Capítulo I En el que el autor expone un análisis exhaustivo de los enigmas de la ontología
Si alguna vez una persona se ha encontrado en un estado de ánimo insólito, ese fue Pedrillo tras perder de vista a las bellas criaturas con las que lo hemos puesto en contacto en el libro anterior. La confusión que produjo en su cabeza y en su corazón esta aparición era tan grande que el mero afán de llevar a cabo una descripción de la misma casi causa en nosotros una ofuscación igual de grande. Si había estado despierto o soñando, si habían sido hadas o mortales, si habían desaparecido o se habían marchado volando, eran preguntas cuya respuesta era cada vez más difícil cuanto más se las planteaba. Recapacitar no es en verdad algo que pueda hacer cualquiera. Al menos a Pedrillo le resultaba tan arduo manejar la situación que terminó por verse enmarañado en sus propios pensamientos como en una red en la que se embarullaba cada vez más cuanto más se afanaba en salir de ella. Cuando llevaba ya más de un cuarto de hora litigando consigo mismo, al final acabó por empezar a dudar seriamente de su propia existencia.
Entre todas las dudas a las que se ve expuesta la pobre necia razón del hombre, puede que no haya otra que a largo plazo pueda soportarse peor que esta. También el bueno de Pedrillo se sentía como si le dieran vueltas sobre su propio eje con la velocidad de una rueda de tortura o de la rueda de un molino de viento139.
Se podría quizá pensar que, de haber sido un cartesiano, podría haberse servido del famoso cogito, ergo sum para salir de sus dudas. Mas en las circunstancias en las que se encontraba el pobre mozo, quizá Descartes hubiera olvidado incluso su latín, pues en verdad no pensaba en nada y, si en un estado tal hubiera sido capaz de hacer un silogismo, el principio cartesiano no habría servido para nada más que para sacarlo de las dudas de su existencia e introducirlo en la seguridad de que no existía, lo cual, de hecho, no habría sido mucho mejor que salir ex Scylla in Charybdin o del fuego para caer en las brasas140.
Hay que reconocer que la gramática parda innata, el instinto, el sensus communis o como quiera llamársele (pues nunca entraremos aquí en una discusión acerca de las palabras) es para quien la posee en ocasiones más útil que la capacidad de razonamiento más sutil141. Si Pedrillo hubiera sido un metafísico, no se habría detenido en ningún caso en la duda acerca de su existencia. Habría continuado cavilando, reflexionando, analizando, abstrayendo, distinguiendo y combinando hasta haberse negado por completo a sí mismo –y probablemente también al resto de las cosas– la existencia e incluso su misma posibilidad. Y quién sabe si no habría terminado siendo el iniciador de una nueva secta filosófica de la que cabe suponer, no sin motivo, que, dada su especial facilidad para resolver los más difíciles problemas físicos y morales sin el mayor esfuerzo, en poco tiempo habría engullido todas las demás sectas de los dualistas, materialistas, panteístas, idealistas, egoístas, platónicos, aristotélicos, estoicos, epicúreos, nominalistas, realistas, occamistas, abelardianos, averroístas, paracelsistas, maquiavelistas, rosacruces, cartesianos, espinosistas, wolffianos y crusianos142.
No podemos concebir sin lamentos y conmoción qué nefastas consecuencias podría haber conllevado una filosofía como esta en el sistema de la sociedad humana, pues en verdad parece imposible que el principio de la no-existencia pudiera ponerse en relación con cualquiera de las religiones conocidas o con las leyes y costumbres establecidas de las naciones civilizadas. Pues, ¿con qué visos de legalidad podrían recaudársele diezmos, ofrendas o derechos de estola a una persona que no es, o cómo resultaría posible declarar culpable de un delito a aquel que le probara a un juez, mediante una extensa declaración usando el método geométrico, que, en el momento en que presuntamente hizo esto o aquello, ni siquiera existía143?
