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Capítulo VII Cortesías recíprocas

Desde tiempos inmemoriales se ha observado que el adagio terenciano: Tu si hic esses, aliter sentias, siempre que se use adecuadamente, resulta un remedio prácticamente inmediato contra todas las contradicciones, errores y disputas que suelen surgir diariamente de la variedad y confrontación de opiniones y pasiones del hombre169.

Para un mero observador de las estupideces humanas, si es que existe un ser tal, nada puede ser más divertido que ver juntos a todo un bien educado círculo de egoístas morales170. Entre ellos, siempre suele haber uno que hace que su personalidad resulte absolutamente problemática para el resto y que parece exigir nada menos que que todos los demás, en cada momento y en cada lugar, sientan, piensen, juzguen, crean, amen, odien, hagan y dejen hacer tal y como él hace, algo que, en realidad, no quiere decir más que que los demás no son seres independientes por sí mismos, sino más bien meros accidentes y contingencias de él mismo.

Es cierto que, de entre todos estos egoístas, ninguno es lo suficientemente desvergonzado como para expresar esta exigencia abiertamente; sin embargo, cuando declaramos todas las opiniones, juicios o inclinaciones de nuestros congéneres estúpidas, equivocadas o alocadas tan pronto como estas se muestran en contradicción con las nuestras, no hacemos en realidad otra cosa diferente que aquello que hacemos cuando damos a entender por lo bajo que alguien está equivocado por querer tener un par de ojos, un cerebro y un corazón propios171.

—¿Por qué os gusta eso, mi señor?

—No puedo daros otra explicación que porque así me place.

—Pero no puedo comprender qué es lo que veis que tanto os gusta. Yo por mi parte…

—Bien, mi señor, pero eso no demuestra nada más que me puede gustar algo que a vos no os plazca.

—No quiero decir exactamente que me desagrade totalmente, pero tampoco puedo decir que lo encuentre tan magnífico, tan poco común como vos lo encontráis.

—De acuerdo, pero ¿y si diéramos por sentado que así me lo parece?

—Entonces no tendríais razón.

—¿Y por qué habría de ser así, señor mío?

—Porque no es así.

—¿Y por qué no es así?

—Una extraña pregunta, con su permiso. ¿Acaso no tengo ojos como vos? ¿Acaso mi gusto no puede ser tan correcto como el vuestro? ¿Es que no puedo juzgar el valor de algo tal y como vos lo hacéis? Si fuera tan perfecta como os imagináis, también yo mismo debería encontrarla así.

—Puedo decir esto con tanto derecho como vos. Que deba ser el ojo, la razón o la imaginación quien decida por qué debería confiar en vuestros ojos, vuestra razón o vuestra imaginación más que en la mía. ¡Eso es lo que me gustaría saber!

—Eso os lo puedo decir inmediatamente. Veo la cosa tal y como es, y vos estáis sin duda deslumbrado por vuestro afecto.

p. 133—Bien, mi señor, ahí os tengo exactamente donde os quería. Si el afecto por momentos deslumbra (y eso lo hace únicamente cuando entra en frenesí, algo que no puede durar mucho), por otro lado, también es seguro que normalmente afila los sentidos. ¿Cómo podéis entonces esperar que la mirada huidiza, casual y descuidada que la indiferencia lanza sobre algo os permita descubrir en ello, o daros cuenta del grado de su valor, tanto como lo hace el afecto, que con la más extrema atención observa algo desde todos sus ángulos y perspectivas?

—Pero la imaginación, que sin apenas darnos cuenta se mezcla con las observaciones de uno…

—Creed lo que queráis, mi señor, mas únicamente un loco toma sus imaginaciones por sentimientos reales. ¿Por qué preferís manteneros en una suposición que hace que la salud de mi cerebro sea puesta en duda, antes que aceptar que puede existir algo que yo conozco mejor que vos o que, al menos, y por buenos motivos, me parece distinto a lo que os parece a vos?

