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Capítulo I Fuga clandestina de nuestros aventureros. Disputa surgida entre ellos por causa de un árbol que Pedrillo toma por un gigante

Pasaba aproximadamente media hora de la medianoche cuando don Sylvio, entre numerosos suspiros de fervor dirigidos a la soberana de su corazón, emprendió su aventura en compañía de su fiel y bien pertrechado Pedrillo. El pequeño Tintín, que, atendiendo a las órdenes del hada, tomaba parte en todo ello, saltaba alegremente por delante de ellos y los guiaba –sea por puro instinto o por el impulso secreto de alguna hada– por el mismo camino en el que don Sylvio había encontrado el retrato de su princesa. Pedrillo hacía muchas objeciones y argumentó que tendrían un camino más cómodo siguiendo la orilla izquierda del Guadalaviar, el cual discurría junto al bosque. Sin embargo, don Sylvio insistía en que no quería otro guía que no fuera Tintín, del cual comenzaba a sospechar que quizá pudiera ser alguna especie de hada o, al menos, de animal racional. Así, Pedrillo tuvo que ceder, a pesar del gran temor que sentía al andar de noche por un bosque en el que su fantasía transformaba todo cuanto veía en fantasmas. Lo peor fue que, cuando apenas llevaban una hora caminando, el cielo comenzó a cubrirse de nubes que les dejaban la claridad justa para poder abrirse camino entre la maleza, y ello pese a que no era de lo más frondosa.

Estas circunstancias contribuyeron a confundir por completo la imaginación del pobre Pedrillo. De repente le vinieron a la mente todas las historias de fantasmas que había escuchado desde su niñez, a cada instante creía ver algo sospechoso y temblaba al percibir el mínimo ruido que oía, igual o incluso más que un diablo de Klopstock87.

—Castañeteas como si tuvieras fiebre –dijo finalmente don Sylvio, quien ya hacía tiempo que había notado de qué pie cojeaba.

—Por el amor de Dios, señor –balbució Pedrillo, al mismo tiempo que lo agarraba de la casaca–. ¿Es que no veis nada?

—Yo veo árboles, tan bien como pueden verse en esta oscuridad –respondió don Sylvio.

—¡Que Dios nos ampare! –dijo Pedrillo jadeando–. ¿Es que no veis al terrible gigante que allí sobresale de la tierra, allí a mano izquierda? Se va haciendo cada vez más grande y extiende, me parece, por lo menos cien brazos en dirección a nosotros, ¿lo veis? Está cada vez más cerca...

—Creo que no estás en tus cabales –respondió don Sylvio–. Abre mejor los ojos y avergüénzate de confundir un árbol con un gigante.

—Dios quiera que no sea algo peor que un gigante –replicó Pedrillo–. ¿Un árbol decís? ¿Desde cuándo tiene un árbol pies y brazos?

—Te digo, alma de cántaro –contestó don Sylvio–, que es un árbol. Lo que tú consideras brazos son sus ramas, parece cada vez más grande porque el suelo por el que avanzamos tiene algo de pendiente y se nos acerca cada vez más porque nos dirigimos hacia él. Si tanto miedo tienes que ves gigantes donde hay encinas, me gustaría saber por qué tomarás a los verdaderos gigantes con los que quizá nos topemos. Por lo que a mí respecta, te juro que todos los árboles de este bosque podrían tornarse en gigantes sin que yo les tuviera ningún miedo.

—Os lo ruego, mi estimado señor –replicó Pedrillo–, no habléis tan alto. Se me ponen los pelos de punta cuando os oigo hablar así. Los gigantes podrían tomaros la palabra. Creedme, señor, uno solo de ellos podría daros batalla de sobra. Os lo ruego por el amor de Dios, alejaos de él y no le hagáis nada. Qué lástima de juventud sería la mía. El ogro no haría ninguna distinción y yo pasaría a mejor vida, a pesar de lo inocente que soy siempre.

