Índice

Capítulo VII Aventura con la gitana

En cuanto la gitana se hubo acercado algo más a ellos, don Sylvio se plantó ante ella, la saludó con gran cortesía y le preguntó si había algo en lo que pudieran servirla.

—¡Por Santa Bárbara! –exclamó aquella—112. ¿Qué hace un joven señor tan hermoso en este bosque? ¿Es que os habéis perdido, o quizá vais buscando…?

—¡Eh! Señora gitana –la interrumpió Pedrillo– ¡No seáis tan curiosa! ¿Acaso os hemos preguntado nosotros lo que vais buscando?... ¿Quién os dice…?

—Silencio, patán maleducado –exclamó don Sylvio lanzándole una mirada encendida–. Efectivamente, mi estimada y anciana madre, podríais admiraros de qué hago aquí si no supierais ya de antemano, como parece, lo que ando buscando.

—¡Oye, abuela! –dijo Pedrillo, a quien el vino de Málaga se le había subido un poco a la cabeza–. Tenéis poderes adivinatorios, ¿no es verdad? Miradle la mano y decidme si tiene una fisonomíaafortunada.

—No necesito su mano para eso –respondió la vieja–, eso se lo veo ya en los ojos. Joven señor con el terso rostro virginal, a pesar de lo joven que sois, ya sabéis qué es el amor, ¡je, je, je! ¡Os sonrojáis! ¿No lo he adivinado?

—¡Diablos! –dijo Pedrillo–. ¿Y eso se lo veis en los ojos, abuela? Entonces seguro que veréis también que la princesa a la que ama es una mariposa, ¿eh?

—¡Una mariposa! –exclamó la gitana–. ¡Ji, ji, ji! ¡Esa ocurrencia es tan buena que me creo, por mi honra, que sea una mariposa! ¿Ya sabe volar, señor, ya tiene plumas? ¡Ji, ji! Algo sé yo de ese tipo de mariposas. Me acuerdo todavía que cuando vivía en Sevilla tenía un buen número de esas en mi jaula, podéis creérmelo. ¿Pero parece que se os ha escapado, si vais buscándola?

—Casi me parece, anciana madre –dijo Pedrillo– que sabéis más del asunto que nosotros mismos. Pero os lo ruego, puesto que habéis visto tanto en sus ojos, seréis capaz de ver mucho más en su mano, eso lo he oído decir yo alguna vez. Tened la bondad de darme vuestra mano, señor. Fijaos, abuela, ¿qué me decís de estos ligamentos*?

—¡Por mi santiguada! –exclamó la gitana–. ¡Una fina mano blanca! Escuchad, señor mío, si ponéis un ducado en esta hermosa mano, os diré la buena ventura que dará gusto oírla.

—¿Un ducado? –dijo Pedrillo–. ¡Nora tal, comadre! Me parece a mí que esta mañana te has tomado un aguardiente. ¡Un ducado! Si hubieras dicho un real, podríamos seguir hablando, pues no es que necesitemos que nos digas la buena ventura, ¿me entiendes?, ya sabemos lo que sabemos.

—La cuestión es –respondió la vieja– que quién sabe lo que puede suceder. Aún hay sol en las bardas y por lo que noto...

—Aquí tenéis el ducado, madre buena –dijo don Sylvio–, no os dejéis desasosegar por el parloteo ingenuo de este mozo. Es un joven de los buenos, pero a menudo no sabe ni él mismo lo que dice. No hay que tomarle nada a mal.

—Joven señor –respondió la gitana–, tenéis tan buenos modales que me gustaría a mí haceros más favor que este si fuera yo todavía lo que una vez fui. Por Santiago, también yo tuve mis buenos tiempos, podéis creerme, una se hace vieja de tanto vivir, como véis, pero todavía recuerdo aquellos tiempos en los que me llamaban la gitana virtuosa, y cuando los señores jóvenes de Toledo rivalizaban por hacerme una serenata. ¡Por mi alma, que por mí subió el precio de las cuerdas de tantas guitarras y laúdes como se rompieron por mi amor! ¡Llovían allí sonetos! Y doblones también, os lo aseguro.

p. 83—Bien, bien –dijo Pedrillo con impaciencia–. Nos interesan mucho las serenatas que os hicieron hace cien años, cuando el diablo todavía era un rapaz y teníais todos los dientes en la bocaza. Al grano, por favor. Ya tenéis nuestro ducado, así que ahora queremos vuestro género... vuestra mano, señor...

