Índice

Capítulo V Aparición del hada. Cuán peligroso es cuando uno se encuentra con una doncella demasiado parecida a su enamorada

Han pasado ya, caro lector, cuarenta y dos minutos y dieciocho segundos, medidos por un reloj londinense fabricado en Ginebra, desde que andamos dándole vueltas a una media docena de nuevos y bellos símiles mediante los que, en caso de necesidad, un poeta podría intentar retratar el máximo grado de asombro y consternación, sin que hayamos sido tan afortunados como para encontrar solamente uno que no esté tan trillado por las numerosas manos que van desde los tiempos de Homero hasta este mismo día como para que resulte realmente de alguna utilidad.

En esta ocasión, no vemos otra manera de salir de esta encrucijada que utilizando una cierta figura retórica, que debemos a uno de los más talentosos escritores de epístolas dedicatorias de nuestro tiempo, y decimos: Ni el terror que siente un muchacho poco cuidadoso al darse cuenta de que ha asido una serpiente al meter su mano en un agujero, ni el espanto que un prometido experimenta al encontrar a su lado en la mañana posterior a la noche de bodas no a la hermana bella a la que amaba, sino a la fea, ni la consternación que experimenta un juez al ver una vasija de plata llena de ducados húngaros* con los que un cliente que sabe de la vida quiere hacerle comprender la justicia de su causa… nada de esto sería capaz de reflejar solamente una décima parte del asombro en el que se vio sumido don Sylvio al ver que el hada de este palacio mágico era el original de su amada pastorcilla. Pero, quizá estemos diciendo demasiado, pues don Sylvio, al haberse convencido durante su último sueño de que esta seguía siendo una mariposa, quedó bastante confuso sobre cómo podría existir un parecido tan increíble entre ella y esta hada.

Doña Felicia (pues no podemos ni queremos ocultar durante más tiempo que nos encontramos en Liria) se había tomado la molestia de mostrarse ante nuestro héroe en una vestimenta que, además de resaltar todas sus virtudes, le daba una apariencia de lo más extraño, tanto es así que solamente le faltaba una pequeña varita de madera para encarnar exactamente al hada Luminosa168.

Aquella se encontraba en su tocador preparándose para la llegada de su hermano, que había anunciado una visita que ella no esperaba, cuando Laura le llevó la sorprendente noticia de que don Sylvio, no sabía muy bien cómo, se encontraba en su sala. El instinto innato que en las señoras de nuestros corazones a veces toma el lugar de la lenta razón le hizo comprender en un instante que debía mostrarse en una apariencia lo más feérica posible para despertar la impresión que esperaba causarle.

Le dio la bienvenida con el porte tan noble y lleno de gracia que le era característico, a pesar de que tuvo que esforzarse mucho por ocultar el nerviosismo que su bello pecho delataba. Se mostró muy agradecida a la casualidad, que había traído a su palacio a un joven caballero cuya apariencia delataba unos méritos fuera de lo común, y le aseguró que su hermano, cuya llegada esperaba a cada momento, estaría encantado de recibir una visita tan distinguida.

Si don Sylvio hubiera tenido que luchar únicamente con su asombro por un parecido tan inesperado, no le habría resultado demasiado complicado mantener la compostura necesaria. Sin embargo, la naturaleza, que nunca pierde sus derechos, y que al final siempre triunfa sobre la imaginación, le jugó en este preciso instante una mala pasada de la que le resultó imposible defenderse.

p. 129El bueno de don Sylvio había tomado por amor tanto las impresiones que el retrato de su supuesta princesa había despertado en él como los deseos que se habían desatado en su corazón. Se había equivocado, pues estos no fueron más que un débil anticipo, una oscura sombra del amor que el propio original despertaría en él.