—No se acaloren, estimados señores –dijo un tercero que había escuchado esta disputa entre el yo y el tú–, podrían estar discutiendo durante medio día sin que el uno llegase a convencer al otro y ¿saben por qué? La razón es bien sencilla… porque ambos tienen razón. Tu si hic esses, dice Terencio: juzgáis como un enamorado y, por lo tanto, tenéis razón; y vos juzgáis como un indiferente y, por lo tanto, también la tenéis.

—Pero, señor juez, la pregunta es la siguiente: si tiene razón por estar enamorado de algo que en realidad…

—¿Os es indiferente, queréis decir?

—No, mi señor, quería decir que no ha merecido el grado de amor que él…

—Esa es exactamente la cuestión que no permite respuesta alguna, mi señor. Por este camino volvemos a vernos en el mismo círculo y podríamos trotar eternamente alrededor de él sin llegar a encontrar en momento alguno la salida. Vuestra disputa es del tipo de las que únicamente pueden ser solventadas a través de un símil. Admitan recíprocamente que se encuentran plenamente justificados en no ser el otro, tras esto, tomen el lugar de su oponente y entonces me jugaré lo que consideren a que, de estar en sus circunstancias, pensarían exactamente igual que el contrario y, de este modo, la disputa llega a su fin.

No existe (tal y como probablemente Aristóteles ya habrá destacado antes que nosotros) una situación en el mundo más amarga que aquella en la que se ve un enamorado cuando ha de dar cuenta de sus inclinaciones a una tercera persona, sobre todo cuando esta no muestra sensibilidad hacia el asunto. Doña Felicia y su hermano se encontraban exactamente en esta crítica situación y, si las circunstancias hubieran sido otras, habrían encontrado grandes dificultades en obtener el visto bueno del otro. Sin esta afortunada circunstancia, doña Felicia o don Eugenio habrían podido referirse al tu si hic esses tantas veces como hubieran querido y seguramente no habrían obtenido ni la mitad que ahora, cuando uno se encontraba realmente en el sitio del otro. Tan grande es, pues, la diferencia entre el efecto que ejerce sobre nosotros la abstracción superficial y el verdadero sentimiento. Es cierto que, si hubieran podido fastidiarse mutuamente, o si hubieran sido de la casta de aquellos desvergonzados que creen ser los únicos con derecho a llevar el gorro de cascabeles, habrían encontrado materia suficiente para hacerse la vida imposible el uno al otro172. Sin embargo, dada la sana razón y el talante amistoso que ambos tenían en común, solamente hacía falta quitar de en medio el obstáculo que la indiferencia de una parte podría haber puesto en el camino de la otra. Pongámonos en el caso de que doña Felicia no hubiera visto necesaria para sí misma la indulgencia de su hermano… ¿cuántas objeciones no habría podido plantear al amor por una muchacha sin nombre, sin patrimonio, incluso sin ningún tipo de característica personal destacable, una persona sobre la que quizá habría motivos suficientes como para indagar algo más sobre su procedencia y con la que había trabado un primer conocimiento en el teatro?

p. 134—Lo admito todo –le habría respondido don Eugenio–, todos vuestros reproches, todo aquello que mis amigos y el mundo podrían decir para persuadirme en contra, ya me lo ha dicho una y mil veces mi propia razón. Pese a que sin duda os pareceré imbécil por ello, no lo soy lo suficiente como para no ver claramente que tanto vos como mi razón estáis en lo cierto, pero ¿qué puede todo ello contra la voz de mi propio corazón? ¿Qué puede hacerse contra una atracción irresistible, que soy incapaz de dominar? La mitad de todas estas razones sería suficiente para atenuar un sentimiento común. Mas el poder de la simpatía, querida hermana, ha de haberse experimentado antes para saber cuán imposible resulta, una vez que se padece, resistirse a él.