—Solo un pequeño ducado más, señor, y os diré la buena ventura de tal manera que se hará a vuestra entera satisfacción.

—Aquí lo tenéis –dijo don Sylvio al tiempo que, por mucho que Pedrillo refunfuñaba, le ponía el ducado en la mano.

—Una hermosa mano, como decía, una delicada y venturosa mano, joven señor. Ji, ji, ji, ¿no lo he dicho ya? Estás enamorado, tesoro, ¿verdad? ¡Buen chico! No te pongas rojo, ya tienes edad para eso. ¡Ay! Eso del amor es cosa preciosa. ¿Pero cómo? ¡Déjame ver! Estás enamorado de una muchachita virtuosa, de una muchachita maravillosa...*

—¡Ha dado en el clavo, pardiez! –exclamó Pedrillo–, efectivamente, maravillosa, y pequeña como una muñeca.

—Aún una muchachita, muy joven, algo inconstante...

—Inconstante, efectivamente –dijo Pedrillo–, tanto que anda revoloteando de mata en mata y de seto en seto que no hay diablo que la alcance...*

—Todo se andará, el tiempo pasa para todos, pero ella te ama, ¿no es cierto?

–Precisamente eso es lo que querríamos saber, pues tenemos ciertos recelos, una cierta sospecha...

—Calla –le espetó don Sylvio–, ¿es que no puedes cerrar la boca ni un momento?

—¿De que ella ame a otro? –continuó la gitana–. ¡Esa pequeña bribona! A otro, ¡eso es para desesperarse! Pero así son las muchachitas, quien les prodiga coqueteos y caricias, a buen seguro que no pierde el tiempo con ellas. ¡Sí! ¡Ama a otro! Apuesto a que es uno de esos petimetres, de esos papillones que van revoloteando de flor en flor y que no se posan en una sola...

—Tate, doña gitana –exclamó Pedrillo al ver que don Sylvio se quedaba pálido como un cadáver tras escuchar estas palabras–. Decís más de lo que queremos saber.

—Es suficiente –dijo don Sylvio retirando la mano–, dejadme marchar, mi desgracia es inequívoca. Incluso la ha podido leer en mi mano...

—¿Y qué más da –lo interrumpió Pedrillo– mientras no se lea en vuestra frente? Eh, abuela, vamos a hablar de otra cosa. ¿Qué me decís de mi mano? Aquí tenéis dos reales, creo que con estos ya podría verse algo claro.

—Por mi santiguada –exclamó la vieja después de haber echado un vistazo a la mano–, ¿bajo qué signo han nacido estos jóvenes? ¡Estáis enamorados como gorriones! Uy, aquí hay ya directamente cinco o seis mujeres en una rama...

—¿Cinco o seis mujeres? No estáis del todo cuerda, muchachas querréis decir. ¿Qué queréis que haga yo con tantas mujeres?

—Seguro que no van a desistir, tienes mi palabra –replicó la vieja–, lo que no necesites tú será de provecho para otros. ¿No te irás a creer que vas a tener una hermosa mujer solo para ti? Por mi santiguada, que veo aquí una que para mí que pone una cara como si quisiera hacer buenas migas contigo.

—¿Cómo? ¿Qué? ¿Veis en mi mano a la persona que yo tengo ahora en mente?

—Sin duda.

p. 84—¡Eso lo veremos! ¿Es grande o menuda, vieja o joven, rolliza o enjuta? ¡Respóndeme a eso, abuelita buena!

—No es ni grande ni menuda...

—¡Bien!

—Ni demasiado vieja ni demasiado joven...

—¡Pardiez!

—Y se diga lo que se diga, más bien rolliza que enjuta, ¿no es cierto que así es?

—¡Maldición! ¿Cómo hacéis para poder ver todo eso en mi mano? ¿También veis los grandes ojos negros que tiene en la cara?

—En efecto, un par de hermosos ojos negros, un par de amables y cautivadores ojos, ¡lo admito! Ojos negros, cabello negro y una bonita boca llena de dientes perlados, todo en armonía.