Sin embargo, por fortuna para la paz pública, Pedrillo no disponía del menor acceso a la filosofía especulativa y, en lugar de razonar largo y tendido acerca de su embarazosa situación, no se afanó más que en cómo iba a liberarse cuanto antes de ello. Pensó que su amo, que en este asunto era más imparcial, puesto que había pasado todo aquel tiempo durmiendo, sería quien mejor podría ayudarle a salir de aquel pasmo.
Si Pedrillo había razonado de manera correcta o no, y en qué medida, lo dejaremos en el aire, ya que un examen más minucioso al respecto podría enzarzarnos sin remedio en la famosa querella sobre el intellectus agens y patiens, para lo cual esta vez no nos sentimos con el ánimo suficiente, puesto que el trascendental contenido de este capítulo nos ha dejado el cerebro tan agotado que nos vemos obligados, con la venia del apreciado lector, a hacer una pausa144.
139 Aparece en el original un método de castigo que, por cuanto sabemos, no se aplicó y se desconoce en España. Se trata de la Trille o Drehhäuschen, una jaula capaz de girar sobre su propio eje vertical y en la que se introducía a personas que habían cometido faltas menores. El alguacil o cualquiera que pasara por allí podía castigar al condenado haciendo girar la jaula.
140 Para la locución latina usada por Wieland, la Real Academia recoge la expresión entre Escila y Caribdis «para explicar la situación de quien no puede evitar un peligro sin caer en otro», expresión esta inspirada en un episodio de la Odisea de Homero. Escila y Caribdis son dos monstruos mitológicos marinos situados en las dos orillas de un estrecho que tradicionalmente se ha identificado con el estrecho de Messina, en el sur de Italia. Atravesar el estrecho acercándose a cualquiera de las dos orillas suponía un enorme peligro y Odiseo debía atravesarlo en su camino de regreso a Ítaca. Siguiendo el consejo de Circe, Odiseo decide pasar más cerca de Escila, el mal menor entre los dos.
141 Al comienzo de su Discours de la méthode [Discurso del método] (1637), Descartes define el sensus communis o ‘sentido común’ (en el original francés bon sens) como «la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, [y] es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, […] la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien» (Discurso del método, Espasa Calpe, 1937).
142 Se nos permitirá en esta nota que hagamos solamente una breve descripción de todas las corrientes filosóficas que se enumeran en este pasaje, para la que nos hemos apoyado en la Encyclopaedia Herder sobre filosofía y antropología.
El dualismo fue aplicado por primera vez al ámbito filosófico por el alemán Christian Wolff en su Psychologia rationalis [Psicología racional] (1734), obra en la que lo opone al monismo para referirse a aquellos sistemas que admitían la existencia de dos sustancias, una material y otra espiritual.
Los materialistas son aquellos filósofos que consideran que nada existe más allá de lo material.
Los panteístas son aquellos que consideran que Dios y la creación son idénticos y que Dios está presente en todas las cosas.
Los idealistas consideran que el hombre solo posee una noción, una idea, de la realidad y no es capaz de reconocer el mundo.
Los egoístas son los seguidores del solipsismo, que cuestiona la existencia de todo lo que va más allá de la consciencia del hombre.
Los platónicos son los adeptos a la filosofía de Platón y sostiene que las formas son entidades inmutables y externas que existen en un plano ontológico diferente al de la realidad empírica observable.
Los aristotélicos son seguidores de la filosofía de Aristóteles y defienden, contrariamente a los platónicos, que la labor de la filosofía consiste fundamentalmente en el análisis y estudio del mundo observable.
Los estoicos son los defensores de una ética personal basada en las leyes de causa y efecto. Ante la imposibilidad del ser humano de controlar lo que sucede a su alrededor, el estoico trata de centrarse en el control de sus propios pensamientos respecto a los eventos del mundo exterior.
Los epicúreos siguen las doctrinas de Epicuro, que defiende la búsqueda del placer moderado y de la amistad verdadera como principios rectores de la actividad humana.
Los nominalistas niegan la existencia de las ideas o universales, esto es, los conceptos abstractos, y los consideran meros nombres.