—Ya sabía yo—respondió don Sylvio riéndose– que lo único que te importa es tu pellejo. Pero no te preocupes. El hada Radiante te nombró abiertamente mi compañero, y así estás tanto bajo su protección como yo. Te lo repito, aun si cada árbol de este bosque se transformara en un gigante y de cada hoja surgieran jóvenes faunos, no tendríamos de qué preocuparnos. ¿Acaso no ves que tu gigante no es ni más ni menos que lo que yo te he dicho? Estamos ya muy cerca y si no quieres creerte que es un árbol, una encina te digo, una encina de madera de encina, tan buena como nunca haya podido ser una encina, voy a arrancarle una rama como prueba.

p. 66—Ay, mi querido señor –exclamó Pedrillo mientras le tiraba del brazo–, no lo hagáis, os lo ruego. Por el amor de Dios, dejadlo, y no hagáis de nosotros unos desgraciados con vuestra temeridad. Puede que ahora sea una encina o un tilo, pero yo he visto con mis ojos que era un monstruoso gigante, y no quiero decir precisamente un gigante, Dios sabe lo que ha podido ser. Pero sí sé lo que he visto. El diablo, ¡que Dios nos ampare!, tiene mil artes y tan bien puede...

—¿Sabes, Pedrillo –lo interrumpió don Sylvio–, que estoy cansado de tus estúpidas ocurrencias? Por todos los demonios, creo que quieres hacer de mí un don Quijote y convencerme de que vea gigantes en vez de molinos. ¡Mira lo que hago yo con tu gigante! –y con estas palabras desenvainó su espada y de un golpe arrancó una rama de considerable tamaño.

En un primer instante, Pedrillo se asustó tanto ante esta osadía que a punto estuvo de desplomarse. Mas cuando vio que no tenía consecuencias graves, volvió a recobrar el ánimo.

—No hubiera dicho –le dijo a nuestro héroe– que teníais tanto valor, señor don Sylvio. Creo, y que Dios me perdone, que seríais lo suficientemente osado como para aliaros con el diablo y su abuela. Pero no cantemos victoria antes de tiempo. ¿No veis que fluye sangre de la rama?

—Míralo tú mismo –dijo don Sylvio alcanzándole la rama– y admite que eres el zote más ridículo que jamás haya visto. ¿De dónde sacas todas esas supersticiones que dices?

—Lo que he dicho, señor, no es, ¡por mi alma!, tan absurdo como pensáis. He leído muchas más cosas así, y lo que ya ha sucedido una vez puede ocurrir de nuevo. Por ejemplo, me acuerdo ahora de cierto príncipe trajano*, ya no sé si Coridoro o Isidoro, pero algo había de doro en el nombre, que fue transformado en ciprés por un hechicero mahometano, y cuando el papa Eneas Silvio, ya no sé por qué, quiso hacerlo talar, con cada golpe brotaba sangre, sangre fresca, tan roja como era posible ver. La gente quedó espantada, como podéis imaginar. Pero el papa Eneas, que al punto notó que debía de esconderse allí algún misterio, ordenó que continuaran talándolo, ¿y qué creéis que pasó? Se escuchó una voz que salía del árbol, una voz quejumbrosa que decía que era el alma de Isidoro, o como se llamara, y contaba qué le había sucedido, y cómo el infiel hechicero lo había transformado en un árbol sin haberle dado la posibilidad de confesarse o de prepararse antes, y rogaba a todas las almas cristianas allí presentes, con tal encarecimiento que todos se echaron a llorar a lágrima viva, que rezaran por ella varias docenas de avemarías para aliviar su sufrimiento88.

—He de reconocer –dijo don Sylvio una vez que Pedrillo hubo terminado con su relato– que tu erudición es sorprendente, Pedrillo. Y en lo que respecta al don de la narración, apuesto mi castillo y todo lo que poseo a que ni en Salamanca ni en ninguna otra universidad de España hay un bachiller que pueda rivalizar contigo. Los desafío a todos a que relacionen como tú has hecho a un príncipe troyano con el papa Eneas Silvio, o Pío II, pues les resultaría un infierno, donde es seguro que no terminó Eneas Silvio, pues fue uno de los más piadosos y eruditos de todos los que han estado al frente de la Iglesia.