—¡Pardiez! La conocéis tan bien como yo mismo. Pero seguid, un bello y voluminoso pecho, ¿eh?

—¡Oh! No hay ni que decirlo, si no fuera porque el sastre...

—¿Cómo? ¿El sastre, decís? ¡De verdad, con esas me venís! ¡Pardiez! Aquí no hay sastre que valga. Podéis decirme lo que queráis. En lo que a eso respecta, bien puede ella dejarse ver junto a una infanta, sea la que sea, ¡os lo prometo!... ¿Y qué tenéis que decir de sus piececillos? ¿Verdad que son gráciles? Y un par de pantorrillas... No las habréis podido ver por causa de las faldas... Pero podéis creerme que no podrían estar mejor torneadas.

—En verdad que tienes razón, es una joven hermosa, fornida y divertida, ¡pero tanto peor para ti, hijo mío!

—¿Por qué peor?

—¡Oh! ¡Eso ni se pregunta! ¡Ya lo verás, acuérdate de lo que te digo, ya verás qué es lo que tiene tener una mujer hermosa! ¡Algo te pondrá, acuérdate de lo que te digo! ¡Algo te pondrá! Y no quiero decir más.

—¡Eh! ¡Demonios! –exclamó Pedrillo–. Creo que es lo suficientemente claro. ¡Algo me pondrá! Queréis decir que me pondrá los cuernos…

—No quiero decir precisamente cuernos, pero sí algo así… algo de eso que hace que pique la frente, así… una especie de candil*. Resumiendo, que si alguna vez tienes casa propia, sigue mi consejo y haz que hagan las puertas tan altas como puedas. En tales casos nunca puede ser uno lo suficientemente precavido. Pero estoy aquí perdiendo el tiempo. Por vuestro dinero habéis escuchado tanto como para daros por satisfechos. Tengo cosas que hacer. Con Dios, hijos míos, hasta más ver.

Tras estas palabras prosiguió su camino la gitana y dejó al bueno de Pedrillo con un notable desconcierto sobre qué debía pensar de aquella.

—¡Al diablo! –exclamó corriendo hacia donde estaba su amo, quien con gran aflicción se había echado debajo de un árbol–. Si esta vieja bruja chepuda no es un hada, como decíais, entonces es el Adversario en persona el que habla a través de ella. Lo que es seguro es que no sucede de manera natural eso de sus poderes adivinatorios. ¿Cómo podía saber que estáis enamorado de una mariposa, y que la princesa es un papillon? ¿Y no me ha descrito a la señora Beatriz de manera tan natural como si ella misma la hubiera creado? Y lo cierto es que nos ha visto hoy por primera vez. ¿Qué tenéis que decir al respecto, señor? Yo, por mi parte, os confieso que me volvería tonto dándole vueltas a la cabeza antes de sacar algo en claro de todo este maldito asunto.

p. 85Don Sylvio, que yacía allí sumido en profundas reflexiones y que no había prestado ninguna atención a las pláticas de su compañero de viaje, se despabiló ahora de golpe.

—Escucha, Pedrillo –dijo–, voy a decirte lo que pienso acerca de lo que ha ocurrido y estoy seguro de que no me equivoco. Pero, ¿adónde se ha marchado la gitana?

—Se ha esfumado, señor, no sé ni cómo. He apartado la vista solamente un instante y cuando he vuelto a mirar, ya se había ido.

