Capítulo X Quién había sido la dama a la que Pedrillo había tomado por un hada
Pedrillo, a quien a partir de ahora –o para ser más exactos, a partir del momento en que la encantadora Laura le había sonreído por primera vez– debemos considerar una persona de la que no se puede exigir sin ser injustos que muestre la misma presencia de ánimo con la que suele distinguirse quien está en su sano juicio, Pedrillo, como estaba diciendo, hacía ya un buen rato que había perdido de vista a las dos damas que se le habían presentado en el capítulo anterior cuando le vino a la mente que no habría hecho mal averiguando cómo se llamaban o dónde se las podía localizar.
Dado que sería muy poco procedente que nuestros lectores, quienes suponemos que no están enamorados, tuvieran que pagar por este descuido del enamorado Pedrillo, nos consideramos obligados a saciar la curiosidad que nos preciamos de haber despertado en ellos revelándoles –sin la misteriosa discreción con la que los novelistas en ocasiones nos dejan en ascuas durante varios capítulos sobre quién era esta o aquella persona que nos han presentado en alguna venta o en un carruaje–, si bien confiando mucho en su discreción (pues, en efecto, don Sylvio no puede saber nada de ello), quiénes eran aquellas damas y qué azar las había llevado a aquel lugar en el que, para desgracia del sosiego de su corazón, habían encontrado al hermoso don Sylvio durmiendo y a su fiel Acates de guardia124.
Aquella a quien Pedrillo, por su porte y por sus joyas, había tomado por un hada, se llamaba doña Felicia de Cárdena, quien contaba una edad de dieciocho años y era la viuda de don Miguel de Cárdena, el cual había tenido la consideración de fallecer unos dos años después de su casamiento a la edad de setenta años y de nombrarla heredera de la inconmensurable riqueza que había acumulado tras haber pasado poco más o menos toda su vida en México.
Desde su enlace, residían en Valencia, una ciudad a la que, por su hermosura y agradable ubicación, los españoles gustan de llamar la Hermosa. Sin embargo, en cuanto doña Felicia fue dueña de sí misma por la muerte de su anciano marido, tomó la decisión de mudarse al campo, donde podía abandonarse sin mayores impedimentos a cierto ímpetu romancesco de su fantasía y de su corazón.
Los poetas habían surtido en ella un efecto similar al de los cuentos de hadas en nuestro héroe. Si la imaginación de este rebosaba de transformaciones, hechizos, princesas, fantasmas y enanos, la de aquella estaba repleta de escenas poéticas, rebaños de ovejas arcádicos y tiernos encuentros amorosos, y, al encomendarse a los gélidos brazos de un amante tan poco poético como lo es un esposo de setenta años, no había sido otra su intención sino que la riqueza de la que esperaba disponer en poco tiempo la pusiera en disposición de llevar a cabo todos los agradables proyectos que se figuraba de un estilo de vida sin ataduras y dichoso siguiendo los preceptos poéticos.
Dotada de una belleza extraordinaria, doña Felicia poseía además todos los encantos que suplen la carencia de belleza y que a la belleza la hacen irresistible. Tañía el laúd a la perfección y lo acompañaba con un canto que era tanto más cautivador porque el mero tono de su voz tenía algo de conmovedor y musical, lo cual, en opinión del buen rey Lear, es una cualidad espléndida en una mujer125. Dibujaba, pintaba al pastel y, para que no le faltara ninguno de los dones de las musas, también componía sonetos, idilios y breves cantatas que, a juicio de sus amantes, superaban todo lo que las Safos, Corinas y las nueve musas jamás hubieran producido en este campo126.
Es fácil imaginar la revolución que debió de ocasionar la muerte de su esposo en el mundo femenino de Valencia. Todas las señoras temblaban por la fidelidad de sus amantes, todos los jóvenes señores se disponían a acometer una conquista tan espléndida; los poetas llenaban carros completos con provisiones de estancias y elegías que confiaban en colocarle a buen precio a los pretendientes de la joven viuda. En definitiva, todo el mundo estaba alterado, a excepción de aquella que era el objeto de tantas atenciones y aspiraciones. Apenas habían pasado el periodo de luto y el invierno cuando dejó atrás la ciudad sin importarle las desoladoras condiciones en que una resolución tan cruel dejaría a sus cortejadores y, junto con su hermano, se marchó a Liria, a una bella hacienda que él poseía en uno de los parajes más agradables que pueda uno encontrar sobre la faz de la Tierra.
p. 93Ella escogió este retiro porque, por un lado, sentía un tierno amor por su hermano y, por otro lado, a causa del decoro, pues, si bien ella misma poseía una magnífica hacienda que don Miguel había comprado cerca de Chelva a petición suya, consideraba más decoroso vivir bajo la supervisión de un hermano, y más cuando no le quedaba ningún pariente cercano y don Eugenio de Liria tenía universal fama de ser un joven noble de méritos probados.
