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Capítulo IV ¡Qué no hará la imaginación!

Después de que Pedrillo prometiera que pondría freno a la lengua, don Sylvio comenzó su relato:

—En cuanto te quedaste dormido a mi lado…

—¡Epa, señor! –lo interrumpió Pedrillo–, con vuestro permiso, ¿cómo es posible que lo supierais, si ya llevabais tiempo durmiendo cuando yo todavía estaba despierto?

—Es extraordinario cómo mantienes tu promesa –dijo don Sylvio–. ¿Tendrás la bondad de dejarme hablar sin interrumpir? Si con cada palabra tuviera que responder a tus impertinentes preguntas, no terminaría hasta mañana. Te digo que estaba despierto y confórmate con eso… Mientras reflexionaba acerca de todo cuando nos ha sucedido, vi ante mí a una sílfide…101

—¿Una sílfide? –exclamó Pedrillo y volvió rápidamente a guardar silencio al ver el gesto rígido de su señor.

—Sí, una sílfide –continuó sereno nuestro héroe–, y era la sílfide más hermosa que jamás haya sido vista por un mortal. «Don Sylvio», me dijo, «sé a quién buscáis. Venid conmigo, yo os llevaré hasta vuestra amada, hace mucho que soy buena amiga suya, pero este favor que os hago no ha de ser del todo gratuito». «¡Oh!», exclamé yo lanzándome a sus pies, «No tenéis más que ordenar, hermosa sílfide, no hay nada en este mundo que yo no hiciera para demostrar mi agradecimiento si cumplís vuestra promesa». «Lo que os voy a pedir», respondió la sílfide, «es una nimiedad. Pero venid, primero debéis ver a vuestra princesa, sobre el resto nos pondremos de acuerdo pronto». A continuación, tomó una rosa de su hermoso seno y la arrojó al suelo. En ese mismo instante, la rosa se transformó en un carruaje en forma de conchade rubí tirada por doce aves del paraíso, de una belleza como no se ha visto nunca nada igual102. Tomé asiento a su lado y en pocos minutos ascendimos al lugar más apacible que la imaginación jamás haya podido figurarse. No terminaría nunca si tuviera que hace una descripción de aquello.

—Oh, señor –dijo Pedrillo–, no pasa nada, tanto mejor si la descripción es larga. Me pasaría el día entero sin comer escuchándoos, me place mucho escuchar vuestros relatos.

—Imagina –prosiguió don Sylvio–, una llanura inabarcable en la que los poderes mágicos de alguna hada habían reunido todas las cosas agradables que los poetas elogian de Tibur y Tarento, del Tempe de Tesalia y de los sotos de Dafne103; encantadoras espesuras, argentinos arroyos serpenteantes, vegas floridas, paseos de limoneros, pequeños lagos circundados por mirtos, emparrados de jazmín y rosas multicolor… En resumen, todo cuanto uno es capaz de imaginar de un lugar consagrado al placer y al amor. Grupos de jóvenes ninfas con ligeros vestidos revoloteaban bajo los mirtos o bailaban con amorcillos en los campos o se bañaban en apacibles grutas…

—He de admitir, señor don Sylvio –lo interrumpió Pedrillo–, que nacisteis bajo un buen signo. ¡Pardiez! ¡Que vivan las sélfides*, eso es otra cosa que estas condenadas salamandras, que no sirven para nada más que para meteros en una charca de ranas! ¿Pero por qué no me habéis llevado con vos? Cuando se da el caso de una aventura agradable, nadie piensa en mí.