—Te confieso, Pedrillo –prosiguió don Sylvio– que en un primer momento no he sido capaz de controlarme, puesto que parecía anunciarme la infidelidad de la princesa. Al comienzo no, pues con tu imprudencia se lo habías puesto en la boca, pero el hecho de que dijera que se me sacrifica por un papillon fue una confirmación de mi desasosiego previo, demasiado fuerte como para que yo pudiera permanecer en calma. No obstante, ahora que he recapacitado un poco más acerca de lo que ha dicho (pues recuerdo todavía cada palabra) y el tono y el gesto con los que lo ha dicho, estoy convencido de que la fingida salamandra, la sílfide con la que he viajado esta mañana y esta gitana son exactamente la misma persona, y que todas estas apariciones no son más que malvados artificios con los que mis enemigos pretenden disuadirme de la consecución de mi propósito. En pocas palabras, no dudo lo más mínimo que esta gitana es nada menos que la mismísima hada Jorobeta. Por lo menos es seguro que tenía toda la apariencia que la historia atribuye a esta hada, pues era menuda, corcovada, bizca, de ojos lagrimosos y de cara totalmente ocrácea. Sea como fuere, es firme mi decisión no dejarme confundir por todos estos artificios. ¡No, mi cara princesa –prosiguió con un elevado tono en la voz mientras observaba el retrato de ella y se lo llevaba a los labios–, nada es capaz de ahogar las llamas puras e inmortales que tu divina hermosura avivara en mi pecho! Aun insensible, aun inconstante, aun infiel, no te amaría yo menos. ¡Pero maldito sea el pensamiento que pretende que te considere infiel después de que la buena hada que nos protege me asegurara tu afecto! ¡Ay! ¡Quizá yazcas en este instante, lejos de mí, en un páramo adonde te ha llevado el dolor o el hado, oculta en el regazo de una rosa en flor, y fecundas su fragante pecho con tus lágrimas y lamentas que yo te haya dejado!... ¡Cielos! ¿Cómo podría yo abandonarte? No, tú, dulce dueña de mi alma, la misma muerte, en la más temible forma que le puede dar la crueldad de nuestros enemigos, no logrará impedir que mi sombra, alentada por su inmortal amor, te busque por doquier, te rastree por doquier y, sin sentir envidia de los dioses por sus esferas, busque en tu pecho su mejor Elíseo113.

Don Sylvio pronunció este patético discurso con tanta viveza, con un tono tan afectuoso en la voz y con movimientos tan conmovedores que al pobre Pedrillo, que escuchaba con la boca y los ojos abiertos, comenzaron a deslizársele las lágrimas por las mejillas sin que él supiera qué le estaba sucediendo.

—A fe mía, señor don Sylvio –exclamó y se limpió los ojos con la mano–, que tenéis el extraordinario don de ablandarle a uno el corazón. ¿Pero cómo conseguís que se os ocurran todas estas bellas cosas que habéis dicho? ¡Demonios! Si fuerais cura y predicarais así desde el púlpito, ¡eso haría brotar las lágrimas! ¡Por mi alma! Habría tal torrente que habría que ir en un bote por la iglesia. Habría dado lo que fuese por poder retenerlo tal como lo habéis dicho, pero sí me he quedado con las rosas en flor y el regazo fragante de las lágrimas y la sombra inmortal, y después habéis introducido las esferas y los dioses, y algo del amor y de santa Elisa... ¡Que me muera aquí si entiendo cómo habéis podido unir todo eso! Pero para volver a lo principal...

p. 86—Bien, bien –lo interrumpió don Sylvio–, lo principal es que debemos buscar a la mariposa azul. Recoge de nuevo tus cosas y prosigamos. Pero veo aquí más de un sendero que atraviesa este bosque. ¿Dónde está Tintín? Tengo la impresión de que hace ya varias horas que no lo he visto.

Esta pregunta fue como un mazazo para Pedrillo, quien de golpe recordaba ahora que no había prestado atención alguna al pobre Tintín desde la aventura con la rana del foso. Sin embargo, como al mismo tiempo le vino a la mente que su amo no perdonaría una negligencia así, le aseguró que no podía haberse ido muy lejos.

—Lo he llevado en brazos toda la noche –añadió– porque estaba tan cansado, el pobre animalito, que ya no lograba moverse, y esta mañana todavía estaba aquí cuando llegó la gitana. Voy a llamarlo, no debe de andar muy lejos.

Pedrillo gritó entonces con todas sus fuerzas, y su amo lo ayudó a gritar y a buscar. Pero no tuvieron más fortuna que los argonautas cuando estos iban buscando al bello Hilas, al que habían raptado las ninfas y habían arrastrado hasta su sima por debajo de las olas114. Aquellos buscadores peinaban el soto y la orilla, y gritaban: Hilas, Hilas, tanto que el soto y la orilla retumbaban. Sin resultado, Hilas yacía entretanto en los brazos de la ninfa más bella y no oía sus gritos. Lo mismo sucedía aquí, con la única diferencia de que Tintín, en aquel momento, en lugar de reposar en el pecho de una bella ninfa, yacía en los brazos de la gitana ocrácea, la cual, poco después de que se hubiera despedido de nuestros aventureros, lo había encontrado medio muerto de extenuación tras las huellas de su amo y, puesto que este era muy pequeño y dócil, se lo había llevado consigo.

