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Capítulo IX La aventura más primorosa de todo este libro

Pedrillo había dormido unas dos o tres horas cuando volvió a despertar y, puesto que se encontraba completamente restablecido, se levantó y salió de su arbusto para buscar a su amo. ¡Pero cuán grande fue su sorpresa ante el panorama que allí se le presentó al acercarse! Una pastora mojigata que en un emparrado estival haya soñado durante su duermevela con los gozos que desprecia estando despierta, no estará más consternada si se encuentra arropada por los brazos de un audaz amante al levantarse de repente de cuanto lo estaba Pedrillo cuando avistó a dos jóvenes muchachas que permanecían junto a su amo medio ocultas tras un rosal y que parecían observarlo con curiosidad.

Ambas iban vestidas de pastoras, ambas parecían no pasar de los dieciséis y ambas le resultaban tan hermosas que durante un buen rato dudó si no serían de aquellas ninfas y sílfides que solían aparecérsele a su amo en sueños. «¿Estoy soñando yo también», pensó para sí, «y solo me figuro que me despierto, o estoy viéndolo con mis propios ojos? Calma, vamos a averiguarlo enseguida. Voy a pellizcarme los brazos y las pantorillas... Bien, bien, sí, soy yo, eso está fuera de dudas... ¿Son en verdad mis ojos? Y puedo frotármelos cuanto quiera que estas dos hermosas criaturas siguen estando ahí, si es que son criaturas. Pero estoy convencido de que son hadas, y de las más hermosas, que uno puede ver solamente en días de verano.

Y así volvió a quedarse contemplándolas entre bostezos y con los ojos abiertos como platos, como si no pudiera saciarse de verlas, y, cuanto más las observaba, más se convencía de que nunca en su vida había visto algo tan hermoso.

Una de las dos era algo más espigada y delgada que la otra, y no tenía más de diecisiete o dieciocho años. Iba vestida toda de blanco y, en lugar de las flores naturales, llevaba enganchados en el pelo y en el pecho pequeños ramilletes llenos de piedras preciosas cuyo radiante brillo, sin embargo, quedaba superado por el resplandor de sus hermosos ojos, en la misma medida que el blanco de su vestido lo quedaba por el alabastro deslumbrante de su cuello y de sus brazos.

Pedrillo, completamente cegado por tanto resplandor y brillo, no dudó ni un instante que se trataba de la mismísima hada Radiante y su opinión quedó aún más reforzada cuando a cierta distancia vio algunos pajes que eran tan hermosos y que refulgían de plata hasta tal punto que no los podía tomar por menos que por salamandras. En aquel instante se disiparon todas las pequeñas dudas que de tanto en tanto le habían surgido acerca de la existencia de esta hada y de toda la historia vinculada a ella. A sus ojos no había ahora nada más cierto que el hecho de que la mariposa azul era una princesa y la aparición del hada, de la cual, como estaba convencido ahora, dependía la continuación de esta novela, le corroboró que su joven señor vencería en poco tiempo a todos los enanos y enanas, y se convertiría en el príncipe más dichoso del mundo.

Entre estos esperanzadores pensamientos se acercó sigiloso, aunque temblando y conteniendo el aliento, y, cuando advirtió que hablaban entre ellas, se detuvo entre unos arbustos cercanos y permaneció a la escucha aguzando el oído, semejante a un joven fauno que acecha a un par de ninfas que acuerdan entre ellas dónde van a tomar un baño esa noche.

—¿No es verdad –escuchó decir a la más pequeña, una morena vivaracha y madura de veinticuatro años ante cuya visión le palpitaba el corazón como no lo había hecho nunca en su vida–, no es verdad que no podéis mirar a este gentil joven sin que os conmueva? ¡Qué bello yace aquí! ¡Qué rizos! ¡Qué rostro más encantador, puras lilas y rosas! Faltaría a la verdad si dijera que Endimión era tan bello como este encanto que aquí duerme. ¡Pero mirad, señora! ¿No sentís en vos la llamada a convertiros en su Diana121?

—¡Alocada muchachilla! –replicó la supuesta hada–. ¡Qué ocurrencias! Y, pese a todo, he de confesarte, Laura...122 En efecto, ¡qué bello!... Pero ¿y si despertara?... Lo mejor será que prosigamos...

—Tiene razón vuestra merced –respondió la más pequeña con cara maliciosa–. ¿Qué estamos haciendo aquí? Puede despertar en cualquier momento y ¿qué pensará cuando vea que estamos aquí de pie ante él y lo observamos como si nunca hubiéramos visto a un muchacho de mejillas coloradas?

p. 90—Sin embargo –replicó el hada–, sí me gustaría saber quién es. Por su aspecto y su vestimenta parece no ser de mala ralea...

