Capítulo II Un ejemplo de que un testigo no es siempre tan fiable como se suele creer
Así pues, Pedrillo despertó a su durmiente amo, mas lo hizo, por desgracia, en un instante en el que se encontraba sumido en el sueño más placentero que pudiera desear un amante platónico como lo era el amante de una mariposa.
—Condenado –exclamó don Sylvio al despertarse–, ¿tú sabes qué sueño acabas de perturbar?
—Pardiez, señor don Sylvio –gritó Pedrillo–, la cuestión ahora no son los sueños, hay otras cosas sobre el tapete. Pero os lo ruego, mi querido señor, si es que tenéis todavía una pizca de amor cristiano para el pobre Pedrillo, decidme antes de nada si realmente soy Pedrillo o no. Pues, por mi alma, no todo es como debería ser, y que me aspen si a mi madre carnal le creyera ahora a pie juntillas que soy el hijo de mi padre.
—¿Pero qué locura te ha dado? –preguntó don Sylvio, a quien este discurso lo dejó asombrado–. ¿Qué te hace pensar que eres otro que no seas tú mismo?
—Simplemente, decidme si lo soy –replicó Pedrillo–, las causas os las diré a su debido tiempo. Primero aclaremos el meollo del asunto. Sed tan amable y responded directamente a mi pregunta, después veréis que va más en ello de lo que imagináis ahora.
—Muchachuelo inocente –dijo don Sylvio sonriendo–, llevas veinte años siendo siempre Pedrillo, ¿por qué no deberías seguir siéndolo?
—Miradme bien, señor, observadme por delante y por detrás y decidme la verdad, tan verdad como que sois un noble.
—Tan verdad como que soy un noble –respondió don Sylvio– que tú eres Pedrillo, o eres un asno, una de las dos cosas es segura...
—¿Un asno?... Aquí tengo las orejas, señor. Y pienso que bajo el birrete de algunos doctores las hay más largas, y si tan cierto es que soy Pedrillo como que no soy un doctor... un asno, quería decir, entonces va todo como debería ir. A decir verdad, señor, tenía yo la sensación, una especie de reprensión*, de que no podía ser de otra manera de lo que me habéis confirmado, pero, cuando a uno le suceden cosas tan extrañas como a mí, no sería maravilla que uno terminara por olvidar su propio nombre.
—¿Y qué es lo que te ha sucedido? –preguntó don Sylvio–. No te extiendas, si me haces el favor.
—Señor –respondió Pedrillo–, eso no puedo explicarlo en un momento. Un sabio puede hacer tantas preguntas en un santiamén que un tonto no las podría contestar en todo un día*. Si me dejáis tiempo, os lo contaré todo con pelos y señales. Pues, por mi alma, me parece como si todavía la estuviera viendo, con sus grandes ojos marrones y con el rostro pícaro más encantador con que me sonrió cuando iba a volver a montarse. ¡Que me muera si no estaba yo como si ella tirara de mi corazón con una cuerda! Os reiréis de mí, señor, pero no sería sincero si no envidiara al mulo en el que iba montada.
—No abuses más de mi paciencia –dijo don Sylvio, que no comprendía nada de todo este dislate–. Cuéntame como es debido y desde el principio qué es lo que te ha ocurrido desde que me quedé dormido.
p. 100—Bien, señor, lo haré si podéis ser paciente, pues, como he dicho, tengo tanto que contaros que no sé por dónde empezar, puesto que hay tanto que todo quiere salir al mismo tiempo. Mas, como me pedís que comience por el principio, sabed pues, señor, que no hacía mucho que os habíais quedado dormido cuando me vinieron uno o dos bostezos tan espantosos que creí que en toda la noche no lograría terminarlos. De ello deduje que el sueño pretendía pedir la vez, pero, como me había propuesto velar por vuestra merced, me defendí lo mejor que pude y le di, para mantenerme despierto, dos o tres tientos a la botella. Puede que fueran cuatro, ¡no puedo decirlo exactamente! En fin, la botella se terminó sin que yo estuviera más despierto, los párpados se me caían a cada momento y entonces volví a bostezar, y de esta manera estuvimos debatiendo, el sueño y yo, hasta que...
