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Capítulo XII Un diálogo femenino

—Estáis extraordinariamente absorta, señora.

—¿Absorta?

—Si con ello no voy a perder vuestro afecto, sí, y casi melancólica, si una palabra tan desagradable se adecuara a un rostro en el cual incluso el disgusto es atractivo.

—No sé qué quieres decir con eso. A mí me parece que estoy de tan buen talante como lo he estado todo el día.

—De tan buen talante no, señora.

—¿Y por qué no habría de estarlo?

—Eso no lo sé, pero me ha parecido escuchar un leve suspiro…

—¿Un suspiro?

—Sí, pero solo uno leve, de ese tipo de suspiros que suspira una muchacha de catorce años cuando un amante joven y hermoso pide la mano de su hermana mayor.

—Tienes unas comparaciones insolentes, muchacha. Estás transformando una pobre espiración inocente en un suspiro para presentar una idea que lleva un cuarto de hora rondándote la cabeza.

—Doy las gracias a vuestra merced por el cumplido que hace de mi ingenio, pero, puesto que afirmáis no estar absorta ni haber suspirado, aunque a ello habría algo que objetar, hablemos de otra cosa, si os place.

—No estoy yo esta tarde para muchas chácharas.

—Era un lugar realmente agradable aquel en el que vuestra merced arrancó estas rosas, que, a decir verdad (pues no soy ninguna poetisa) ya comienzan a marchitarse en vuestro pecho… ¡Un lugar realmente agradable!

—Sí lo era.

—Un lugar realmente poético, en efecto, y espero que vuestra merced no se arrepienta de haberse apeado allí… a pesar del pequeño Endimión que hemos encontrado allí dormido. Tendréis que admitir, señora mía, que no se ve nada tan bello en Valencia.

—Hablas de él con tanta animación que casi me haces pensar que estás enamorada.

—Eso podría quizá pensarlo vuestra merced de mí si yo no dijera nada de él.

—Te entiendo. Sin embargo, puedes imaginarte lo que quieras, pero yo no puedo decir que me haya parecido tan sobrenaturalmente hermoso como tú lo presentas.

—¿Sobrenaturalmente hermoso? No era eso lo que quería decir, pues no entiendo mucho de cosas sobrenaturales, pero sí tendremos que admitir que es mucho más hermoso que don Alexis, quien en Valencia es una persona tan importante que las señoras están deseando que llegue el momento en que él las corteje y no hay ninguna (a excepción de doña Felicia de Cárdena) a la que no le contentaría que la admiraran por haberlo tenido al menos durante algunos días.

—Que sea más hermoso que don Alexis no dice tanto como tú piensas. Nunca lo he tenido por otra cosa que no sea un pequeño fantoche de mal gusto cuyo mayor mérito es que tiene las manos suaves y los dientes blancos, y que, con toda la arrogancia imaginable, es capaz de cacarearnos un enorme montón de banalidades.

—No sé yo por qué me ha venido a la mente precisamente este don Alexis, pues en verdad nunca he podido comprender lo que nuestras mujeres ven en él. Que vaya con cuidado, que, si nuestro don Sylvio pusiera un pie en Valencia, no le quedarían méritos suficientes ni para seducir el corazón de una pobre y delicada camarera.

—Yo no sé con qué ojos has visto a ese que tú llamas don Sylvio. Admito que me ha parecido agradable, pero tan hermoso como dices…

—Vuestra merced ha utilizado la palabra adecuada, agradable, esa es la palabra, eso es lo que quería decir, pues por lo que se refiere a su hermosura, podrían quizá ponerse algunos reparos. El cabello rubio…

p. 96—Castaño querrás decir…

—Bueno, castaño, pero como tiene un color tan sumamente fino, un color propio de una muchacha, se podría decir, me parece, que el pelo rubio sería…

—Y a mí me parece que la naturaleza supo mejor lo que hacía que tú. El pelo le casa perfectamente bien con el color de su rostro.

—Sin embargo, yo creo que debería tener más de masculino en el rostro. Os aseguro que, si se le vistiera como a una muchacha, incluso la mismísima doña Leonora de Zúñiga, que ciertamente es una buena conocedora de los hombres, se vería engañada135.

