Índice

Capítulo I En el que el autor tiene la satisfacción de hablar sobre sí mismo

Dudamos bastante de que, al menos desde que existen cuentos de hadas en el mundo, pueda hallarse un enamorado protegido por las hadas –sea este un príncipe, caballero o pastor– que se encontrase en unas circunstancias tan terribles como lo eran aquellas en las que dejamos a nuestro héroe al final del libro anterior.

Es cierto que otros héroes feéricos han tenido también sus complicaciones: habitualmente deben combatir con dragones, criaturas marinas y centauros azules; se enfrentan al peligro de ser devorados por fantasmas, pueden incluso llegar a ser secuestrados por viejas y desdentadas hadas, que tientan su virtud con las más peligrosas pruebas y acaban transformándolos en papagayos, gatos o grillos. Pero que en alguna ocasión una persona tan extraordinaria como el favorito de una reina de las salamandras, enamorado además de una mariposa encantada, acabase siendo arañado por unas mozas y que fuera apaleado por unos jóvenes campesinos… de ello no se encontrará ejemplo alguno en la más completa recopilación de todas las historias que comienzan con «había una vez».

Nuestro caro lector sacará de ello sus propias conclusiones y, ya que puede que no le apetezca hacerlo, el autor se toma la libertad de hacerle comprender que esta marcada diferencia entre la historia de don Sylvio y otros cuentos de hadas debería sin duda despertar una opinión totalmente favorable respecto a la veracidad histórica y a la verosimilitud del autor. Si hubiésemos hecho viajar a nuestro héroe en un carruaje de zafiro tirado por aves del paraíso, si le hubiésemos dado el sombrerito rojo del príncipe duende, las pantuflas del hada Mostachona, el anillo de Giges o la varita mágica del hada real Trusia para librarse de cualquier mal, cualquier niña de diez años se habría dado cuenta de que le estamos contando un cuento158. Sin embargo, pese a que nuestra historia es tan extraña y maravillosa como cualquiera de aquellas que el sabio sultán de la India, el Schah Baham159, gustaba de escuchar para pasar el tiempo, no se nos podrá achacar que hayamos dejado aparecer a nuestro héroe en aventura alguna que no coincida completamente con el curso natural de las cosas y con la que igualmente no solamos toparnos o incluso pudiéramos llegar a toparnos, como, por ejemplo, que una rana se halle en el trance de ser devorada por un cigüeño, o que uno se encuentre una alhaja con un retrato que seguramente algún otro ha perdido antes. Le hemos dejado viajar a pie y jamás nos hemos preocupado de protegerlo de ciénaga o foso alguno. Cuando durmió, lo hizo en la dura tierra o en una triste posada de aldea, donde las pulgas apenas lo dejaron descansar. En lugar de que ninfas de rosados brazos o sílfos con doradas alas le proporcionasen néctar y ambrosía en la florida orilla de una cristalina fontana, le hemos servido aquello que sacó del zurrón de Pedrillo y, por último, lo hemos visto golpeado no por gigantes o moros encantados, sino por unos corrientes aldeanos.

Esperamos que estas pruebas hablen por sí solas y desearíamos que con la misma justicia pudiera decirse lo mismo de otros muchos famosos historiadores que se encuentran tan alejados como lo estamos nosotros de la engañosa tendencia de embellecer sus retratos y personajes, o de dar a sus acontecimientos un cierto barniz de lo maravilloso, pues al dar a conocer esta verdadera y creíble historia no nos hemos propuesto como fin (como podrían imaginar algunas mentes jóvenes y poco sesudas) un mero divertimento, sino el fomento de la salud de cuerpo y espíritu de nuestros caros lectores.

p. 120Quizá algunos, cuyo entendimiento no es capaz de penetrar más que en la superficie de las cosas, no sean capaces de comprender cómo la historia de don Sylvio podría servir a tan salutífero fin. Nada nos resultaría más sencillo que remitirles a los escritos de los más grandes doctores y naturalistas, que demuestran que existe un cierto tipo de fiebre que habitualmente asedia al espíritu humano desde que cuenta con catorce años hasta los años de un mayor desarrollo y madurez, y que no puede ser expulsada con otro remedio que aquel que agita el diafragma, diluye la sangre y enaltece el ánimo, exactamente del mismo modo que la venenosa mordedura de la tarántula no puede curarse con otro medio que a través de la fuerzas simpatéticas de ciertas danzas que han de ser bailadas delante del enfermo160. Podríamos a su vez demostrar con muchos argumentos que las fuerzas salutíferas a las que nos referimos permanecen ocultas en esta historia. Sin embargo, como este redoblado esfuerzo nos mantendría alejados de las aventuras de nuestro héroe, para enfado del resto de nuestros lectores, debemos dejar por esta vez que cada uno piense sobre esta cuestión aquello que desee, ya que en una segunda edición de esta obra (algo que, dado el buen gusto del público, sin vanidad alguna esperamos) nos cuidaremos de adjuntar un dictamen médico sobre esta materia, que sin duda nos reforzará en nuestra hipótesis y para cuya mejor confirmación se añadirá un índice de distintas notables curas que algunos médicos de nuestra confianza han llevado a cabo gracias a nuestro libro.

