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Capítulo II En el que Pedrillo causa una grata impresión

Pedrillo, a pesar de que en la desgraciada aventura con las ninfas de los pastos se había llevado la mayoría de los golpes, volvió en sí tras estar aturdido algo más de medio cuarto de hora. Se levantó del suelo y el primer uso que hizo de sus resucitados sentidos fue mandar al d*** a todas las ninfas, faunos, silvanos, enanos, princesas y mariposas, junto a todos los cuentos de hadas que han sido escritos desde la creación del mundo hasta ese mismo día, e incluso también a todos aquellos que serán escritos hasta el fin de los días, junto con sus autores, mecenas y narradores, así como todo el conjunto de sus familiares y descendientes en línea ascendente y descendente. Maldijo a los gansos, con cuyas plumas se escriben, a los tipos de imprenta con los que se componen y al color con el que se imprimen, y deseó fervientemente que la Inquisición redujera todos a polvo y cenizas, así como a todos aquellos que habían puesto a disposición del público todos los infernales artefactos que habían trastornado al más bravo y joven aristócrata de toda España.

En definitiva, los golpes que había recibido sin límite ni medida a causa de la mariposa azul le convencieron definitivamente de que todo aquello que su señor había dicho del hada Radiante y del encantamiento de su supuesta princesa no eran más que sueños e imaginaciones.

—Sí, malditos –gritó–, ¿cuándo se ha visto que un hada permita que a aquel a quien ha puesto bajo su protección le den una paliza de muerte unas mozas de siega y unos labriegos? No me habría disgustado tanto si hubieran sido fantasmas o dragones que echasen fuego… ¡Pero por esa chusma! ¡Por mi calavera! ¡Que me echen a las fieras si su Rademante, que es quien nos ha metido en todo este maldito lío, tiene tanto de hada como tienen de ninfas las tres putas que me han dejado los ojos hechos un cristo con los arañazos de sus uñas!

Pedrillo continuó en este tono tan enfático durante un buen rato, hasta que se dio cuenta de que su señor todavía permanecía tumbado en el suelo sin conocimiento. Esta visión y el miedo de que efectivamente pudiera estar muerto hicieron olvidar a esta pobre alma de Dios todo su enfado rápidamente. Lo llamó, lo sacudió y, como no daba muestras de vida, comenzó a sollozar tan lastimeramente, o incluso más lastimeramente, que el hijo jorobado del Rey Malo cuando no quiso casarse con la muchacha que se encargaba de los gansos164.

Finalmente, en medio de su pavor, se acordó de una botella de vino de Madeira que tenía en su zurrón y que, para su buena fortuna, había permanecido lejos de la atención de sus enemigos en el fragor de la batalla, puesto que la había dejado a un lado desde un primer momento. Tomó la botella y, sin lamentarlo demasiado por el vino, la vertió prácticamente al completo sobre el rostro de don Sylvio. Este remedio tuvo el efecto esperado. Don Sylvio volvió en sí al poco tiempo, pues su aturdimiento procedía de un único y fuerte golpe que le habían dado y que no le había causado más daño que un chichón considerable que le había salido en la cabeza. Abrió los ojos y exclamó con una voz débil:

—¿Dónde estoy? ¿Todavía estás vivo, Pedrillo?

—Sí, mi querido señor –contestó Pedrillo–. ¡Alabado sea Dios que me permite veros aún con vida! Si soy honesto, si estuvierais muerto, tal y como había comenzado a temerme, habría preferido lanzarme al río que sobreviviros.

—¡Ojalá –dijo don Sylvio– y Dios me permita recompensar tu buen corazón y tu lealtad! Pero… ¡Cielo Santo! Cuéntame, si es que lo sabes, qué ha sido de mi princesa.

—¿La princesa? –gritó Pedrillo–. Se ha marchado… se ha ido al d***, voló huyendo de ahí justo al principio, cuando esos engendros de mejillas rechonchas se lanzaron contra nosotros con sus largas y afiladas uñas… ¡Por mi alma! Ojalá nos hubiera… ¡Por todos los cielos! ¿Qué os pasa, mi señor? ¡Que Dios nos ampare! ¿Qué debo hacer? ¡Oh, las malditas hadas!

p. 122Pedrillo gimoteaba de esta manera porque su señor, que inmediatamente se había puesto a buscar el retrato de su princesa, cayó de nuevo inconsciente por el miedo y el dolor de su corazón al ver que ya no lo llevaba consigo.

Le costó mucho trabajo hacerle recuperar los sentidos, pero muchísimo más detener la desesperación a la que nuestro caballero se abandonó sin medida alguna tan pronto como pudo sentir la inmensidad de su pérdida. Pedrillo, pese a que le habría gustado despacharse a gusto sobre el hada Radiante y todas las demás hadas del mundo, y desengañar a su señor sobre su absurdo amor por una mariposa, no supo ni qué decir ni qué hacer al ver a su señor gimotear de manera tan lastimera y al observar cuán decidido estaba a dotar de fama al Guadalaviar gracias a su muerte. Se lanzó a sus pies, le rogó, lloró, maldijo a las hadas y la feeridad, pero lo primero no sirvió para nada y lo último hizo que el mal fuera aún peor.