—¡Oh, por Dios! –exclamó don Sylvio–. Si vas a seguir hablando así, ni mi vida ni la tuya serán suficientes hasta que hayas terminado. Te dormiste, bien, y después volviste a despertarte, ¿o te han sucedido en sueños esas cosas maravillosas que me querías contar?
—¿En sueños? En verdad que no, señor, cuando tuve la aparición ya estaba despierto de nuevo, como os habría contado si me hubierais dejado continuar. Si he de decir las cosas en su orden, lo uno debe seguir a lo otro...
—Sin duda –dijo don Sylvio–, pero ¿tienes que incluir por ello todas estas circunstancias insignificantes por las que tu relato se vuelve tan lento y soporífero como un antiguo cuento de viejas? Estabas durmiendo y te has despertado, eso es todo el misterio, y podrías haberlo dicho en dos palabras. Y ahora sigue...
—Pues claro, demonios, ahora sigo, pero si me hacéis perder el hilo cada dos por tres, tengo que encontrarlo otra vez... ¿Dónde estaba?... Ah, sí, cuando me quedé dormido...
—Ya te has vuelto a despertar...
—¿No tiene uno que quedarse dormido antes de poder volver a despertarse? Pero si así lo queréis, ¡sea! Así que volví a despertarme y, para decir la verdad, quizá seguía durmiendo cuando cierta necesidad... un cierto... no sé cómo decirlo sin que parezca demasiado descortés, pero al buen entendedor, dice el refrán, pocas palabras le bastan... En fin, cierto asunto que uno no puede dejar en manos de un procurador... Me entendéis, ¿verdad?...
—Perfectamente, Pedrillo, y ahora haz por salir pronto de esta.
—Todo tiene su tiempo, dice el rey Salomón. En definitiva, era un asunto que el corregidor de Chelva, e incluso el mismo rey, debe realizar de la misma forma que el más pobre de los campesinos... Y, de hecho, he pensado ya muchas veces, si algunos grandes señores y señoras se pusieran a reflexionar sobre este asunto... y no haría falta darle muchas vueltas a la cabeza... podría ser que, si pensaran en este ejemplo, se les quitase una buena parte de la presunción que tienen de que son quién sabe cuánto mejores que el resto de la gente corriente. Lo cierto es que no hacen ni almizcle ni ámbar gris, y si uno lo ve a la luz del día...
—Pedrillo, Pedrillo –exclamó don Sylvio entre risas–, si entras a moralizar, no vas a poder llegar otra vez al final. Pasa por encima las cuestiones edificantes que te han venido a la mente en el momento en que hacías tus necesidades...
—Ja, ahora lo ha dicho vuestra merced, y cierto es que no lo ha dicho con rodeos. Yo nunca me habría atrevido a expresar la cosa de manera tan clara, pero, ahora que ha salido a la luz, voy a decir sin mayores prescripciones ni circunvagaciones* que yo, tras haber aliviado mi naturaleza, lo cual, dicho de pasada, sucedió tras un frondoso seto, a cincuenta o sesenta pasos del lugar en el que dormíais...
p. 101—Pedrillo, amigo mío –lo interrumpió don Sylvio–, veo que estás en disposición de hacerme desesperar. Mas continúa, pues es mi sino que haya de convertirme en mártir por la paciencia que debo tener con tu brutal verborrea... Voy a aguantar tanto como lo permita la naturaleza.
—Señor –replicó Pedrillo–, me dolería en el corazón si abusara de la paciencia de vuestra merced, pero ya veis cómo va esto, una cosa lleva a la otra. Empieza uno con una pluma de ganso y termina con el ángel Gabriel. Y, además, no podría dejar pasar la circunstancia en cuestión por el bien de lo que sigue, porque podéis ver así que es seguro que estaba despierto y en total posesión de mis sentidos. Pero no vamos a enemistarnos por ello, pues es mi intención llegar ahora a lo principal, así que seré más breve.
—Excelente, Pedrillo, y ahora basta de excusas.
—Sabed pues, mi querido señor, que cuando salí de detrás de las matas y me disponía a marcharme y ver qué era lo que hacíais, en ese momento vi... Adivinad, señor, qué es lo que vi.
