Capítulo V Donde la historia regresa a Rosalva
El autor verdadero de esta curiosa y entretenida historia considera necesario interrumpir aquí un instante el curso de su narración para informar al lector de lo que entretanto había ocurrido en el castillo de Rosalva.
La pobre Maritornes, a la que dejamos dormida junto a su fiel Píramo de camino hacia la casa del barbero bajo la protección de las ninfas y de los faunos, despertó cuando ya había despuntado el día y recordó que la habían enviado a recoger a maese Blas, el barbero105. Intentó recordar lo que iba a decir cuando le preguntaran por el motivo de su larga ausencia y, como no se le ocurría nada, comenzó a tirarse de sus hermosos cabellos dorados y a lanzar unos gritos tan pavorosos que su amante se despertó y preguntó por la razón de su desesperación.
–¿Tan solo es eso, boquita de piñón? –le dijo una vez que ella le hubo expuesto su preocupación–. En ese caso, voy a encontrar enseguida un remedio para ello. Conozco muy bien a maese Blas, anda enamorado de cierta joven, una personita hermosa y rolliza de mejillas coloradas que vive a un cuarto de hora de su aldea en una hacienda arrendada, pues es la hija carnal del hacendado. Y, puesto que él, como todo el mundo dice, toca bien la vihuela, no pasa una noche sin que se quede tañéndola hasta las dos de la madrugada sentado bajo la ventana de su alcoba y allí permanece cantando hasta que los dedos y la boca no dan más de sí. Así que basta con que vayas allí esta mañana y le digas que ya estuviste allí por la noche y que no lo encontraste. Después tráelo contigo y dile a la señora que estuviste esperando hasta que volvió a casa, o algo así, no te hará más preguntas. Pero una cosa te voy a decir, Maritornes, palomita mía, no te me pongas a pelar la pava con él, ¿entiendes? Maese Blas es un tipo raro al que le gusta importunar y eso no lo quiero, ¿me escuchas? ¡Diablos! En esos temas tengo malas pulgas.
Maritornes, que se había calmado de nuevo, no escatimó en palabras para tranquilizar a su amante en este punto y Yago, en quien la mañana ejercía tan potente influjo como la noche, la convenció de nuevo de cuán digno era él de su fidelidad. Con todo, por miedo a despertar los celos del sol naciente a causa de su dicha, se liberó finalmente de los brazos de ella y con el mayor disimulo se escabulló a su establo, donde, a falta de uno mejor y junto con dos o tres rocines, vestigios de lo que fueron, solía tener su lecho preparado con paja medio podrida y un par de viejas mantas para mulos. Eran alrededor de las seis de la mañana cuando doña Mencía se despertó; el ansia del dichoso momento del que aguardaba, en virtud del alto concepto que tenía de sus encantos, una forma más agradable de despertar, le recordó el arrebato que había sufrido su sobrino el día anterior, y que esos retrasos sumamente fastidiosos suponían una amenaza para sus anhelos. Se levantó, se echó por encima una bata y se marchó directamente a la alcoba de aquel para ver cómo había pasado la noche. Como es de suponer, se quedó ojiplática al no encontrar allí ni el menor rastro del señor ni de su sirviente. Tras haberlo buscado en vano por todos los lugares por los que se le podía buscar, llamó a toda la casa y los dejó a todos consternados al comunicarles que no era posible encontrar por ningún lado al joven señor ni a Pedrillo. Solo quienes alguna vez hayan amado como doña Mergelina amaba pueden imaginarse el dolor que desgarró su delicado pecho ante una noticia tan inesperada. Esta buena alma se habría desplomado inconsciente si no hubieran acudido a socorrerla a tiempo los brazos de su preocupado tío y las sales inglesas de la supuesta tía. Durante un buen rato no se escucharon más que lamentos y quejidos. Solamente la señora Beatriz, quien desde hacía ya algún tiempo tenía intenciones muy ambiciosas para con Pedrillo y que se enorgullecía de ocupar un lugar nada pequeño en el corazón de este, no estaba dispuesta a escuchar que aquellos habían marchado.
