Capítulo VI Conversación durante el desayuno. Celos de don Sylvio
Hemos dejado a nuestros aventureros, a quienes les vino al pelo la juiciosa lentitud que rigió las deliberaciones en Rosalva, en una zona boscosa a la que se habían retirado a resguardo del sol. No habían avanzado aún demasiado bajo los árboles cuando Pedrillo le expuso a su amo que, según la opinión de Asclepíades y otros insignes naturalistas, no había nada más provechoso para la feliz continuación de un viaje que tomar un buen desayuno por la mañana107. Puesto que don Sylvio no tenía ninguna objeción sustancial al respecto, Pedrillo buscó un lugar cómodo donde pudieran sentarse, desenvolvió el hato y extrajo una gran empanada que la señora Beatriz había traído de Chelva para una ocasión muy diferente.
—¿No es verdad –dijo Pedrillo –, lo veo en vuestra mirada, que os preguntáis cómo ha llegado a mis manos este pastel? ¡La pobre señora Beatriz! Se le van a poner los ojos como platos cuando vea que el pájaro ha echado a volar. Pero ahí veis lo que pasa cuando uno es amable con los demás. Si la señora Beatriz no me tuviera en cierta consideración, ahora tendríamos que darnos por satisfechos con un mendrugo y un puñado de avellanas.
—¿Así que no te ha dado ella misma el pastel? –dijo don Sylvio.
—No precisamente –respondió Pedrillo–, pero cuando ayer iba ella hacia la despensa, me hizo una seña para que la acompañara y allí estuvimos charlando juntos un rato, y entonces hice un amago, lo admito, de robarle un beso (pues he oído de boca de nuestro viejo párroco que un beso honesto no es ningún pecado), pero ella giró la cabeza con tanta rapidez que no acerté a besarle la boca por un par de palmos, pero ¡por mi alma!, no por ello me salió mal la jugada, pues di con un lugar en el que se había abierto un poco el pañuelo que llevaba al cuello, y le aseguro a vuestra merced que era más suave que una pluma y blanco como el mazapán. Por supuesto, me echó una buena regañina, como podéis imaginar, e incluso creo que me dio una pequeña bofetada o algo así, pero al poco la calmé de nuevo y como muestra de reconciliación me dio este pedazo de acitrón, y allí nos quedamos un buen rato pelando la pava, pues, como sabéis, la ocasión hace al ladrón y la señora Beatriz no es ni la mitad de mojigata que su cara. Aunque ella no es de hacer cosas así, sí que le agrada que uno coquetee un poco con ella, vuestra merced puede creer lo que le digo. Cuando estábamos en estas, me enseñó el pastel y otras cosas que había traído de Chelva para nuestros invitados, y enseguida le eché el ojo al pastel, y figuraos, señor, cómo cayó en mis manos, pues seguro que no me habríais creído capaz de hacerlo.
»Advertid, señor don Sylvio, que yo soy sin duda un tipo honrado, pero no soy tonto y, por amor a vuestra merced, incluso iría, y que Dios me perdone, a Roma a robarle los pantuflos al Papa, si fuera necesario.
—¿Y cómo lo hiciste? –preguntó don Sylvio–. Pues ella seguro que sacó la llave de la despensa y se la llevó consigo.
—Ahí lo tenéis –dijo Pedrillo–, pero para todo hay remedio, si no es para la muerte. Cuando toda la casa dormía, me deslicé hasta su alcoba y pegué la oreja a la cerradura y escuché con atención, y cuando oí que ella roncaba, abrí la puerta sin hacer ruido y entré de puntillas hasta su cama, aunque la alcoba estaba tan oscura como una mazmorra. Allí estuve tanteando hasta que encontré el manojo de llaves que suele llevar siempre enganchado al cinto. Tomé entonces las llaves y me marché de allí con tanto sigilo como el gato del palomar. Ahora ya conocéis el secreto, pues en cuanto tuve en mis manos las llaves, el pastel ya era mío. ¡Por todos los demonios! Me puse a meter cosas en el saco que daba gusto y, para que veáis que no olvidé nada –prosiguió al tiempo que sacaba una botella del hato–, dadle un tiento a este vino de Alicante y, si no es tan bueno como para que uno se chupe después los dedos de las manos y de los pies, me comprometo a beber agua clara el resto de mis días.
p. 78En este punto hizo Pedrillo una larga pausa, mas, aunque dejó de hablar, las mandíbulas no cesaron de trabajar y se sentía tan a gusto que al poco el pastel ya había perdido un tercio de su tamaño. Tampoco olvidó darle un buen tiento a la botella a la salud de la señora Beatriz y, poco a poco, fue poniéndose tan contento que comenzó a silbar y a cantar.