Doña Felicia probablemente habría encontrado esta argumentación bastante magra si ella misma no hubiera experimentado antes la simpatía con la que don Eugenio (con razón o sin ella) pretendía justificar su estupidez o su debilidad, o tal y como quieran llamarlo aquellos sabios que están muy por encima de estas extravagancias. Si no la hubiera experimentado, evidentemente le habría parecido de lo más absurdo que un sentimiento traicionero, incierto e inexplicable, un no sé qué que quizá no fuese más que un fantasma de la imaginación, fuera motivo suficiente como para sobreponerse a la voz de la razón, de la prudencia y del honor. En cualquier caso, para buena fortuna de sus respectivos sentimientos, ambos se encontraban exactamente en la misma situación o, al menos, en una muy parecida. Lo que doña Felicia sentía por don Sylvio explicaba completamente aquello que don Eugenio llamaba su simpatía por Jacinta, por lo que don Eugenio no podía ser tan desagradecido como para exigir que su hermana reprimiese una inclinación que él mismo había declarado como irresistible. Ambos se disculparon así mutuamente todas las objeciones que su propia razón y la del otro podían plantear contra la decisión de su corazón y dirigieron toda su atención a elucidar la mejor manera de acabar con los obstáculos que se entrometían entre ellos y sus deseos. La amabilidad que doña Felicia mostró en esta ocasión por los sentimientos de su hermano le granjeó todo el reconocimiento posible por parte de este y, si bien la imaginación desbocada de nuestro héroe era lo único que podía hacer que su amor por él pudiera resultar cuestionable, todo parecía reducirse a ver cómo se podría comenzar a volver a reconducir su entendimiento hacia la senda correcta. Tomaron en consideración las revelaciones del barbero y don Eugenio juzgó que no costaría demasiado trabajo enderezar en poco tiempo a un joven cuya locura no iba más allá de una cierta suerte de ensoñación exaltada que por inopinados motivos había adquirido un impulso singular.

—Me he percatado –dijo– de que no le sois indiferente. Es cierto que contáis con una rival, pero no es más que una mariposa y, antes de que llegue a transformarse en una princesa de su propia imaginación, habréis obtenido la victoria sobre ella sin dificultad alguna. Dejad que en un principio empleemos toda la cautela necesaria respecto a su locura para así poder ganarnos su confianza; la naturaleza y el amor harán lo necesario, y la fantasía irá poco a poco cediendo su lugar al sentimiento, y, una vez que este lleve la voz cantante, será bien sencillo arrancarle prejuicios y conceptos erróneos que ya no contarán con valedor alguno dentro de su corazón.

Doña Felicia se mostró muy satisfecha al ver refrendadadas sus propias ideas en boca de su hermano y no dejó de expresarle su gratitud por ello diciéndole tantas cosas buenas de su amada Jacinta como él podía desear. Incluso le aseguró que veía tanta nobleza en la persona y en la manera de pensar de Jacinta que estaba convencida de que el secreto de su nacimiento se desvelaría algún día y que lo haría en consonancia con sus intereses. Don Eugenio, que ya había especulado con esta idea, siempre la había encontrado tan favorable para sus propios sentimientos que no encontró ningún motivo para que su razón se emplease en encontrarle objeción alguna.

Una vez que se hubieron puesto de acuerdo respecto a las medidas que tomarían para llevar a buen puerto sus intenciones con don Sylvio, y considerado conveniente revelar una parte del secreto a la bella Jacinta y a don Gabriel, se despidieron tan satisfechos como jamás uno lo había estado respecto al otro y se dirigieron hacia el salón para acompañar a sus invitados hasta la hora de la cena.

169 «Si tú en mi lugar estuvieses, de otro modo sentirías». Cita de Publio Terencio Afro (185 a.C–159 a.C), concretamente de La andriana (170 a.C), acto II, escena I.

170 Wieland se refiere aquí a un grupúsculo dentro de la secta de los metafísicos, para los que la única verdad es que el ser humano se encuentra solo en el mundo y ha de buscar, por lo tanto, su único beneficio.

171 La conversación que sigue es una conversación abstracta que ilustraría la máxima mencionada por el narrador al comienzo del capítulo, en ningún caso una conversación entre los protagonistas de la novela.

172 Referencia al gorro con cascabeles que los bufones medievales solían portar habitualmente. Por lo general, se permitía al bufón el relato humorístico e irreverente de aquellos aspectos que las normas de cortesía hacían permanecer fuera del discurso público.