Capítulo III De los reproches que don Sylvio se hizo a sí mismo
Don Sylvio, al que la cháchara de Pedrillo comenzó a resultar molesta, utilizó la excusa de querer descansar un par de horas durante los calores del mediodía para conseguir que este por fin se callara. Hizo como que dormía y Pedrillo pronto siguió su ejemplo, si bien este lo hizo completamente en serio. Don Sylvio, sin embargo, estaba demasiado intranquilo como para poder conciliar el sueño. Miles de pensamientos mortificadores, que le venían a la mente contra su voluntad, lo llevaron incluso a dudar por primera vez sobre la verdad de sus fantasías. ¿Qué pasaría –se preguntaba– si la aparición que había creído presenciar del hada Radiante fuese simplemente una mala pasada de una imaginación exaltada? Cuanto más pensaba sobre esto, más probable le parecía, mientras que la desafortunada aventura con las campesinas, que ahora comenzaba a tomar por aquello que realmente eran, hizo que en pocos minutos lo probable se convirtiera en seguro, pues le parecía incomprensible que el hada Radiante lo hubiese abandonado a los palos y mojicones de esa chusma campesina si fuera verdad que le había prometido su protección.
Estas dudas le atormentaron hasta límites insospechados. Trató de aunar todas sus fuerzas para reprimirlas, pero estas retornaban con fuerzas redobladas, y la revuelta que comenzaba a agitar su cerebro se volvió tan salvaje que lo poco del raciocinio que la feeridad le había dejado corría gran peligro de echarse a perder por completo.
En estas atribuladas circunstancias, el retrato de su amada pastorcilla era lo único que lo mantenía a flote en el mar de dudas que era su alma y lo único que permanecía inalterable en el desplome general de sus ideas:
–Si todo lo demás son vanas imaginaciones –dijo–, al menos sé, oh innominada desconocida, que no es ilusión que te amo. Puede que fuese un hada quien posase tu retrato en mi camino, puede que seas una princesa o una pastorcilla, puede que estés destinada a que te ame o que lo estés para alguien más afortunado que yo, tú, la más bella entre las ninfas celestes. Si mi destino quiere que me consuma enloquecido en un amor sin esperanza, sea, pero no existe poder alguno que pueda arrancar tu imagen de mi alma.
»Quiero buscarte por todos los países y por todos los mares del orbe, de un polo al otro, de las nieves eternas en las montañas cimerias, hasta las zonas ardientes en las que ningún árbol, ninguna fría fontana atemperan el punzante calor y, si no te encuentro y la tierra te ha perdido a ti, su más bello adorno, ¿qué podrá evitar que, impulsado por la fuerza de un amor inmortal, mi espíritu ansioso vague de esfera a esfera, buscándote allá donde tu hermosura oscurece a todas las otras innominadas bellezas del éter, o incluso que descienda más allá, hasta los territorios subterráneos, para buscarte entre las sombras, que, deslumbradas por tus ojos, ya no lamentan más la pérdida del día, bebiendo de tus miradas el dulce olvido de cualquier otro deseo?
p. 125Estas ocurrencias ditirámbicas, tan alocadas como puedan parecerles a nuestros sabios lectores, tuvieron un efecto ciertamente salutífero en nuestro héroe pues, mientras se hallaba inmerso en ellas, se durmió sin darse cuenta y esto, en las circunstancias de ese momento, era lo mejor que podía acontecerle. ¿Acaso puede el infeliz hacer algo mejor que dormir?
En esta ocasión don Sylvio encontró una doble ventaja en su dormitar. Por una parte, el olvido de su aflicción y, por otra, la felicidad de un agradable sueño que, al menos mientras duró, tuvo toda la apariencia de realidad. Le parecía que veía a su amada princesa, pero no en forma de pastorcilla o de mariposa, sino en la suya propia, adornada como una diosa. Descansaba sobre una nube rosácea, que se elevaba del suelo, cerca de él, y departió durante un buen rato con él. Lo animó a no dejar que su ímpetu se hundiese, a resistir con valentía las dificultades que sus enemigos le ponían en el camino. Le aseguró que no tardaría en llegar el momento en el que volviese a recuperar gracias a él la figura con que se le presentaba ahora y añadió, de una manera tan seductora como tierna, que desearía ser mil veces más atractiva para recompensarlo por todos los develos que había tenido que experimentar por llegar a poseerla. Cuando don Sylvio se disponía a dar una respuesta tal y como la que cualquier enamorado tendría preparada ante una confesión tan halagadora, la princesa desapareció de nuevo.
Esta circunstancia fue sin duda lo más desagradable de todo su sueño, pero la satisfacción de haberla visto y el tono amoroso de sus consuelos, que todavía susurraba en su embelesado oído, lo hicieron insensible a cualquier tipo de dolor. Olvidó todas las penurias pasadas y despreció todas las que pudieran venir, y ahora se mostraba impaciente por retomar un viaje que a cada paso le acercaría al destino que anhelaba. Despertó, pues, a Pedrillo y, tras contarle lleno de felicidad su sueño, le ordenó que se preparase para el viaje sin más dilación.
—¡Nora tal! –gritó Pedrillo–. Es curioso cómo nuestros sueños coinciden. Se os ha aparecido la princesa y a mí la sílfide. Me pareció que me la encontraba precisamente en el lugar donde os dormisteis ayer, descansando bajo las rosas, pero su ama, el hada, no estaba allí y ahora me arrepiento de no haberle preguntado su nombre, pero teníamos tantas otras cosas de las que hablar que me olvidé por completo. ¡Por mi alma! El tiempo corrió sin que me diese cuenta de adónde se fue, pasamos tres o cuatro horas juntos y el sol se puso sin que nos diésemos cuenta, y aún así me pareció un abrir y cerrar de ojos. Es como si yo mismo hubiera sido un silfo; aunque me fuera la vida en ello, no podría describiros cómo me sentía, pero lo que puedo aseguraros es que jamás me he sentido tan bien en toda mi vida. ¿Acaso no os dije que la suerte volvería a sonreírnos? Estos sueños sin duda no salen de la nada, ¿quién sabe lo que podrá llegar a ocurrir? El hada Rademante quizá nos dé de una tacada todo aquello que hasta ahora nos ha negado. Veremos, dijo el ciego, las tornas pueden cambiar rápido. Os prometo, Señor, que cuando pille al Enano Verde, como sin duda espero y creo, cobrará con usura todos los golpes en las costillas con los que nos ha servido, de eso puede estar seguro.