—¡Albricias! –exclamó con la botella en lo alto –, ¡que vivan las hadas y las princesas encantadas! ¡Pardiez! Menuda diversión es esta de andar por la feeridad, pero hace falta un hato bien lleno, ¡eso sí! ¿Pero cómo? ¿Qué tenéis, señor? ¿No estáis alegre? No coméis ni bebéis nada. ¿A qué viene esto? ¡Ja! ¡Al diablo con las preocupaciones! A divertirse mientras estemos solteros, quién sabe cuándo volveremos a estar tan bien como ahora, y para bajar la cabeza siempre habrá tiempo cuando el vadus mecus* y las botellas estén vacías.
—Mi buen Pedrillo –dijo don Sylvio–, diviértete tú cuanto quieras y no te preocupes por mí. De todo corazón me alegro por ti de que tengas ese ánimo alegre que tienes. No estarías tan feliz si estuvieras en mi lugar.
—¿Y eso por qué, señor? ¿Qué mosca os ha picado ahora?
—¡Ay, Pedrillo! –respondió el joven caballero–. ¡Cómo podría olvidar cuán lejos estoy todavía de la consumación de mis deseos y qué obstáculos, ay, obstáculos quizá insalvables, voy a encontrar todavía en mi camino! Te lo aseguro, si las promesas del hada Radiante no me hicieran caer en el desánimo, los pensamientos que me atormentan en este instante serían capaces de llevarme a la desesperación.
—¡Por Dios y por nuestra Virgen de Guadalupe! –exclamó Pedrillo–. Le metéis a uno el miedo en el cuerpo. Pero si solo son pensamientos, ¿por qué no os deshacéis de ellos? ¡Demonios! ¡Eso es lo que se dice atormentarse a uno mismo! Mirad, señor, si yo estoy sano y no me duele nada, y tengo de comer y de beber, entonces soy feliz como el pájaro en su rama y no me preocupa demasiado si mañana lloverá o si hará buen tiempo.
—Dime –respondió don Sylvio con un hondo suspiro–, ¿cómo puedo estar alegre, sí, cómo voy a quedarme tranquilo mientras mi amada princesa sigue por ahí con la figura de una mariposa, una figura que quizá sea la más peligrosa de todas las posibles para mi amor?
—¿Peligrosa decís, señor? No entiendo yo qué puede haber de peligroso en una mariposa, pues me habéis dicho que nada ha de temer de cornejas ni grajos.
—Es cierto que el hada me dio a entender que la princesa me ama –prosiguió don Sylvio–, pero quién me asegura que una inclinación que en cierta manera fue el fruto de un único instante efímero resistirá el hostigamiento al que su corazón...
—¡Diantres! –lo interrumpió Pedrillo–. ¿Habláis en sueños, señor, o sabéis lo que estáis diciendo? ¡La figura de una mariposa es una figura peligrosa y os atemoriza el hostigamiento con el que, mientras siga siendo una mariposa, se hostigará a su corazón! ¿Habré escuchado yo algo así en lo que llevo de vida? Me parece a mí, ¡por mi alma!, que de enamorado a insensato va muy poco. Celoso. ¿Así que debéis sentir celos de las mariposas que se le pudieran acercar demasiado con esa figura? ¡Atormentado! Y qué ocurrencia más graciosa. ¡Ja, ja, ja! ¡Celoso de una mariposa! ¡Ja, ja! Eso viene a ser como si estuvierais celoso de las pulgas que se refocilarán por debajo de sus enaguas cuando vuelva a ser una princesa, ¡ja, ja, ja!
p. 79—Escucha, Pedrillo, amigo mío –replicó don Sylvio con gran seriedad–. Hace ya mucho que noto que quieres hacerte el gracioso, pero permite que te diga de una vez y para siempre que no hay nada más insufrible en este mundo que la gente que hace chanzas a destiempo. Dime, ¿has leído la historia del príncipe de las hojas o del príncipe de la isla de la primavera eterna108?
