Capítulo V El autor espera que este capítulo no caiga en manos de ninguna doncella de cámara
En tanto que hemos llevado a las princesas y héroes a la cama, donde queremos dejarlos durmiendo cuanto deseen, Pedrillo (que, como ya hemos notado, siempre se adaptaba a las circunstancias) no había podido resistirse al deseo de conocer algo mejor a la hermosa Teresilla. Por suerte, no había nadie que quisiera rivalizar con él por el privilegio de un tête à tête, pues el ayuda de cámara que en la refriega había recibido una herida superficial de bala y dos o tres pequeños golpes se había retirado ya a descansar y el cochero no era hombre que pudiera osar alzar la mirada hacia la doncella de cámara.
Pedrillo aprovechó así la oportunidad y entabló conversación con la dama Teresilla, al tiempo que una gallega gorda y sucia andaba ocupada en la cocina con la preparación de una lebrada encebollada hecha de gato viejo.
La amenidad de su trato intensificó la impresión que las rosas y lirios de su rejuvenecido rostro podían causar en un campesino honrado que la consideraba como natural; y, después de que ella, a causa del tremendo calor, hubiera acabado despojándose incluso del pañuelo que llevaba al cuello, la pasión de él se acrecentó de repente hasta tal punto que, saltándose todos los grados por los que suele avanzar desapercibido un amor platónico, la hermosa Teresilla, pese a confiar por completo en la fortaleza de su propia virtud, pronto tuvo motivos para sentir cierta amenaza.
Pese a todo, cierto es que ella, sea por la buena consideración que tenía de su acompañante (pues hemos advertido ya que era en verdad un muchacho muy prometedor) o por la inexperiencia juvenil, o por cualquier otra intención, se comportó con él como si no tuviera lo más mínimo que temer. Esto último es lo más probable, porque ella apenas percibió la ventaja que parecía darle la debilidad del pobre Pedrillo cuando recurrió al poder de sus encantos y de su elocuencia para sonsacarle el nombre y las circunstancias de su amo.
Sin embargo, Pedrillo, que puede que hubiera hecho una observación similar, se había propuesto venderle tan caro su secreto como fuera posible. Y así la conminó a que ella le descubriera primero la historia de doña Jacinta antes de que él sucumbiera a la tentación de sortear de manera tan irresponsable la estricta y explícita prohibición de su señor.
La bella –y como quizá pronto debamos añadir–, la afectuosa Teresilla, que percibió que se encontraba ante un hombre con el que no podía lograrse nada por medio de la demasiada severidad, no tuvo el menor reparo en satisfacer su curiosidad con un extenso relato que, exceptuando los detalles principales, era tan apócrifo como lo son por lo general los relatos que suelen hacer las doncellas de cámara sobre los sucesos de sus señoras. Supo así Pedrillo que doña Jacinta no era ni más ni menos doña que cualquiera que cuelgue su ropa en un cercado, que su rostro y su menuda persona contenían en sí su nobleza, su fortuna y todos sus derechos y pretensiones, y que incluso se sospechaba que era una expósita a la que su madre no le supo decir a quién debía agradecer su existencia. También contó que desde hacía algún tiempo había causado gran expectación en el teatro de Granada y que había tenido tantos admiradores como hombres la habían visto, entre los cuales, no obstante, ninguno había puesto tanto empeño en conquistar su corazón como don Fernando de Zamora, un joven caballero muy rico que había realizado un esfuerzo ingente para ganarse su favor y que, por cuanto se sabía, nunca había recibido lo más mínimo por su parte. Resumiendo, dijo que, entre todos los que habían bebido los vientos por ella, don Eugenio de Liria fue el único cuya pasión, tan virtuosa como intensa, parecía que ella, si no la alentaba, al menos sí la toleraba. Prosiguió diciendo que, no obstante, quien conoce a doña Jacinta no es tan tonto como para dejarse embaucar por esta apariencia de virtud rigurosa y que era un hecho que amaba a don Eugenio con locura, y que no habría sido tan cruel con él durante tanto tiempo si no hubiera tenido la intención de llevarlo al extremo de que cometiera la necedad de casarse con ella. Con tales propósitos llegó a convencerlo de que la alejara del teatro y la metiera durante un tiempo en un convento de Valencia, desde donde más tarde y poco a poco iría abriéndose al mundo con otro nombre. Mas, para su desgracia, este propósito le fue revelado (la señora Teresilla habría podido, si hubiera querido, decir quién lo hizo, pues fue ella misma) a don Fernando algunas semanas antes de llevarse a cabo. Este, so pretexto de la confusión causada por su desdichada pasión y otras razones, salió de Granada con la intención de prepararse para arrebatársela a su más afortunado rival. Contó que, como mostraba el desenlace, incluso había sabido el día en que Jacinta partiría hacia Valencia y, en definitiva, que lo había dispuesto todo de tal manera que la sorprendió a una hora de Montesa y la tomó en su poder. Probablemente su intención no era otra que llevarla a una de sus fincas en Aragón, mas la buena fortuna de su señora había querido que por el camino se toparan con don Eugenio, a quien creían en Valencia, mientras este daba al parecer un paseo a caballo en compañía de su amigo don Gabriel, y seguramente entre sus preocupaciones no había estado la de encontrar a su amada en poder de un rival. En el mismo momento en que se reconocieron, don Eugenio, pese a la superioridad de sus oponentes, se mostró decidido a perder la vida antes que a su amada Jacinta. Y puede que hubiera perdido ambas al mismo tiempo si una dichosa causalidad no le hubiera enviado auxilio en la persona del joven caballero desconocido y del valiente Pedrillo, gracias a los cuales la victoria cayó de su lado en poco tiempo.
