Capítulo IV Las predicciones de Pedrillo comienzan a cumplirse
Mientras Pedrillo daba rienda suelta a su rebosante humor siguiendo su habitual costumbre, ambos prosiguieron su camino por un bosque de castaños, el cual, conforme más se adentraban en él, iba adquiriendo cada vez más la apariencia de un parque. Aquí y allá veían grandes cenadores, fuentes, urnas, grutas y ruinas que surgían de arbustos de rosas, jazmines o madreselvas. Tras haber avanzado durante más o menos media hora, se encontraron en una suerte de laberinto de setos de rosales y mirtos, cuyos pasillos estaban tan artísticamente entrelazados, que les costó un cierto trabajo salir de ellos.
Estos indicios despejaron cualquier duda que nuestros caminantes pudieran tener sobre la posibilidad de encontrarse cerca de un castillo de hadas y al comienzo de una muy notable aventura.
Pedrillo repetía una vez tras otra:
—¿Acaso no os lo dije, acaso no os dije antes que el hada Rademante se portaría mejor con nosotros? Mirad lo que habría pasado, muy Señor mío, si, cumpliendo el deseo de esa maldita chusma hechicera, nos hubiéramos lanzado al agua, tal y como sin duda habríais hecho si no hubiera estado allí. Lo mejor que habríamos sacado de todo ello habría sido que cualquier ninfa o sirena nos hubiese transformado en culebras de agua o en cobayas; y, en lugar de ello, ahora al menos tenemos la esperanza de descansar en un palacio de cristal o de diamantes, y de ser servidos por bellas sílfides, de las que la peor de ellas estará adornada con perlas y rubíes con los que se podría comprar un pequeño reino.
Mientras decía esto, ambos se hallaron en un gran paseo de naranjos y, al final de este, pudieron ver un lujoso pabellón, cuyas puertas laterales a medio abrir dejaban entrever un gran salón, en el que, precisamente porque el sol poniente se encontraba frente a aquel, se reflejaba un resplandor de espejos, doraduras y ricos artefactos que deslumbró los ojos de Pedrillo desde lejos.
Pese a lo satisfecho que se hallaba ante este panorama, Pedrillo comenzó a asustarse un poco cuando pensó que probablemente se encontrasen en un lugar en el que todo transcurría según las leyes de la magia, y su corazón comenzó a latir cada vez más fuerte conforme se fueron acercando al pabellón. El propio don Sylvio, que no era precisamente el más asustadizo, pareció indeciso durante algún tiempo sobre qué debería hacer, pues tenía tantas pruebas de la astucia y de la incansable maldad de sus enemigos que no sabía muy bien si tras las bellas apariencias se escondía una nueva trampa. En cualquier caso, el consuelo de las promesas que su princesa le había hecho hacía tan poco pronto acabó con estas preocupaciones, incluso a pesar de que, salvo algunos papagayos que volaban alrededor de la balaustrada dorada que rodeaba la sala, no apreciaron ser vivo alguno, por lo que, tras una pequeña reflexión, se decidió a entrar y ver qué salía de esta aventura.
Mas, ¡cuál no sería su asombro al entrar en la sala cuya belleza y valiosa decoración parecían dignas de un hada, y al ver un montón de gatos de todos los colores que se comportaban como si fueran los únicos habitantes de este lujoso lugar! Algunos estaban tumbados en cojines de un brocado dorado, otros paseaban descuidadamente entre los jarrones de flores y las pagodas chinas con las que estaba decorada la chimenea, mientras que otros parecían rendir pleitesía a una maravillosa gatita blanca como la nieve, la cual, envuelta en collares de perlas, permanecía tumbada en un sofá de un color damasco rosáceo y bordado con plata en una postura garbosa y relajada.
Ante una visión tal, un hombre más sabio que don Sylvio se habría acordado del palacio de la Gata Blanca, uno de los mejores cuentos que hay167. Pero, como los gatos de los cojines le dieron la bienvenida con una de esas sinfonías propias de su especie tan pronto como puso un pie en la sala, don Sylvio, a su manera, llegó a la conclusión de que sin duda se hallaba en aquel palacio en el que un cierto príncipe, del que la historia no nos ha legado el nombre, se pasó tres años –aunque a él le parecieron solo algunos días– en compañía de la muy ingeniosa, amable y virtuosa Gata Blanca, que al final resultó ser una princesa.
