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Capítulo II Insólita aventura con la salamandra y la rana de la charca

Entretanto, nuestros aventureros, pese a la creciente oscuridad, se habían abierto paso por el bosque hasta avistar un claro cuya visión fue un verdadero regocijo para el pobre Pedrillo. Así, se desvió de inmediato hacia allí y su alegría aumentó no poco al observar a cierta distancia una luz que tomó por un indicio de que en aquel paraje debía de haber una posada o una hacienda donde pudieran esperar hasta que rompiera el día.

Sin embargo, su regocijo se transformó rápidamente en temor y espanto cuando vio que de repente esta luz venía a su encuentro y que se volvía ostensiblemente más grande. Don Sylvio, por el contrario, apenas si la percibía cuando comenzó a gritar de alegría:

—¿Ves, Pedrillo, que no eran en vano mis esperanzas cuando confié en la protección de la gran Radiante?

—¿Qué es lo que he de ver, señor? –preguntó Pedrillo.

—Debes de estar más ciego que Tiresias si te atreves a preguntar. ¿Acaso no ves la salamandra que se acerca a toda prisa hacia nosotros con todo el reluciente esplendor de los habitantes del más puro círculo de fuego91?

—Una salamandra –exclamó Pedrillo–. ¿Pero dónde está, si se puede saber? Pues no veo más que un hombre de fuego que seguramente en vida movió en este paraje un mojón y ahora, como castigo, tiene que deambular en llamas92.

—Necio –replicó don Sylvio algo indignado–, ¿es que tus supersticiosos ojos no pueden ver por todas partes otra cosa que no sean fantasmagorías que la vieja puta de tu abuela heredó de su abuela y te metió en tus estúpidos sesos? Eso que tú consideras un hombre de fuego es una salamandra, te lo digo, y una de las más hermosas que envuelven en luz el resplandeciente trono de la gran Radiante. ¿No ves cómo los rizos de su pelo ondean como rayos de sol encrespados alrededor de su cuello del color de la aurora? ¿No ves sus ojos relucir como dos luceros del alba? ¿No ves las alas de color azul ultramarino entreveradas de luz con las que, como una inmortal, surca el éter con su majestuoso vuelo?

—Pardiez, señor don Sylvio –exclamó Pedrillo golpeándose la frente con el puño–, o yo soy un necio o vos no estáis del todo lúcido. Que me aspen si de todo lo que me contáis yo no veo más que una bola de fuego que flota en el aire y que tan pronto se acerca como vuelve a alejarse, y como esas he visto yo otras muchas veces. Podéis llamarlo como queráis, pero yo he oído siempre que se les llama hombres de fuego...

—Pedrillo, amigo –lo interrumpió don Sylvio–, si no sintiera compasión de tu simpleza, mucho me placería taparte tu insolente bocaza de tal modo que guardaras recuerdo de ello para siempre. Pensaba yo sinceramente que el señor Pedrillo iba a confiar en mis conocimientos sobre qué es una salamandra, puesto que de estas he visto más de diez mil en el séquito del hada Radiante. Es una salamandra, te lo repito, que probablemente me trae un mensaje y a la que quizá solamente han enviado para que nos muestre el camino. Sea lo uno o lo otro, vamos a seguirla, lo demás ya se verá.

—Puede que sea una salamandra porque así queréis verlo –respondió Pedrillo–. De tales cosas elevadas debéis de entender más que yo. Tal vez vuestra merced viniera al mundo un domingo, pues se dice que los niños nacidos en domingo pueden ver espíritus en mitad del día.

p. 68—Eso que dices –replicó don Sylvio– no va del todo mal encaminado. Puede ser un don que me regaló un hada por mi nacimiento el que para mí los espíritus elementales no sean invisibles, los cuales por su naturaleza no pueden ser percibidos por ojos mundanos.

—Pero si fuera así –dijo Pedrillo–, no vería yo nada ahora. Según vuestra descripción, esta salamandra es tan hermosa como un querubín. ¿Por qué me niega a mí el placer de verla en su aspecto real y por qué prefiere mostrárseme con la terrible apariencia de un hombre de fuego?

