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Capítulo IV El grupo llega a una posada

Puesto que prosiguieron su camino con bastante lentitud, eran ya casi las diez cuando llegaron a una posada en la que, aparte de un buen número de aposentos vacíos, no encontraron las menores comodidades.

Fue una suerte para nuestro grupo que los personajes principales necesitaran más reposo que comida, pues el posadero siempre disponía de excusas para todo aquello que se le pedía. Dijo que la carne de venado se había terminado el día anterior, que al día siguiente recibiría carne fresca, que las palomas se las había llevado un ave rapaz y que justo esa misma noche un pequeño diablo en forma de marta le había despoblado todo el gallinero, y que al día siguiente a mediodía esperaba poder atender mejor a huéspedes distinguidos como estos, pues su posada tenía la fortuna de recibir la visita de grandes señores y precisamente hacía dos días que habían tenido allí al conde de Leyva y el pasado lunes a la duquesa viuda de Medina-Sidonia con un gran cortejo de damas y caballeros152.

Habría continuado durante largo rato en este tono si alguien hubiera querido escucharle. Sin embargo, la dama Teresilla, el ayuda de cámara y Pedrillo estaban ocupados con sus señores, y estos consigo mismos, de modo que se vio obligado a detenerse en mitad del almuerzo de la duquesa de Medina-Sidonia, con el que les cargaba los oídos, y finalmente se retiró con muchos cumplidos y reverencias al establo para ocuparse de que los caballos y mulos estuvieran tan bien atendidos como sus amos.

Doña Jacinta, quien no se encontraba del todo bien, se despidió de sus benefactores después de haberles dado las gracias de manera muy afable, en especial a nuestro héroe, por la generosidad con la que habían arriesgado su vida por ella.

Don Sylvio acompañó a don Eugenio y a su amigo hasta su alcoba para presenciar cómo vendaban sus heridas y se sirvió del pretexto de que el reposo sería el mejor remedio para ellos para, poco después, desearles una buena noche.

Estos dos jóvenes señores, y en especial don Gabriel, habían puesto tanto empeño como les permitían las normas del decoro para sonsacarle su nombre y condición, sin recibir de él más que explicaciones entrecortadas y misteriosas, por lo que les acometió un temor considerable de que fuera una especie de aventurero. Por otro lado, en cambio, la belleza y el noble porte de su figura, su valentía y la cortesía en sus modales hablaban en su favor, pues se percibía en seguida que solo a la naturaleza debía agradecer dichas virtudes, ya que, si bien poseía aquella especie de cortesía que es independiente de la urbanidad convencional y por ello reconocida en todas las naciones, dado que se encuentra ya en la expresión de un temperamento jovial y en la vinculación de cierto respeto por nosotros mismos con el que debemos a otras personas, sí es cierto que carecía por completo en sus modales de la actitud que por aquel entonces predominaba en las ciudades más ilustres de España entre aquellas personas a las que se denomina la buena sociedad. Y esto mismo saltaba a la vista en su vestimenta y en su atavío, y en especial la gran espada que llevaba colgada a un lado provocaba una perplejidad tan grotesca junto con el resto de su aspecto que uno no sabía qué debía pensar de todo ello.

Mientras que ambos caballeros se veían obligados a aplazar su curiosidad al día siguiente, don Sylvio se congratulaba no poco de haber tenido la fortuna de prestar sus servicios a una de las princesas más adorables del mundo y a un joven príncipe o caballero que le parecía plenamente merecedor de aquella. Y dado que no dudaba de que alguna gran hada iba a hacerse cargo del destino de ella, guardaba la esperanza de que esta nueva amistad pudiera quizá conllevar una influencia favorable a sus propios asuntos. Estos le resultaban demasiado importantes como para que otras reflexiones le pudieran ocupar demasiado tiempo. La imagen de su amada princesa, su angustiosa transformación, las persecuciones del hada Perifollo, en pocas palabras, todo lo que le había sucedido en los últimos días se adueñó de nuevo de su imaginación y, tras haberse abandonado algunas horas en vela a sus habituales ensoñaciones y haber lamentado el destino de su infausta princesa y el suyo propio de la manera más melancólica, cayó finalmente en un duermevela entre las felices perspectivas que una corazonada le hacía percibir con una inminencia para la que en realidad no había motivos.

152 Alude aquí a dos familias de la nobleza española de larga tradición y seguramente tomadas del Gil Blas de Lesage. Antonio de Leyva (1480–1536) fue el primer conde de la familia y recibió el título de conde de Monza durante las guerras italianas. Participó en diferentes batallas, siendo recordado sobre todo por su papel en la batalla de Pavía (1525). La casa de Medina-Sidonia constituye uno de los linajes nobiliarios de mayor tradición en España. Su origen se remonta a Guzmán el Bueno (1256–1309), cuyo descendiente Juan Alonso Pérez de Guzmán (1410–1468) recibió del rey Juan II de Castilla (1405–1454) el título nobiliario de conde de Medina Sidonia.