Capítulo VIII Don Sylvio se cansa de la búsqueda de la mariposa azul y se queda dormido tras una buena comida campera
Dado que la única intención de don Sylvio con esta maravillosa salida era buscar a la mariposa azul, es fácil imaginar que casi todas las mariposas que se le cruzaban en el camino atraían su atención.
Esta vez, según las observaciones de Pedrillo, no parecía sino que las Perifollo y Jorobeta hubieran reunido con denuedo a todas las mariposas del mundo entero para soltarlas en aquella arboleda. De cada mata les salían revoloteando media docena de ellas y nuestro caballero, que a cada instante creía ver a su princesa, se empeñó en no descansar hasta haberla atrapado. Pedrillo podía maldecir cuanto quisiera, de nada servía, debía acompañar a su señor.
Con todo, tras haber andado de ceca en meca como orates durante horas, y tan cansados como estaban que apenas si se mantenían en pie, se dieron cuenta de que las malditas mariposas solamente los habían traído al estricote. Había tantas de aquellas que se podría haber compuesto una buena colección en un gabinete: amarillas, rojas, cenicientas, encarnadas, ígneas, rosáceas, polícromas, moteadas, listadas, pavonas, en definitiva, mariposas de todas las clases y colores, aunque ninguna que hablara y ninguna princesa.
—Señor don Sylvio –exclamó al fin Pedrillo jadeando mientras se dejaba caer debajo de un árbol–, ya no puedo más. Ojalá el demonio se llevara a todas las mariposas, exceptuando a vuestra princesa, así podríamos tener la esperanza de poder encontrarla. Pues os lo aseguro, si doña Radiante no se ocupa de nosotros mejor que hasta ahora, renuncio a seguir buscando.
—Pedrillo, amigo mío –respondió don Sylvio con la voz ahogada–, estoy tan agotado que no puedo ni moverme. Mira a ver, te lo ruego, si encuentras un lugar cómodo en el que podamos descansar. Y cuando pueda volver a hablar, te diré qué es lo que pienso.
—Continuad tan solo algunas docenas de pasos –dijo Pedrillo–, si todavía podéis caminar, allí veo un bello espacio verde que está abierto hacia los campos, allá detrás de los olivos. Me parece que aquel no debe de ser mal lugar.
En verdad, al llegar allí encontraron un lugar más apacible de lo que les había parecido desde la distancia, pues por un lado estaba rodeado por un alto seto de rosas amarillas y blancas que conformaba una especie de emparrado natural, y allí donde quedaba abierto tenían una panorámica de los más bellos prados, que relucían con flores de todos los colores y estaban atravesados por cien serpenteantes arroyos cuya ribera, ocupada a ambos lados por fértiles árboles, mostraba a los ojos embelesados la imagen de un lugar paradisíaco.
p. 88—¡Qué lugar tan agradable! –exclamó don Sylvio, a quien este panorama le levantaba de nuevo el ánimo–. ¿Acaso no podría pensarse que alguna ninfa o hada lo ha hecho aparecer en este instante para que podamos reponernos? Te lo ruego, tráeme un frasco de agua de aquel arroyo que fluye allá entre los groselleros. Me muero de sed y de cansancio. –En diciendo esto, se echó sobre la hierba, que era tan mullida y suave como un colchón de terciopelo.
Al minuto, Pedrillo regresó con su frasco.