—Te fijaste entonces en un arroyo y viste al asno más ridículo, bobo, desvergonzado, tedioso y vulgar que desde los tiempos de Balaam haya caminado sobre dos piernas, ¿verdad145?
—No habéis dado en el clavo, señor, mas que me cuelguen si no lo adivináis en cuanto os lo diga... Vi un hada, un hada, pero el hada más bella y más feérica que pueda uno ver en un día de verano y que ciertamente, si no era la mismísima señora Rademante, era más bella y resplandeciente que todas vuestras Bellinas, Encantadoras, Amarantinas y Rademantes juntas146.
—¿Un hada, dices? ¿Y cómo sabes que era un hada?
—¿Que cómo lo sé? Pardiez, señor, ¿acaso creéis que no sé nada? ¿Y podría haber pasado yo tanto tiempo a vuestro servicio sin saber lo que es un hada? Si no era un hada, podéis decir que Pedrillo es un bacalao y haced que me pongan en remojo y me sacudan como a un bacalao cuanto sea necesario. Os digo, señor, que su rostro resplandecía como si lo hubieran tallado de un solo rubí... A tres o cuatro millas alrededor de ella todo resplandecía como si hubiera media docena de soles en el cielo... Si no era un hada, podéis echar al fuego sin demora todos vuestros cuentos de hadas y decir que nunca ha habido un hada, y que nunca habrá una mientras las sopas se coman con cuchara y, si Dios quiere, se sigan comiendo así en el futuro.
—Bien, bien. ¿Dónde viste al hada? ¿Y qué hacía?
—¿Que qué hacía? Pardiez, os observaba, y no podéis ni imaginaros cómo os observaba. Ni más ni menos que como si pronto fuera a quedar prohibido el mirar. Estaba muy cerca de vos y se inclinaba un poco y os observaba una y otra vez que daba gusto quedarse mirando.
—¿Estaba sola?
—¡Oh! Eso es lo más interesante. Si hubiera estado sola, no estaría yo haciendo tantas ceremonias, pero traía junto con ella a otra pequeña hada o ninfa, o una muchacha sílfide, o comoquiera que la queráis llamar, la cosita más graciosa y dulce que hayáis visto nunca en vuestra vida.
–¿Qué aspecto tenía? Descríbemela para que pueda quizá adivinar quién era.
—Como he dicho, señor, una cosita afable, de cabellos negros como el carbón...
—Pregunto cómo era el hada –dijo don Sylvio.
p. 102—Lo que os digo, señor, maravillosa, no demasiado rolliza ni demasiado delgada, sino fresca y jugosa como una rosa matutina, un rostro como de leche y sangre, y un cuello... y brazos... no puedo describíroslo como me gustaría, pero eso sí os lo aseguro, la señora Beatriz no es más que un macaco en comparación. Me sentí avergonzado de haber sido tan tonto de haber requebrado a un carcamal viejo y desabrido como ella, pero donde no hay consciencia, no haya pecado; de haberlo sabido antes...
—¿Quiero que me hables del hada y solo me hablas de su doncella?
—¡Nora tal! ¿De qué si no debería hablaros, señor, si no me dio tiempo a mirar bien a la otra? ¡Tendríais que haberla visto! Pardiez, podría haberme pasado el día allí quieto mirándola sin cansarme de hacerlo.
—Bien está, pero el hada...
—¿El hada? Sí, en cuanto al hada, estaba allí, como he dicho, y os observaba, y no puedo decir mucho de ella, puesto que, como he dicho, la cosita estaba siempre en movimiento y a cada instante veía algo en ella que me desconcertaba. Ya os he dicho al principio que era un hada extremadamente bella. Creo que los diamantes y rubíes que llevaba colgando valían como dos o tres reinos y desprendían un brillo tal que no podía uno quedarse mirándolos mucho tiempo. Pero la más pequeña...
—Bien, bien. ¿Y no hablaban entre ellas? ¿No escuchaste nada? ¿Qué dijo el hada?
