Capítulo XI Uno de los capítulos más eruditos de esta obra
Los gustos de la gente de este mundo son tan diversos que no podemos predecir si no habrá lectores que quizá muestren un mayor interés por la señora Laura, aun siendo esta solo una belleza de segunda clase o, para expresarnos con erudición, una dea minorum gentium, que por su señora132. Si hubiere tales amantes, es de suponer que no verán con buenos ojos que no les relatemos ni siquiera una síntesis de la historia de la bella Laura. Sin embargo, les conminamos a recordar que ya hemos dicho tanto de esta muchacha como era necesario para notar que era una buena personita, hermosa, jovial y bastante vivaz, y esto es, a nuestro parecer, lo más digno de mención que podemos decir de ella, pues, en lo que respecta a su historia, era ella una ayuda de cámara y la historia de las ayudas de cámara es, como se sabe, al menos en el curso habitual de la naturaleza, exactamente la misma en todo el mundo.
El célebre P. Sánchez indica en su libro De Matrimonio, tan casto como instructivo, que un amor en ciernes surte un efecto diferente en una joven viuda a como lo hace en una muchacha joven133. La primera, dice, se vuelve vivaz, despierta, procaz, mientras que en la otra se percibe un estupor ensimismado y una melancolía silenciosa que (añade este excelente hombre) es el efecto de la secreta repugnancia interna que siente el alma ante el peligro que corre de caer de la gloriosa posición de los ángeles y hundirse en una pasión zafia y material que consecuentemente lleva en último término a una realización tan obscena como lo es aquella por la que el mundo se llena de pecados.
Sentimos un respeto demasiado profundo por la Santa Inquisición como para atrevernos a inculpar a tan excelso hombre ni de la más mínima equivocación. Preferimos, por ello, decir que la naturaleza ha cometido una injusticia al haber osado –sin mostrar la menor consideración por la autoridad de un hombre que ha inventado tantos pecados nuevos– surtir en la hermosa Felicia y en su confidente precisamente el efecto contrario a las observaciones de aquel. Pues, por contradictorio que pueda parecer, tan cierto es, y tan poco podemos negarlo, que en el trayecto hacia Liria en cuestión la joven viuda iba absorta y silenciosa, y la muchacha, pese al peligro ante el que su virginal alma habría debido estremecerse, estaba tan alegre y de tan buen humor que la más seráfica de las hermanas de Santa Clara habría podido caer en la tentación de desear estar en su lugar134. Pese a que la animada Laura esperaba ansiosa la señal para dar rienda suelta a sus opiniones, habían recorrido ya un buen tramo del trayecto sin que doña Felicia hubiera dicho esta boca es mía, a no ser que se quisiera computar para ello un suspiro que a punto estuvo de escapársele y que, a decir verdad, no fue más que un conato de suspiro, puesto que lo descubrió con la suficiente antelación como para volver a introducir a presión dos tercios del mismo en su sigiloso pecho.
Finalmente, Laura, que para una ayuda de cámara había guardado silencio durante un espacio de tiempo extraordinariamente largo, no pudo contenerse más. Dio comienzo con una pregunta que dio pie a otra y así, poco a poco, se entabló entre ella y su ama o amiga (pues, de hecho, era ambas cosas) una conversación que quisiéramos relatar a nuestros estimados lectores al pie de la letra, tal como Pedrillo nos aseguró a nosotros mismos haberla oído acto seguido de primera mano de los labios coralinos de su ninfa.
132 Literalmente, una diosa de carácter menor.
133 Referencia al padre Tomás Sánchez de Ávila (1551–1610), teólogo jesuita español muy criticado por los jansenistas y por Blaise Pascal. Su obra De sancto matrimonii sacramento [Del santo sacramento del matrimonio] (1601–1605) es un manual para confesores que fue muy elogiado por el papa Clemente VIII y que se convirtió en uno de los libros de cabecera de todo seminarista.
134 La orden de las hermanas Clarisas fue fundada por Santa Clara (1194–1253) siguiendo el modelo de la orden de San Francisco de Asis.
