Capítulo VIII Querella entre el amor por la imagen y el amor por el original
La reluciente pompa del comedor en el que se reunieron, la cantidad de velas con las que este estaba iluminado y lo costoso de la vajilla, la magnificencia de los distintos platos, la variedad de los más selectos vinos… todo esto, incluso en otras circunstancias, no habría sorprendido a nuestro héroe, que se creía en un castillo de las hadas, si bien era la primera vez que veía una magnificencia tal más allá de su imaginación. Sin embargo, ahora que doña Felicia se había apoderado de toda su atención, habría sido relativamente sencillo convencerle de que se encontraba en el palacio del hada Luminosa, incluso si la hubiera visto en una choza de paja.
La bella Felicia no podía ser la última persona en darse cuenta de la impresión que había causado sobre él y, precisamente porque no creía que su victoria estuviese lo suficientemente asegurada, se propuso aunar todos sus encantos para provocar a nuestro héroe una noche de insomnio. Una bella sinfonía que se podía escuchar debajo de la mesa sin saberse muy bien de dónde venía exactamente y cuya autoría don Sylvio atribuyó sin duda a los silfos que normalmente sirven en los palacios de las hadas, le proporcionó a doña Felicia la oportunidad, una vez acabada la cena, de poder mostrar su propia destreza. La joven Jacinta se creyó sin duda superada y jamás se habría atrevido a disputarle a doña Felicia el inconmensurable elogio que el maravillado don Sylvio vertió sobre ella. Sin embargo, don Eugenio se mostró lo suficientemente celoso del talento predilecto de su joven amiga como para permitir que su hermana disfrutase tranquilamente de una aprobación tan generosa e indisputada.
Tampoco cejó hasta que esta se comprometió a entablar un duelo con la bella Felicia, algo que, en un círculo como este, no pudo obtener otra respuesta que la aprobación general. En contra de la costumbre propia de su género, ambas damas parecieron darse la preferencia la una sobre la otra con una bondad tal que resultaba difícil dudar de su honestidad. Don Gabriel comentó que resultaría más fácil que Paris le otorgase a una de las tres diosas la manzana dorada que decidir cuál de estas dos adorables musas podía tener un mayor mérito en belleza de la voz y del canto, en la delicadeza de los dedos y en su destreza para servirse de todas las mágicas artes de la armonía173. Incluso los propios enamorados, tan convencidos como estaban al respecto, llegaron a admitir que, si era posible que una de ellas se viera sobrepasada, solamente podría ser por Jacinta en el caso de doña Felicia y por doña Felicia en el caso de Jacinta.
Nuestro pequeño grupo se aburrió tan poco con este tipo de entretenimiento y las damas se mostraron tan complacientes que la llegada del alba les recordó finalmente que era hora de irse a la cama.
p. 136No sabemos si, aparte de don Gabriel, quien, al contar con una edad de cuarenta años, ya había atravesado el nublado y tormentoso territorio de las pasiones para llegar finalmente a la alegre cima de la tranquilidad de espíritu propia de un alma casi estoica, alguno de los presentes tenía la menor inclinación a hacer efectivas las buenas noches que todos se habían deseado. Lo que sí sabemos con seguridad es que don Sylvio jamás se había visto en un estado en el que el sueño le fuese menos grato que en este. Dado el arrobamiento en el que se encontraba, no llegó a darse cuenta de que, en lugar del buen y honesto Pedrillo, al que ni vio ni echó de menos, se hallaban en su antecámara un par de muchachos que se arrogaban el honor de desvestirlo, y ya lo estaba antes de que se diese cuenta de que no deseaba desvestirse. Una vez que hubo despachado a los muchachos, a los que, siguiendo su costumbre, ya había elevado a la categoría de silfos, se vistió de nuevo y se tendió frente a la aurora en un mullido sillón, y así pasó todavía un cierto tiempo, sumido en una satisfacción que pocos pueden imaginarse ante la contemplación de la maravillosa criatura que se presentaba ante su hechizada alma como si flotara en el aire justo delante de él. Finalmente tuvo que despertarse de esta duermevela y, una vez que hubo vuelto en sí mismo, comenzó a interrogarse sobre qué debería pensar de todo lo que le había ocurrido en aquel palacio. Estaba prácticamente seguro de que no se trataba ni de un sueño ni de una de esas apariciones que ya le habían ocurrido en otros momentos. Sin embargo, en lo que no lograba ponerse de acuerdo consigo mismo era en qué debía pensar de la señora de este palacio, si se trataba de un hada, de una mortal, de una diosa, o quizá incluso de la propia princesa, tal como el parecido con esta parecía comfirmarle. Esta última suposición coincidía tanto con sus propios deseos que don Sylvio se esforzó durante un buen rato en considerarla plausible, mas, tras una reflexión más pausada, vio que esta hipótesis se hallaba circundada de tantas dificultades que la descartó.
«Quizá sea familia de mi princesa», pensó, «o quizá haya nacido bajo la misma constelación y bajo la influencia de los mismos astros, o quizá incluso haya tomado el mismo aspecto por ciertos motivos secretos, o quizá al fin y al cabo todo sea un dulce engaño de mi corazón que, seducido por algún rasgo parecido, cree ver en ella a aquella que desearía ver en todas partes».
Tras una larga reflexión, esta última opción le pareció la más plausible, ya que se conjugaba fácilmente con la lealtad que estaba decidido a guardarle a su enamorada. De este modo, en doña Felicia no admiraba más que a su princesa y, de manera muy ingeniosa, concluyó cuán adorables, maravillosas, supraterrenales, divinas y, en la medida de lo posible, más que celestiales, no serían las perfecciones de su princesa si estas guardaban un leve parecido con esta hada que tan encantadora se presentaba ante sus ojos.
Con el fin de dar aún más fuerza a esta idea, puso a funcionar su fantasía al máximo para representarse a la supuesta princesa aún más encantadora, adorable y perfecta que doña Felicia. En cualquier caso, bien sea porque la imaginación no puede presentarnos algo más perfecto que la naturaleza, o bien sea porque el amor le jugó en esta ocasión una mala pasada, lo cierto es que la imagen de la bella Felicia se presentaba en cada ocasión en lugar de la de la princesa y todos sus esfuerzos por imaginársela bajo otros rasgos fueron en vano.
Esta circunstancia le generó no poca desazón y, sin que su propio corazón quedase bajo sospecha, comenzó a contemplar con no poca desconfianza el hechizo que doña Felicia parecía ejercer sobre su alma. Trajo a colación todas las ocurrencias más extrañas, que ora descartaba, ora encontraba verosímiles y, tras haber reflexionado largo tiempo sobre las medidas que debía tomar, le pareció que lo más seguro sería alejarse de este peligroso castillo tan pronto como fuera posible o, al menos, tan pronto como encontrase una razón para considerar sus recelos justificados.
173 Referencia al mito de Paris y la manzana de la discordia. Zeus dejó fuera del banquete de bodas de Peleo y Tetis a Eris, la diosa de la discordia. Esta, que acudió al banquete igualmente, dejó caer una manzana dorada con el lema «para la más bella», lo que sembró la discordia entre Hera, Atenea y Afrodita, obligando a Zeus a pedirle a Paris que decidiese quién debía ser la legítima propietaria de la manzana. Paris eligió a Afrodita, que le había prometido el amor de Helena de Troya, desencadenando de este modo los acontecimientos que darían lugar a la famosa Guerra de Troya.