—¡Oh! Eso os lo prometo –dijo la ninfa–. Si en lugar de nosotras lo hubiera encontrado entre estos rosales una monja carmelita, lo habría tomado como mínimo por un pequeño Juan Bautista, o incluso por un ángel.

—¿Pero quién puede ser? No conozco en toda nuestra región...

—Ya lo creo –la interrumpió la otra–. Hace apenas tres semanas que vuestra merced se encuentra en esta región y vuestra antipatía hacia los nobles rurales comunes aún no os ha permitido trabar amistades. A excepción del licenciado don Gabriel, al que ya conocíais de Valencia, y de su hermano no habéis tenido trato con alma alguna si no es con los ruiseñores del parque y los corderos de vuestro rebaño.

—No hables tan alto –dijo la otra–. Temo que en cualquier momento pueda despertarse. Por nada del mundo querría que nos viera... Pero dime, Laura, ¿logras comprender por qué un joven que por su aspecto parece noble ha podido terminar aquí solo?

—No está tan solo como pensáis, hermosas mujeres –exclamó Pedrillo, que no logró contenerse más cuando percibió que el hada era una señora y la ninfa, una especie de camarera.

El pequeño sobresalto que produjo esta voz en nuestras bellas mujeres, puesto que no veían de dónde procedía, desapareció en el mismo momento en que vieron a Pedrillo, quien, a pesar de su atavío no muy lustroso, era un joven mozo de fisonomía agraciada y de porte tal que podría haber tentado a una muchacha decente como la bella Laura.

—Bien veo –prosiguió– que querríais saber qué especie de ave es mi señor, al que habéis encontrado aquí durmiendo. Tendríais que prometerme que mantendréis el secreto, pues nos va mucho en ello que cierta anciana tía que tenemos no sepa nada de adónde hemos llegado, hay un secreto tras todo ello, ¿me entendéis? Con todo, creo que a tan bellas damas podré contárselo, pues no me parecéis, ¡pardiez!, ni sobrinas ni tías del hada Perifollo...

—Expresaos de manera algo más clara, amigo mío –dijo Laura lanzando una mirada que Pedrillo captó al vuelo–, pero sed conciso, de lo contrario despertaremos a vuestro señor...

—¡Oh! No os preocupéis por eso –respondió Pedrillo–. No ha pegado ojo en toda la noche pasada, y, una vez que concilia el sueño, ya podría derrumbarse el cielo que no se despertaría. Se ha quedado dormido de agotamiento, pues desde ayer noche a las doce hemos recorrido por lo menos veinticuatro millas123.

—¿Veinticuatro millas? ¿Y por lo que parece a pie? –dijo Laura como si le sorprendiera mucho.

—Se avanza bastante rápido, mi joven señora, cuando uno viaja por la feeridad –contestó Pedrillo–, uno sale al campo sin siquiera saber cómo y a menudo habéis recorrido algunos miles de millas aunque habríais jurado que no os habéis movido del lugar.

—¡Lo admito! –dijo Laura–. ¿Pero qué queréis decir con viajar por la feeridad, si me permitís la pregunta?

—¡Pardiez!, señorita –replicó Pedrillo–, es esa una pregunta que no se puede responder de manera breve. Pero para explicároslo en pocas palabras, vamos buscando, y que quede entre nosotros, a una princesa, o para ser más exactos, a una mariposa de la que anda enamorado mi señor. Y, una vez que la hayamos encontrado, mi señor la transformará en una princesa y se casará con ella, eso es todo, ¿entendéis? Pero os lo ruego, no soltéis palabra. Debemos andar con cautela debido a ciertos enanos que quieren hacerse con nuestra princesa y que podrían aguarnos la fiesta si nuestro propósito llegara a sus oídos.

p. 91—¿Qué opina vuestra merced de nuestro hallazgo? –le dijo Laura a la bella dama con disimulo–. ¿Alguna vez habéis oído hablar de esta manera? No podría una imaginar nada más desatinado...

—¿Y quién es tu señor? –preguntó la dama.

—¡Oh! En cuanto a él –contestó Pedrillo–, es el mejor, el más amable, generoso, bondadoso, erudito y audaz joven noble de toda España, podéis creerme. Yo lo sé mejor que nadie, puesto que crecimos juntos. Es mi hermano de leche...