Doña Felicia había dispuesto en su propia hacienda una especie de granja ovina que pensaba ir convirtiendo en una nueva Arcadia. Se propuso dar de tanto en tanto un pequeño salto hasta allí y precisamente regresaba a Liria en compañía de su leal Laura de una de esas salidas cuando avistaron el rosal bajo el cual don Sylvio se había quedado dormido. El lugar le pareció tan grato que se apeó para arrancar algunas rosas, de las cuales, como todas las almas poéticas, era una gran enamorada, y esta fue la causa de que de manera tan inopinada quedara sorprendida por la visión de nuestro durmiente caballero feérico.
Por muy poética, mística o mágica que pueda sonar la palabra simpatía a oídos de muchos de nuestros sabios actuales, no conocemos otra palabra para denominar un cierto tipo de inclinación que nosotros (a saber, todos los hijos de Adán y Eva) en ocasiones sentimos a primera vista por una persona desconocida y que tanto por su causa como por sus efectos se distingue no poco del resto de tipos de inclinación, amistad o afecto127.
A modo de ejemplo: serían más de cincuenta los más afables jóvenes caballeros de Valencia que se afanaron de modo inimaginable para conmover el corazón de la bella Felicia, sin lograr que ella se decantara por uno de ellos en lugar de por las riquezas del viejo don Miguel. Algunos de sus pretendientes realmente acumulaban logros. Doña Felicia les hacía perfecta justicia al respecto: los tenía en gran estima, encontraba deleite en su compañía, los consideraba dignos de su amistad y, bajo determinadas circunstancias, quizá (permítasenos remarcar este quizá) bajo un determinado signo lunar, si hubiera soplado un determinado viento, en un determinado lugar, a una determinada hora y bajo determinadas predisposiciones, hubiera sido incluso capaz de sentir cierta debilidad por alguno que hubiera tenido más experiencia que el pequeño abate de la señora de Lisban, pues (con el permiso de nuestras bellas compatriotas), en opinión del sabio Avicena, a quien se adhiere en su teología moral también el honorable Padre Escobar, hay determinados momentos en los que una feliz casualidad favorece considerablemente a la virtud128. No obstante, ni uno solo de ellos tuvo éxito, y tampoco, tras el paso de más años de los que los celadones de La Astrea pasan suspirando a los pies de sus impasibles diosas, habría logrado ninguno de ellos infundirle este sentimiento extraordinario e inexplicable que don Sylvio, sin intervención directa, sin ser consciente de ello, mientras dormía y a primera vista, provocó en ella, un sentimiento que en una décima de segundo le dijo más de lo que su corazón le había dicho en toda su vida en favor de todos sus admiradores. En definitiva, un sentimiento que a ella, cuando el estado extático en el que por aquel entonces se encontraba le permitiera cierta atención hacia sí misma, le habría dado a entender claramente que estaba en disposición de sacrificar con gusto en favor de este desconocido joven durmiente todas las riquezas por las que ella había sacrificado pocos años antes la juventud más preciada de Valencia.
Cuál sería la causa real de un efecto tan insólito y de todos aquellos por los que el amor simpatético se distingue del resto de los tipos de amor supondría una disquisición que nos alejaría demasiado de nuestra narración, y dejamos en manos de nuestros lectores la elección de la hipótesis al respecto que les parezca más apropiada129. Puede darse que las almas de tales criaturas simpatéticas ya se hayan conocido y amado en una circunstancia anterior, o que haya un parentesco natural entre almas y, como lo denomina un poeta inglés, sean almas gemelas, o que sus genios guarden una relación especial, o que un unísono musical de sus fibras y fibrillas produzcan este efecto de manera mecánica130. Baste con decir que esta simpatía se encuentra de manera tan verdadera en la naturaleza como en las fuerzas de la gravedad, de la gravitación, la elasticidad o las magnéticas, y que, bien pensado, no se le puede tomar a mal a la hermosa doña Felicia que, dominada por las fuerzas mágicas de esta misteriosa atracción, no pudiera resistirse a sentir por nuestro héroe algo que nunca antes había sentido, tan poco como puede tomársele a mal a cierto Regulo Vasconi que, según relata Escalígero, no pudiera contener las aguas menores en cuanto escuchaba una gaita131.
Pese a que era de temer que pudiéramos ofender con ello la delicadeza de nuestras lectoras, tanto de las bellas como de las feas, nos hemos servido de manera premeditada de este símil no demasiado elegante porque, en caso de que los futuros comentaristas de esta nuestra historia sean tan curiosos como para querer investigar nuestra opinión real acerca de la simpatía, puede servir para arrojar algo de luz sobre ello. Y ahora regresemos, sin detenernos más en tales sutilezas, a nuestras dos bellezas, a las que, como quizá se recuerde aún, hemos dejado en el camino de vuelta a Liria.