—¿Que qué dijo? ¡Oh! Dijo cosas preciosas, os lo aseguro. Me quedé escuchando como un azor y me quedé con cada palabra. «¡Pardiez», dijo, «este sí que es un señorito elegante!»... «Ni que lo digáis, señora», dijo la otra, «faltaría a la verdad si dijera que hemos visto en Valencia algo más hermoso. Apuesto lo que sea», dijo, «a que, si no es un silfo, seguro que es un fauno». «¿Pero quién podrá ser?», dijo el hada. «Señora», dijo la pequeña, «solo puede ser cosa de brujería que haya llegado hasta aquí porque conocemos a todos los hombres a diez millas a la redonda y un joven tan guapo no es, por mi alma, algo que pueda mantenerse escondido…». En fin, no os voy a relatar todo lo que dijeron de vos, pues ya sabéis que la soberbia es uno de los siete pecados capitales y y ni por todo un imperio querría cargar yo con ello en mi conciencia si vos tuvierais que pasar en el purgatorio una hora más de lo que quiera Dios147.
—Pero si dijeron todo eso que cuentas, mi buen Pedrillo, más parecen un par de vagabundas que hadas… ¿Cuándo se ha visto que las hadas hablen en un tono tan vulgar?
—He de reconoceros, señor, que a mí mismo me dieron ciertos escrúpulos y eso me alentó a acercarme y hablar con ellas. Pero cuando volví a mirar a los ojos a la muchacha pequeña y cuando vi las joyas que la otra llevaba colgando por todas partes… Sí, casi se me olvida eso, llevaban con ellas algunas salamandras que resplandecían como el puro sol y que estaban junto a los mulos sobre los cuales habían llegado las dos hadas.
—¿Salamandras dices?
—Sí, señor, salamandras de carne y hueso, y, en cuanto las dos damas se hubieron montado en sus mulos, se marcharon todas juntas volando por el aire de tal manera que, tras un breve momento, ya no veía más que muy poco de ellas, como si nunca hubieran estado allí.
p. 103—Pedrillo, amigo –exclamó don Sylvio–, o bien quieres hacerme el honor de usar tus chanzas conmigo, o los vapores del málaga te habían hechizado los ojos cuando viste todas esas cosas. Desde que existen las hadas, nunca se ha visto que cabalguen sobre mulos. Si al menos hubieras dicho que se marcharon en un carruaje dorado o de marfil con mulos alados, podría ser. Pero que un hada viaje de la misma manera que la mujer de cualquier campesino honrado ve y cuéntaselo a otro o reconoce que no comprendes nada de todo esto. Tu hada es como mucho una doncella que posee una hacienda en esta región. La ninfa que tanto te gustó, su camarera, y lo que creíste que eran salamandras, serán algunos pequeños pajes mortales que seguro que estarían desconcertados si, como hacen las salamandras verdaderas, tuvieran que cabalgar sobre un rayo de sol en seis o siete minutos de uno a otro confín de la Tierra.
—Señor –respondió Pedrillo–, pensaba yo que confiarías lo suficiente en mí como para no pensar que os vengo con patrañas. Si las salamandras que vi junto a los mulos no eran salamandras, ese es su problema y no el mío. ¿A mí qué más me da? ¿O por qué debería yo estar estreñido* a saber si son esto o aquello? Lo que sí me podéis creer es que el duende que la noche pasada tomasteis por una salamandra no era una décima parte de salamandra que estos. Podéis decir de mí que no soy más que un troncho de col si en comparación con ellos es algo mejor que una pajuela comparada con un candil. Y en cuanto al hada, ni Alcachófeles ni Plutón* me van a convencer de que no era ni más ni menos que el hada Rademante, si no incluso vuestra princesa, pues de hecho se asemejaba mucho a la del pequeño retrato que os dio el hada.
—Estás desvariando, mi querido Pedrillo…
—Por mi alma, señor, es como os lo digo, mostradme otra vez a la princesa, si sois tan amable… ¡Demonios! No parece sino que la han tallado tomándola a ella como modelo. Aparte del tamaño (pues en verdad podría ponerse toda esta imagen en la uña del pulgar) juraría que es ella misma.
—Escucha, Pedrillo –dijo don Sylvio–, si el contenido de tu disparatado relato no me lo hubiera dejado ya lo suficientemente claro, este detalle sería prueba suficiente de que debes de haber soñado. Tan seguro estoy de mi propia existencia como lo estoy de que este retrato no se asemeja en todo el mundo más que a mi princesa. Lo innegable es que mi princesa no puede dejar de ser una mariposa hasta que yo la encuentre y le arranque la cabeza y las alas. Por lo tanto, es absolutamente imposible que la persona a la que crees haber visto sea la misma que mi princesa. Esto es una demostración que tanto vale como la mejor de Euclides148.