p. 73—Sigue escuchando –prosiguió don Sylvio–, no hay que considerar dichoso a nadie hasta el final de su vida, dijo Solón el Sabio, y no parece sino que estoy condenado a acumular una experiencia tras otra de esta triste verdad104. Mientras inspeccionaba este apacible lugar, observé a una ninfa sentada bajo un cenador que jugaba con una mariposa que, a su vez, revoloteaba a su alrededor sujeta a un hilo dorado. ¡Cielos! ¡Cómo me sentí cuando vi que se trataba de mi amada princesa, pues reconocí allí a la mariposa azul que andamos buscando! «¿Eres tú el joven caballero», me dijo la ninfa, «que bajo la protección del hada Radiante ha emprendido la aventura de desencantar a la mariposa azul?». «Ese soy yo, hermosa ninfa», respondí, «y pongo a vuestra disposición mi propia vida…». «Oh, tanto no voy a exigir», me interrumpió, «Si me puedes demostrar que eres don Sylvio de Rosalva, la mariposa es tuya». «Decidme cómo os lo podré demostrar», repuse yo, «estoy demasiado seguro de que lo soy como para sentir temor ante cualquier prueba». «Simplemente muéstrame el retrato de la princesa», respondió, «debes de tenerlo si eres don Sylvio, es la única prueba que os pido». ¡Oh, Pedrillo, infeliz de mí! ¿Dónde estaba el hada, mi protectora, en ese fatal instante? Le di el retrato, mas apenas lo tuvo en la mano, vi… ¡Cielo santo! ¿Podré expresarlo en palabras? Con horror vi ante mí, en lugar de a la bella ninfa, al Enano Verde. Ese pequeño monstruo jorobado estaba que no cabía en sí de gozo, saltaba por los aires, hacía dar vueltas al retrato en su mano, me mostraba los dientes y al final me dijo entre risas burlescas: «¡Ahora tengo lo que quería! Has de saber, tú, adversario inútil, que nadie más que el propietario de este retrato está en condiciones de devolverle su aspecto real a la mariposa azul. Ahora los dos están en mi poder, y tú ya no puedes albergar ninguna esperanza. Márchate y agradécele a mi entusiasmo que te perdone la vida. Pero recuerda lo que te voy a decir. No te quitaré el ojo de encima y, si descubro que piensas una sola vez en mi amada, ¡estás muerto!... ». Pedrillo, puedes imaginar la ira que debieron de provocar en mí estas palabras y la visión de este repugnante duende con el retrato de mi princesa en sus garras. Me abalancé sobre él y forcejeamos, decidido yo a dejarme allí la vida o recuperar mi retrato...

—La intención era buena y loable –dijo Pedrillo–, pero ¿por qué se me tuvo que meter a mí en el juego, y encima no antes de que pasara lo del ahogamiento?

—Precisamente eso –respondió nuestro héroe– es lo que no comprendo. Me encontraba yo forcejeando con el enano, como he dicho, y justo en el momento en que lo estaba estrangulando, tus gritos y mis ojos me mostraron que eras tú el que se revolvía bajo mis manos. El enano había desaparecido y me encontraba de nuevo en el lugar en el que la sílfide me había recogido.

—¿Y dónde se metió la sélfide? –preguntó Pedrillo.

—En cuanto llegamos al lugar en el que me pidió que me bajara, debió de desaparecer, pues no volví a verla ni a ella ni a su carruaje.

—Esa sí que es una historia enrevesada –dijo Pedrillo–, ¡diablos! ¡Y había comenzado tan bonita! Es una verdadera pena que no terminara mejor. Pero... si se le permite una pregunta a un bobo, ¿creéis entonces, señor, que todo ello os ha ocurrido de verdad?

—No cabe ninguna duda –respondió don Sylvio–. Me desperté cuando me sucedió, lo vi con mis propios ojos, lo oí con mis propios oídos, estaba en posesión de todos mis sentidos, así que debía de estar despierto, y si...

p. 74—Sí, sí, esa es precisamente la pregunta –repuso Pedrillo–. No quiero asegurarlo, pero, si ya se os ha metido esa manía y no podéis tolerar que se diga que soñáis como lo hacen el resto de las personas honradas, ya sé yo entonces... y no quiero decir nada, pero sí pienso lo que pienso.

—¿Tú piensas que ha sido solo un sueño, Pedrillo? ¡Dios quiera que así fuera! Pero...

—Mirad, señor –prosiguió Pedrillo–, en todo hay que hacer distinciones. Cuando se os apareció el hada Radamante, yo creí también que solo lo habíais soñado hasta que me mostrasteis la alhaja y el retrato que ella os había dado. Ahí no pude objetar nada. Lo que el ojo ve, cree el corazón. Si tan solo pudierais mostrarme una pluma de una de las aves del paraíso que tiraban de vuestro carruaje, podríamos seguir hablando del asunto. Pero, ¡por todos los demonios!, para qué darle más vueltas si todavía lleváis colgada del cuello la alhaja que decís que os robó el enano, buscad en vuestro jubón y seguro que encontraréis a la princesa en su lugar original...