—Diga vuestra merced lo que quiera –respondió Pedrillo–, pero lo diga en serio o no, os aseguro que en este punto, aunque no tengo estudios, no le temo a nadie, sea quien sea, y aunque sea tres veces bachiller o incluso doctor en cada una de las siete facultades89. No tenía yo ni ocho años y ya me sabía de memoria todas las historias de Ovidio Naso y todas las fábulas de la crónica de Florián90. Vaya, ¿a que esto no lo habríais sospechado de mí? Pero yo tenía una memoria de elefante y nuestro anciano cura, ¡que Dios lo tenga en su gloria!, muchas veces le decía a mi madre que, si me dejaran estudiar, un día podría, si Dios así lo quería, llegar a ser obispo o incluso vicario general. Quién sabe qué habría pasado si el señor padre de vuestra merced no me hubiera llevado al castillo cuando mi abuela me iba a llevar a casa de su hermano, que por aquel entonces era sacristán en un pueblo no muy lejos de Toledo y al que, según decía la gente, el arzobispo tenía en gran consideración. No penséis que quiero decir con esto que salí perdiendo con este cambio. Al buen varón, tierras ajenas su patria le son. Vuestra merced sabe que yo, por decirlo así, os he servido de manera fiel y honrada desde que erais un niño y estoy seguro de que haréis de mí un hombre afortunado una vez que, ¡Dios quiera que sea pronto!, hayamos encontrado a nuestra princesa, pues, aunque sois un noble tan noble como cualquiera del orbe cristiano, estoy seguro de que seréis tan fiel a vuestra palabra como si no fuerais más que un campesino.

El bueno de Pedrillo continuó hablando de esta guisa durante un buen rato sin que su señor, que andaba sumido en otros pensamientos, le prestara la más mínima atención. Pedrillo parloteaba igual que los niños suelen cantar en la oscuridad, pues todavía tenía tanto miedo que estaba sudando, y no había ningún santo en el calendario a quien él mismo no hiciera un voto si le permitía volver a ver la luz del día vivo e indemne

i Pedrillo confunde Trajanisch (‘trajano’) con Trojanisch (‘troyano’).

87 Wieland se refiere a la obra Der Messias (1748) [El mesías] de Friedrich Gottlieb Klopstock (1724–1803), en la que aparece el Diablo con su cohorte infiernal.

88 En este pasaje Pedrillo probablemente confunde a Eneas en su aventura con la sombra del príncipe Polidoro con el Papa Pío II, que antes de su papado era conocido como Eneas Silvio Piccolomini (1405–1464). El resto de imaginería es propia de los relatos caballerescos, que Pedrillo probablemente ha escuchado o incluso leído.

89 Pedrillo confunde las siete artes liberales (el Trivium y el Quadrivium medievales) con las facultades.

90 Wieland alude a Publio Ovidio Nasón, el famoso autor latino de las Metamorfosis, y a la obra Epitomae de Tito Livio bellorum omnium annorum DCC Libri II [Dos libros con ejemplos de todas las guerras de Tito Livio de hace 700 años] (siglo i d.C) de Lucio Anneo Floro (siglo i d.C), autor de la época del emperador Adriano (76–138 d.C.), si bien su autoría sobre la obra completa ha sido discutida. También podría referirse Pedrillo a Florián de Ocampo (1499–1558), cronista del emperador Carlos I e historiador que escribió La Crónica General de España (1543), que abarcaba en cuatro volúmenes la historia desde la creación del mundo hasta la dominación romana de España, todo ello plagado de invenciones y leyendas. Diez años después se publicó un quinto volumen y la obra, pese a ser continuada por Ambrosio de Morales (1513–1591), quedó inconclusa.