—Bien, no es un Hércules, en eso estamos de acuerdo, mas, a pesar de la perfecta finura y simetría de sus rasgos, considero que en su constitución tiene algo de grande y heroico que deberías por fuerza haber notado, pues, como parece, lo has observado con atención136.

—En verdad parece que vuestra merced lo ha contemplado mejor en un solo vistazo que yo en un cuarto de hora. ¿Pero qué me decís de su boca? Admito que es hermosa, pero seguramente demasiado pequeña, me parece a mí…

—Me gustaría saber por qué finges criticar precisamente en él lo que tiene realmente de hermoso.

—Pido disculpas a vuestra merced, solo hablo como me viene, y si no temiera causar un disgusto a vuestra merced…

—¿Causarme un disgusto? Me parece que no estás siendo muy razonable. Pero, si he de decir la verdad, yo misma tampoco estoy siendo razonable por prestar tanto oído a estas descabelladas ocurrencias. ¿Qué nos importa que don Sylvio sea hermoso o cuán hermoso sea?...

—Eso es verdad. Basta con que sea agradable, ahí está la cuestión alrededor de la cual todo gira. Creo recordar que leí en algún sitio que nada nos parece más hermoso que lo que amamos.

—Si así es, deberías de estar muy enamorada de ese desconocido, pues, si se te hace caso, la hermosura del Apolo vaticano no es más impecable que la de don Sylvio137.

—Al menos este tiene la ventaja de que respira y, en mi humilde opinión, es una gran ventaja.

—Dejémonos de discusiones vanas. Y ahora dime, Laura, ¿recuerdas todavía lo que ese Pedrillo, o comoquiera que se llamara, nos contó de él?

—Si hemos de creer a ese mancebo, nuestro desconocido sería de buena casa, hijo de don Pedro de Rosalva, del cual he oído decir a vuestro señor padre que fue un audaz oficial. Pero, si os he de dar mi sincera opinión, considero que el señor Pedrillo podría haber dicho más de lo que jamás podrá demostrar.

—Bueno, las apariencias pueden engañar y eso juega decididamente a su favor, pero ¿cuáles son tus motivos, si me permites la pregunta?

—Si hemos de creer a Pedrillo, que para mí tiene el aire de un mozo gracioso, también tendremos que creer que don Sylvio anda enamorado de una mariposa y que tiene por rival a sabe Dios qué enano y a cierta hada por protectora, y que, mediante la ayuda de esta, la mariposa quedará transformada en una princesa, y más cosas así. Todo esto es más que disparatado, me parece a mí. Lo peor de todo es que el mozo expuso todas estas absurdidades con un gesto tan de borrego hechizado y honesto, con un tono tan desesperado de sinceridad, que no se puede esperar que pueda haberlo dicho solo de broma. ¡Es desesperante!

—He de reconocerte, Laura, ¿y por qué habría de hacer yo un secreto de ello?, que siento interés por este joven. De haber dicho Pedrillo la verdad, aquel debe de estar loco.

p. 97—Y Pedrillo debe de estar aún más loco, señora, pues no es posible hablar con mayor serenidad de las cosas más cotidianas de como él habla de mariposas, enanos, hadas, princesas y marquesados.

—Hay algo incomprensible en todo esto. Sin embargo, de toda la confusa palabrería del sirviente puede adivinarse al menos que don Sylvio se ha marchado de casa por una cuestión de amor. El mozo mencionó algo de una anciana tía que al parecer pone trabas a su amor y quizá ese sea el motivo de que haya perdido la cordura. Una oposición imprudente puede arrastrar a una pasión intensa hasta arrebatos extraordinarios.

—Eso es seguro, sobre todo porque se dice que, de todos modos, no hay nada más sencillo que se produzcan enfrentamientos entre el amor y la razón, pero, si no presuponemos que Pedrillo está igual de enamorado e igual de loco que su señor, no habremos avanzado nada con nuestra hipótesis. Me ha venido una idea singular, señora, pero puede que nos sirva hasta que encontremos algo mejor. ¡Es un pensamiento tan melancólico el tener que figurarnos cual loco a un joven caballero tan afable como él! De hecho, sería una idea que merecería sin duda el suspiro que se os acaba de escapar… Al menos admitid esta vez que habéis lanzado un suspiro. Ha sido uno de los suspiros que no se pueden negar. Lo he observado desde el momento de su concepción, cómo ha ido ascendiendo parsimonioso por vuestro hermoso pecho hasta el instante en que, escabulléndose entre vuestros labios entreabiertos, ha salido volando en forma de un pequeño amorcillo.