—¿Del príncipe de las hojas? En verdad que no, señor –respondió Pedrillo–, a ese no lo conozco. Es la primera vez que oigo su nombre.
—Y así pues –prosiguió don Sylvio–, ¿tampoco conoces la isla de los papillones*109?
—¿La isla de los papillones, decís? ¿Eso es tanto como si se dijera la isla de las mariposas?
—En cierto modo –respondió don Sylvio–. Has de saber que estos papillones son una especie de geniecillos alados, similares en su forma y hermosura a los dioses del amor o a pequeños silfos y de naturaleza extremadamente enamoradiza, pero tan mudable e inconstante que siempre van revoloteando de un objeto a otro. Apenas le ha prometido uno de estos papillones amor eterno a una bella, ya está escapando a decirle a otra que jamás ha amado a nadie como a ella. En definitiva, hay días, con frecuencia incluso horas, que ven cómo su pasión prende, arde y se apaga, y si su amor no es dichoso al instante, ya no lo es más tarde.
—¡A mí me parece que esa es una forma disparatada de amar! ¿Y entonces saben hablar esos papillones?
—Ya te he dicho que no son mariposas comunes, sino una especie de silfos que, según lo que refirió cierto naturalista árabe, tendría su origen en el amor secreto de cierta sílfide con un joven fauno. La belleza divina, la perenne juventud y la cualidad etérea de la que están dotados, las tienen por parte materna, así como de la parte paterna heredaron su manera de amar, su audacia y su inconstancia.
—¡Ah! Ahora me acuerdo –exclamó Pedrillo–. ¡Bien, bien! ¡Ahora ya sé de qué habláis, pues ya he visto no sé cuántas veces chiquillos con alas como esos en el gran cuadro que cuelga en el gabinete de la señora! Sabéis cuál os digo, el que representa el amor de Floro y de Céfira…
—Al revés, don Pedrillo, querrás decir de Céfiro y Flora…110
—Sí, sí, eso quería decir, de Floro y de la bella Céfira. Es realmente bella, por mi alma. Nunca he tenido el valor para mirarlo detenidamente, pues nuestro vicario dice que es pecado mirar algo así… Pero yo sé bien lo que yo sé. Bien predica quien sólo puede hablar. Entre nosotros, señor, el bueno del señor vicario tampoco es precisamente de hierro y acero, quizá no le vendría mal que se tirara a sí mismo un poco de las orejas. ¿Adivinaríais en casa de quién lo encontré hace poco por casualidad (pues ¡claro!, no sucedió aposta)? ¡En casa de la gorda Maritornes! ¡Pardiez!, señor, no estaba rezando el padrenuestro con ella, podéis creerme. Y no voy a hablar más, pues si se llegara a saber, podría uno quemarse la lengua de modo que preferiría no haber tenido ojos. Lo que quiero decir no es otra cosa, señor, que podéis creerme que es verdad, pero os lo digo, no confesaría ni una palabra si se llegara a saber, no, ¡Dios me salve!, ¡ni con torturas! Por mi alma, no es bueno saber demasiado de señores así, ya me entendéis…
p. 80—¿Pero qué es lo que viste? –preguntó don Sylvio.
—¡Oh, pardiez, señor! –respondió Pedrillo–, perdonadme, me avergüenza decirlo. Mirad, puesto que era Maritornes, era algo demasiado grave. Sí, si hubiera sido la señora Beatriz…
—Basta –dijo don Sylvio sonrojándose–. No quiero saber nada más... ¿Pero qué es lo que me querías decir del cuadro?
