Capítulo IX Sobre lo peligrosos que son los filósofos
Mientras se encontraba sumido en estas solitarias reflexiones llegó la claridad del día. Don Sylvio se encontraba en el jardín para poder poner en orden sus pensamientos y no sabemos adónde le habrían conducido si no se hubiera encontrado en uno de los pasillos del laberinto con don Gabriel, que gustaba de pasar las mañanas con un libro en el jardín.
El libro que don Gabriel portaba en su mano era casualmente un volumen sobre física y esta circunstancia los condujo poco a poco a una conversación sobre la naturaleza, en la que don Sylvio reafirmó sus conceptos y principios cabalísticos con una agudeza tal y con una elocuencia tan viva que don Gabriel no pudo dejar de admirar a un tiempo la belleza de su espíritu y la completa falsedad de sus ideas.
Uno debía ser tan filósofo como lo era don Gabriel para no perder de a una el temple necesario para imponerse sobre una ensoñación exaltada tan profundamente arraigada. Sin embargo, gracias a la amabilidad que mostró respecto a los juicios de nuestro héroe, don Gabriel esperaba dotarse de buenos argumentos para discutirle sus principios, llevándolo tan lejos como para que llegase a dudar de la verdad de estos sin apenas darse cuenta.
Nuestros lectores y lectoras (con las que, a pesar de la estricta prohibición del señor Rousseau, seguro que también contamos)174, de entre los cuales difícilmente habrá uno al que sea necesario curar de las extravagancias plotínicas, cabalísticas, paracélsicas o rosacrucianas, seguramente no sabrían agradecernos lo suficiente que les hiciésemos partícipes de una conversación tan metafísica, y más si les contamos que esta duró desde las seis de la mañana hasta el momento en el que el grupo volvió a reunirse en la salita del jardín para tomar el desayuno. Nos contentaremos, en cualquier caso, con informarles de que don Gabriel, con todo el respeto imaginable que pudo albergar por los sabios que han tratado de hacer que la naturaleza se mueva por completo, hasta sus más íntimos resortes, gracias a los espíritus, comenzó a argüir unas razones tan consistentes contra esta fantástica ciencia de la naturaleza que don Sylvio, si bien no llegó a vacilar completamente, sí que se vio bastante agitado e incluso (a pesar de que el filósofo había sido lo suficientemente cuidadoso como para no tocar demasiado de cerca el tema de las hadas) comenzó a preocuparse por lo que ocurriría con todos sus cuentos y con sus propias aventuras si las razones de don Gabriel, que este simplemente planteaba como puras hipótesis, se vieran corroboradas de facto.
Finalmente, don Sylvio logró defenderse con los argumentos habituales que suele emplear la ensoñación exaltada cuando se ve acorralada por la sana razón: se refirió a sus propias vivencias y concluyó que los principios que contradecían su propia experiencia debían ser necesariamente falsos. En cualquier caso, comenzó a rondarle la cabeza algo, no sabemos el qué, que no lo dejó tan tranquilo sobre su última conclusión como uno puede estarlo cuando contempla una demostración de geometría y, dado que era un gran amante de las especulaciones de este tipo, aceptó con gusto continuar esta conversación en el momento oportuno en la biblioteca de don Eugenio.
174 En el prólogo a su novela epistolar Julie, ou la nouvelle Heloïse [Julia o la nueva Eloísa] (1761), Rousseau desaconseja encarecidamente la lectura de novelas por parte de las mujeres.