—Estarán –dijo ella– en algún lugar del jardín o en la casita verde, donde don Sylvio gusta de pasar a menudo las mañanas.
p. 76Tras esta sugerencia, todos salieron corriendo al jardín, se distribuyeron por todas partes, rebuscaron por todos los arbustos y setos, examinaron hasta las coles del huerto y, dado que no encontraron a nadie, volvieron a comenzar desde el principio. Maritornes, que entretanto había regresado, se mezcló junto con el barbero, como si nada hubiera sucedido, entre todos los que buscaban con tanto empeño, pues había procedido de manera previsora y, pese a la prohibición de su amante, se había asegurado el favor del barbero mediante ciertos pequeños servicios, con los cuales creía que no le costaría demasiado lograr pasar desapercibida sin recibir una regañina. Así pues, no faltaba quien buscara, pero no por ello la búsqueda fue más fructífera. Y tras haber inspeccionado hasta el mediodía tanto el jardín como el parque y una parte del bosque aledaño, se vieron obligados, sin haber logrado su propósito, a regresar al castillo, donde doña Mencía reunió a todos los presentes en una gran sala para deliberar acerca de un suceso tan inesperado y enormemente pesaroso. Se plantearon de golpe miles de preguntas y cada persona tenía sus propias conjeturas y propuestas, y como todos hablaban a una, se armó tal bullicio que nadie era capaz de escuchar su propia voz hasta que, finalmente, la autoridad de don Rodrigo logró, no sin grandes esfuerzos, que, después de un silencio general previo, una persona tras otra fuera exponiendo su opinión. Se consideraron todas las posibilidades imaginables y en especial don Rodrigo, que era un dialéctico versado y tenía una excelente voz de bajo, y maese Blas el barbero, que por la soltura de su lengua merecía ser el gran maestre de su gremio, quisieron lucirse tanto que la sesión duró hasta las dos de la tarde. Con todo, cuando llegó el momento de sopesar las opiniones y anunciar una resolución, volvió a haber gran alboroto. Cada uno se mantenía en sus convicciones y, después de que la señora Beatriz y el barbero hubieran puesto todo el empeño imaginable en restablecer la calma, se llegó finalmente a la conclusión de «que era incomprensible adónde se habían marchado». Dado que eran ya las tres y todos estaban hambrientos, por unanimidad se consideró conveniente «que primero se tomara el almuerzo y después se discutiera en una segunda sesión lo que en adelante debía hacerse al respecto».
El autor español, que reside desde hace varios años en D** como miembro de la comitiva de un reputado ministro de su nación, se toma la libertad de hacer mofa en esta ocasión de ciertas pequeñas repúblicas de las que dice haber observado que la deliberación en la sala de doña Mencía es una reproducción natural de la forma en que en las mismas se suelen tratar los asuntos públicos106. Se ha de reconocer que las anécdotas que de ello expone no son de lo más apropiadas para encomiar el ordenamiento republicano. Sin embargo, de un español, cuya libertad consiste en tener el derecho a sentarse delante de su casa de piernas cruzadas con dos o tres anteojos en la nariz, mondarse los dientes y fantasear tanto como desee, no se puede esperar que aprecie las deficiencias de la libertad política en justa correspondencia con sus beneficios. ¿Y cómo podría él, cegado por la supuesta preeminencia de su nación y por la grandeza de su rey, llegar a la consideración de que a menudo exige más destreza manejar los intrincados engranajes de un estado pequeño de hombres libres que gobernar a medio mundo de esclavos? Ya se sabe hasta qué extremo llegan en este punto los prejuicios y, si don Ramiro de Z** pretende con la deliberación de Rosalva colocarnos ante un espejo a nosotros los de las pequeñas repúblicas, quizá podríamos por nuestra parte contradecirlo con ejemplos de la historia de las grandes monarquías en los que, tras numerosos debates en privado, al final ha prevalecido el influjo de una camarera, de un comediante o de un bufón de palacio por encima de toda la sabiduría reunida de un par de docenas de mantos y largas pelucas españolas.
Sea como fuere, ojalá al traductor nadie le tome a mal que el espíritu patriótico de que está imbuido no le haya permitido traducir un pasaje que podría haber sido explotado de manera nada insustancial por los envidiosos de la prosperidad republicana. El respeto a nuestra patria es un deber que se extiende hasta las más nimias acciones y, si solo aquel que esté contento con el estado actual de su república merece ser considerado un buen ciudadano, no se podrá reprobar la aversión que están habituados, con todo derecho, a mostrar en los pequeños estados libres contra todo lo que ya de lejos tenga el aspecto de una sátira política. Nada más alejado de nuestra intención que interrumpir la orgullosa calma y el dulce duermevela en el que yace en este caso nuestra patria. Don Ramiro habrá observado cuanto quiera, nosotros nos revestimos de nuestro patriotismo, apretamos los dientes y seguimos contentos.
105 Referencia a la historia de Píramo y Tisbe, dos amantes legendarios de la mitología grecorromana que se amaron a pesar de la prohibición de sus padres, lo que acarreó trágicas consecuencias para ambos, pasando a la posteridad como el epítome del amor fiel.
106 La referencia a las «pequeñas repúblicas» no resulta para nada aleatoria, pues refleja en buena medida la experiencia del propio Wieland como legislador en la ciudad imperial paritaria de Biberach. Sobre este aspecto, puede consultarse la introducción a esta obra.
