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Capítulo III En el que don Sylvio causa una grata impresión

Nuestros viajeros habían avanzado alrededor de media hora cuando del bosque aledaño llegaron a sus oídos varios pistoletazos y, al mismo tiempo, unos gritos de espanto.

—Es una voz que pide auxilio –dijo don Sylvio–. Tenemos que ver qué pasa.

Pedrillo, que por la noche y en las horas de los espíritus era el gallina más cobarde del mundo, tenía en cambio el corazón como un toro joven de Andalucía cuando se trataba de enfrentarse con personas de carne y hueso a la luz del día. Así, no puso los menores reparos a seguir a su amo y, apenas si se habían adentrado en el bosque cincuenta o sesenta pasos en dirección al alboroto, cuando se les aparecieron en un paraje bastante amplio tres jóvenes a caballo que estaban siendo atacados con gran saña por otros siete, de los cuales cuatro iban asimismo a caballo. Don Sylvio, sin dudarlo ni un instante, voló a socorrer a los más débiles, entre los cuales divisó a un hermoso caballero joven que se defendía completamente solo contra tres de sus oponentes con la valentía de un verdadero español que luchara por su dama. De haber tardado un poco más, su auxilio hubiera llegado demasiado tarde, pues uno de los contrincantes del joven caballero estaba ya a punto de propinarle un golpe que habría puesto fin a la contienda si don Sylvio no se hubiera entremetido en aquel justo momento y hubiera detenido el golpe con su espada, la cual se parecía en verdad mucho más a la terrible Durindana del gran Orlando que a las dagas que hoy en día llevan de adorno los pisaverdes150.

Mientras don Sylvio, pese a su impericia en tales cruentas empresas, provocaba un asombro inusitado entre sus enemigos con su aparición, su valor y los violentos golpes con que los atacaba, Pedrillo, por su parte, tampoco se quedó de brazos cruzados. No tenía otra arma que un garrote de endrino grueso y nudoso, pero sabía hacer uso de este con tal vigor y con tal destreza que al poco ya puso a sus pies a dos de los enemigos más combativos. Así pues, nuestros aventureros bregaron con tal notoriedad que al poco tiempo la victoria cayó de su lado y el enemigo se vio obligado a emprender la huida para ponerse a salvo, dejando atrás a dos malheridos.

En cuanto hubo terminado el combate, don Sylvio buscó al joven caballero que ya desde el primer momento había llamado su atención para darle muestra de su alegría por el feliz desenlace de esta peligrosa aventura. Este, en cambio, no deseaba más que ir deprisa adonde se encontraba una joven dama que yacía desmayada en brazos de su camarera, no muy lejos del lugar de la batalla. Costó mucho esfuerzo que volviera en sí y el modo en que mientras tanto se comportaba el joven caballero hacía dudar de si se trataba de su hermana o de su amada. Tan pronto como ella volvió a estar en posesión de sus facultades, le dijo: «Amantísima Jacinta151, si os place vuestra liberación y no os resulta indiferente la vida de un amigo que tan solo desea vivir por vos, observad aquí al amable joven caballero a cuya generosidad y valentía debo agradecer ambas».

p. 107Don Sylvio se aproximó tras estas palabras con la prestancia noble y apuesta con la que al nacer lo había dotado la naturaleza o qué sé yo qué tipo de hada y, tras haber hecho una profunda reverencia ante la joven dama, le manifestó con gran vehemencia su alegría por la liberación. Es cierto que, según su costumbre, tenían una expresión bastante ampulosa y romancesca, mas el estado de ánimo en el que se encontraban estas dos personas impedía que lo notaran. La joven dama estaba todavía demasiado débil y asustada como para poder mostrarle su agradecimiento si no era con gestos, pero don Eugenio, que así se llamaba el caballero, y don Gabriel, su amigo, quien no estaba menos en deuda con nuestro héroe por haberle salvado la vida, le manifestaron su gratitud en unos términos aún más vehementes y, después de que don Sylvio les hubiera comunicado que había salido indemne de todo aquello, don Gabriel le dijo a la bella Jacinta:

—Nuestro benefactor se parece tanto en toda su naturaleza a un ángel que no es ningún milagro que sea también tan invulnerable como un ángel.

