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Capítulo VI Un encuentro inesperado

Justo en ese momento doña Felicia mostraba un cierto desasosiego por la ausencia de su hermano, quien, tal y como ella expresó, le había dado esperanzas de traer consigo una visita agradable, cuando, de repente, las puertas interiores de la sala se abrieron y dieron entrada a don Eugenio de Liria junto a la bella Jacinta y su amigo don Gabriel, mostrándole a nuestro héroe cómo el desconocido al que había salvado la vida o, al menos, a su amada, era en realidad el hermano de su idolatrada hada.

La sorpresa resultó agradable para ambas partes y se vio acompañada de una admiración incluso mayor por parte del hermano y de su hermana. En cualquier caso, como tampoco resultaba adecuado mostrar esta última emoción, don Eugenio se contentó, tras presentar y recomendarle a la bella Jacinta, con demostrar su alegría por encontrarse de nuevo con nuestro héroe de una manera tan inesperada y en su casa, especialmente porque su repentina marcha de la posada le había sorprendido no poco.

—Quizá no sepáis –le dijo a doña Felicia– cuánto le debemos a don Sylvio. En breve conoceréis todo lo relativo a una historia que pronto dejará de ser un secreto para vos. Todo lo que os puedo contar es que en la persona de este adorable desconocido contempláis a aquél a quien, gracias a su valeroso atrevimiento, vuestro hermano debe su propia vida.

—Exageráis –respondió nuestro héroe– el valor de un auxilio que vuestra valentía y la de vuestro amigo hicieron irrelevante, y que se debe únicamente a los sentimientos que vuestra presencia inspiró en mí. Si hubiera sabido entonces lo que este afortunado instante me ha mostrado, habría sacrificado con gusto cada vena de mi cuerpo, incluso si cada una de ellas gozara de vida propia, para salvar una vida tan valiosa.

Don Eugenio se habría visto ciertamente asombrado por lo hiperbólico de este elogio, si no se hubiera visto ocupado en observar las impresiones que Jacinta causaba en su hermana, que no le permitían prestar atención a nada más.

Doña Felicia, que parecía bastante desconcertada sobre cómo ocultar o al menos hacer grata a su hermano su inclinación por nuestro héroe y el plan que, con toda la destreza que es propia a todos los efectos del amor, había urdido durante la última media hora, estaba fuera de sí de gozo al escuchar los servicios que don Sylvio ya le había prestado. Esta afortunada circunstancia justificaba no sólo la vivacidad de sus atenciones respecto al salvador de su hermano, al que tan afectuosamente amaba, sino que también lanzaba una cierta luz sobre algunas circunstancias de la historia secreta en la que Jacinta parecía ocupar un papel ni mucho menos secundario, por lo que ahora esperaba emplear un esfuerzo menor en obtener la aprobación de su amor por parte de su hermano, pues no en vano este también necesitaría la suya para el suyo propio.

Esta idea le hizo redoblar sus muestras de cortesía y de simpatía, que la afabilidad de la joven Jacinta le habría infundido de todos modos, pues veía muy a las claras, pese a la reserva que mostraba don Eugenio al respecto, con qué fuerza este la amaba… Don Eugenio, para quien las atenciones de su hermana por Jacinta se justificaban por los méritos de esta última, se mostró tan satisfecho por ello que no veía el momento de abrir su pecho a su hermana.

p. 131Quizá nunca haya existido un ejemplo de tal simpatía y del dominio de tal variedad de dulces emociones en un grupo de personas que apenas se conocían o que resultaban ser completos desconocidos. Naturalmente, unas personas tan atractivas como las allí reunidas no podían resultarse indiferentes, pero las relaciones secretas y todavía ocultas en las que permanecían las hicieron infinitamente más interesantes. El Amor y la Naturaleza, que libraban aquí su particular y secreta batalla, propiciaron en unos pocos minutos una armonía y una confianza que normalmente suele conseguirse en un buen número de semanas.

Don Gabriel era el único que participaba de la satisfacción común sin intención egoísta alguna. La tranquilidad de su propio corazón le permitía observar a los demás con la agudeza de un sabio y con la bondad de un amigo de la humanidad, y, a pesar de que una parte de aquello de lo que creía darse cuenta todavía le resultaba un misterio, observó que pronto se revelarían algunos secretos interesantes.

Mientras tanto aparecieron un par de moros ostentosamente vestidos para ofrecerles unos refrigerios y don Gabriel, que parecía contar con un don natural para ello, tuvo la deferencia de evitar gracias a la viveza de su ingenio que la conversación fuera poco a poco degenerando en un doble, si bien silencioso, tête-à-tête.

A pesar de que resultaba evidente que existía un cierto giro fantástico en casi todo lo que don Sylvio decía o hacía, don Eugenio fue poco a poco quedándose prendado de él y, por el favor que le debía, no pudo hacer menos que rogarle que les honrase con su presencia en Liria durante un tiempo, para así concederle tiempo a una relación que había comenzado de una manera tan azarosa y, con ello, hacer que esta fuese madurando en una completa amistad, de la que esperaba no mostrarse indigno.

Don Sylvio aceptó una invitación tan atenta con la mayor satisfacción posible y sin poner en ningún momento mayores reparos que los que suelen poner los príncipes en los cuentos de hadas cuando se les ofrece pernoctar en un castillo encantado.

Mientras tanto, doña Felicia se alejó junto a la bella Jacinta y don Eugenio llevó a su invitado a una lujosa habitación, que le pidió que considerase suya mientras les honrase con su estancia en Liria. Allí le dejó hasta la hora de la cena y esperó con impaciencia hasta que Laura le dio la noticia de que su hermana se encontraba a solas en su gabinete.