Su alegría por tan afortunada casualidad era extraordinaria pues, aparte de la calurosa acogida que podía prometerse en este palacio, el buen corazón y la generosidad de la Gata Blanca eran tan conocidas que daba por seguro que esta le prestaría toda la ayuda que pudiese desear para la feliz consecución de su empresa.
p. 127Sumido en estos pensamientos, se acercó al sofá donde se sentaba la preciosa gatita blanca y, justo cuando se encontraba en disposición de dirigirse a ella con toda la pompa que merecía una gata de tan alto linaje y extraordinarias características, vio cómo de repente se abría una puerta y cómo, para gran asombro de Pedrillo, desde ella miraba hacia la sala la pequeña sílfide que había visto en el bosque el día anterior. Si la inesperada aparición había dejado a Pedrillo en un estado de aturdimiento, su efecto no fue menor en la propia sílfide. Apenas hubo divisado a nuestros aventureros, retiró la cabeza con un grito, cerró la puerta de nuevo y huyó tan rápidamente como si hubiera visto un espectro.
Don Sylvio no supo qué hacer ante esta extraña manera de aparecer y desaparecer de nuevo, pero Pedrillo le ayudó en ese preciso instante a salir de su asombro.
—Ahí lo tenemos –gritó–. ¡Qué suerte la nuestra, señor! ¡Nuestros sueños se cumplen! No os preocupéis, volverá bien pronto, simplemente ha ido a decirle al hada que estamos aquí.
—¿De quién hablas? –le preguntó don Sylvio en voz baja mientras se llevaba a Pedrillo a un lado.
—¡Por mi alma! ¡De la sílfide, la que acaba de mirar desde la puerta y que, tal y como puedo juraros, es exactamente la sílfide con la que me encontré junto a vos debajo del rosal y que hoy se me ha aparecido en sueños!
—Pedrillo –dijo don Sylvio–, mucho tendría que equivocarme para que no nos hallásemos en el palacio de la Gata Blanca, la cual es al mismo tiempo una gran princesa y un hada. Si la sílfide que conoces pertenece a este palacio, el hada que supuestamente viste ayer debe de ser la mismísima Gata Blanca.
—No sé a qué os referís con vuestra Gata Blanca –respondió Pedrillo–, ¡demonios! ¿Acaso no estaréis pensando que el gatito ese que está allí sentado en el sofá y que nos hace muecas es el hada?
—No hables tan alto –le interrumpió don Sylvio– y deja que te diga de una vez por todas, que en lugares como los que nos encontramos, uno nunca está lo suficientemente alerta ni es lo suficientemente humilde.
Don Sylvio apenas hubo pronunciado estas palabras cuando Pedrillo lanzó un gran grito y comenzó a golpear a su alrededor con ambas manos como si fuese un loco. No en vano, uno de los papagayos que hacían compañía a los gatos de esta sala había decidido, bien porque su fisionomía no le parecía agradable, o bien por otra razón que –al menos hasta donde sabemos– nunca ha descubierto, dar un pequeño cachete a Pedrillo con una de sus garras. Pedrillo, al no ver al autor de este, aseguró vehementemente haber sido golpeado por un fantasma o por un enano invisible.
—Tómatelo –dijo don Sylvio– como la recompensa por tu cháchara inapropiada, y esto no será más que una pequeña penitencia que te ha infligido una de las manos invisibles por las que se es servido en este palacio.
—¡Maldita sea! –dijo Pedrillo–. ¡Vaya manera más rara de tratar a la gente! Si era una mano, seguro que no se ha cortado las uñas en siete años. Os aseguro, señor mío, que si te agarra un demonio del bosque no puede acuchillarte más hondo. ¡Por mi alma! Si, por cada palabra que uno erra aquí, te marcan de este modo, tendré que hacer que me cosan la boca o los malvados fantasmas me van a grabar el alfabeto entero en la cara, con sus mayúsculas y sus minúsculas.
—En realidad –dijo don Sylvio–, lo mejor que podrías hacer es presentarte completamente mudo, pues tal y como te comportas, no puedo asegurar que no te ocurran cosas aún más desagradables, por no hablar de que con tu cháchara inapropiada y con tus vulgares juramentos y expresiones no me honras en demasía.
—Muy bien –respondió Pedrillo–, quien no oye consejo, no llega a viejo. Por vos, ya que así os parece, permaneceré tan mudo como una carpa, me haré pasar por mudo, ya que ese es vuestro deseo. Pero, ¡hum! ¡Escucho venir a alguien! ¿No os lo dije? ¡Es la mismísima hada! Shh…
167 Wieland alude al cuento a «La gata blanca», de Madame d’Aulnoy. Sobre este cuento, remitimos al lector a la nota 23 de este trabajo.