—La culpa de ello la tiene tu viciada imaginación –respondió don Sylvio–. Si no tuvieras en la cabeza los hombres de fuego, sin duda verías exactamente lo mismo que yo veo. Te sucede ahora con la salamandra, que ha de ser nuestra guía, lo mismo que te ha sucedido antes con la encina, a la que considerabas un gigante…

—Tate, tate, señor don Sylvio –lo interrumpió Pedrillo–, no sigamos por ese camino. Lo pasado, pisado. Pero pensaba yo que una gentileza podía valer tanto como la otra y que, si doy por válido lo de la salamandra, también podríais dejar de remover lo de mis gigantes. De todas maneras, quién sabe si no existe un vínculo mayor entre ellos del que se piensa, pues para decir la verdad, el terreno al que nos ha guiado vuestra salamandra comienza a estar bastante encharcado. Me sigue preocupando que no nos vaya a tratar mejor que cualquier hombre de fuego, pues estos maliciosos bribones no sienten mayor placer que cuando le toman el pelo a los pobres viajeros y los pueden guiar a un pantano o a una charca de ranas.

Apenas hubo terminado de hablar Pedrillo cuando don Sylvio, que siempre iba por delante y seguía a la presunta salamandra a grandes zancadas, de repente se hundió hasta las rodillas en una charca. Pedrillo, que se aprestó a acudir en su ayuda en cuanto escuchó el chapoteo, lo hizo con tan poca precaución que acabó peor parado que su señor, pues tan largo como era cayó en el barro más denso. El lastimoso quejido que soltó llevó a nuestro héroe a temer que se hubiera dañado o incluso roto una pierna.

—¿Qué te ha pasado, querido Pedrillo, que te lamentas de ese modo? –le dijo mientras trataba de salir del pantano tanto como le permitían las dimensiones y el peso de su arma.

—¿Dónde estáis, mi señor? –le gritó atemorizado Pedrillo–. ¿Todavía tenéis vuestro aspecto de siempre o ya nos hemos convertido en ranas? ¡Que Dios nos ampare! Me parece que ya me escucho croar, si no es el susto que me ha hecho volverme ya un necio. ¡Ahí lo tenemos! ¿No dije ya antes que pasaría esto? ¿Y tendréis a bien dar por válido alguna vez algo de lo que os diga? ¿Dónde está ahora la salamandra con sus alas doradas y rizos azules, y con sus luceros del alba en los ojos? Al diablo se ha ido y no le importa un rábano cómo demonios vamos a salir ahora de este atolladero.

—La adversidad no es ni la mitad de grande de lo que tú la haces –dijo don Sylvio– y, sea como sea, la salamandra no tiene la culpa de nada. ¿Por qué no nos hemos fijado mejor, si ya había la claridad suficiente? Y si ha desaparecido, la culpa ciertamente no la tiene más que tu sucia bocaza…

—Oh, no digáis eso –exclamó Pedrillo, que entretanto había salido arrastrándose del lodo–. ¡Pardiez! Creo que está lo suficientemente enjuagada, y más de lo que me gustaría. Caí adentro todo lo largo que era y se me llenó la boca de algo que ciertamente no sabía a nuez moscada, os lo aseguro.

—¡Ya basta! –dijo don Sylvio–. En un viaje como el nuestro uno tiene que aceptar lo que venga. Sin embargo, si te he de decir la verdad, yo mismo empiezo a tener dudas. Aunque estaría dispuesto a jurar otra vez que he visto una salamandra, no es imposible que nuestros enemigos, puesto que no pueden recurrir abiertamente a la fuerza contra nosotros, hayan probado una artimaña para desalentarnos de continuar con nuestra empresa.

p. 69—Si me permitierais hablar –dijo Pedrillo–, bien sé lo que me gustaría deciros.

—¿Y qué te gustaría decir?

—Que puede que nuestros enemigos lleven razón.

—¿Por qué, si se puede saber, señor Pedrillo?

—Porque me parece a mí que no estamos siendo del todo perspicaces al andar por aquí a campo traviesa al abrigo de la noche y molernos la cabeza contra los árboles, y meternos en pantanos y charcas de ranas, y todo para escapar de un pequeño saco con cien mil ducados con el que podríamos casarnos sin que nos costara más que un mísero .

—Por lo que veo, la charca de las ranas ha producido un cambio considerable en tu manera de pensar –respondió don Sylvio–, pero antes de profundizar más en esta materia, sé tan amable de ir a buscarme un par de calzas del talego, pues las mías están tan mojadas y estropeadas que no podrían estar peor.