p. 110Una vez que la complaciente Teresilla hubo terminado con su relato, exigió de su acompañante, como correspondía, que cumpliera con su parte, mas Pedrillo tenía ya prestas otras trabas; se escudó en la importancia de su secreto, la lealtad que debía a su señor, la palabra dada y el peligro al que se expondría con una indiscreción como aquella. En definitiva, de nada sirvieron toda la elocuencia de ella e incluso una profusión de pequeñas muestras de buena voluntad que, por muy insignificantes que fueran en realidad, sí habrían debido ser, en su opinión, más que suficientes para incitarlo al más profundo agradecimiento. Pedrillo le demostró con su acostumbrada rotundidad que una confidencia de este tipo solo puede reservarse a personas para las que no se tiene ningún secreto; e incluso llegó hasta el punto de poner un precio al favor exigido que ella, no siendo precisamente una Lucrecia, habría podido considerar exagerado153.
Cicerón, de quien todo el mundo debe admitir que era un orador sin parangón, un gran hombre de Estado, un filósofo mediocre y un general muy modesto, dice en un pasaje de sus escritos, tan amenos como instructivos, que el afán de conocimiento es la más fuerte entre todas las pulsiones naturales del hombre. La pulsión del saber, dice, parece ser tan innata en nosotros que nos dejamos arrebatar por la naturaleza misma hacia todo aquello que amplía nuestro conocimiento sin esperar ni pretender ninguna utilidad determinada. Y, tras darnos algunos ejemplos de ello, añade que Homero parece que lo comprendió muy bien, pues escribió que el poder mágico del canto de las sirenas parece no estar tanto en la amenidad de su voz o en la inusual dulzura de la melodía, sino más bien en la declaración de que sabían todo cuanto sucedía sobre la faz de la tierra y en la promesa de que quienes las escucharan marcharían con una erudición mayor de la que tenían al llegar. Piensa él que ningún aliciente menor habría podido arrastrar a un hombre tan ilustre como Ulises hasta el punto de que, incluso sin las inteligentes prevenciones que el hada Circe le hizo al respecto, ni siquiera la certeza de un naufragio irremediable habría logrado alejarlo de los fatídicos arrecifes de estas magas154.
La joven y virtuosa Teresilla nos da un ejemplo notable de cuánta razón tiene esta observación del mencionado escritor romano. El precio que el interesado Pedrillo le puso a la revelación de su secreto la llevó a insistir de todas formas; no dejó de oponer sus propios reparos a los de él e hizo uso de todos sus recursos para convencerlo de que correspondiera de manera justa. Mas, dado que él seguía empecinado en que su historia no podía ser contada en otro lugar que no fuera su alcoba, ella finalmente se vio obligada a sacrificar todos sus pequeños escrúpulos al deseo de una ampliación de sus conocimientos, cuya importancia valoró teniendo en cuenta la cuantía del precio. Y así, le prometió que pasaría por su alcoba no bien estuviera toda la casa en silencio, si bien con la condición expresa de que no fuera a abusar de una prueba tan extraordinaria de su confianza. Pedrillo, que no podía objetar nada a la equidad de su requisito, le prometió todo lo que ella quería y ambos fueron tan fieles a su palabra como puede uno imaginar.
153 Según la leyenda romana, Lucrecia era la mujer de Colatino y fue violada por Sexto Tarquinio, hijo del rey romano Lucio Tarquino el Soberbio, ante su rechazo a sus solicitudes amorosas. La joven patricia reunió a su padre, Lucrecio, y a su esposo y familiares para narrarles lo ocurrido, suicidándose inmediatamente después para lavar la afrenta. Bruto, quien había presenciado el suicidio, arrancó el puñal con el que aquella se había suicidado y juró venganza, acabando con la monarquía romana y proclamando la República en el año 510 a.C.
154 El pasaje de Cicerón al que hace referencia Wieland aparece en la obra De finibus bonorum et malorum [Del supremo bien y del supremo mal] (45 a.C). En este se pone como ejemplo del ansia de aprender y de conocimiento el episodio de la Odisea de Homero en el que Ulises aplica el consejo de Circe de hacer que lo aten al mástil del barco y que el resto de la tripulación se tape los oídos para poder escuchar lo que le decían las sirenas sin que el barco naufragara.