Los realistas, opuestos a los anteriores, son los defensores del Realismo, cuyo máximo exponente es Tomás de Aquino. Para los tomistas, el mundo puede conocerse en su esencia verdadera y la principal meta del ser humano no debería ser otra que la búsqueda de la verdad.
Los occamistas son los adeptos a la filosofía de Guillermo de Occam u Ockham, a medio camino entre las dos anteriores. Para los seguidores de Ockham, el mundo es esencia contingente y Dios, gracias a su omnipotencia absoluta, sería capaz de crear mundos alternativos, por lo que, al menos hipotéticamente, están abiertos a la posibilidad de la existencia de entidades físicas más allá de las entidades físicas observables.
Los abelardistas siguen las doctrinas conceptualistas de Pedro Abelardo (Pierre Abélard), que consideraba que los universales no existen en el mundo exterior, pero sí como ideas en la mente.
Los averroístas son los defensores de las ideas del filósofo cordobés Averroes. Averroes fue uno de los principales introductores del pensamiento aristotélico en el mundo medieval, por lo que la filosofía averroísta es, en realidad, aristotélica. Alberto Magno y Robert Grosseteste, recurren frecuentemente a los comentarios a Aristóteles del filósofo cordobés, por lo que fueron considerados también como averroístas.
Los paracelsistas son los seguidores de Paracelso y, partiendo de la idea renacentista de la simpatía entre macrocosmos y microcosmos, concibe una medicina inspirada en la presencia de mercurio, sal y azufre, la tria prima o primeros principios, cuya ausencia supone la enfermedad. El pensamiento de Paracelso resultó tremendamente influyente en los tratados alquímicos, que por otro lado también influyeron las tesis del médico suizo.
Los maquiavelistas siguen las teorías políticas de Maquiavelo, para el que la acción política debe estar orientada hacia el pragmatismo y los resultados, y no tanto en torno a principios éticos concretos.
Los rosacruces son los adeptos de una orden fraternal legendaria y mística (Fraternidad de la Rosa Cruz) supuestamente instituida por el alemán Christian Rosenkreutz en el siglo xv.
Los cartesianos son los defensores de las ideas de Descartes, para los que la existencia puede ser demostrada a través del pensamiento racional.
Los espinosistas siguen las teorías del filósofo neerlandés Benito Espinosa (Baruch Spinoza), basadas en el monismo panteísta, en la identidad entre pensamiento y extensión, y el determinismo universal fundamentado en el orden geométrico.
La filosofía racionalista wolffiana se debe al alemán Christian Wolff, quizás el principal representante de la Aufklärung o Ilustración en Alemania, Los seguidores de Wolff rechazan el pensamiento monádico de Spinoza y defienden postulados mecanicistas por los que el mundo se asemeja a una máquina perfecta o a un reloj.
Finalmente, los crusianos, seguidores de Christian August Crusius, se oponen a las ideas de Wolff. Crusius defiende que todo aquello que no puede ser pensado por el ser humano es falso y que lo que no puede ser pensado como falso es verdadero.
143 Los derechos de estola eran los emolumentos que recibía un eclesiástico por ciertos servicios o por la administración de los sacramentos (bautismo, casamiento, extremaunición, entierro…), denominados así porque en estos actos llevaban puesta la estola.
El método geométrico se remonta a Euclides, quien postulaba que los teoremas han de derivarse estrictamente de axiomas y definiciones previamente establecidos, y fue adoptado en el ámbito filosófico en el siglo xvii sobre todo por Spinoza.
144 La distinción entre dos partes del entendimiento (activo y pasivo) se remonta a Aristóteles, quien en su De anima [Del alma] propone la existencia de dos tipos de intelecto, uno, el activo, que es el agente que causa el acto de conocimiento de las cosas y el otro, el paciente, que es la posibilidad, la potencia, que tiene el alma para conocer las cosas. El narrador de la obra hace referencia a la querella surgida más tarde, en la cual se discutía si ambos eran diferentes, como suponía Averroes, o si eran idénticos, como proponía Tomás de Aquino, que veía en aquellas dos funciones diferentes de un mismo entendimiento.