—Yo no entiendo nada de vuestras remostaciones*, señor don Sylvio –respondió Pedrillo–, pero lo que vi, lo vi, y aun si el mismo Papa fuera vuestro padre, no podría tomarme a mal que creyera antes a mis ojos que a vuestras deducciones. Si tengo ante mí una cebolla, y aun si estuvieran ahí todos los bachilleres y licenciados de Salamanca, incluso todos los patriarcas, exarcas y monarcas de toda la cristiandad y me probaran que es una pata de carnero, seguiría creyendo que una cebolla es una cebolla, ¿y eso por qué? Porque mis ojos son mis ojos y porque nadie en este mundo puede saber mejor que yo si veo lo que veo. En fin, vuestra merced puede creer de todo ello lo que le plazca, a su debido tiempo se comprobará quién lleva la razón, ese es mi consuelo, pues el hada, sea quien sea, no se dará por satisfecha solamente con esta primera visita. Me hizo un gesto, ¡por Dios!, como si no tuviera muy buenas intenciones y me pareció que no le gustaba nada oír que andáis enamorado de una mariposa encantada.
p. 104—¿Se lo contaste tú, Pedrillo?
—Si no debería haberlo contado –respondió Pedrillo algo asustado–, pido a vuestra merced mil veces su perdón. Ni yo mismo sé cómo me sucedió, mas la pequeña bruja, su doncella, me hizo volverme tan cándido que me lo fue sonsacando todo, lo uno tras lo otro. Debo de haber sufrido un encantamiento y además pensaba que, si es un hada, lo sabrá todo de todas maneras y lo único que haría es enojarla si no diera las respuestas correctas a sus preguntas.
—¿Así que te estuvo interrogando y tú se lo contaste todo?
—Sí, señor, pero todo de manera tan general y en sentido tan figurado que no habría podido comprender nada de no haber sido un hada. Pero, como he dicho, la pequeña me miraba como si lo supiera ya todo de antemano mejor que yo. Apostaría a que solo me preguntó para ver qué le iba a responder.
—¿Y qué dijo entonces aquella a la que tomaste por un hada?
—Nada especial, pues prosiguió decidida su camino. «Tenemos que irnos», dijo, y puso una cara bastante contrariada, «¿qué pensará mi hermano si llegamos tan tarde a casa?».
—¡Oh, cielos! –exclamó en este punto don Sylvio y se puso tan pálido como un paño blanco–. Ahora veo con terrorífica claridad que sí es la hermana del Enano Verde…
—¡Demonios, señor! –exclamó Pedrillo–. ¡Pero qué cosas se os ocurren! Quiera el cielo que no hayáis acertado. Mas me acabáis de recordar que, de hecho, llevaba unas enaguas verdes y un jubón verde bordado en oro. ¡Por mi alma! ¡Qué estúpido soy! ¡Yo no pensaba nada malo! Pero la pequeña muchacha desesperada…
—Cuanto más pienso en los hechos de tu relato –prosiguió don Sylvio–, más me veo reforzado en mis suposiciones. Nada es más cierto que era esta abominable doña Mergelina…
—Pero el hada era tan hermosa como un día de primavera y doña Amorfilina es, con todos mis respetos por vuestra merced, la sabandija más inmunda que he visto en mi vida. ¿Cómo cuadra eso?
—El hada, su tía, tiene poderes suficientes para darle la apariencia que ella quiera tener y seguro que no es casualidad que, como afirmas, guarde cierto parecido con mi amada princesa.
—Lo guardaba, señor, pero ¡por todos los santos!, si puede escoger la apariencia que quiere tomar, fue una gran necia al no mostrárseos desde el principio como una bella. ¡Pardiez! Debe de estar tremendamente enamorada de su joroba y de sus enormes pechos.