—Sí, del cuadro, si todavía consigo recordarlo bien... ¡Ah! Ahora lo recuerdo, os iba diciendo, y que me llamen embustero si no es verdad, que nunca me atreví a mirarlo con detenimiento. Se la representa como si estuviera tomando un baño, y bien podéis pensar, puesto que cree que está sola, y es en mitad del verano, en fin, que no lleva, si se me permite decirlo, ni un cacho de tela en el cuerpo, ni siquiera un paño para las partes pudendas. Y ahí está también su amante, el Floro, representado sobre una nube, y baja la vista hacia ella con tanta seriedad como si se la quisiera tragar con la mirada, y hay a su alrededor un montón de esos zagalicos revoloteando con las alas de mariposa, y se lanzan rosas unos a otros...
—Vale, vale –dijo don Sylvio–. Sin embargo, debes saber que estos papillones, debido al influjo de un hechizo que les lanzó Amor, cuya ira habían atraído, pierden su forma en cuanto se elevan sobre la isla en la que nacen. En definitiva, se convierten en mariposas o, al menos, parecen serlo, pues de su forma original no les quedan más que las alas. Bajo esta apariencia se mezclan con las mariposas verdaderas y se sirven sin complejos de los privilegios que una vestal no tiene reparos en conceder a estos inocentes animalillos. Y su irreprimible propensión a las tretas amorosas a menudo los ha hecho, incluso con esta apariencia, más peligrosos de lo que se podría pensar. Pues, como son capaces de hablar...
—¿Hablar? –lo interrumpió Pedrillo–. ¡Demonios, si eso es verdad debe de resultar de lo más gracioso! ¡Una mariposa parlante! Ya me gustaría a mí tener una sola que hablara. Os lo aseguro, en cuatro semanas ganaría tanto dinero con ella que podría preguntarle al rey si Valencia está en venta. Pero ahora me doy cuenta de por qué vuestra merced está algo confundido. Ciertamente no tenéis poco motivo para ello: un papillon que puede hablar, que es un silfo, que cuando uno menos lo espera se transforma en un hermoso rapaz de pelo crespo, ¡nora tal! ¡Que esto no es moco de pavo! Siempre cabe la posibilidad de que la princesa pudiera trabar conocimiento con uno de estos pequeños diablillos coloridos y que se sentaran juntos en una mata y que se pusieran a parlotear tanto como durara el día, y entonces una cosa lleva a la otra, como dijo la zagala, y sin darse cuenta uno se arrima cada vez más y más, y entonces... ya me entendéis, no voy a decir lo que podría pasar después. Y es que todos somos humanos, y bastaría con que la pobre olvidara por un momento que es vuestra amada para que viéramos un buen espectáculo...
—Si no supiera –exclamó don Sylvio indignado– que ni tú mismo tienes idea de lo que hablas, pagarías con cada gota de tu zafia sangre cerril la desatinada insolencia con la que osas mancillar la virtud de mi sin par princesa...
—Ruego mil disculpas a vuestra merced –dijo Pedrillo retrocediendo algunos pasos–. Que me cuelguen si mis palabras llevaban tan mala intención como la que habéis percibido. Pero es que os encolerizáis enseguida cuando digo la mínima palabra. ¡No se toman truchas a bragas enjutas, pardiez! O estáis celoso o no. Si lo estáis, entonces debéis tener un motivo, y, si no tenéis ningún motivo, ¡ay, por Dios!, ¿qué hacéis entonces con los celos?
p. 81—Si estoy celoso, como tú lo llamas –replicó don Sylvio–, lo estoy solo por su corazón, no porque me preocupe que ella sea capaz de dar un paso que pudiera poner en entredicho su virtud. Ella está destinada para mí, y para ello tengo la palabra del hada Radiante, y la princesa sabe que habrá de ser mía. Así que no tengo dudas de su persona y me despreciaría a mí mismo si solo el atisbo de un recelo en cuanto a su honor pudiera alcanzar mi alma. Siempre somos dueños de nuestra persona, pero no de nuestros sentimientos. Otro podría poseer su corazón, mientras que yo no sería más que el dueño de su belleza...