—Vuestra merced –respondió Pedrillo– puede seguir estando más contento con la salamandra que yo, pues estoy tan empapado de la cabeza a los pies que necesitaré un día entero para volver a estar seco. Me parece ver ahí una pequeña elevación donde podremos sentarnos un poco y mudarnos de ropa. ¿Veis ahora –continuó diciendo, al tiempo que desanudaba su talego– que mis precauciones no fueron en vano? Buenos estaríamos si tuviéramos que esperar hasta que el hada Radiante nos trajera otras ropas… Pero para volver a nuestro asunto, creo que nos hemos refrescado lo suficiente como para hablar del tema con la cabeza fría. ¿Qué os parecería, señor don Sylvio, si esperáramos aquí hasta que se haga de día y entonces regresáramos tranquilamente al lugar de donde hemos venido? Advertid que me parece a mí que hemos comenzado algo cuyo fin no veremos nunca. ¡Por mi alma, que preferiría buscar una aguja en un pajar a una mariposa en el ancho mundo! Y encima todos esos percances a los que se expone uno, los rasguños de las espinas, los chichones en la cabeza, las espinillas magulladas, los gigantes, las salamandras, las ranas de las charcas... ¡y todo ello solo por los hermosos ojos de una mariposa! ¡Por todos los demonios, eso es todo lo que uno podría soportar si estuviera de por medio la bella Hécuba de Grecia93! Claro está que la mariposa es de cuna una princesa, pero ved, señor, si he de hablaros con el corazón en la mano, pues siempre he sido un necio bueno y franco, aquí hay un pero que nos está aguando la fiesta. Una mariposa que es una princesa es, por supuesto, una mariposa respetable, pero, ¡demonios!, una princesa que solo es una mariposa es aún menos que una princesa de un teatro de títeres, pues si la princesa Tacamahaca o Rossabarba la del mentón afilado, con su corona de oropel y con su larga cola de falso muaré ha ido andando a pasitos cortos, seguro que encontráis a Lolita detrás del escenario que, a la hora de la verdad, es tan buena como alguna princesa y no causa tantas molestias94. Eso no me lo podréis negar. Y ved, señor, lo que os quería decir...

—Bueno, bueno, Pedrillo, esto es extraordinario –exclamó don Sylvio–, hablas como un Cicerón. Prosigue, pues quiero ver adónde vas a parar cuando hayas terminado.

p. 70—Pronto lo veréis, señor –respondió Pedrillo–. Me doy cuenta de que queréis burlaros de mí, pero ya sucedió que un asno le dio un buen consejo a un profeta95. Los niños y los locos dicen las verdades y, en definitiva, siempre ha sido mejor un toma que dos te daré. De deseos, como dice el refrán, nunca vi el saco lleno. La señora Rademante os ha prometido en verdad mucho, pero una cosa es prometer y otra dar trigo, le dijo Jean a Perette, y, si al final lo consideramos bien, me parece que viene a ser como si alguien me regalara un tesoro que primero tengo que desenterrar sin saber dónde96. ¿Que os parecería si nos quedáramos con lo que ya tenemos? Doña Amorfilina es una muchacha joven a la que, con todo, no cabe despreciar. Cien mil ducados son, por mi alma, una buena suma, señor, y aun si a la postre fueran algunos miles menos, será quizá más de lo que vale el principado que os proporcionaría vuestra princesa. Y además todavía no se ha dicho la última palabra. Quién sabe cómo es doña Amorfilina cuando se la observa con más detenimiento. Por lo menos siempre será una sobrina del hada Perifollo, y Perifollo puede que sea tan vieja, flaca y mala como se quiera, pero sigue siendo tan hada como las demás, y puede, si es que quiere, con un solo golpe de su varita mágica, transformar todas las tejas de vuestro castillo en rubíes.

—Todo eso está muy bien –respondió don Sylvio–, pero tú mismo has admitido que doña Amorfilina es tan fea que es imposible que uno la ame...

—Bueno –replicó Pedrillo–, en cuanto a eso, debo reconocer que no es precisamente la más hermosa, pero si os habéis percatado, sí tiene algo en su rostro...

—Sí, claro, tantas pústulas y viruelas como quieras –lo interrumpió don Sylvio.