Después de haberlo intentado todo, Pedrillo recurrió al único remedio que en unas circunstancias similares puede asegurar un cierto efecto. Comenzó a competir con él en sollozos y, en la medida de lo posible, a sobrepasarlo. Pensó que su joven señor acabaría por cansarse y que, una vez superado el primer ataque de locura, sería mucho más sencillo llevarlo por el buen camino.

Al ver que don Sylvio volvía a la tranquilidad, Pedrillo comenzó, si bien en contra de su propio convencimiento, a buscar todos los argumentos imaginables que, tal y como esperaba, pudieran llegar a tranquilizar a su señor. Le aseguró que, incluso en el peor de los casos –que el retrato de su princesa se encontrase en manos del Enano Verde–, esta estaría sin duda alguna en un lugar seguro, puesto que la había visto escapar de allí volando con sus propios ojos.

—Creedme, señor –dijo–, el hada Radamante simplemente quiere poner a prueba vuestra paciencia, todo puede tomar en poco tiempo un cariz completamente diferente. Mientras hay vida hay esperanza. Pensad que a otros príncipes y caballeros no les ha ido mucho mejor. ¿Acaso no tuvo que resistir el pájaro azul hasta que la malvada Truchona se esfumó y tuvo a su amada Florina en sus brazos? ¿Acaso el Príncipe Tortícoli no estuvo amargado hasta que llegó a conseguir a la bella Brillante, aquella a la que el Mago Negro había transformado en una langosta, siendo ella tan princesa como una que yo me sé…? ¿Acaso os habéis visto hasta el cuello en una cueva llena de ranas y lagartos, tal y como le ocurrió al hermano de la Princesa Rosita? Y aún así, no os habéis visto transformado en animal alguno, como el Príncipe de la Isla Afortunada, ni tampoco habéis estado en peligro de ser devorado por fantasmas o monstruos, como le ocurrió al Príncipe Amado… en una palabra, señor mío… pensad que yo también tengo tanta razón como cualquier otro para quejarme amargamente165. No sé por qué el hada Rademante se ensaña conmigo, pero he recibido diez veces más palos y mojicones en las espaldas que vos y todavía no ha nacido princesa alguna que me vaya a consolar por ello.

»Al menos vos, cuando os lamentáis por algo, sabéis por qué. Pero ¿qué hay del pobre Pedrillo, que en todas las desgraciadas aventuras se lleva la peor parte y al que nadie le dedica siquiera una palabra amable por ello? ¡Sea, pues! No quiero quejarme por ello, a pesar incluso de que los malditos granujas me han macerado la espalda hasta dejármela tan blanda como la panza. Es mi destino y, si acaso con esto os devuelvo la felicidad, permaneceré con vuestra merced hasta que Dios quiera y hasta que me queden costillas, que muy gustosamente dejaré que me partan en dos a vuestro servicio.

Todas estas ideas, a las que el buen corazón de Pedrillo no dejó de dar un énfasis notable, así como la seguridad de que la princesa todavía vivía y se hallaba en libertad, fueron poco a poco ejerciendo un poderoso efecto en nuestro héroe. Tanto fue así que finalmente consiguió calmarse y mostró a Pedrillo su gratitud con unas palabras muy afectuosas, asegurándole que, en caso de ver coronados sus deseos, su primera preocupación sería recompensarle su fidelidad y todas las molestias de manera tan generosa que no le quedaría nada por desear. Estas consoladoras promesas, a pesar de que las circunstancias actuales hacían su consumación poco esperable, alegraron tanto al agradecido Pedrillo que habría olvidado de a una todos los golpes recibidos si su espalda no hubiera sido tan desconsiderada de recordárselos a cada instante.

p. 123Mientras tanto, puso todo su empeño en intentar volver a animar a su señor y, tras haber buscado a conciencia el lugar más sombrío de todo el río, se decidió permanecer allí tanto como fuera necesario para verse completamente recuperados.

Don Sylvio sentía tan intensamente el dolor por haber perdido el retrato de su enamorada que no era capaz de darse cuenta de cualquier otro dolor. A cada momento comenzaba a entonar nuevos lamentos y pasó bastante tiempo hasta que el ejemplo de Pedrillo y su propia hambre lograron que dejase exhaustas las provisiones del zurrón de Pedrillo. Entre otras cosas, todavía quedaba una botella de vino de Málaga, que resultó tan al caso de las circunstancias tan pesadumbrosas en las que se hallaban que al poco tiempo el honesto Pedrillo se encontraba de un buen humor tal que apenas podía soportar ver a su señor permanecer sentado con un gesto tan desconsolado.