Mientras tanto, desearíamos que alguna academia europea, incluso aunque fuese únicamente aquella que se encuentra en Pau, en la región de Bearne, se decidiese a otorgar un premio de cincuenta ducados por la investigación de las distintas utilidades físicas, morales y políticas que la sociedad podría extraer de aquellos escritos que (de acuerdo con lo que está permitido) nos hacen reír161; en especial, la indagación en profundidad de la cuestión de si no sería mucho más ventajoso para el bien común, así como beneficioso para el negocio de libros, que, como se sabe, constituye una rama considerable del comercio europeo, que llegasen cada medio año a las ferias del libro algunas docenas de libros del estilo del Roman comique, del Bachiller de Salamanca o del Expósito, incluso del tipo del Candide o de Gargantúa y Pantagruel, en lugar de todos aquellos mediocres libros de enseñanzas morales en todos sus formatos, que, bajo títulos bien prometedores, oprimen al pobre mundo con sus observaciones cotidianas, con sus pensamientos equívocos, apresurados y sin digerir, y con las frías declamaciones y piadosos deseos de sus tediosos autores162. Sí, aquellos libros que dicen la verdad a través de la risa, que retiran las traicioneras máscaras de la estupidez, de la ensoñación exaltada y de la superchería; libros que retratan a los hombres con sus pasiones y estupideces, en su verdadera forma y proporción, sin aumento ni reducción alguna y que eliminan de sus actos ese barniz con el que suelen distorsionarlos el orgullo, el autoengaño o las más secretas intenciones, y que se encargan de falsear al hombre. Libros que con mucho más éxito podrían enseñarle y ayudarle a mejorar; obras que aparentemente parecen estar escritas únicamente para la diversión y que, incluso si no valiesen más que para entretener a la gente en sus horas de recreo y ayudaran a hacerles despejar la cabeza, a divertir a los ociosos de manera inofensiva y, sobre todo, a fomentar el buen humor de un pueblo, siempre serían mil veces más útiles que esta inmundicia moral y pasada de moda, que este metódico popurrí de ideas deformes y abigarradas, que estas heladas o entusiastas capuchinadas* a las que aquí se alude y que (con permiso de las buenas intenciones de las que sus autores tanto hacen gala) son capaces de condenar mucho más la mente de sus lectores que de mejorar su corazón. Y, a pesar de ello, estas causan un daño ínfimo, ya que normalmente se emplean para empaquetar otros libros.

Por determinadas circunstancias nos hubiera gustado poner estas observaciones en la boca de Pedrillo o de cualquier otra persona privilegiada, pues nadie se toma a mal a un Pedrillo, un Launcelot Gobbo o Gobbo Launcelot cuando dice la verdad163. Pero, como no resultaba apropiado, nos hemos decidido a mencionarlas de pasada nosotros mismos y, por ello, queremos disculparnos humildemente ante quien sea necesario.

i Respetamos el término original de Wieland, Capucinaden. Se trata de un término de unas claras connotaciones negativas y que hace referencia a los sermones católicos desarrollados sobre todo por la orden de los Capuchinos, los cuales, gracias al análisis exhaustivo y repetición de todas las aristas de un dogma concreto, pretendían obtener la máxima repercusión y atención del oyente.

158 El príncipe duende es un personaje del cuento «Le Prince Lutin», de los Contes des fées (t.1, 1697) de Madame d’Aulnoy. Es el principal rival del príncipe Furibon y el sombrerito rojo le proporciona la habilidad de hacerse invisible siempre que lo vista. Sobre este cuento, remitimos al lector a la nota 47. Las pantuflas del hada Mostachona proporcionan el poder de someter a un sueño profundo a quien se le cuelguen de la nariz y aparecen en La espumadera de Crébillon. Por otro lado, el anillo de Giges también proporciona la invisibilidad, y es un motivo tomado del noveno capítulo del primer libro de De officiis [De los oficios] (44 a.C.) de Cicerón. Finalmente, el hada real Trusio aparece en el cuento «L'Oranger et l'Abeille» de los Contes des fées (t.2, 1697) de Madame d’Aulnoy.

159 El sultán al que se narra el cuento «Le Sopha» [El sofá] de Crébillon, que pese a su denominación como «cuento moral» podría ser encuadrado en el género de la novela corta por su extensión.

160 El narrador se refiere en primer lugar a la risa, y en segundo a la tarantella, célebre danza del sur de Italia que, imitando los movimientos de una tarántula, poseería el poder de curar de su picadura.

161 El narrador se refiere a la Académie Royal des Sciences et des Beaux-Arts [Academia Real de las Ciencias y de las Bellas Artes] de Pau, fundada en la ciudad del sur de Francia en 1718. El sentido de la referencia es claramente peyorativo, resaltando el carácter eminentemente provinciano de esta academia.

162 Referencias al Roman comique [La novela cómica] (1651–1657) del novelista francés Paul Scarron (1610–1660), al Bachelier de Salamanque [El bachiller de Salamanca] (1753) del novelista francés Alain René Lesage, a la novela de Henry Fielding The History of Tom Jones, a Foundling [La historia de Tom Jones, un expósito] (1749), que contó con una extraordinaria popularidad en tierras germanas, al Candide (1759) de Voltaire y a Gargantúa y Pantagruel (1534) de François Rabelais.

163 Launcelot Gobbo es el cómico sirviente de Shylock en The Merchant of Venice [El mercader de Venecia] (1600) de William Shakespeare.