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Capítulo VI Ejemplo de un insólito interrogatorio

Don Sylvio, después de haber estado largo rato soñando despierto, por fin había logrado conciliar un sueño ligero durante algunas horas cuando, como narra la historia, lo despertaron las pulgas que pululaban por aquella posada. El benévolo lector tendrá la amabilidad de contemplar la exposición de estas circunstancias como una prueba más de la acribia con que nos afanamos por acatar el deber de la fidelidad histórica, puesto que nos habría resultado más sencillo, si nuestra intención hubiera sido atender solo a la reputación de nuestro ingenio, despertar a nuestro héroe por medio de cualquier otro pretexto más noble o maravilloso.

Así pues, mientras andaba ocupado en ponerse a salvo de estas molestas criaturas, le pareció escuchar en la alcoba contigua, que tan solo estaba separada de la suya por una pared de tablones, una voz susurrante que parecía tener un tono algo femenino. Acercó la oreja a la pared tanto como era posible y creyó escuchar con claridad estas palabras: «Bajo ninguna condición que no sea que me mostréis el retrato de la princesa…». «Pero, ¿cómo será eso posible?», escuchó que respondía otra voz, «aunque osara introducirme en su cuarto y se la quitara mientras duerme, lo cual es imposible, porque siempre suele llevarlo colgado del cuello, él se despertaría y, en ese caso, que el cielo se apiade de nosotros...». «¡Oh! No pongáis excusas», dijo la voz femenina, «en verdad, no habría pensado yo que... pero os digo que quiero ver el retrato, de lo contrario no vayáis a creeros que yo...».

En ese momento la voz se atenuó o, más bien, fue don Sylvio, que ya había escuchado lo suficiente, quien no pudo mantener la calma para seguir a la escucha durante más tiempo. «¿Cómo?», exclamó y se desplomó temblando sobre su almohada, «¿Una conjura en mi contra? ¿En contra de aquello que aprecio más que a mi vida? ¡Oh! Radiante, ha llegado la hora de que me prestes tu auxilio, de lo contrario estoy perdido».

Don Sylvio alzó tanto la voz que Pedrillo y la curiosa Teresilla no estimaron oportuno proseguir su plática y, cuando poco después oyeron que llamaba dos o tres veces a Pedrillo, la joven dama consideró que lo más seguro era escabullirse con tanta celeridad como fuera posible de un aposento en el que no le habría gustado que la encontrara un tercero por nada del mundo. No obstante, no consiguió ser lo suficientemente veloz como para que don Sylvio, en el instante en que abría una pequeña puerta secreta que iba de su alcoba al cuarto de Pedrillo, no reconociera, en la luz mortecina que el alba arrojaba a través de un ventanuco cubierto de telarañas, una silueta femenina que justo en ese instante escapaba por la otra puerta. Por suerte para la dama Teresilla, esta circunstancia aumentó de tal modo su turbación que se quedó inmóvil y atónito el tiempo suficiente para que ella volviera a introducirse a hurtadillas en la alcoba de su ama.

El más perspicaz dialéctico que se hubiera encontrado en ese momento en la situación de Pedrillo es probable que se hubiera visto en apuros para salir bien de una tesitura tan delicada como esta. Todas sus conclusiones en Festino y Baroco no le habrían prestado ni la mitad de buenos servicios al astuto Pedrillo que el puro instinto, en cuya inspiración confió ciegamente en este momento crítico155.

—¿Sois vos, señor? –exclamó como si despertara en ese instante de un profundo sueño–. ¿Qué os ha sucedido para que os levantéis tan temprano?

—Vístete enseguida y sígueme a mi alcoba –respondió don Sylvio con una voz que hizo temblar a Pedrillo de la cabeza a los pies y, al mismo tiempo, cerró la puerta del cuarto que daba afuera y que Teresilla había dejado abierta.

—Estaré listo en un momento, señor –dijo Pedrillo–, si sois tan amable de dejarme a solas, pues no sería apropiado que me pusiera los calzones en presencia de vuestra merced.

p. 112—Puedes ponerte lo que quieras –respondió don Sylvio–, pero apresúrate o aquí terminará nuestra amistad.

