Capítulo VII Un breve desvío hacia Liria, en el que el autor deja entrever un conocimiento no poco sutil del corazón femenino
Don Sylvio siempre lamentaba la pérdida del pobrecito Tintín cuando había que decidir qué camino debían tomar. No obstante, como no podía ser de otra manera, se conformaron con seguir por el que los había llevado hasta allí.
Durante algunas horas, todo cuanto les sucedió fue tan poco digno de mención que, para no importunar siempre al lector con el relato de sus conversaciones, vamos a dar un pequeño salto hasta Liria, donde la adorable doña Felicia y su respetable confidente estaban asombradas de que la única noticia que tenían de su hermano era que había salido a pasear a caballo con don Gabriel sin llevarse consigo más que a su ayuda de cámara. Su ausencia las sumió en una gran zozobra y la perspicaz Laura optó finalmente por procurar que la atención de su señora se desviara hacia otros asuntos.
Pasaron casi toda la noche entre conversaciones acerca de don Sylvio, en las que el incipiente amor, que él había sido tan afortunado de inspirarle a la encantadora Felicia incluso mientras dormía, poco a poco resultaba tan evidente que cualquier intento de ocultárselo a su Laura habría parecido demasiado fingido, más cuando esta muchacha, por su buen juicio y buen corazón, era digna de una confianza con la que su ama parecía elevarla casi al rango de amiga.
Que el desconocido que allí dormía era el más bello entre todos los mortales se lo habían declarado a ellas sus propios ojos, y se explayaban con gran placer en este punto, puesto que aún no habían tenido ocasión de conocer otros talentos suyos. Pero quién era y si su posición y sus cualidades morales iban a la par con un porte tan cautivador era una pregunta para la cual doña Felicia sabía originar mil dudas que impidieran una respuesta positiva con el solo fin de tener el placer de observar la respuesta que daba Laura. Tras haber expuesto todos los argumentos posibles a favor y en contra, se pusieron finalmente de acuerdo en que era extremadamente improbable que un joven con una figura así, que la naturaleza parecía haber creado con todo su empeño para proclamar un alma excelsa, no fuera el más noble, el más virtuoso, el más audaz, el más agraciado, en definitiva, el más encantador entre todos los hombres que una mujer haya jamás dado a luz. Incluso el testimonio de Pedrillo, pese a lo reacias que eran a concederle cierta credibilidad en aquellas cuestiones que no redundaban demasiado en beneficio de su amo, se consideró aún más válido en vista del elogio que había realizado de su condición moral, dado que pocos son los sirvientes que acostumbran a exaltar en esta cuestión a sus señores en presencia de extraños.
Y con todo, ¿qué hacer con la mariposa encantada de la princesa, las hadas y los enanos que Pedrillo había intercalado en su relato? ¿Qué cabía pensar de la circunspección, del gesto sincero y del tono fidedigno con los que el muchacho, que no parecía pretender embaucar a sus oyentes, les había asegurado que su señor andaba enamorado de una princesa encantada a la que tenía el propósito de liberar con la ayuda de una gran hada?
p. 116En esta cuestión, doña Felicia no se daba fácilmente por satisfecha y hubo de pasar mucho tiempo hasta que la ingeniosa Laura terminó por convencerla de que se debía proceder en este caso igual que los musulmanes sensatos con determinados relatos inverosímiles o pueriles del Corán; dijo que debía considerárselos una especia de alegoría bajo la cual, una vez que se descifran las claves, probablemente no se esconda más que una historia de amor completamente ordinaria y cotidiana. Sin embargo, pese a lo bien concebida que parecía, esta explicación no satisfizo por completo a doña Felicia y Laura tuvo ocasión de pensar para sus adentros que la buena de la joven dama habría preferido ver a su amante un poco loco y con un corazón aún intacto antes que enamorado de otra y en todos sus cabales.
Acordaron finalmente que Laura se afanaría por recabar más información sobre don Sylvio de Rosalva tan pronto como fuera posible. Por suerte, el azar le ahorró tales esfuerzos cuando por casualidad sucedió que aquel barbero del cual ya hemos hecho mención varias veces y al que en toda aquella zona se tenía por un cirujano aún mejor, puesto que era el único en muchas millas a la redonda, llegó justo a la mañana siguiente a Liria para visitar a un criado que llevaba varias semanas en cama con una pierna rota.
Laura entró en la alcoba en la que se encontraba justo cuando relataba, con la garrulidad que ha sido propia de su profesión desde tiempos inmemoriales, la huida de don Sylvio como una noticia de la que ya se hablaba en toda la zona de Rosalva. Así pues, no le costó ningún esfuerzo recabar de este hombre digno de confianza tantas noticias acerca de nuestro héroe como hubiera podido desear. Por él supo del carácter de la tía, de la educación y modo de vida del joven caballero, de los propósitos de doña Mencía de desposarlo con los cien mil ducados de la contrahecha Mergelina Sánchez y de qué manera él y su Pedrillo, presumiblemente con el fin de evitar un casamiento tan inapropiado, habían escapado en secreto sin que nadie supiera adónde. En lo que respecta a sus cualidades personales, el señor barbero aseguró que todavía no había nacido quien le aventajara en hermosura, ciencia y virtud, y añadió que esperaba haberlo dejado todo dicho al manifestarles a los señores y señoras que, bajo su tutela y en menos de dos meses, don Sylvio había hecho tales asombrosos progresos en el tañido de la cítara que a él mismo no le ruborizaba reconocerlo como su maestro en ese arte. Afirmó el barbero no saber absolutamente nada de un asunto amoroso en el que don Sylvio hubiera estado jamás implicado. En cambio, no ocultó que en verdad aquel tenía en sí algo de singular y romancesco que, no obstante, no lo dejaba en mal lugar, y que, de cierta conversación que ambos habían mantenido hacía algunas semanas, había podido comprobar que don Sylvio encontraba un deleite extraordinario en los cuentos de hadas y que se le había metido en la cabeza que eran historias verdaderas, que las hadas existían de verdad y que no sería de extrañar que a él mismo le pudieran suceder tales cosas.
Estas noticias contenían casi todo cuanto doña Felicia necesitaba para su sosiego. No obstante, pese a que la tendencia romancesca de su imaginación era del agrado de ella, pues congeniaba con su propio temperamento, no le agradaba demasiado, por el contrario, que llevara la afición por la feeridad hasta un grado tal de ensoñación exaltada que lo convertía en una especie de chiflado. Pensaba ella que quizá estuviera enamorado de una princesa ideal a la que nunca había visto y que, para que el amor de él adquiriera una apariencia tanto más féerica, se había convencido a sí mismo de que un hada que apoyaba a su rival la había transformado en una mariposa. Esta ocurrencia le pareció harto necia, pero si don Sylvio era ridículo por estar enamorado de una mera idea, ¿no lo era menos doña Felicia por sentir celos de esta pobre idea? Desde luego, ella misma lo percibía así, pues, por mucha confianza que tuviera en general con su Laura, no era capaz de confesarle esta debilidad sin sonrojarse. La conversación que mantuvieron al respecto la fue dirigiendo cada vez más hacia todo tipo de proyectos acerca de qué se podría hacer para conocer mejor a don Sylvio. Lo peor, no obstante, era que en cada uno surgía alguna dificultad que solo se revelaba cuando ya se habían entusiasmado largo rato con la ejecución del mismo. Así pues, al final no les quedó más que la esperanza de que el azar, en cuyas manos hay que dejar muchas de las cuestiones humanas, pronto pudiera quizá hacer más en favor de sus propósitos que los planes más elaborados.