—Bien, bien –lo interrumpió la dama–, solamente os pido su nombre, ¿cómo se llama?

—Don Sylvio de Rosalva se llama –dijo Pedrillo–, su castillo está a apenas tres horas de Chelva en esta dirección. Don Sylvio, como ya he dicho. Su padre se llamaba don Pedro de Rosalva, era mi padrino de bautismo, señora, y por eso me bautizaron con el nombre de Pedro, pero cuando era yo pequeño me llamaban Pedrillo, y ahora sigo llamándome Pedrillo y seguiré siendo Pedrillo mientras Dios quiera, a no ser que mi señor encuentre pronto a su princesa, pues en ese caso no iba yo a ser yo menos que otros como para que no pudiera ostentar un marquesado o uno de los condados que ella aportará como dote al matrimonio con mi señor.

Pedrillo les explicó todo esto con tal circunspección y con un gesto tan sincero que nuestras bellas damas no dudaron ni un segundo más que había algo que no encajaba con estos individuos.

—Esto es incluso más que lo de don Quijote –le dijo la doncella a su señora–. Si el señor está enamorado de una mariposa y el sirviente tiene sus esperanzas puestas en marquesados, podemos divertirnos con ellos...

»Pero, amigo, ¿nos habéis hablado de una mariposa de la que anda enamorado vuestro amo y a la que pretende convertir en una princesa? ¿No queríais decir más bien que anda enamorado de una princesa a la que un hechicero ha transformado en una mariposa?

—¡Exacto! –exclamó Pedrillo–. Esa es la cuestión, y ahora hay que parafrasearla* en una princesa. Pero, si os he de decir la verdad, me parece a mí, entre nosotros, que el hada Rademante, que le prometió a mi señor su producción*, no pone tanto empeño en el asunto como podría y cada vez me preocupa más que al final todo quede en agua de borricas*...

—¿Y qué hada es esa? –preguntó la doncella–. ¿Rademante, habéis dicho?

—¡Oh! ¡Da igual cómo se llame! –la interrumpió la otra con una mueca que en otro rostro menos amable habría parecido más huraña–. No tenemos tiempo para ocuparnos de hadas y mariposas, va a oscurecer antes de que lleguemos a Liria. ¿Qué pensará mi hermano de nuestra ausencia?

Dicho esto, se alejó de allí, no sin antes haber lanzado otra mirada al bello durmiente, mirada que, de haber estado sola, puede que se hubiera transformado en un beso. Al menos esta fue una de las observaciones que la perspicaz Laura hizo en secreto para sí misma.

Pedrillo consideró que era su deber acompañar a las hermosas damas hasta el camino donde habían dejado a sus mulos bajo la supervisión de dos pajes. Pese a todo, y a decir verdad, el interés por hacerlo partía más de su corazón que de su cortesía. En un breve espacio de tiempo, la pequeña Laura había provocado en su interior una transformación en la que la buena de la señora Beatriz había estado trabajando con poco éxito durante años. En suma, estaba tan enamorado como nunca lo ha estado un Pedrillo. Tenía la sensación de tener todavía quién sabe cuánto que contarle a la hermosa desconocida, pero el corazón le rebosaba de tal manera que era incapaz de articular palabra, y hacía ya un buen rato que habían marchado de allí y él seguía allí como clavado al suelo y observaba, con la mirada perdida, en dirección al lugar por donde las había perdido de vista.

i El verbo que en realidad quiere utilizar Pedrillo es metamorfosear. En el texto alemán utiliza el verbo parafrasieren en lugar de metamorphosieren.

ii Nuevo malapropismo de Pedrillo, pues quiere decir protección. En el origina alemán, Produktion en lugar de Protektion.

iii En el original, Pedrillo confunde de nuevo palabras y en lugar de utilizar la palabra Remis, usada en el ámbito del juego, por ejemplo, en el ajedrez (literalmente ‘empate’ o ‘tablas’), considerando que la palabra está compuesta por dos notas musicales, hace uso de otra nota y dice «La mi». Traducimos esto trastocando un fraseologismo español (quedar en agua de borrajas).

121 Sobre el mito de Endimión y Diana, ver la nota al pie número 44 de este libro.

122 El nombre de Laura no parece aleatorio, pues en el Gil Blas de Lesage es la atractiva doncella de cámara de la actriz Arsenia.

123 Una milla se corresponde exactamente con 1,60934 kilómetros, por lo que don Sylvio y Pedrillo habrían recorrido una distancia de casi 39 kilómetros.