—Ánimo, ánimo –le gritó–, aquí tenéis agua en abundancia y, lo que es más, aquí en mi hato quedan algunas frascas de vino de Málaga que ahora nos sabrán tanto mejor porque nos las hemos ganado con nuestro sudor. Ea, a la salud de nuestra princesa. A su tiempo maduran las brevas. Animaos, señor, nada está perdido todavía. No hace ni un día que nos pusimos en marcha y quizá lo mejor sea que no escatimemos. Ya se sabe, enhoramala, cómo son las mujeres. Apuesto a que, si siguiéramos tranquilamente nuestro camino y diéramos buena cuenta de la comida y la bebida, e hiciéramos como si no nos fuera demasiado en ello, acudiría ella misma y se dejaría atrapar de tan buen grado como aquella pastora que quería escapar de un pastor al que amaba y se metió en una gruta116. ¡Demonios! ¿Quién iba a sacar más provecho de todo ello si no ella? ¿Creéis que prefiere ser una pobre mariposa azul a una princesa y esposa? ¡A otro con ese cuento! Así pues, como veis, todo tiene remedio. Hagámoslo a pesar de la maldita Jorobeta y divirtámonos. ¡Arriba, señor don Sylvio! Muera Marta y muera harta, venid y servíos. Quién sabe si mañana no estaremos con nuestra princesa en un castillo de alabastro almorzando de fuentes de arcoíris117.
Esta hermosa alocución de Pedrillo se vio favorecida de tal grado por su ejemplo y por el apetito de nuestro héroe que, si se nos permite la expresión jansenista, debió causar un efecto irresistible118.
Don Sylvio comprobó en esta ocasión cuán cierta es la observación de Zoroastro, quien en uno de sus libros perdidos asegura que una libra de pan blanco, una empanada fría y una frasca de vino de Málaga supone, para una persona con un buen apetito y que hace mucho que no ha comido, un remedio reconocido contra todos los pesares119. El coraje de aquel aumentaba de manera proporcional a como iban menguando la empanada y la frasca. Los alegres espíritus del vino disiparon en poco tiempo los negros vapores que rodeaban su cerebro y poco a poco las agradables imágenes, las felices expectativas y las ensoñaciones fueron ocupando su lugar hasta que, finalmente, el dios del sueño, sin que hiciera falta ni un granito de semillas de amapola, se adueñó de sus embotados sentidos y, tumbándolo en la hierba mansamente adormecido, les dejó encomendado a los Céfiros que de cuando en cuando esparcieran sobre él un goteo de rosas120.
Pedrillo siguió al poco el ejemplo de su amo, no sin antes tomar la precaución de ponerse a sí mismo y a su querido hato a buen recaudo tras un arbusto, a unos veinte o treinta pasos de aquel.
Es de suponer que, gracias al poder narcótico de nuestra narración, nuestros lectores se encontrarán en una situación semejante y para que, si así lo desean, puedan unirse a nuestros héroes durmientes, vamos a hacer aquí una breve pausa.
116 Se trata de un tropo característico de la literatura pastoril, por lo que resulta difícil la adscripción de una obra concreta a esta referencia.
117 Según la creencia popular, se trataba de unas pequeñas fuentes de oro o plata que caían de los arcoíris y que podían encontrarse allí donde estos tocaban la tierra. Se trataba en realidad de unas monedas del periodo celta (ss.iii a.C–i a.C) de forma cóncava que solían aparecer en las superficies de los campos por el movimiento de las tierras por parte de los agricultores o con las lluvias.
118 Según las doctrinas del jansenismo (cfr. nota 4), el hombre no puede resistirse a la gracia divina.
119 Wieland se refiere de manera irónica a Zoroastro o Zaratustra (628 a.C–551 a.C), profeta y filósofo persa, fundador del zoroastrismo, que desbancó a las tradicionales religiones indoiranias en torno a los siglos vi y vii a.C. La referencia al libro perdido de Zoroastro resulta de especial relevancia, pues refleja el juego cervantino con la ficción de fuentes que permea toda la novela.
120 Evidentemente la referencia al dios del sueño es al dios griego Morfeo. Por otro lado, las semillas de amapola cuentan con efectos somníferos. Los Céfiros son vientos suaves que reciben su nombre del dios griego Céfiro, dios del viento del Oeste. En este caso, el viento haría que los pétalos de las rosas se esparcieran como un goteo sobre don Sylvio.