—¡Qué majadería!... ¿Pero cuál era la ocurrencia de la que me querías hablar?

—Me figuro que don Sylvio podría estar, con permiso, un poco chiflado, sin tener que ser precisamente lo que se suele llamar un loco. En fin, podría tener algún tipo de necedad o de ensoñación exaltada, o como se la quiera llamar, que no lo haría menos merecedor de parecer agradable a cualquier dama que lo hubiera encontrado dormido bajo un rosal tan encantador.

—Percibo, muchacha, que se te ha metido en la cabeza que por fuerza debo de andar enamorada de él…, pero eso no vamos a discutirlo ahora. ¿Y en que consistiría entonces esa ensoñación?

—A mí me parece que podría ser una especie de joven don Quijote que, en palabras de Pedrillo, anda errante por la feeridad, tal como el caballero de La Mancha lo hacía por los mundos de la caballería andante. ¿Es que resulta tan incomprensible que una persona joven de carácter vivaz, que nunca ha visto el mundo y no encontraba nada en su pueblo que satisficiera la delicadeza de su gusto, haya tenido la singular ocurrencia, mediante la lectura de novelas y cuentos de hadas, de tener por verdaderos las hadas y los palacios encantados con todos sus dragones, enanos, fantasmas y centauros azules138?

—Sería esa una forma extraña de ensoñación y, aun así, creo comprender que puede que sea posible. Pero en ese caso, ¿qué podemos hacer de su amor por la princesa que está transformada en una mariposa?

—Apuesto lo que queráis, señora, a que esta princesa no es ni más ni menos que una hermosa campesina que le ha llamado la atención. Su arrebatada fantasía la elevó en un primer momento a princesa y, finalmente, con la ayuda de un enano amarillo o de una Monigotina jorobada la transformó en un papillon, y no se necesitará más que tener ante sus ojos a una joven dama que contrarreste su vivaz imaginación para que su amada, sin varita mágica ni talismán, recupere al instante su apariencia original y, reproduciendo las palabras de Pedrillo, vuelva a metafrasearse* no en una princesa, sino en una campesina.

—Te confieso, Laura, que se me ha despertado la curiosidad y ahora me arrepiento de no haber esperado hasta que despertara.

—Como vive a pocas millas de nosotras, no nos resultará difícil conseguir información sobre él que nos pueda sacar de este asombro. Y quién sabe si los duendes que andan en tratos con su destino no lo llevarán quizá a Liria, igual que nos han llevado hoy a nosotras hasta ese rosal que, ¡como que soy una muchacha!, se parecía tanto al cenador encantado de una reina de las hadas como nunca en mi vida he visto.

En diciendo esto Laura, llegaron al patio interior del castillo de Liria, donde nos vamos a permitir la libertad de separarnos de ellas para ver qué había sido entretanto del héroe de nuestra historia, al cual, por muy grata que nos resulte la compañía de doña Felicia, no podemos, sin cometer una negligencia punible, perder de vista durante más tiempo.

i Al reproducir las palabras de Pedrillo, que antes había utilizado el verbo parafrasear en lugar de metamorfosear, Laura trabuca asimismo el verbo y utiliza metaphrasieren, que traducimos con ‘metafrasear’.

135 La casa de Zuñiga es uno de los linajes más antiguos de España, de hecho, los Zúñiga descienden de la casa Íñiga, que llegó a reinar en el antiguo reino de Navarra. El apellido aparece en la obra de Lesage que Wieland toma como referencia. Leonor de Zúñiga (1505–1570) fue la madre de Alonso de Ercilla (1533–1594), poeta y soldado español autor de La Araucana (1569–1589).

136 Hércules, hijo de Zeus, llevó a cabo los doce grandes trabajos que le permitieron ser divinizado.

137 Referencia al Apolo de Belvedere, actualmente custodiado en el Museo Pío-Clementino del Vaticano.

138 El centauro es una criatura mitológica clásica mitad caballo (parte inferior) mitad hombre (parte superior).