—¡Oh maravilla! –exclamó don Sylvio, pues realmente se encontraba todavía allí donde solía llevarla–. Tienes razón, Pedrillo. Demos gracias a la solícita Radiante, aquí está...

—Creo yo, señor –dijo Pedrillo– que esta vez estáis ensalzando demasiado al hada, y apuesto con vos lo que queráis, aunque nada tengo, a que el Enano Verde ha visto tan poco a la mariposa azul y a vuestro retrato como yo al Papa. Habéis estado durmiendo aquí, señor, y todo os ha sucedido en sueños, y aquí es donde os habéis despertado y me habéis agarrado por el pescuezo... ¡Pardiez! Ya podíais haber soñado eso como todo lo demás. Os lo juro, otra vez que nos echemos a dormir ya me cuidaré yo de alejarme de vos cincuenta o sesenta pasos. No tengo ganas de pagarlas yo despierto si un enano os hace enfurecer en sueños.

Mucho distaba don Sylvio de dar por buenos los razonamientos de su compañero acerca de esta aventura, mas Pedrillo, que en esta ocasión sentía que llevaba la razón, no desistió hasta que llegó al punto de que su señor considerara improbable que el Enano Verde hubiera podido liberarse de su forma de mondadientes en tan poco tiempo. Y, al final, ambos estuvieron de acuerdo en concluir que todo no debía de haber sido más que un artificio que don Sylvio, sin pensarlo dos veces, atribuyó al hada Jorobeta, quien, como aseguró a Pedrillo, era una íntima amiga de la Perifollo y del Enano Verde y, dado que no tenía otro modo de atraparlo, hallaba un perverso placer en por lo menos confundirlo y entorpecer su viaje.

Pedrillo se dio por satisfecho con esta explicación y con estas pláticas prosiguieron su camino hasta que el calor, que iba en aumento, los obligó a buscar la sombra en la espesura del bosque.

i Pedrillo distorsiona el sustantivo Sylphiden en el original alemán, que pasa a ser Selphiden.

101 Las sílfides son los espíritus aéreos femeninos de la tradición hermética. Se encuentran relacionadas etimológicamente con los elfos, pero no existen mitos explícitos sobre ellas. El médico y alquimista suizo Paracelso (1493–1541) los describe en su Tratado de las ninfas, pigmeos, sirenas y otros seres (1566, publicación póstuma) como seres elementales del aire vinculados a uno de los cuatro elementos de la naturaleza. Su forma masculina es el silfo.

102 Los carruajes de concha son un atributo característico de Venus y en la iconografía clásica hacen referencia a su nacimiento en el mar. Por otro lado, las «aves del paraíso» (Paradisaediae), características de Oceanía, toman su nombre de la descripción realizada por Antonio de Pigafetta (1480–1530) en su Primer viaje en torno del globo (1524–1525), quien relata cómo los habitantes de las Islas Molucas consideraban a estas aves como habitantes del paraíso. Pigafetta las describe como «del tamaño de un tordo, tienen la cabeza pequeña y el pico largo, las patas del grueso de una pluma de escribir y de un palmo de largo; la cola parecida a la del tordo; sin alas y en su lugar tienen largas plumas de diferentes colores, parecidas a un penacho, obscuras, salvo las de las alas; no vuelan más que cuando hace viento; dicen que vienen del Paraíso terrestre y les llaman bolondinata, esto es, pájaro de Dios». (Primer viaje, Austral (Espasa Calpe, colección Austral), año, libro III, 1946, p. 148).

103 Tibur es la actual Tívoli, Tarento sigue existiendo en el sur de Italia con su actual nombre y el valle del Tempe se encuentra en la actual Tesalia griega. Los sotos de Dafne se encuentran en Antioquía, en la actual Turquía.

104 Solón de Atenas (638 a.C.–558 a.C.), poeta, reformador y estadista, uno de los así llamados siete sabios de Grecia.