—Todo eso tiene su porqué –replicó Don Sylvio–. ¿Acaso crees que esta enana, por repugnante que sea, no se precia de ser una de las personas más adorables de su género? ¿O crees que le concedería a mi princesa la más mínima ventaja? El amor propio es el más grande entre todas las hadas, no requiere de varitas mágicas ni talismanes para llevar a cabo las transformaciones más extraordinarias. Cuando recuerdo lo que me sucedió en los jardines del hada Radiante y de la reciente aventura con la sílfide, siento un gran temor…
—Siendo así, señor –lo interrumpió de nuevo Pedrillo–, si la bella dama que os observaba con tanta atención es doña Amorfilina, no puedo hacer nada, tengo que transigir. Pero lo de la pequeña lo doy por descontado, no sé cuál es la razón, pero el corazón me dice que la apariencia que tenía es la suya propia. Que me corten las orejas si encontráis en el mundo entero un par de ojos o una nariz o una boquita que mejor le quedaran que los suyos. En pocas palabras, no voy a permitir que le suceda nada y, si vais a transformarla en algo, que sea en un naranjo, pero con la condición de que me transfiráis* a mí en una abeja y que, aparte de mí, toda abeja, abejorro, avispa, avispón, mosca o mosquito queden proscritos a por lo menos doscientas millas cúbicas cuadradas alrededor de ella149.
p. 105—Mírate, Pedrillo –exclamó don Sylvio–, ¿acaso no son eso ocurrencias sin duda poéticas? Lo que no consiga el amor… Si continúas así, terminaremos por tener libros enteros llenos de tiernas elegías y sonetos salidos de tu pluma. Pero amigo mío, no te envanezcas demasiado; no sería la primera vez que el Enano Verde hubiera adoptado la apariencia de una bella y joven ninfa. Deberías recordar todavía lo que me ha sucedido esta mañana… Lo único que me hace conservar la esperanza es esto, que me hayan dejado el retrato de mi princesa.
—Bien, señor –dijo Pedrillo–. Pensándolo bien, tendréis que darle de nuevo las gracias a un tal Pedrillo. Pues lo cierto es que se encontraban ya muy cerca vos y quién sabe qué habría podido suceder si no hubiera llegado yo a tiempo. De hecho, la pequeña bribona me puso una cara… como una pequeña bribona y le susurró a la otra quién sabe qué al oído, y todo el tiempo os señalaba con el dedo, pero como os he dicho, las dejé un poco desconcertadas cuando salí de detrás de las matas. En verdad, señoras mías, que Pedrillo es un rapaz más refinado de lo que os imagináis, no se suena la nariz en la manga, de eso podéis estar seguras…
—Bien, bien –dijo don Sylvio levantándose y aprestándose de nuevo para el viaje–, por esta vez hemos salido bastante airosos de esta, mas no nos detengamos por más tiempo en este lugar. La tarde es de lo más agradable y todavía podemos continuar nuestro viaje durante algunas horas antes de que caiga la noche. Quizá dentro de poco salga a la luz el significado de la aparición que viste.
Pedrillo, que, como es sabido, siempre tenía que decir la última palabra, aprovechó la ocasión de la inocente palabra significado para desviar la conversación poco a poco hacia los fértiles temas de los augurios, los presentimientos y los indicios, y, mientras proseguían su camino, recreó a su amo con una narración muy detallada de todas las historietas de este género que desde tiempos inmemoriales les habrían sucedido a las tías y abuelas de su parentela, según una tradición ininterrumpida de abuela a abuela. No se daba cuenta de que don Sylvio, que andaba ocupado con otras cavilaciones muy diferentes, no le prestaba la menor atención a su narración y, aun si se hubiera dado cuenta, quizá no habría dejado de hacerlo, pues pensar y hablar eran uno para el bueno de Pedrillo, y si se le dejaba hablar sin interrupción, poco le importaba que se le escuchara o no, una discreción que compartía con cierto poeta de entre nuestros conocidos, el cual nunca visitaba a sus amigos sin llevarse consigo algunos pliegos gruesos de su trabajo que, en cuanto tomaba asiento, comenzaba a leer en voz alta. Su oyente tenía entretanto toda la libertad para bostezar, quedarse dormido e incluso roncar tan alto como quisiera. El arrobamiento de nuestro poeta no le permitía prestarle atención y, si el oyente, después de una siesta de dos o tres horas, se despertaba lo suficientemente temprano como para escuchar el final del poema y unirse al aplauso que el poeta se tributaba a sí mismo, a este no se le ocurría dudar de que le había ofrecido a su amigo el pasatiempo más agradable del mundo.