Al cruzar su mirada con la de ella por vez primera, le pareció como si sus almas se hubieran intercambiado. Toda la violencia de ese indescriptible embelesamiento con el que el amor simpatético, especialmente cuando es el primero, al avistar su objeto, emborracha a un alma sensible con este afortunado tipo de ensoñación exaltada, atravesó, llenó y sometió todo su ser. Todas sus ideas previas parecieron desvanecerse, nuevos sentidos parecían desarrollarse repentinamente en lo más profundo de su ser para poder abarcar todos los incontables encantos que relucían frente a él… para resumir, se encontraba tan fuera de sí, que solamente supo responder a las amables palabras de la supuesta hada con nada más que unas sílabas tartamudeadas y entrecortadas.

Doña Felicia no habría estado ni la mitad de satisfecha con el más florido y articulado elogio de lo que lo estuvo con el muy elocuente estado de confusión en el que encontró a don Sylvio. Lo que aconteció en su propio corazón suplió con creces todo lo defectuoso e incomprensible del discurso de nuestro héroe, pero, como tenía un mayor dominio sobre sí misma o, por expresarlo de manera más correcta, como era una doncella, supo no solo ocultar su propia inquietud, sino también mostrar la suficiente deferencia como para darle un cierto tiempo para reponerse mientras ella se sentaba en el sofá y le conminaba a tomar asiento en el sillón que la gatita blanca había dejado al posarse en su regazo. Esto último le propició la oportunidad de bromear sobre los pensamientos que deberían haberse despertado en su ser al entrar en la sala.

—Confesad, don Sylvio –dijo ella–, que, al ver una tan distinguida compañía gatuna hacer aparentemente la corte a mi pequeña favorita, no pudisteis resistiros a pensar que estabais en el palacio de la Gata Blanca…

—Uno no podría ser engañado de una manera más deleitosa, bellísima hada –respondió don Sylvio–. Ojalá que, con la misma clarividencia con la que supisteis descubrir mi primer pensamiento, el cual, antes de que yo mismo tuviera la fortuna de apreciarlo, era ya lo suficientemente natural, podáis mirar dentro de lo más profundo de mi alma y consintáis en leer allí lo que no tengo ni la osadía ni la capacidad suficiente para expresar en palabras.

A doña Felicia le pareció más adecuado entretener a nuestro héroe con la biografía y las admirables virtudes de la gatita blanca que responder a esta respetuosa declaración de amor. A pesar de lo insignificante de esta materia, esta se volvió tremendamente trascendente gracias a un oyente tan dispuesto como don Sylvio, a los bellos labios de doña Felicia y al encanto que esta sabía dar a todo lo que decía o hacía. Don Sylvio pudo comprobarlo a conciencia. Cada una de sus miradas, cada palabra que pronunciaba, cada pequeño movimiento que hacía, aumentaba el ensimismamiento en el que parecía perdido. Su imaginación, incapaz de crear algo más perfecto que aquello que se encontraba frente a sus ojos, se vio robada de sus antiguos poderes y no hizo más que contribuir a hacer aún más completo el triunfo del sentimiento. Todos esos bellos fantasmas con los que esta se había visto antaño poblada se desvanecieron como las ligeras nieblas de una mañana de primavera ante el sol naciente. Recordó su estado anterior como si de un sueño se tratase o, por hablar de manera más exacta, cuando vio a doña Felicia ante sí olvidó esto y todo aquello que antes había pensado, amado, anhelado o temido de manera tan completa como si se hubiera bebido el Leteo entero.

Este estado bien podía resultarle lo suficientemente agradable a nuestro héroe, pero quizá no lo resultara tanto para su acompañante, pues, tras agotar todo lo que se podía decir de su gata, la charla se habría tornado bastante apagada de no ser por que los papagayos, que daban brincos por la sala y que resultaron ser completamente chistosos y parlanchines, se mezclaban de vez en cuando en la conversación.

i Cremnitzer Ducaten o ‘ducados de Kremnitz’ en el original. Kremnica se encuentra hoy en día en Eslovaquia, pero en el siglo xviii pertenecía al Reino de Hungría y era especialmente valorada por el oro de sus minas.

168 Hada perteneciente al cuento «L‘heureuse Peine» [La pena dichosa], dentro de los Nuevos cuentos de hadas (1698) de Henriette-Julie de Castelnau, condesa de Murat.