Capítulo VIII La misérrima aventura con las ninfas de los pastos
Don Sylvio, entretanto, proseguía su errante andadura junto con su fiel Acates entre algunas pláticas a las que daban pie sus aventuras y, de tanto en tanto, se tomaban un descanso en los agradables sotos que, cual guirnaldas, se engarzan a lo largo del encantador paisaje de Valencia.
Se hallaban en un pequeño bosque de cipreses al que los había empujado el creciente calor y donde se regocijaban con la feliz visión de las florecientes riberas que se expandían a ambos lados del Guadalaviar cuando Pedrillo, de repente, descubrió algo que parecía augurar de una vez un final satisfactorio a todas las pesadumbres, penas de amor y andanzas de nuestro héroe.
—¡Albricias, señor! –exclamó–, nos sonríe la fortuna, o mis ojos sufren algún encantamiento o hemos encontrado a nuestra princesa. ¿No veis la mariposa azul que revolotea allí entre los rosales?
Pedrillo no se equivocaba del todo. Era realmente una mariposa azul y don Sylvio deseaba tanto que fuera su princesa como para no dudarlo ni un instante.
—Yo voy a pasar al otro lado, señor –dijo Pedrillo– y vos entretanto os vais acercando a ella con sigilo. No puede escapársenos, y estoy seguro de que bastará con que os vea para que vaya por sí misma a posarse en vuestras manos.
La mariposa pareció confirmar en ese momento las esperanzas de Pedrillo. Revoloteaba en pequeños círculos en dirección a don Sylvio y este se acercaba ya hacia aquella con la mano extendida, temblando de gozo y anhelo, cuando la mala estrella de nuestro pobre enamorado atrajo a otra mariposa cenicienta que, en cuanto vio a la azul, salió volando hacia ella con la insolencia propia de esta especie de impúdicas criaturas y no tuvo reparo en tomarse ante los ojos de su contrincante ciertas libertades a las que creía tener todo el derecho, dado que probablemente no se le pasó por la cabeza que su bella alada pudiera ser una princesa.
Don Sylvio, como se puede suponer, entró en cólera ante esta osadía, pues vio en la resistencia de la mariposa azul un nuevo motivo para creer que ciertamente aquella debía de ser su princesa. Así pues, se interpuso entre los dos y tuvo el acierto suficiente para derribar a su taimado oponente de un golpe con una vara que llevaba en la mano. Sin embargo, la supuesta princesa, entretanto, había salido volando por el miedo y cuanto más rápido la perseguían don Sylvio y Pedrillo, más medrosa aleteaba para alejarse de ellos, probablemente porque todavía creía que la perseguía la mariposa cenicienta.
Por casualidad sucedió que tres o cuatro muchachas de un pueblo vecino, para reposar de sus trabajos, se habían sentado a la sombra a la orilla del río y se entretenían tejiendo coronas con las flores que con gran profusión se esparcían a su alrededor.
La mariposa azul había puesto tanta distancia de por medio con sus perseguidores que apenas si lograban alcanzarla con la mirada y, como se creía ya fuera de peligro, comenzó a sosegarse y a mariposear de flor en flor hasta que cayó en las manos de una de las mozas mencionadas, que la cazó y, para entretenerse, la ató de las patas con un hilo y la dejó aleteando a su alrededor.
Don Sylvio, que se encontraba ya lo suficientemente cerca como para observar este pasatiempo, le dijo a Pedrillo:
p. 118—Ahora tengo la aclaración del sueño premonitorio cuya explicación tantos quebraderos de cabeza me dio ayer por la mañana. Era una advertencia del hada, mi amiga, que me hizo ver en sueños lo que me está sucediendo ahora para que no caiga preso, por incauto, en las trampas de mis enemigos. ¿Ves a la ninfa que está sentada allá en la sombra y que hace volar a su alrededor a la mariposa azul atada a un hilo?
—¿Una ninfa, decís? –respondió Pedrillo–. Pardiez, señor don Sylvio, se parece a una ninfa tanto como a una carretada de heno. Es una moza de las que siegan hierba para las vacas, lo mismo que las otras que están allí sentadas en la sombra.