Pedrillo, que ya no dudaba que su amo había escuchado todo lo que había sucedido entre él y la dama Teresilla, maldijo de todo corazón el año, el mes, el día, la hora y el momento en que había visto a esta perniciosa sirena. Le parecía ahora tan vieja, tan repugnante, tan flaca y desagradable como joven, hermosa, bondadosa y apetitosa la había considerado hacía tan solo unos minutos, y él mismo se habría molido a coces a sí mismo si ello hubiera servido de algo. Sin embargo, puesto que el ya mencionado instinto le aseguraba que la insolencia y la mendacidad eran el único recurso para salir de este brete, se presentó finalmente ante su amo con el firme propósito de dejarse desollar vivo antes que confesar lo más mínimo.

En cuanto hubo entrado a la alcoba, don Sylvio le ordenó que echara el cerrojo a la puerta y, a continuación, con la seriedad de un inquisidor general, comenzó a examinarlo del siguiente modo:

—¿Quién era la persona que estaba antes en tu cuarto?

—¿Qué persona, señor? –respondió Pedrillo con un tono de voz como si no hubiera entendido la pregunta.

—Granuja –exclamó don Sylvio–, eso es precisamente lo que quiero saber, ¿quién era esa persona?

—Yo no sé de ninguna persona, señor –respondió Pedrillo–, si no es de vos, a quien vi cuando abristeis la puerta y me despertasteis, pues supongo que no os referís a las pulgas, de las que, de hecho, tenía doscientas o trescientas mil por compañeras de cama. Los malditos bichos me despertaban cada dos por tres. Era como si se desplegaran en compañías de infantería y mentiría si dijera que no causaban un estruendo que me hacía retumbar los oídos, sin mencionar a media docena de gatos que, como me parece, le hacían una serenata a la joven gata de la casa en el tejado que queda junto a mi ventana, y que maullaban a cuál más alto con un tono tan lastimero que todavía me duelen todas las costillas.

—Déjate ya de chanzas inoportunas –dijo don Sylvio–, esta vez no te van a servir de nada. He visto escabullirse a una persona de tu cuarto, la he oído hablar contigo y quiero saber quién era.

—Señor –respondió Pedrillo–, que me muera aquí mismo si sé lo que debo decir. Si habéis visto algo, no voy a contradeciros, las hadas os han dado un don y veis en muchas ocasiones más que un servidor, pero, por lo que a mí respecta, si dijera que he visto algo, en ese caso... solo podría haber sido en sueños, pues he estado todo el tiempo durmiendo, excepto cuando, como os he dicho, me despertaban las picaduras de las pulgas y la música gatuna, más no puedo decir, ni aunque me fuera la vida en ello.

—¡Infame! –exclamó don Sylvio al tiempo que desenvainaba su temible espada–. Te advierto que no me voy a dar por satisfecho con tus miserables excusas. Confiesa la pura verdad o eres hombre muerto.

—¡Ay, mi estimado señor don Sylvio! –gritó Pedrillo lanzándose a sus pies–. Por el amor de Dios, apiadaos de mi joven sangre. Os diré todo lo que sé. ¿Qué es lo que os mueve a comportaros de manera tan cruel conmigo? Os vengo sirviendo ya muchos años y sabéis que por vos habría caminado sobre las brasas si me lo hubierais pedido. Os lo ruego, señor, envainad de nuevo ese horrible sable, lo confesaré todo. ¡Es terrible que yo haya de morir por no haber visto nada! ¡Oh, venerado Santiago! Si saliera de esta... En verdad, señor, aunque la camarera de la señorita Jacinta hubiera dormido conmigo, no me lo podríais poner peor.

p. 113—¡Excusas! ¡Excusas! –clamó don Sylvio–. ¿Acaso crees que soy tan ingenuo como para creerme que la doncella de una princesa llegue a confiar en ti en tres o cuatro horas hasta el punto de pasar la noche en tu cuarto? Te lo repito, no tienes otra opción para salvar la vida que confesarme la verdad. No sufrirás ningún daño, sea lo que sea, pero quiero saber la verdad.

