperanza –dijo el joven caballero, que ya estaba casi vestido–, ve y haz lo que te he ordenado, y cuando consideres que todo está en silencio, sin hacer ruido sal al jardín por la pequeña escalera lateral y espérame junto al palacio verde, donde es más fácil trepar por el muro del jardín, pues allí está medio derruido.

—¿Dónde tenéis vuestra llave? –preguntó Pedrillo–. Ah, sí, ahora me acuerdo, en el jardín os quitaron todos los objetos de hierro que os encontraron, espada, cuchillo, llave, incluso vuestro sacacorchos, por miedo a que les causarais algún daño o incluso a vos mismo.

—Bien, bien –dijo don Sylvio–, vete y espérame junto al palacio verde, no podemos perder ni un momento.

Pedrillo obedeció y, tras casi un cuarto de hora, don Sylvio, cuya alcoba daba al jardín, lo vio tomar un largo sendero de naranjos amargos que llevaba hasta el palacio verde. Se disponía ya a seguirlo cuando se percató de que no tenía espada. Salir de aventuras sin espada le parecía algo indecente para lo que no había disculpa. «Aunque puedo confiar», pensó, «en que en caso de necesidad el hada Radiante me daría una de diamante, podría parecer un acto de cobardía si no empuñara más que un arma hechizada». Finalmente se acordó de un viejo sable de caballería que había, entre otras antiguallas, en un trastero no muy lejos de su alcoba y que parecía haber prestado pocos servicios desde los tiempos del rey Fernando el Católico85. El peso de este venerable acero hizo que la necesidad de servirse del mismo le resultara muy enojosa. Pero, puesto que no encontró otra solución, se armó con aquel con el propósito de cambiarlo por otro más manejable en cuanto fuera posible.

El silencio total que reinaba en la casa le confirmó que todos se habían marchado ya a la cama. Se escabulló así sin temor hacia el jardín, donde a Pedrillo cada segundo de retraso le parecía una hora, tal era su temor a que el regreso de Maritornes llevara a que se descubriera demasiado pronto su huida. Esto y la preocupación por lo que en este caso pudiera esperarse de la venganza del hada Perifollo había disipado en él todos los demás miedos.

Con todo, la buena fortuna de nuestro joven caballero ya había tomado en consideración esta contrariedad. Maritornes, que, o temía a los fantasmas, o no quería poner en peligro su hermosa figura sola en mitad de la noche, le había permitido a su amante, el criado, que la acompañase. Por el camino, esta tierna pareja se había dejado persuadir por la amenidad de esta cautivadora noche para acomodarse en un pequeño soto. ¿Qué podemos decir? ¿La ocasión era idónea? ¿Los amantes, impetuosos? ¿La hermosa muchacha, débil? Resumiendo, hicieron lo que el mismo Júpiter tantas veces había hecho en tales circunstancias86. La buena de Maritornes olvidó que debía traer al barbero y no se acordó hasta que el sol de la mañana la despertó del dulce duermevela en que una placentera extenuación la había acunado en este soto junto a su compañero.

i En el original, Pedrillo confunde Temperier-Pulver (‘polvos calmantes’) con Terpentin-Pulver (‘polvos de trementina’), que hemos optado por traducir como ‘polvos caramelizantes’.

ii Trastoca de nuevo aquí Pedrillo palabras, en este caso Konstellation (‘constelación’) y Konstipation (‘constipación’).

81 En el mito del carro alado (Fedro, sección 246ª–254e, c. 370 a.C), Platón (387 a.C–347 a.C) distinguía tres almas: el alma racional, ubicada en el cerebro e inmortal; el alma irascible, situada en el pecho, mortal y donde se alojan las pasiones nobles; y el alma concupiscible, también mortal, situada en el abdomen y que representa las bajas pasiones.

82 Las uñas machacadas y los ojos de cangrejo eran remedios de la medicina antigua para diferentes males. Los ojos de cangrejo son «piedras que se crían en el ventrículo de los cangrejos al tiempo que han de mudar su concha» (Manuel Hernández de Gregorio, Diccionario elemental de Farmacia, Botánica y Materia Médica, Madrid, 1803, p. 134). El Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española, en su versión de 1823, decía además que «son muy usadas en la medicina para endulzar los humores acres, y para purificar la sangre y detener los vómitos y desconciertos».

83 Remitimos a la nota 47.

84 Referencia a una de las historias recogidas en los cuentos de Las mil y una noches («Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad»).

85 Fernando II de Aragón (1452–1516), rey de Aragón (1479–1516), de Castilla (1474–1504), de Nápoles (1504–1516), de Cerdeña (1479–1516) y de Navarra (1512–1515). Fue también regente de la corona castellana entre 1507 y 1516 debido a la inhabilitación de su hija Juana, fruto de su matrimonio con Isabel de Castilla. Nótese la similitud con las armas llenas de orín a las que recurre don Quijote para su primera salida.

86 Alusión a las numerosas aventuras amorosas del dios Júpiter, equivalente romano del dios Zeus de la mitología griega.