—No sería sincero, señor don Sylvio –lo interrumpió Pedrillo–, si dijera que entiendo lo que decís, ¿qué queréis decir con vuestro corazón y con vuestra persona y con vuestros sentimientos? Por Dios, si tengo a la persona, tengo su corazón, y, si tengo el corazón, tengo a la persona, lo uno no va sin lo otro. Mirad, señor, yo no entiendo nada de vuestras destinciones*, pero sí os voy a decir que, si yo tuviera una mujer que no me quisiera de corazón, sentiría un picor desesperante en la frente aunque ella fuera la virtud en persona111. Quien posee el corazón de una mujer, ya sabéis... ¡Atención! ¿Qué ruido ha sido ese? ¿No habéis oído nada, señor?
—No, ¿qué has oído tú?
—Era un ruido que venía de aquel lado, de los matorrales...
—Puede que haya sido un pájaro...
—Quiera el cielo que no sea un ave rapaz, señor... Ahora todo vuelve a estar en silencio, y ¿qué os iba a decir? Estábamos hablando de vuestros celos, sí, y estaba diciendo... Se oye otra vez el murmullo... Ángel de la guarda, ¿qué viene por ahí? ¡Válame Dios, señor, una enana! ¡Un espíritu maligno!
—Silencio, gallina cobarde –le musitó don Sylvio, que veía ahora lo que había atemorizado tanto al bueno de Pedrillo–. Es, por lo que veo, un hada...
—¿Un hada, decís? Sí, de las hadas que salen volando con el bieldo por la chimenea. ¡Por mi alma! Se le parece más a una bruja que una paloma a su palomo…
—Deja ya de hablar así, Pedrillo. ¡Es posible que sea una de mis buenas amigas! Las hadas más bellas suelen aparecerse en ocasiones bajo la apariencia de viejas feas para ver cómo se las trata cuando van con ese aspecto…
—¡Ja! Ahora veo lo que es –exclamó Pedrillo–. ¡Ja, ja, ja! Es una gitana, señor, mirad bien, es una gitana, no hay duda. Llega en buena hora, que nos diga cuál será nuestra ventura…
—Ten mucho cuidado, Pedrillo –le dijo don Sylvio en voz baja–, es un hada, te lo digo. O, por lo menos, es posible que sea una y, en tales casos, siempre es mejor que uno tome el camino más seguro. Sea lo que sea, la trataremos como a un hada y así no nos arriesgamos a nada.
Con estas pláticas se acercó hasta ellos la supuesta hada, la cual, en efecto, no era ni más ni menos que una vieja gitana corcovada que no sin motivo rondaba por estos parajes y que se mostró tanto o más admirada como nuestros aventureros al descubrir en este bosque y con tales atuendos a un joven de tan noble porte como lo era don Sylvio.
i Pedrillo quiere decir en realidad vademécum (librito en que se contienen las nociones fundamentales de alguna disciplina), lo cual en este caso tampoco tiene sentido.
ii Palabra de origen francés que aparece así también en el original. Se trata de un préstamo que la lengua alemana adoptó, al menos durante un tiempo, y que se utilizaba como sinónimo para Schmetterling (‘mariposa’). El préstamo francés aparece, por ejemplo, en el diccionario de los hermanos Grimm. Decidimos mantener el préstamo francés en la traducción para que la conversación siga teniendo sentido.
iii En el original Distillationen (‘destilaciones’), forma trabucada de Distinktionen (‘distinciones’).
107 Asclepíades de Bitinia (129/124 a.C.–40 a.C.), introductor de la medicina griega en Roma.
108 Don Sylvio se refiere al cuento «Le prince des feuilles» [El príncipe de las hojas], publicado en Les Nouveaux Contes de fées (1698), de la autora francesa Henriette Julie de Castelnau de Murat, en el que aparece el príncipe de las hojas, que vive en una isla donde siempre reina la primavera.
109 En el mismo cuento de Murat se narra que junto a la isla de la primavera eterna hay otra isla, llamada de los papillones.
110 En la mitología griega, Céfiro es el dios del viento del Oeste, mientras que Flora, o Cloris, es la diosa de las flores. Flora fue raptada por Céfiro, que la convirtió posteriormente en su esposa.
111 Se refiere aquí a los cuernos que supuestamente aparecen tras una infidelidad.