—Señor don Sylvio –dijo–, al mal tiempo buena cara. ¡Por mi alma! No tiene ningún misterio estar satisfecho cuando todo sale de acuerdo con nuestros deseos. ¡Anímese, señor mío! Corazón cobarde no conquista damas ni ciudades. Fortuna va sobre una rueda que nunca está queda, hoy por ti, mañana por mí. Hoy lluvia, granizo y sopa de palos, mañana sol, alegría y bienestar. Así es el mundo, solía decir mi abuela, cada día tiene su propio tormento, pero todo siempre va a mejor cuando se sabe esperar. El tiempo trae las rosas, y paciencia y barajar. Ya veo cuán feliz seréis cuando por fin tengamos a nuestra princesa, pero no como una maldita mariposa, eso se da por sentado, sino en su verdadero tamaño, tal y como su madre la trajo al mundo, quiero decir, como una verdadera princesa, entiéndame, con una corona dorada en la cabeza y un largo manto, tan adornado por todos lados con perlas y rubíes que brillará como el luminoso sol.

»¡Albricias! ¡Esto es lo que va a ocurrir! Sonará una música celestial, todos los días serán festivos, beberemos y comeremos, bailaremos y saltaremos, reiremos y seremos felices, tanto que las Jorobetas y las Perifollos tendrán que morirse de envidia al vernos tan felices. ¡Arriba el ánimo! ¡Por mi alma! Cuando por fin tengamos a la princesa, ¡qué diantres nos importará su retrato! Eso es lo que yo pensaría si fuera asunto mío. Además, juraría que el Enano Verde ha visto tanto su alhaja como a la virgen de dieciocho años a la que tiene que mondar los dientes. Tengo los ojos lo suficientemente abiertos y, por Dios que sé muy bien que un bieldo no es un escarbaorejas166. La ninfa era una campesina, señor mío, una moza de las que siegan, y eso lo sé tan bien como si yo mismo la hubiera parido. Y si no queréis creerme, hay un medio bien rápido para saber qué hay tras todo ello. La aldea en la que se encuentra no puede estar a más de cien millas de aquí. Vayamos allí esta misma tarde, y busquemos puerta por puerta hasta que la hallemos. Tendrá que devolvernos la alhaja o, de lo contrario, no existe la justicia en esta tierra.

—Pero en caso de ser así –dijo don Sylvio–, ¿de dónde procede la extraordinaria coincidencia entre este acontecimiento y el sueño que tuve anoche?

—Señor –respondió Pedrillo–, recuerdo vuestro sueño tan bien como si lo hubiera soñado yo mismo y no encuentro esa coincidencia que vos veis en él. ¿Dónde está la sílfide que se os apareció? ¿Dónde está el carro de rosas con doce aves del paraíso de rubí que os llevó a la isla encantada? Esta es una circunstancia principal que aquí no podemos encontrar en modo alguno. Y, además, decís que la ninfa tenía a la mariposa atrapada con un hilo de oro y esto tampoco coincide, pues el hilo que la ninfa de los pastos utilizó para ello era un vulgar hilo de cáñamo con el que, según me parece, quería remendar los agujeros de su camisa. ¡Y bien que habría hecho, pues se le veía toda la piel y esta era tan negra como la tierra, y he escuchado más de una vez que las ninfas están hechas de lirios y rosas! En fin, que será lo que fuera, pero lo que sé muy bien es que los golpes que nos dio esa vulgar chusma no los hemos recibido en sueños. En fin, lo pasado, pasado está, y hay que sacar lo mejor de lo ocurrido. ¡A la salud de la princesa, allá donde esté! Espero que nos recompense a su debido tiempo por todo lo que hemos soportado a causa suya.

164 Referencia a otro de los cuentos de Madame d’Aulnoy, «La Bonne Petite Souris» [La buena y pequeña ratoncilla], que apareció en el tomo segundo de los Contes des fées (1697).

165 El Príncipe Amado (Aimé en el original) aparece en el cuento «El naranjo y la abeja», que aparece también en el segundo tomo de los Cuentos de hadas de Catherine d’Aulnoy. Sobre este cuento, remitimos al lector a la nota 149 de este trabajo. Pedrillo mezcla algunos personajes de este cuento con otros del cuento «La Belle et la Bête» [La bella y la bestia], que apareció en la colección de cuentos La jeune Amériquaine et les contes marins [La joven americana y los cuentos marinos] (1740), de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve (1685–1755). En este cuento el príncipe crece bajo la tutela de una horrible hada, que, al verse rechazada en su amor, lo castiga transformándolo en un monstruo horrible, al menos hasta que una doncella lo ame a pesar de su fealdad y aparente simplicidad.

166 Un bieldo es un apero de labranza similar a una horca o tridente, habitualmente empleado para mover la paja o el cereal cortado.