—¿Y eso qué más da, señor? La flor de la hermosura, cual la de mayo dura. Beldad y hermosura poco dura, más vale la virtud y la cordura. La desagradable violeta tiene una fragancia mejor que la hermosa, aunque fétida, caléndula. Y tampoco es tan fea como la hacéis. He de admitir que es lo que se podría decir bastante jorobada y a primera vista se pensaría que es pelirroja, pero, si se la observa con cierta luz, tiene un tono más bien rosáceo, y en verdad no le queda del todo mal97. En resumidas cuentas, si yo me encontrara en el puesto de vuestra merced, haría como el tuerto, por cien mil ducados bien puede uno cerrar un ojo. De noche todos los gatos son pardos. Poderoso caballero es don dinero, por dinero baila el perro, y con eso me quedo, aunque los setenta sabios de Oriente me quisieran demostrar lo contrario98.

Don Sylvio, que tenía la mejor alma de todo el mundo y que aquella mañana estaba de un buen humor extraordinario, se divertía tanto con los discursos de su lenguaraz y entrometido sirviente que lo dejaba seguir hablando sin interrumpirlo. Así pues, Pedrillo continuó enumerando una tras otra las ventajas que le proporcionaría el casamiento con la sobrina del hada Perifollo. A cuenta de los cien mil ducados y de las tejas que el hada transformaría en rubíes, construía los castillos más bellos que nunca se hayan construido en España, y con estos pensamientos avivaba su imaginación con tal vehemencia que transcurrió un buen rato hasta que se percató de que, entretanto, don Sylvio se había quedado dormido plácida y tranquilamente. Puesto que no era hasta tal punto filósofo como para seguir hablando solo, acabó callando y, después de dar algunos tragos a una botella de vino, se preparó un lecho y siguió el ejemplo de su señor.

91 Referencia a Tiresias, el adivino ciego del canto XI de la Odisea de Homero. Por otro lado, las salamandras son unas criaturas mitológicas, de aspecto similar al reptil llamado salamandra y que normalmente se asocian al elemento del fuego.

92 Sobre los Feuer-Männer (fuegos fatuos en forma humana), remitimos al lector a la nota número 20 de este trabajo.

93 Referencia a la esposa de Príamo, rey troyano, aunque Pedrillo, al resaltar su hermosura, parece confundirla con Helena de Troya, que sería secuestrada precisamente por Paris, hijo de Hécuba, desencadenando de este modo la famosa Guerra de Troya.

94 No hemos encontrado referencia a ninguna princesa Tacamahaca, como tampoco a ninguno de los personajes que menciona aquí Pedrillo. Debe de tratarse de personajes que quizá aparecieran en teatros de marionetas que hacían sus funciones en las ferias ambulantes.

95 Se refiere al episodio bíblico del profeta Balaam y la burra. Balaam, contratado por los moabitas para maldecir al pueblo judío, se ve detenido en su camino por su burra ante la presencia invisible de un ángel que se disponía a atacar al profeta con su espada desenvainada. Balaam, molesto por no poder seguir el camino, comienza a golpear a la burra y esta le interroga a su vez sobre la causa de los golpes. Finalmente, el ángel se hace visible y permite continuar su camino a Balaam con la condición de bendecir a los israelitas, a lo que accede el profeta. (Núm. 22:21–36).

96 Se trata de una referencia a la narración erótica en verso Les dix doigts [Los diez dedos], de Jacques Vergier (1655–1720), cuyo subtítulo reza Promettre est un et tenir es un autre [Prometer es una cosa y cumplir es otra], en la que se hace referencia a estas palabras de Jean a Perette, dos personajes de la obra.

97 Por lo general, el cabello pelirrojo era considerado un signo de una personalidad poco fiable. Esta superstición venía, no obstante, ya de más antiguo y en las lenguas europeas queda reflejada también en los refraneros.

98 En la Antigüedad se reconocía a los siete sabios de Grecia (Tales de Mileto, Solón de Atenas, Bías de Priene, Pítaco de Mitilene, Cleobulo de Lindos, Quilón de Esparta y Periandro de Corinto). En la tradición cristiana se hace referencia a los tres sabios de Oriente (Gaspar, Melchor y Baltasar), conocidos en España como los Tres Reyes Magos. Pedrillo parece mezclar ambas tradiciones en una.