—Ya estoy demasiado acostumbrado a que pretendas saberlo todo mejor que yo –replicó don Sylvio– como para enojarme por tu desfachatez. Sé, ¡gracias al hada Radiante!, lo que he de pensar en este caso, y tú puedes tomarla por una ninfa o por una moza de siega, que, o perderé la vida, o tendrá que entregarme a mi princesa.
—Señor mío –respondió Pedrillo–, cuando se habla de salamandras, silfos y espíritus rastrales*, y otras cosas como esas que van más allá de la capacidad de entendimiento del hombre, he de reconocerle a vuestra merced, con gusto y de corazón, que sabéis mucho más de todo ello que yo, pero con las mozas de siega es otra cosa, eso parece que es de mi competencia y tampoco es algo con lo que uno pueda equivocarse, uno las huele ya a treinta pasos de distancia. Quisiera yo saber desde cuándo huelen vuestras ninfas a ajo, o desde cuándo llevan enaguas tan andrajosas que les cuelgan los jirones y la blusa les asoma por todas partes. En fin, señor, que es una moza de campo, y además una de las más sucias que pueda uno imaginar. No os resultará demasiado difícil que os entregue la mariposa azul. Tan solo necesitáis darle un par de maravedíes y os la dará acompañada de un que Dios se lo pague.
Don Sylvio, que no se dejaba corregir una vez que algo se le había metido en la cabeza, hizo caso omiso a estas pláticas. Se dirigió hacia la supuesta ninfa y le pidió que le devolviera su mariposa.
—¿Y qué me dais a cambio, señorito? –dijo la moza de siega entre risas.
—Todo cuanto quieras… –respondió don Sylvio.
—Bien –dijo la ninfa–, entonces dadme la alhaja que lleváis colgada al cuello. Se la llevaré a mis hermanas pequeñas y, si me dais además medio real, la mariposa junto con el hilo será vuestra.
—Maldito Enano Verde –exclamó don Sylvio furioso al tiempo que desenfundaba su sable–, no creas que vas a burlarte de mí bajo esta apariencia, que no es más que una prueba de tu cobardía, sin recibir tu merecido. Muere, infame, o dame la mariposa, a la cual no tienes ningún derecho y a la que voy a arrancar de tu maldito corazón sin sacrificar mi propia vida.
Uno puede figurarse que la hermosa ninfa, ante una alocución tan descortés, acompañada de amenazas tan terribles, no pudo hacer otra cosa que lanzar un grito desgarrador. Pedrillo, a quien la insensatez de su señor a punto estuvo de hacerle perder también la razón, se interpuso, puesto que de nada servían los intentos de persuasión, entre él y la ninfa, e intentó arrancarle el sable de las manos. El resto de ninfas, al ver con qué rudeza trataban a su compañera, también intervinieron y cayeron como Furias sobre don Sylvio y Pedrillo, quienes se defendían como podían de los rudos puños y las largas uñas157.
Para su mala ventura, sucedió que el enamorado de la joven ninfa que había tenido la desgracia de ser confundida con el Enano Verde estaba trabajando no muy lejos de aquel lugar junto con dos o tres mozos más. Los chillidos lastimeros de estas mujeres y la visión de su amada, a la que Pedrillo arrancaba en ese instante un gran mechón de pelo de la cabeza, lo encolerizaron de tal modo que acudió a toda prisa junto con sus compañeros y con el garrote que le quitó de las manos a Pedrillo comenzó a azotar con tal insistencia a nuestros aventureros que estos, pese a su valerosa resistencia, terminaron por el suelo derribados por la gran cantidad de enemigos. El enfurecido enamorado y la ninfa, ávida esta de venganza, no se dieron por satisfechos con esto, sino que siguieron dándoles puñetazos hasta que temieron que pudiera ser demasiado. Y, después de que la ninfa se hubiera adueñado de la alhaja de nuestro exánime héroe como indemnización por la mariposa, que se había escapado justo al comienzo de la pelea, se marcharon cada uno por su lado y, dándolo por muerto, dejaron a nuestro héroe tumbado en la hierba.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
i En el original, Pedrillo dice Rastral-Geistern en lugar de Astral-Geistern (‘espíritus astrales’). El rastrum o rastral es una herramienta con cinco puntas utilizada para dibujar pentagramas en hojas en blanco.
157 Las Furias, tres en la mitología griega (Alecno, Misífone y Megera), que las asimiló a las Erinias, eran en la creencia romana demonios del mundo infernal.