Don Sylvio observaba entretanto a la bella joven con una atención y con una cierta conmoción interior que incluso a él le producía extrañeza, pues había creído que no era posible que hubiera en el mundo una mujer lo suficientemente atractiva como para causar la menor impresión en su corazón, en el cual reinaba el retrato de su princesa. La hermosura de esta joven persona, que no parecía tener más de dieciséis años, no tenía a primera vista nada de deslumbrante, pero ese atractivo cautivador que no es posible describir y que, según la opinión de los expertos, es incluso más bello que la belleza misma, no era posible poseerlo en un grado mayor. Era imposible no sentir afecto por ella ya a primera vista, sobre toda su persona se extendía una apostura muy atractiva. Su mirada de lo más indiferente tenía algo de conmovedor, el tono usual de su voz era música y ni siquiera la pesadumbre lograba borrar la cautivadora sonrisa que circundaba su graciosa boca.

Don Sylvio pareció sentir en varios momentos el efecto de estos seductores encantos con tal intensidad que don Eugenio podría haberse inquietado si las heridas que él y su amigo habían recibido en la batalla, y que no habían apreciado en el enardecimiento inicial, no hubieran comenzado a sangrar en tal medida que consideraron necesario hacérselas vendar en ese mismo lugar. Jacinta, que no apartaba la vista de don Eugenio, cayó de nuevo desmayada con un grito de terror apenas hubo visto correr la sangre de su amigo.

Esta eventualidad dio ocasión a nuestro héroe para reforzar su idea de que estas dos personas no podían ser sino una pareja de enamorados, y ya no dudaba de que la joven dama era una princesa que un despreciable rival había intentado arrebatarle a su agraciado amante con la ayuda de un hechicero. Esta figuración acrecentó de manera natural el interés que ya había comenzado a sentir por el sino de ambos.

La herida de don Eugenio no era de las peligrosas y el desmayo de la hermosa Jacinta tan inofensivo como suelen ser los desmayos de las muchachas jóvenes, sea el motivo un exceso de dolor o de gozo. Así, una vez que la joven dama se hubo repuesto gracias a unas sales inglesas y se hubieron vendado las heridas de los caballeros tan bien como lo permitían las prisas, decidieron, dado que ya caía la noche y doña Jacinta necesitaba reposo, detenerse en la próxima posada que encontraran. Nuestro héroe se ofreció a acompañarlos para mayor seguridad y don Eugenio aceptó su ofrecimiento de buena gana, pues sentía gran curiosidad por saber quién podía ser aquel desconocido tan adorable como extraño a quien debía de manera tan inopinada su vida y su amada. Tras algunos intercambios de cumplidos, don Eugenio tomó asiento junto a la joven dama en el carruaje y le cedió a nuestro caballero su caballo de silla. Pedrillo, que entretanto se había quedado ojiplático por todo lo visto y que se envanecía no poco por todas las cosas amables que don Gabriel y el ayudante de cámara le decían de su valentía, se dejó convencer, aunque no sin mostrar oposición, para que ocupara un lugar junto a la dama Teresilla*, una joven de treinta y cinco años que iba tan lindamente pintada de rojo y blanco, y que sabía realzar con tanta destreza la juventud de su rostro mediante la pudorosa exhibición de un cuello no poco elegante, que al poco Pedrillo quedó tan convencido como para, si fuera necesario, jurar por su sílfide que no tenía más que veinte años.

i El nombre aparece con este diminutivo también en el original de Wieland. No lo toma, como muchos otros de los nombres de esta novela, del Gil Blas de Lesage. Es más que probable que tome el nombre de la Teresa Panza del Quijote, si bien llama la atención el uso del diminutivo, que no aparece en la obra de Cervantes.

150 Wieland se refiere a la mítica espada del caballero Roldán, Durindal, que recibió de manos de su tío Carlomagno y que en el Orlando furioso de Ludovico Ariosto se llama Durindana.

151 Es probable que Wieland tome el nombre de Jacinta del Gil Blas de Lesage, donde aparece un personaje llamado así en los primeros capítulos del segundo libro, si bien con rasgos diferentes.