—¿Y qué queréis que os diga, señor? –respondió Pedrillo–. No sé nada más de lo que ya os he confesado y, si he de deciros más de lo que sé, entonces debéis decírmelo para que yo lo repita.

—Responde solo la verdad a mis preguntas... ¿No había nadie más en tu cuarto?

—Diez mil escuadrones de pulgas, como ya le he dicho a vuestra merced, ni un alma más, por cuanto yo sé.

—¿Quién era entonces la persona que vi escabullirse hacia tu puerta cuando abrí yo la mía?

—Eso no lo sé, señor. Acababa de despertarme y andaba todavía completamente adormilado cuando me llamasteis. Si habéis visto algo, vos mismo debéis de saber mejor que nadie qué era.

—Me ha parecido ver una figura femenina, pero no he logrado reconocer quién podía ser. Escapó o desapareció en el mismo instante en que me di cuenta de su presencia.

—¡Pardiez, señor! En ese caso ha sido un fantasma, y eso es más que posible. Ya al entrar en esta casa me pareció que tenía algo de fantasmal. Si habéis visto algo que ha vuelto a desaparecer de repente, entonces, ¡y que Dios nos ampare!, era un fantasma de alguien que puede que fuera asesinado en este cuarto. Por mi alma, rechazaría yo un condado si la condición fuera que lo viera, del miedo se me saldría el alma, eso os lo aseguro.

Pedrillo dijo todo esto con un semblante tan cándido que don Sylvio comenzó a pensar que pudiera ser que hubiera sospechado injustamente de él.

—¿Y si no has visto nada –prosiguió–, tampoco has escuchado a nadie?

—Estimado señor –contestó Pedrillo–, como sabéis, uno a veces se imagina todo tipo de cosas cuando está de noche solo y en una casa extraña. Yo no le habría dado mayor importancia, pues recuerdo muy bien cómo os reísteis de mí cuando vi al gigante al que ayer por la mañana le arrancasteis una rama. Mas dado que vos mismo creéis que en esta posada hay algo que no cuadra, os confesaré que me desperté hace alrededor de media hora y sentí como si tuviera un saco encima de mí, de forma que apenas si podía respirar. Y poco después me pareció oír a varias personas susurrando. Me habría gustado escuchar lo que decían, pero tenía tal miedo que me escondí bajo el cobertor y sin ser visto volví a quedarme dormido, y entonces ya no escuché nada más. Esa es la pura verdad y, si creéis otra cosa, podéis matarme o echarme a las pulgas, que tan hambrientas están en esta casa como los lobos en los Pirineos. Haced de mí lo que os plazca.

—Pedrillo, amigo –le respondió don Sylvio en un tono que volvía a darle la vida–, ¡me doy por satisfecho! Pero cuando te diga hasta dónde alcanza la maldad de ciertas personas a las que no voy a nombrar, no te asombrarás de que al principio te haya acometido con tanta rudeza. Has de saber, pues, que con estos mis oídos he escuchado una conspiración que se ha hecho en tu cuarto para robarme el retrato de mi amada princesa. Estoy convencido de que tú no eres capaz de una traición tan repugnante, pero juro por el honor de un caballero que escuché tu voz y ahora no tengo ninguna duda de que eran mis dos enemigas, de las cuales una adoptó tu voz con la intención de que, en caso de que fracasara el robo de mi retrato, por lo menos lograr que yo te considerara el traidor más ruin.

p. 114—Eso sí que es malvado, señor –exclamó Pedrillo–, pardiez, eso es lo que se dice tensar demasiado la cuerda. Con tales artes, ni siquiera durmiendo está seguro un muchacho honrado de que un enano o un hechicero transformados adopten la apariencia de su persona y, ocultos tras esa apariencia, cometan tantas bribonadas que el pobre diablo termine dando con su propio cuerpo en el cadalso. Mas os lo ruego, señor, decidme qué dijo mi voz, o la hechicera que había adoptado mi voz.

—Date por satisfecho con esto, Pedrillo –replicó don Sylvio–, estoy convencido de tu inocencia, y el hecho de que haya fracasado su doble propósito es resarcimiento suficiente para nosotros dos. Y ahora apréstate, no quiero pasar ni un minuto más en esta casa.