i Pedrillo quiere decir aquí aprensión. En el original también utiliza Reprehension en lugar de Aprehension.
ii Tergiversa aquí Pedrillo un refrán alemán que dice que un necio puede preguntar más en una hora de lo que diez sabios pueden responder en un año: «Ein Narr kan (in einer Stunde) mehr fragen, denn zehen (alte) weisen (in einem Jahre) berichten konnen» (Karl F. Wander, Deutsches Sprichworter-Lexikon 3, 1873, Sp. 893, Nr. 361). Se trata de un refrán muy extendido en otras lenguas con ligeras variaciones. En El saber del pueblo de Eduardo Orbaneja y Majada se recoge el refrán «Un tonto puede hacer tantas preguntas en una hora que un sabio no las podría contestar en un año» (El saber del pueblo o ramillete formado con los refranes castellanos, Valladolid, 1890, p. 324).
iii Pedrillo quiere decir aquí perífrasis o digresión en lugar de prescripción, y circunloquio en lugar de circunvagación.
iv En el original Pedrillo comete un error al querer utilizar un verbo de raíz francesa, obligieren (‘obligar’), y utiliza subligieren (‘atar por debajo’). Jugamos nosotros aquí con las palabras constreñir y estreñir.
v Pedrillo trabuca en el original el nombre del primer filósofo y lo llama Artischokeles, donde la primera parte, Artischoke, en alemán significa ‘alcachofa’. En el caso del segundo filósofo, confunde el nombre de este con el del planeta (Pluto en alemán).
vi Nuevo uso incorrecto por parte de Pedrillo. En el original confunde Demonstrationen (‘demostraciones’) y Remonstrationen (‘objeciones’). Para mantener el uso trastocado, hemos utilizado el verbo remostar (‘echar mosto en el vino añejo’).
vii En el original, Pedrillo confunde los verbos transformieren (‘transformar’) y transferieren (’transferir’).
145 Remitimos aquí a la nota 95.
146 Bellinette, nombre procedente del adjetivo belle en francés, que hemos traducido como Bellina, es el nombre de una princesa en el cuento «Bellinette ou la jeune vieille» [Bellina o la joven vieja] (1744), aparecido en Oeuvres badines complettes, du comte de Caylus [Obras amenas completas del conde de Caylus] (Amsterdam, 1787) de Anne-Claude-Philippe de Thubières, conde de Caylus (1692–1765).
Encantadora (Charmante en el original) podría proceder de las protagonistas de los cuentos «Grisdelin et Charmante» [Grisdelina y Encantadora] y «Merveilleux et Charmante» [Maravillosa y Encantadora], publicados en la colección de Joseph de la Porte (1714–1779) Bibliothèque des génies et des fées [Biblioteca de los genios y de las hadas] (Paris 1764–1765). Dada la fecha de publicación de los cuentos posterior al Don Sylvio, puede que se conocieran ya antes de que de la Porte los recogiera en su volumen.
Amarante, en francés ‘la inmarcesible’, es el nombre de un personaje de la novela Grigri, histoire véritable [Grigri, historia verdadera] (1739) de Louis de Cahusac (1706–1759).
147 Santo Tomás enumera siete pecados capitales: orgullo o soberbia, gula, lujuria, avaricia, pereza, envidia e ira. Estos vicios conducen al hombre a cometer otros pecados, según Tomás de Aquino.
148 Euclides (325 a.C.–265 a.C), matemático griego que desarrolló su trabajo en Alejandría durante el periodo ptolemaico, es considerado el padre de la geometría. Su monumental obra Elementos (300 a.C) ofrece un tratamiento definitivo de la geometría en dos y tres dimensiones.
149 Referencia al cuento «L'Oranger et l'Abeille» [El naranjo y la abeja], recogido en el tomo segundo de los Contes des Fées (1697) de Madame d’Aulnoy. En él, la princesa Aimée (Amada) transforma con una varita mágica a un príncipe en un naranjo y a sí misma en una abeja para poder zafarse de unos ogros.