124 Compañero de Eneas en la Eneida de Virgilio. Junto a Eneas, Acates alcanzó Cartago, llevándole ante la presencia de la Sibila cumana. Acates es habitualmente asociado con la virtud romana de la fidelidad, la fides.
125 Referencia al King Lear [El rey Lear] (1605) de William Shakespeare (1564–1616), concretamente a la tercera escena del quinto acto. Wieland fue uno de los primeros y más completos traductores de Shakespeare al alemán, si bien tradujo la mayor parte de sus obras en prosa. Sobre este aspecto puede consultarse la introducción a este trabajo.
126 Los dones de las musas son el canto, la danza y la alegría. Safo (650/610 a.C–580 a.C), que vivió en Lesbos en torno al año 600 a.C., fue una de las primeras poetas de las que se tiene constancia y una gran cultivadora de la lírica amorosa. Corina, de la que no se cuenta con una fecha de nacimiento exacta, fue otra afamada poeta, que vivió en torno al año 500 a.C. en Beocia y parece que rivalizó con Píndaro (518 a.C–438 a.C) en el terreno de la poesía lírica. Las nueve musas son Calíope, Clío, Erató, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania.
127 El concepto de ‘simpatía’ o energías simpatéticas resulta fundamental en la filosofía neoplatónica, en la que se presupone una correspondencia entre el macro y el microcosmos, entre la realidad y lo que permanece oculto a ella. De acuerdo con esta filosofía, las simpatías serían los elementos conductores que facilitarían estas conexiones entre el mundo inteligible y el ininteligible.
128 En el cuento «Heureusement» [Por fortuna] de los Contes moraux [Cuentos morales] de Jean François Marmontel (1723–1799), la anciana marquesa de Lisban le cuenta al abate de Chateauneuf tres momentos en los que a punto estuvo de cometer una infidelidad y en los que la intercesión de la casualidad lo evitó. El tercero de esos momentos le había ocurrido precisamente con el mismo abate, siendo este todavía joven e inexperto, lo cual hizo que no sucediera nada. Avicena, nombre latinizado del persa Ibn Sina (980–1037), fue un erudito persa que escribió una enorme cantidad de libros de varias disciplinas, entre los que destacan sus escritos sobre medicina y filosofía. El padre Escobar (Antonio Escobar y Mendoza, 1589–1669) fue un teólogo jesuita español de enorme producción, entre cuyas obras destacan su Liber Theologiae moralis [Libro de la Teología moral] (1644) y el Examen de Confessores y Práctica de penitentes (1630). Fue muy conocido en Francia por su polémica con los jansenistas, en especial con Blaise Pascal (1623–1662), que le acusaba de laxismo y de hipócrita. De hecho, en la época se asociaba su apellido con la hipocresía y fue objeto de sátira por parte de varios autores.
129 Sobre el concepto de ‘simpatía’, ver la nota 127. El amor simpatético supondría la capacidad de sentir empatía por los demás, de compartir sus sentimientos, y supone una de las bases fundamentales de la literatura de finales del siglo xviii y de corrientes como la Empfindsakmeit [Sentimentalidad] germana. Sobre este movimiento, remitimos al lector a la nota 2 de este trabajo.
130 Probable referencia al poeta pre-romántico inglés Edward Young, cuya obra The Complaint: or Night-Thougths on Life, Death and Immortality [El lamento: o pensamientos nocturnos sobre la vida, la muerte y la inmortalidad] (1742–1745) ejerció una notable influencia a nivel europeo, marcando la obra de autores tan diversos como Goethe, Novalis o José de Cadalso. En sus Pensamientos nocturnos Young hace referencia a la «música de las esferas» (Noche IX, vv. 547–549). Respecto a la cuestión de las almas hermanas o gemelas, Wieland, tal y como señala Reetsma en su edición de la obra (Oßmannstedter Ausgabe 459), probablemente toma el concepto de la obra de otro poeta pre-romántico inglés, en este caso James Thomson (1700–1748), quien en su obra The Seasons [Las estaciones] (1730), concretamente en la primavera, describe el amor entre almas hermanas o gemelas, si bien no hace referencia explícita al término (Spring, vv. 1113–1122). Samuel Johnson (1709–1784) en su oda On Friendship [Sobre la amistad] sí que se refierere a ellas como «Sister souls» («When Virtues Kindred Virtues meet/And Sister-Souls together join/Thy Pleasures, permanente as great/Are all transporting, all Divine», On Friendship, V). Como apunta Reetsma, Wieland ya había utilizado los versos de Thomson como lema a sus Sympathien (1755).
131 Julio César Scaliger (1484–1558), famoso polígrafo. La referencia al caso de Regulo Vasconi puede encontrarse en su Exoticarium exercitationum libri XV de subtilitate ad Cardanum [Libro decimoquinto de ejercicios esotéricos], concretamente en el capítulo dedicado a Jocosa Sympathia [Simpatía jocosa].