—¿Acaso queréis iros –preguntó Pedrillo– sin despediros de la dama y del caballero a los que ayer salvamos la vida? Ayer andaban tan atareados con los costurones que recibieron en la batalla que no pudieron ni siquiera tomarse el tiempo de agradecérnoslo. Y opino que salvarle la vida a alguien es una intervención caballeresca que merece por lo menos un Dios te pague.

—No exijo agradecimientos –respondió don Sylvio– por una acción en la que cumplía con mi deber si pretendo considerarme como un caballero o simplemente una persona. En cualquier situación haría lo mismo por un turco, un judío o un pagano, y, aunque habría deseado conocer más de cerca las circunstancias de sus sucesos, el peligroso descubrimiento que he hecho esta mañana me obliga a cambiar mi determinación. ¡Qué suerte tuve al despertarme a tiempo para frustrar su confabulación! Sin embargo, estoy seguro de que me despertó una mano invisible... Te confieso que no me considero seguro en esta casa ni un instante. El hada Radiante me prometió su protección mientras andemos buscando a mi amada princesa y, si te das cuenta, verás que todos los contratiempos que nos han sucedido durante nuestro viaje han ocurrido mientras dormíamos o reposábamos...

—Sí, señor –lo interrumpió Pedrillo–, a excepción del foso de las ranas en el que nos metieron vuestras salamandras...

—Y eso lo considero –prosiguió don Sylvio– un castigo merecido por no haber mantenido mi promesa de no pegar ojo hasta que haya encontrado a mi princesa. En fin, Pedrillo, no quiero permanecer ni un instante más en esta casa en la que Perifollo quizá tenga amigos u otras ventajas que me son desconocidas. Recoge tus cosas y escapemos de aquí con tanto disimulo como sea posible. Está comenzando a amanecer, toda la casa duerme y, aun si nuestros enemigos se despertaran, estoy seguro de que Radiante creará a nuestro alrededor una niebla encantada tras la cual ni el mismo Argos de los cien ojos lograría descubrirnos156.

—Así sea, pues, si consideráis que es lo mejor –respondió Pedrillo, contento de haber salido tan airoso de esta–. ¡Pardiez! Pensaba yo en el mismo momento en que vi aquellas legiones de pulgas que me acometían que no podían traer nada bueno. Le aseguro a vuestra merced que todo mi cuerpo no es más que una sola herida y juraría con la mano sobre un libro que no eran pulgas naturales, sino un gran número de erizos y puercoespines embrujados con los que las malvadas hechiceras esperaban hostigarnos hasta la muerte.

Pedrillo siguió perorando en este tono mientras andaba ocupado en preparar su alforja, pues le preocupaba que su señor pudiera, si le dejaba tiempo para pensar, llegar a descubrir la verdad, y, en cuanto estuvo listo para partir, salieron a hurtadillas sin preguntar por el posadero ni por la cuenta, con tanto sigilo que ni siquiera la dama Teresilla, que por prudencia permanecía en silencio en su habitación, advirtió lo más mínimo de su partida.

155 Festino y Baroco son dos términos que se refieren a diferentes silogismos de la lógica aristotélica. En ambos casos se trata de proposiciones en las que una de las premisas es siempre una negación. En Festino, el esquema lógico sería el siguiente: ningún A es B, pero algunos C son B, por lo que algunos C no son en ningún caso A. En cuanto a Baroco, la lógica sería esta: todo A es B, pero algún C no es B, por lo que algún C no es A. «Shakespeare no escribió ninguna novela. Don Sylvio de Rosalva es una novela. Por lo tanto, Don Sylvio no fue escrito por Shakespeare», sería un ejemplo de Festino, mientras que «Todas las obras de Shakespeare están escritas en verso. Algunas obras no están escritas en verso. Por lo tanto, algunas obras no fueron escritas por Shakespeare» sería un ejemplo de Baroco.

156 Argos Panoptes era, en la mitología griega, un gigante con cien ojos o más repartidos por todo el cuerpo.