A don Sylvio este percance lo afligió de manera extraordinaria y poco faltó para que esta vez su ánimo decayera por completo. Pedrillo no tuvo ninguna dificultad para convencerlo de que el hada Jorobeta había raptado a Tintín, pero sí las tuvo mayores para disuadirlo de un centenar de insensatas resoluciones a las que se entregó en su desesperación.

Quizá este habría sido el momento en el que hubiera podido proponerle a su amo que regresasen. Sin embargo, desde aquella conversación que habían mantenido acompañada de la empanada y la botella de vino de Alicante, se había producido un pequeño cambio en su modo de razonar y pensaba ahora tan poco en su regreso que le habría resultado desagradable si el mismo don Sylvio lo hubiera propuesto. A decir verdad, para el bueno de Pedrillo todo dependía de las circunstancias del momento en cuestión. Por las noches pensaba de manera diferente, y de otra manera un hermoso día de verano, de otra manera en el bosque y de otra a campo abierto, de otra manera en una charca de ranas y de otra diferente tras un buen desayuno. Pedrillo era en este sentido un segundo Séneca, y la diferencia entre él y un filósofo a este respecto consistía solamente en que no realizaba esfuerzo alguno por razonar sobre la relación entre sus contradicciones115. Y así, hizo uso de toda su elocuencia para convencer a su amo de que nada estaba perdido todavía.

—Encontraremos a Tintín antes de lo que se piensa –dijo–, dejad que la señora Radiante se ocupe de ello. Quién sabe con qué intención ha hecho ella que él se marche. Hay que ser optimistas, señor, que las desgracias vienen solas. El hada, vuestra buena amiga, tiene que cumplir su palabra cual mujer honesta, tarde o temprano tendremos a nuestra princesa, ¡y punto!

Este enérgico consuelo volvió a serenar un tanto los ánimos de nuestro atormentado héroe y, puesto que una agradable brisa procedente del lado del mar recorría el bosque y mitigaba de manera considerable el calor, decidieron proseguir su camino durante un tiempo bajo la sombra de los árboles.

i En el original Pedrillo confunde Ligamenten (‘ligamentos’) con Lineamenten, que son las líneas de la mano a través de las cuales la quiromancia pretende ser capaz de adivinar la fortuna de una persona, confusión que mantenemos en la traducción.

ii Nótese que el cambio de la forma vos al de nuestra traducción se da también en el original alemán, donde la forma cortés (Ihr) es sustituida por una forma más directa (Du) una vez que la gitana ha conseguido que le entreguen los dos ducados.

iii Resulta imposible reproducir el juego de palabras entre flatterhaft (‘inconstante’) y flattern (‘revolotear’) al que hace referencia Pedrillo en el original alemán.

iv El candil es la parte superior de la cornamenta de un venado, que es lo que el término alemán Sprösse expresa en el original.

112 Santa Bárbara es desde el siglo xvi uno de los catorce santos a los que acudir en busca de ayuda, en este caso contra rayos y tormentas. Es la patrona de los mineros y de los artilleros.

113 Según la cosmología antigua, las esferas rodeaban a la tierra en círculos concéntricos, en los que se movían los distintos planetas. En la esfera más cercana a la tierra se situaban los cuatro elementos, tierra, mar, agua y aire, mientras que existía un quinto elemento, el éter, donde supuestamente residían los dioses. Este se encontraba situado por encima de la esfera terrestre. Por otro lado, en la mitología antigua el Elíseo es el lugar de descanso, el paraíso ultraterreno de héroes y dioses.

114 Hilas, hijo del rey Tiodamante de los tríopes, tomó parte en la expedición de los argonautas en busca del vellocino de oro, pero fue raptado por las ninfas por su extraordinaria belleza. Wieland reproduce aquí los versos de la sexta égloga de Virgilio.

115 Wieland alude a Lucio Eneo Séneca el joven (4 d.C.–65 d.C.), filósofo cordobés del que sus contemporáneos criticaban su contradictoriedad política y filosófica.