Capítulo III En el cual se despierta a Pedrillo de su sueño de manera muy desagradable
El bueno de Pedrillo seguía roncando cuando don Sylvio se despertó de repente de un sueño que había interrumpido de manera muy desapacible su duermevela.
—Maldito enano –exclamó agarrando del cuello a Pedrillo–, ¡devuélveme el retrato o date por muerto!
—¡Eh! ¡Socorro, socorro, asesinos, fuego, socorro! –gritaba Pedrillo y, al haber sido despertado de manera tan brusca, daba golpes y patadas a diestro y siniestro sin saber lo que le estaba sucediendo.
—Devuélveme a mi princesa –gritó de nuevo don Sylvio– o...
—Por todos los demonios –gritó Pedrillo zafándose de él–, ¿sois vos, señor? ¿Se os ha metido el diablo, que me queréis estrangular con todas vuestras fuerzas? ¡Demonios! ¿Es que no puede uno estar seguro con vos?
—¿Cómo? ¿Esto qué es? –exclamó don Sylvio conternado–. ¿Eres tú, Pedrillo?
—Por todos los demonios –respondió este–, bien creo que soy yo, si mi madre no me cambió por otro. ¿Son esas maneras de atacarlo a uno durante su sueño? ¡Pardiez! Si es así, sin duda agradezco el encargo de ayudar a vuestra merced a buscar mariposas y princesas.
—No sé dónde estoy ni qué puedo decir –respondió don Sylvio–. Veo ahora con mis ojos que eres Pedrillo, mas…
—Oh, mil gracias, señor caballero, don Sylvio de Rosalva, ¡a vuestro servicio! ¡Voto a tal! Sois muy benévolo al permitirme por fin ser el hijo de mi madre. ¿Pero creéis que con eso está todo arreglado? Por mi alma, podríais haberme retorcido el pescuezo antes de que supiera yo qué era lo que estaba pasando. Pero daos cuenta de cómo me habéis tratado, ¡cuerpo de tal! Si no tratáis de mejor manera a vuestros amigos… Pero apuesto a que tras todo ello habrá de nuevo un enano o una salamandra.
—Cálmate, mi querido Pedrillo –respondió don Sylvio–. Puedes creerme que no era mi intención hacerte daño alguno, y lo juro por la vida de mi princesa, todavía no comprendo cómo ha podido ocurrir que el malhadado Enano Verde, al que ya tenía en mi poder, se me haya vuelto a escapar y que yo te haya zarandeado a ti en su lugar.
—Ya lo sabía yo—exclamó Pedrillo–. Ahí lo tenemos. El Enano Verde. ¿No dije yo ya que, en cuanto pusiéramos un pie fuera de casa, vendría el diablo a lanzarnos al cuello a todos los dragones, gigantes, enanos y avetoros del mundo99? Hacedme caso, de día no nos encontraremos con nada de esto. ¿Pero he oído bien, señor, que estabais diciendo algo del Enano Verde? Pensaba yo que lo habían transformado en un mondadientes. Parece, con permiso de la señora reina de las salamandras, que no es precisamente esclava de sus palabras. Dios me perdone, no ha de pensar uno mal del prójimo, pero ¡por todos los demonios!, señor, mentiría si dijera que no os ha tomado por un necio.
—No hables con tan poco respeto de un hada tan excepcional –dijo don Sylvio muy serio– o te arrepentirás. Te lo repito por última vez, no voy a tolerar la indiscreta insolencia de tu bocaza. Escucha primero lo que me ha pasado y después habla. ¿Es que siempre tienes que dar tu opinión antes de saber de qué se está hablando?
—No creo que me haya equivocado por mucho –respondió Pedrillo fríamente–. Tengo tanto buen juicio que sé que las manzanas silvestres no son membrillos. Y tampoco permito que me cuenten patrañas y, con vuestro permiso, no soy tan tonto como parezco. No han pasado ni cinco minutos desde que intentasteis asfixiarme porque, como decís, me tomasteis por el Enano Verde. Y ahora digo yo: o el Enano Verde es un mondadientes, o no lo es. Si no lo es, entonces el hada… ya sabéis. Pero si lo es, ¡demonios!, ¿desde cuándo parezco yo un mondadientes? Y esto, espero, es una conclusión a la que no se puede replicar nada. A ver qué puede responder vuestra merced a esto.
—¡Por todos los demonios! –dijo sonriendo don Sylvio–. ¿También te dedicas a plantear dilemas100? Si continúas así, al final no habrá forma de entenderse contigo. Y ahora escucha, te digo, y déjame hablar a mí hasta que haya terminado, después veremos qué conclusiones se pueden extraer de ello.
